Mar: en esta tarde nublada
que pre anuncia el otoño
ante tu belleza
el calesitero
se quedó sin palabras
sin sortija
sin clientes
Y cerró la cortina para soñar tu nombre
C. B.
Mar: en esta tarde nublada
que pre anuncia el otoño
ante tu belleza
el calesitero
se quedó sin palabras
sin sortija
sin clientes
Y cerró la cortina para soñar tu nombre
C. B.
ella baila conmigo, lo cual es perfectamente cierto, aunque no se trate de reconocer la música que me hace vibrar al punto de salir disparada hacia el movimiento.
Lo que ella reconoce en mí, -y no solo en mí-, es la alegría, y la lee como la conjunción entre el movimiento que realizo con mi cuerpo y la expresión de felicidad en mi cara.
Sé que no la reconoce tan sólo en mí, porque una vez la vi en el canil viejo acercarse a Lila, la vecina melómana, cuando estaba moviendo las piernas y la cabeza al compás de lo que sonaba en sus auriculares.
Y ahí fue Mar, a saludarla, a hacerse presente en su alegría, también sonriente, a bailar con ella.
Lo que amo en Mar es ese movimiento hacia la alegría de otro, ese impulso de compartir esos momentos, con intensidad, con el ímpetu de su condición silvestre, cuando acerca un objeto de ella, en especial si se trata de uno para tirar, ya que así se pasea junto a quien danza.
Conjunción de sonrisa y movimiento corporal, o sea, expresión de éxtasis, son señales inequívocas para Mar de que hay que estar allí, hacerse presente en esa fiesta que ella hace suya también. Como en el abrazo.
Cada vez que Mar ve un abrazo, un saludo efusivo, ella quiere estar también.
Y salta. Lo cual puede ser molesto a veces...Y sin embargo no puedo evitar conmoverme por esto, y no desear reprimirlo.
Una vez en un acto que se hizo en la plaza, en memoria de los desaparecidos, hubo un aplauso que era serio, un aplauso dirigido hacia el dolor, y ella empezó a dar saltos. La tenía tomada de la correa, y por eso pude moderar su reacción e invitarla a tomar esos aplausos de otro modo que los palmoteos de una chacarera. Y parece que lo entendió.
Pienso en cuántas cosas lindas podríamos animarnos a evidenciarnos los unos a los otros, así como Mar sabe y decide hacerlo, sólo por compartir nomás, aunque no estemos escuchando la misma música.
(escrito de hace ya unos seis meses...qué lo parió, Mendieta!!!)
Resulta que a todas las facciones políticas de tanto en tanto se les cae una buena idea, y debido a estas contingencias uno se entera que, de repente, en la plaza empezaron a dar clases abiertas y gratuitas de diversas actividades que podríamos englobar con esa palabra medio viejita: “gimnasia”.
O sea que después de desasnarme en guguel, me enteré del significado oculto de la sigla GAP, - Glúteos, Abdomen y Piernas-, y de qué cosa es el famoso streching. Una vez hecho todo esto, fui a probar, y me encontré con una profe jovencita llamada Sol, excelente y súper simpática, y al cabo de varias pruebas, me quedé con el GAP por ser más aeróbico, dada mi necesidad de ir por ese lado. . . , y todo esto sin traicionar a mi querido yoga chino.
He podido tomar ya varias clases, y de a poco voy tratando de encontrar una cierta rutina dentro de mis horarios, por alguna razón siempre azarosos.
Lo cierto es que me resulta hermosísimo mover una gamba o un brazo y terminar de uno u otro modo mirando al cielo y los árboles, mientras suena la música.
Voy con Mar, y no sé si ella se divierte mucho esperándome, mientras nos mira movernos atada a la reja o a un poste según corresponda, pero la gente que participa la acaricia y pondera su buen comportamiento, que terminará cuando le suelte la correa para que sea ella la que se ejercite y esparza en sus juegos y corridas habituales.
Somos mayoría declarada de mujeres, con algún que otro hombre que lo intenta, aunque hasta ahora es evidente que no perseveran demasiado los caballeros… capaz que por el entrenamiento férreo que tienen los masculinos clásicos en no tolerar demasiado la frustración o la ridiculez, y más aún si es en público, cosa que a nosotras parece no inhibirnos tanto ya que exhibimos con buen humor nuestras flaccideces, faltas de coordinación y todo aquello que nos hace sentir tan inadecuadas como a ellos, respecto de los malditos moldes culturales con que se mide y somete la gracia de nuestros cuerpos.
Es muy divertido hacer chistes mientras nos alcanza el aliento, mirarnos y reírnos de nosotras, - incluyo aquí a los señores perseverantes y rotativos-, y es de destacar la jovialidad de algunas ancianas dispuestas a reírse de sus errores y agradecer a la profe por su buena disposición y por todo lo que se aprende.
Mientras nuestro aliento hace lo posible y más también por acomodarse al ritmo de la música, va sonando el amplísimo repertorio que en tonos mayoritariamente caribeños nos pasea anárquicamente por todas las penas y alegrías del amor, y mientras nos agitamos y sudamos nos pide que olvidemos a ése, o nos invita a recordar a tal otro, eso cuando no nos exige que ni intentemos mirar hacia atrás, -cosa que además no sería posible al ritmo vertiginoso que nos lleva puestas-, o se le ocurre ponernos a imaginar cómo sería hacer cositas con esa persona especial por la que languidecimos o languidecemos, todo esto mezclado con una buena guarnición letrística de celos, cuernos y sábanas ardientes.
Es decir que sea cual fuese la pena de amor de turno, podemos tararearla mientras nos movemos, y la afortunada que esté gozando su mejor momento podrá también despacharse cuando le toque vociferar que su amor es azul como el mar azul.
De vez en cuando suena algún rock nacional, o aparece Fredy Mercury con Love of my life para las elongaciones finales, todo lo cual es muy estimulante y nos hace olvidar todo lo que le hemos pedido al pobre cuerpo de hermano durante una hora.
También por una hora nos hemos olvidado de la economía, de quién ganó las elecciones y de por dónde pasa el límite clarísimo a partir del cual el bien es bien y el mal es mal, pero ese es un tango de Eladia que no entra en la compilación, por lo cual nos hace un favor al permitirnos ignorar qué compañeros podrían ser presuntos habitantes del lado opuesto de la grieta en que estamos enfangados.
Cuando todo termina, nos saludamos cordialmente, alegres, con la sangre revitalizada que nos riega por dentro como un río benigno y amable, y hasta nos deja apreciar el inusual paisaje de gente que se ha sentado a mirarnos, en el cual se encuentra la señora. . paralítica que todas las clases le pide a su acompañante que la acerque hasta nosotras. Al parecer su alma se alegra y su cerebro baila al compás de las imágenes que ve, tal vez porque tenga un corazón generoso que le permite imaginar y deleitarse.
Así es como la plaza, -ese monumento al círculo que desde que tenemos noción del tiempo y el espacio nos une simbólicamente-, contiene la diversidad más bonita y vuelve a ejercer su magia.
Sol y Mar dan fe de su antiguo entendimiento.
Anoche escuchaba cómo una psicoanalista explicaba de maravillas el fenómeno de los celos; ponía como ejemplo el quedar fuera de la fiesta a la que no nos han invitado. Cuando quedamos en esa posición, toda la escena de la fiesta parece paradisíaca: la fiesta soñada de la que hemos sido expulsados por omisión, es decir, excluidos. Es la escena del odio,de la rabia. Sin embargo, -decía la licenciada-, cuando por fin somos invitados, la misma fiesta no nos parece algo tan brilloso, tan mágico, sino un acontecimiento que pierde algo de su encanto imaginario.
Ella también explicaba cómo los humanos estamos provistos de la capacidad de poder cambiar de objeto de deseo, lo cual es una suerte, porque si no quedaríamos atrapados en la espera del goce absoluto provisto por una sola situación o un solo ser humano. Des-fijarnos de ese lugar de objeto único parece ser uno de los tesoros que tenemos como especie.
Mientras escuchaba esa parte de la charla, me acordé de que anteanoche me tocó presenciar una escena conocida, del otro lado del telón. Yo estaba con Mar en la plaza. De noche ya no hacía tanto calor, y el vientito estaba delicioso. La plaza Almagro siempre es muy concurrida, es vital, la gente se reúne, los animales, los niños, y una canchita en que a toda hora adolescentes y no tanto juegan con pelota a distintas cosas…En fin: vida.
La plaza está enrejada, y mientras yo canturreaba y Mar corría, miré hacia la vereda y justo escuché cómo una madre explicaba a su hijo chiquito que andaba en un triciclo que no, que mejor no ir a la plaza, “no ves que adentro hay gente que hace deporte, y que está contenta, no como nosotros que estamos aplastados yendo a tomar mate a casa”… El tono con el que lo decía no era dramático sino algo cómico, o así me resultó, por lo que solté una carcajada y la miré. Ella se rió, pero ya estaban casi en la esquina y del lado de afuera, así que no daba para ir convencer a nadie de entrar, y me quedé pensando cuántas pero cuántas veces idealizamos eso que vemos afuera, creyendo que no lo tenemos, y que quienes sí lo tienen son gente mucho más afortunada que nosotros. Como si muchos de los que estábamos disfrutando de la plaza no fuéramos luego a tomar unos mates cebados con yerba marca acme, o como digo últimamente, con yerba de ayer secada al sol, o a cenar váyase a saber qué cosa, como si no fuera preferible hacer la prueba, y meter al nene, al triciclo y a una misma del lado de adentro para ver que lo que se siente es gratis, inclusivo y contagioso, y se llama alegría.
Tal vez sea un extraño virus procedente del verde plateado por la luna, o del brillo de las estrellas. Tal vez durante el día lo propaguen el viento, los panaderos y los pájaros, pero estaría muy bien animarse a desmerecer la neurosis que don Freud tan bien supo explicar y atravesar el telón de la terrorífica escena para contarle que también estar adentro puede saber a gloria.
lo más hermoso que vi hoy: a Mar chupando la botella vacía de aceite que le dejé para que jugara como si fuera una mamadera mientras yo miraba una película interesante, justo o cerca de una escena en que un sueco borracho llora de impotencia porque no puede asimilar que el idioma de hitler sea el mismo que está sonando en ese momento en una obra de Mahler. Y un adolescente lo abraza.
Luego, ya casi al final de la película, una niña canta en alemán una larga y sentida canción y mi perra levanta la cabeza y mira la pantalla atentamente. Entonces siento una emoción grande y satisfacción de haberle enseñado lo que es cantar.
Hay personas que no cantan en su vida cotidiana, y en esta casa se canta y se baila y ella sabe reconocerlo como alegría. No sólo en mí. Hace poco una compañera de canil con sus auriculares inalámbricos puestos empezó a mover su cuerpo al son de lo que oía, y Mar fue hacia ella para jugar, para compartir eso que entiende tan bien como entiende el dolor, así como el adolescente de la película entiende que ese hombre chupado y melómano es la expresión de todo lo que se rebela en este mundo ante la falta de belleza, y ese gesto, esa mano que quiere rodearlo con timidez, y luego le acaricia la cabeza, de hombre a hombre, es la máxima expresión de la ternura.
(escrito en trasnoche de convalecencia)
ella, que fue destetada prematuramente y que por ese hecho abyecto de ser arrojada a un río en una caja con sus hermanitos teniendo quizás dos o tres días, carece de lo que otros perritos tienen, que es la posibilidad de graduar la mordida -algo que les enseñan su madres perrunas en el destete. Ella, a quien se le otorgó un diagnóstico de palabras feas como todos los diagnósticos, el cual decidí desconocer y que significaba más o menos que ese agujero negro lo iba a llevar puesto siempre. Ella, mi perra Mar, la misma que despedazó juguetes de plástico rígido y los hizo astillas, la que tiró de su cadena hasta romperla y no podía dejar de morder fuerte mis manos, hoy sabe perfectamente cómo jugar conmigo sin lastimarme. Tal vez eso nomás sea el amor.
Ella vino y yo pude. No sé cómo lo hice. La esperaba. Su pequeñez no me asustó aunque, -como siempre-, me resultó difícil entender por dónde entrar a ese universo tan chiquito, tan misterioso. Pero esta vez no me quedé en silencio, no me quedé quieta. Y resultó. Sólo jugué, me puse a hacer morisquetas, la perseguí, le gruñí en la nariz, saqué la lengua, ella empezó a reírse y le hice cosquillas y se enroscó feliz como a quien no le gusta pero sí. Luego me empezó a buscar por el jardín de adelante y ahí se me ocurrió jugar a las brujitas, y agarré la escoba y nos pusimos a dar vueltas por la tierra y el pastito, y ella se reía y se reía tan agudo y alegre. Luego empezó a buscarme cuando me veía sentada meditando sobre la lonita azul. Hasta en eso se parecía a Mar: se sentaba a mi lado y distraídamente me empezaba a mostrar sus chiches y a contarme en idiomas extraños e ininteligibles cosas sobre ellos, así que terminábamos las dos contándonos secretos en susurros y un día me dijo Clau, vení y yo fui. Y desde entonces los días que quedaron ella entendía que conmigo podía ser. Al menos eso creo, porque jugar y ser son la misma cosa a los tres años que a los cincuentipico. Y es que yo con chicos jugué, pero siempre de seis para arriba, ahí donde el lenguaje de algún modo también juega. Pero no sabía, nunca supe sentirle el gusto a mirar a un bebé, y mucho menos a entrar dentro de los parloteos casi ininteligibles de los que aún no llegan a los cuatro años. Pero esta niña morena, de ojitos tan vivaces, supo hacerme entrar en su mundo, y como Mar, ella pudo domesticarme a mí. De mi maestra Mar yo aprendí a amar a Emilia, y de mi maestra Emilia supe que Mar y ella, ella y Mar eran un pedacito de infinito disfrazado de una emoción que no tiene nombre.
Aquí tengo un ángel de patas negras
Hace que duerme
y me mira
acostada a mi lado
No sé qué creerá ella
Yo creo que la cuido
Pero que en días como hoy,
ella me cuida más
( a Mar, claro)
Ya a esta altura del partido, sé bastante bien las costumbres de Mar cuando no estoy. Sé con qué cosas se va a meter y con cuáles no. Esto es lo que podría haber afirmado con mucha seguridad hasta el lunes a la noche.
Es que a ella siempre le llamaron la atención mis anteojos, y ya dos veces se metió con ellos. La primera, fue sólo con el marco de metal que quedó enrulado y pinchudo, pero dejando intactos los vidrios. Sólo que como en realidad esos lentes ya no me estaban sirviendo, fui al oculista, y con la nueva receta me hice dos pares, uno de lejos y otro de cerca, con marco de acrílico, y ambos pares cada uno a su tiempo, corrieron la misma suerte. Esa vez, ella se limitó a desprender los cristales del marco mientras me los mostraba dentro de su boquita, como quien sabe lo que está haciendo, y hasta pude salvar uno de ambos.
Pero el lunes estuve más distraída que lo habitual, y me olvidé de meter en mi bolsito el par de anteojos para ver de lejos. Los había lavado y quedaron en otra parte, ni siquiera en el lugar alto en que los pongo habitualmente.
Ya en viaje a mi trabajo me di cuenta de la falta, pero me dije: Mar no se metió ninguna de las dos veces con los vidrios, en eso puedo estar tranquila. Suerte que los de cerca los llevé, porque sin ellos no vivo. Si faltan los de lejos, veo a la gente medio borrosa, pero pueden esperar un poco.
Al volver encontré los pedazos de vidrio dispersos, y con faltantes, lo mismo que el marco de acrílico, y entré en pánico. Gugleé a las apuradas y encontré lo que de algún modo tenía oido : darles fibra, para envolver el vidrio y proteger el aparato digestivo del impacto. Pencas de acelga, algodones remojados en queso crema o queso fresco, vaselina para que todo corra…Y de ahí en más llamadas en horario inapropiado, casi trasnoche, recomendaciones de salir a comprar cosas que no tenía en la heladera, mi vecina dándome un pedazo de queso fresco, yo corriendo a farmacity para comprar la vaselina, una señora en la cola que me dejó pasar antes, la solidaridad de la veterinaria que había atendido a mi Lobi y que también me atendió por teléfono mientras daba un curso por zoom, e impidió que fuera a una guardia porque si la hacían vomitar se podía lastimar el esófago de yapa. Y esperar. Y rezar.
Mar se comió con total agrado las tiras de algodón lleno de queso y esperamos: todo transcurrió con normalidad.
Sin embargo algo del orden del horror se apoderó de mí antes de ese momento de relativa calma. La sensación de ser tomada por una desesperación que hacía rato no reconocía en mi cuerpo ni en mi alma, el terror de que Mar se muriera, la culpa por no haberme vuelto del trabajo, por no haberme dado cuenta de que podía pasar algo peligroso, la sensación de todo lo mucho que amo y necesito a ese bichito divino, la sensación de, - al mirarla-, ver un bebé, una criatura que podía morirse y hacerme una falta que no estaba en mis planes.
Mar, esta perrita de un año y siete meses, que me acompaña desde sólo tres meses menos que esa cifra, la que se constituyó en mi principal familiar en un período de una soledad y dureza mayores a lo que hubiera imaginado en algún momento anterior de mi vida, en medio de una pandemia aún sin vacunas, atravesó conmigo desiertos que no supo,- quizás, quién sabe- , construyó risas y suavizó lágrimas, jugamos, jugamos, jugamos, fue la caricia que me sostuvo en pie, el día a día de mi tacto y mi ternura, la habitante de mi casa cuando yo no estaba, la principal aliada del camino que estaba sembrando.
Entonces el horror: mi principal familiar podía morirse. Y la culpa, esa visitante que casi había olvidado por completo … Y al rato reaccioné. ¿Culpa?¿ De adoptar a una perra sin tener coequiper? ¿De ser una persona que vive sola con una perra inquieta y dispuesta a todo? ¿Y si no viviera sola? ¿Si alguien estuviera aquí y sin embargo ella, en una distracción de esa posible presencia, hubiera hecho lo mismo?
No, culpa no. Riesgo. Riesgo como el de todos. Riesgo de que Mar se pueda morir. Riesgo de perder lo que amamos. ¿Preferible no haberlo corrido? No. ¿Menos doloroso? Tal vez sí, pero ¿quién sabe?
¿Será menos dolorosa una vida sin dolor? ¿Será menos dolorosa una vida con menos amplitud afectiva, con más defensas, con más mandatos, preservaciones, prejuicios, PRE todo?
No creo, porque todo lo PRE que no sea presencia, es muerte, es previa, es imaginario al servicio de la evitación, es no amor, es no riesgo.
Y así no me gustaría morirme.
Te reías, te reías mucho, festejando las locuras de los perros, su forma de jugar, tierna y salvaje a la vez. Te reías como una niña fascinada por las travesuras de "quienes no nos traicionan nunca", como dijiste en un momento.
Nunca me había cruzado con vos, con eso que se supone que son muchos años de cuerpo para un alma asombrada. Los veías jugar y estabas tan contenta como yo, mirándolos, divirtiéndote, sin preocupaciones desmedidas sobre sus ocurrencias perrunas.
Pero no habías llevado ningún perro. Habías ido de paseo al canil para verlos jugar, y ser feliz con eso, como una niña asombrada.
Cuando hoy volví al canil, te vi nuevamente. Estabas sentada esta vez, contemplando, más tranquila que ayer.
Había muchos perros esta tarde, algunos conocidos, con sus paseadores, y otros no. Y se me ocurrió pensar que quizás pudiera yo haber imaginado lo de que no tenías tu perro. Últimamente mi imaginación suele ser muy frondosa.
Entonces te pregunté desde el banco: ¿Cuál es tu perro? Y me dijiste sonriendo: "Están en el cielo". Y me tragué todas mis lágrimas.
Después de un rato decidí presentártela a Mar y darte un abrazo pandémico, de esos recatados y con barbijo puesto.
Ahora ya sabemos nuestros nombres, y algunas cosas más sobre la vida.
Volvía del canil con
Mar y la dejé atada, esperándome, en el super de los chinos. Al salir, vi que
se había detenido a mirarla una pareja, una mujer y un hombre grandes ya. La
miraban mirarme a mí, y me dijeron que se notaba mucha ternura en el modo en
que lo hacía, y por supuesto ponderaron su belleza.
Me pareció un
comentario muy lindo, y me quedé conversando un rato con ellos. Me contaban,
-ella hablaba más que él-, cómo habían amado a su perrita que se había muerto
hacía cinco años, y cómo les costaba pensar en tener otra. Les conté que a mí
me había pasado lo mismo, y que ahora estoy un poco asustada porque la tengo
que castrar... ¡Ah!¡ la anestesia! me dice la señora. Sigo alentándolos a que
se animen. Cuando nos despedimos sentí ganas de preguntarles dónde vivían, pero
no lo hice. Todo el tiempo habían estado tomados de las manos, y aunque ese
gesto del amor es muy común, en este caso lo percibí tan auténtico: no era
estar agarraditos, era darse la mano, ir juntos, y les dije no sólo el
"que sigan bien" de rutina, sino "¡Se los ve muy bien!" Y
sonrieron.
Y es que esas manos
parecían hacerse el amor, estaban tomadas de un modo especial, un agarre que
sonaba intenso, sentido, que seguía ahí a lo largo de la charla, imposible de
definir.
Y recordé entonces a
la vecina del barrio, la señora Adela, quien vivió muchos años acompañada por
su amiga Gladys. Sólo y nada menos eran amigas, eran familia.
Gladys se empezó a
poner mal y un día murió. Rondaban la misma edad, y Adela acababa de cumplir
sus ochenta. Fue entonces cuando el señor aquél que era una especie de familiar
postizo, y de quien no recuerdo el nombre, le pidió matrimonio. Él acababa de
enviudar y le confesó a Adela que ella siempre había estado en sus anhelos y
pensamientos. Y se casaron. Y hasta fueron muy felices.
Ella era soltera,
pero él tenía dos hijas, quienes pusieron gritos en el cielo porque creyeron
que Adela iba por interés. Entonces, sabiamente, ella renunció a su parte de la
herencia para dejarlas en paz, para que los dejaran en paz. Y aún contra las
súplicas del hombre de que no hiciera eso, ella supo qué cosa privilegiar en su
vida, y eligió bien.
¡Cosas de la
juventud!
Busco la frase en el diccionario de Léxico Judío Latinoamericano, y me lo ratifica: Mamita. Palabra de cariño para dirigirse a las niñas pequeñas, dice.
Papá no hablaba idish. No conservó ni transmitió tradiciones. Pero a mis trece conocí a quien sería mi gran amiga de adolescencia, quien, - al revés que yo-, era fruto de la unión de una madre judía con un padre goi. Yo en cambio fui fruto de la unión de un padre judío, -y a la vez ateo, filocomunista y pobre-, con una madre católica apostólica romana, andaluza de pura cepa y bastante revolucionaria para la familia en que le tocó nacer.
De mi amiga aprendí algunas costumbres y unas pocas palabras, pero sobre todo disfruté de comidas y tradiciones. Cuando empecé, también de adolescente, a concurrir al que sería mi querido grupo de terapia, sólo dos éramos no judías. Gracias al grupo pude ir a cumple de quince típico de esa cultura, y también me enamoré del rikudim y de un compañero que lo sabía bailar como los dioses, y que siempre nos invitaba a los espectáculos en el viejo Teatro Sha.
Sin embargo, recién en mi adultez una colega muy idishe-mame me dijo por primera vez "mamele sheine", y se me quedó prendido. Hijita querida, me había dicho que significaba.
No sé por qué, cuando mi vieja empezó a ponerse grande, empecé a llamarla "mamele", lo cual creo que sería ajustado a "mamá". Y a veces nos lo decíamos las dos, la una a la otra. Era gracioso. Como tantas cosas graciosas que compartimos con mamá. También le he dicho mamelina y mamumi.
Ahora cuando juego con Mar a la pelota en la terraza y logro que me la devuelva, le digo mamele, mamelina, y todos los otros apodos que tiene.
Pero ése, tan luego ése, es la primera vez que vuelve a salirme espontáneamente después de mamá. Asusta. La pucha que asusta. Pero es así. Es inevitable. Es la vida.
Hace ya quince días que estamos pasando su primer celo. Bueno, el celo es de ella, pero el acompañamiento es mío. Mar, a sus diez meses y después de mucho desparramo de feromonas, finalmente entró en celo y tuvimos que dejar de ir al canil, porque si los perros ya antes se le lanzaban encima, ahora no es cuestión de arriesgarse a semejante situación con un animalito que pesa quince kilos de amor y de energía a borbotones. Así que estamos transitando la situación en mi departamento de un ambiente, y para matizar, vamos juntas a la terraza del edificio a jugar y tomar sol, y a veces, también luna.
Recuerdo que cuando llegó la pandemia empecé a acostumbrarme a mirar para arriba cuando salía, a mirar al cielo, pasara lo que pasara. Lo hacía como una invitación al optimismo, a no abandonar la esperanza, cifrándola en la inmensidad del cielo límpido e intensamente azul. Si bien no abandoné esa costumbre, desde que Mar vive conmigo mirarla vivir a ella es una invitación cotidiana a la belleza. Todos los días me fascinan sus gestos perrunos, sus expresiones, cuando inclina la cabeza y fija esos ojitos oscuros en los míos, cuando me lame, o apoya su cabeza en mi regazo. Mar es bella, no sólo por su espléndido pelaje negro y su porte elegante, sino por la picardía de sus gestos, por sus orejas continuamente dadas vuelta, por su locura de correr descontroladamente en los espacios abiertos. Mar me cuida y se preocupa perrunamente cuando me ve prorrumpir en improperios, exaltada, cada vez que no encuentro algo, y sobre todo si se cae cualquier objeto haciendo mucho ruido. En esos casos parece desesperarse y viene a buscarme como si yo estuviera corriendo algún peligro. Mar duerme conmigo y me hace el regalo de aplastarme un poco, como para dejarse acariciar, aliviando mi necesidad de abrazar y tocar, que ella recibe con el mismo regocijo que a mí me produce hacer ambas cosas. A veces ronca, y otras veces suspira, y siempre termina haciéndome reír. Ha roto cosas, pero excepto un par de veces en que me enojé enfáticamente, es muy difícil para mí poder retarla en serio. Me siento una especie de abuela reblandecida, aunque a la vez la nombro como si fuera mi hija y yo su madre humana. La nombro con mil apodos de mi acervo afectivo, algunos de los cuales no llego ni siquiera a racionalizar antes de pronunciarlos.
Todo esto es para decir que en realidad Mar colabora de un modo más que elocuente a que yo me enamore de la vida, y no deja que me olvide, porque me trae a cada rato a ese estado del espíritu.
Confieso que temí un poco cómo sería atravesar su celo. Pero como suele suceder, las cosas no son como las imaginamos. El celo parece haberle sentado bien. Quiero decir que está más tranquila e incluso no me ha roto cosas cuando salgo. Entonces la felicito a mi llegada por lo bien que se portó, y eso ayuda bastante a que cada vez se porte mejor en ese sentido. Y las salidas a la terraza constituyen un capítulo aparte. Ella no subía desde cachorrita. Ni bien le aplicaron todas las vacunas ya empezamos a ir a la plaza y luego al canil para que pudiera descargar energía y jugar con otros amigos. Me llamó la atención que al subir por el ascensor se mirara en el espejo, pero no le atribuí mucha importancia. Al llegar a la terraza jugamos con una pelotita, y es muy divertido. A ella le gusta, y a veces, si la veo poco activa me pongo a correr o a hacer alguna payasada a la que ella reacciona enseguida. Pero gradualmente se han ido pronunciando cada vez más unos momentos en que deja de interesarse por el ir y venir de la pelotita y se pone a observar las palomas. A veces sentada, y otras, queriéndose asomar al borde de la medianera. Yo sabía que le gustaba correrlas, pero nunca la había visto mirarlas. Largamente, siguiendo su vuelo, o sus movimientos.
Traté muchas veces de insistir en vano con la pelotita, así que empecé a sentarme junto a ella o a cierta distancia, y a observar yo también las palomas y su vuelo.
Algunos días parecemos los personajes de Esperando a Godot, ambas sentadas y mirando en lontananza, cosa que me causa bastante gracia.
Pero lo más curioso de nuestro avistaje de palomas, es que yo también he descubierto algunas cosas. Por ejemplo, que eso que siempre me llamó la atención en cuanto al comportamiento amatorio de las palomas es un asunto que muchas veces se resuelve en las alturas. Voy al hecho de que mil veces en las plazas y parques uno advierte cómo los palomos se inflan todos haciendo un currucucú intenso mientras se devanean alrededor de la paloma, que pese a la insistencia del macho termina haciéndole oleeee y se va volando. Observé este comportamiento cientos de veces, y hasta me pregunté cómo hacen para reproducirse tan profusamente con semejante desplante recurrente de la hembra.
Bueno, pareciera ser que en la terraza de mi edificio las cosas se ponen más amigables, y las palomas se hacen arrumacos muchas, muchas veces. No sé si será la altura lo que las fascina, o el silencio y la ausencia de seres humanos, pero el caso es que eso que parecía imposible en el llano no lo es en la terraza.
Mar también olisquea el aire. Es lindo verla mover el hociquito rápidamente de un lado a otro, y también, como gran oyente que es, seguir los ruidos de los aleteos.
Lo del espejo es un hecho. Una y otra vez la veo observarse como si se reconociera, no sólo en el espejo del ascensor, sino también en uno de casa, frente al cual a veces retrocede como para tomar distancia ante sí misma, y luego se vuelve a acercar asombrada frente al reflejo de su propia imagen.
Hay otra cosa nueva que viene sucediendo en esta etapa y que no es tan agradable, y es que se ha puesto a ladrar por las mañanas. Ladra a la mismísima nada. Pero ladra con vehemencia. A veces se puede relacionar su ladrido con ruidos que llegan del pasillo, pero es algo que dura un rato considerable, y que luego no se repite durante el resto del día.
Hoy al llegar de hacer las compras me encontré con una señora grande a la que no había visto nunca, un poco encorvada, llevando un changuito y bastante agitada. Yo no sabía si seguiría subiendo o no, y le ofrecí ayuda. Ahí nos presentamos y descubrí que se trataba de una vecina nueva. Me contó que estaba sola, que era viuda, con una mirada un poco torva que asomaba entre el barbijo y el flequillo. Cuando me presenté, enseguida me dijo: - Usted no es la dueña del perro que chumba ¿no? Y yo le contesté que sí, que soy la dueña del perro que chumba. A lo que respondió que no me imaginaba así.
No sé realmente cómo me imaginaría, pero tal vez le haya resultado más amigable de lo que ella considerara adecuado para una dueña de perros chumbadores. Su mirada me resultó fea, difícil, así que no me dieron ganas de continuar demasiado la charla, no obstante lo cual nos saludamos muy bien.
Y me quedé pensando en esto de cómo nos imaginamos los unos a los otros. Mar es esa perra que chumba y molesta a los vecinos. A la vez, es la perra que me enamora, que me lame y olfatea, que me hace fiestas y se deja acariciar y abrazar, la perra bucólica que observa las palomas y se mira en el espejo, la perrita amigable que saluda a todo el mundo, torpe pero efusivamente.
Tal vez Mar no sea tampoco lo que imagina la vecina cuando dice “el perro que chumba”. Tal vez la vecina no sea tan sólo esa mirada torva por debajo del flequillo.
Tal vez seamos tan diferentes cosas a la vez… Tal vez, pienso, mientras la llevo a Mar a la terraza, ascensor arriba.
Iba con Mar bordeando la plaza.
De pronto: ¡palomas, muchas palomas!
Impulsivamente la hice avanzar a Mar hacia ellas para obsequiarle a su libertad condicionada por la correa un motivo de alegría. ¡Cómo le encanta hacerlas volar en un chisporroteo!
Y así fue. Sólo que había alguien más que me dijo: "señora: ¡fíjese qué hace con su animal!". Era una mujer que también tenía su fiesta: daba de comer a las palomas del lado de afuera de la reja.
Me dio pena. ¡La fiesta de Mar y la de esa mujer eran ambas tan hermosas, sencillas e inofensivas! Y sin embargo no podían coexistir.
Daños involuntarios. Aunque tristes.
Ojalá al menos en el mundo hubiera sólo de éstos.
Pero sin embargo nada, ni lo rutinario siquiera, es siempre igual, idéntico, predecible.
Días después me tocó pasar en un momento en que ella, -la señora que les da de comer a las palomas-, no estaba. Y ni Mar ni los otros perros pudieron espantarlas, porque fue su momento de juntarse todas en el árbol.
Una vez más pensé que acostumbrarse a esperar algo felizmente impredecible, -imaginarnos capaces de sorprender y sorprendernos- es un acto de fe.
***
son muy las ocho para ser más tarde
cuán a vallejo suena mi mañana
desde temprano acomodando el alma
después de algún sueño avecinando el miedo
no sé si quedará el desasosiego
prendido al cuore como la luciérnaga
después de tanto despropósito
la secuela ha de ser el nacimiento
alumbrar, dar a luz, otra no cabe
ante tanta noche que han dejado esparcida
desde el laboratorio de las sombras
para hacer más complicada
la de por sí complicada vida humana
en estos tiempos sin luz y sin abrazo
más que el que uno se inventa, queda claro
que si la imaginación no da poder al alma
¿qué más le pondrá alas?
que si podemos soñar mundos sin amo
y con te amo
estaremos salvados más que en mayo
francés o pan - mundial
y no habrá jueves con aguacero querido césar
la muerte no nos mata más que el olvido
lo opuesto al amor siempre fue la indiferencia
la sangre congelada
la espera, el desamparo
la crueldad
Desbarrancan las sombras su tropel desbocado
y las alondras se quedaron para siempre encriptadas
en un viejo poema
Si no nos nombra alguien con urgencia
aunque sea en susurros
estamos fritos
Menos mal que está Mar que me suspira
y apoya su cabeza en mi intemperie
que no habla castellano
me pone su pata en la cara y suspira
me lleva a caminar
me saca de paseo
me ofrece su alegría
destruye algún objeto querido
sin querer
nada puedo reprocharle
porque con mi corazón no se mete
más que para construirlo
de nuevo