Cuando ayer me dispuse a ir al MALBA a ver la muestra de Yente y Del Prete, titulada Vida venturosa, me resultó interesante por la obra plástica con que la presentaban, pero a Del Prete lo visité poco cuando estudiaba Bellas Artes, y a Yente no lo conocía en absoluto. También me gustó eso de la vida venturosa. Me gustan lo venturoso y lo aventurado, y aunque etimológicamente parece que “ventura”, como palabra, en sí misma no promete más que el advenimiento de algo que no ha sucedido aún, el agregado del sufijo “oso/a” indica abundancia, por lo que una vida venturosa indicaría que la ventura, en este caso, ha sido buena.
Eran apenas un punto en medio del metal de la gran escalinata. Ni yo sabía bien a qué le estaba sacando fotos, dada mi escasa visión. Tomé unas cuántas, mientras iba cambiando de lugar para ver cuál de todos mis intentos captaba el beso de esos dos seres mientras me preguntaba acerca de lo que podrían estar sintiendo. ¿Sería un instante fuera del tiempo, o tal vez parar el tiempo? Absolutamente inmersos en el presente y sin importarles nada más que eso que estaban generando en sí mismos, imposible imaginar que esa magia estuviera irradiando y tocándome también de algún modo.
Era llamativo que mientras yo subía y bajaba la escalinata y cambiaba de ángulo silenciosamente, la pareja no cambiara de quehacer; apenas brevísimas interrupciones de ese beso que no era el de Rodin, para poder respirar.
Fue así como me quedé impregnada de esa mezcla alegre y delicada de los colores en los tulipanes, los collages, los hilos y la garúa, de un abrazo y un beso interminables y la vida venturosa de quienes se encuentran. La danza de lo efímero y de lo eterno, conjugándose en lo que se quedará en la memoria para siempre. Y la pregunta de cuántos besos como ése construirán el paraíso al que iremos algún día, la muestra de arte tejida con nuestras vidas, los momentos que quedarán como obra, más allá de nosotros, irradiando.
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