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sábado, 27 de julio de 2024

NIÚ IORK, NIÚ YORK, de Canciones que me enseñó mi madre


Pahuyentar las sombras en estos resfríos de julio, comparto este relato de Canciones que me enseñó mi madre, que si bien dejó de estar inédito, aún espera su fecha y su rinconcito de presentación en estas tierras... ahí va:

 NIÚ IORK, NIÚ YORK

Cuando entré esa mañana a su cuarto y la vi, temblé. Mamá no podía estar junto a aquella mujer, porque iba a enloquecerla.

Decidida, me dirigí hacia la jefatura de enfermería para pedir que por favor trasladaran a la señora a otra habitación, o que de lo contrario trasladaran a mamá, pero que no las quería juntas.

Cuando volví al cuarto ella ya estaba hablando hasta por los codos.

Durante las noches anteriores la susodicha había enloquecido a los enfermeros y a todos los que la escuchábamos gritar: “¡por favor, alguien que venga, alguien que me escuche!”  Y otras tantas cosas. Un parloteo gritón, constante y solitario que no intenté descifrar, no porque no me conmoviera, sino porque era superior a mis fuerzas lidiar con esa angustia.

Y ahora estaba aquí: su cabeza repleta de rulos canosos desordenados. Un bigote en su cara regordeta. A los pocos minutos supe que era profesora de literatura. Le gustaban los romances españoles antiguos, y sobre todo, era una apasionada del teatro. Y ni bien se dio cuenta de que mamá y yo éramos del palo, empezó a dar gracias por haber dado con nosotras, porque en las demás habitaciones o estaba sola, o pensaban que estaba loca, es decir: más o menos lo mismo.

En medio de su profusión de palabras aparecieron amistades, espectáculos a los que había asistido, y una agenda llena de números telefónicos y direcciones. Se puso los anteojos porque quería ubicar por todos los medios a una sobrina cuyos padres estaban de viaje, y a la cual no podía localizar.

Aparentemente no había quien se ocupara de ella. Con esfuerzo, logré encontrar el nombre de la sobrina, y lo pasé a enfermería , a ver si podían hacer algo. En la agenda, también figuraban cantidad de actores y artistas a los que había conocido. Me contó que Nora Cullen y ella eran grandes amigas, y yo, en medio de una especie de admiración inesperada, tardé en darme cuenta de que se trataba de una actriz que ya había muerto hacía rato.

Cuando llegó el enfermero a notificarme de que la señora iba a ser trasladada, le pedí que por favor cancelara mi solicitud, que así estaba bien, que probáramos por un día. No sólo por ella, sino también por mamá. Le iba a venir bien tener una compañía, la iba a ayudar a socializar un poco y, - aún con su su desordenado parloteo-, a tratar de comunicarse mejor. Al comentarle el tema de la sobrina, moviendo negativamente la cabeza, me dijo que ya habían intentado mil veces comunicarse con ella sin éxito.

Mientras tanto la dama, siguiendo con la cuestión del teatro, empezó a hablar de “niú iork”. No decía Nueva York, sino “niú iork”, con acento yanqui.

En Niú Iork había conocido muchísima gente: artistas, actores, directores de teatro, y disfrutado de espectáculos maravillosos. Añoraba con toda su alma estar allí. Tanto que por momentos se confundía y creía estarlo.

De pronto empecé a sentir un potente olor a pis que llegaba desde el baño. Provenía de un pantalón que ella había traído cuando ingresó al hospital. Se lo tuvieron que sacar porque estaba orinado totalmente. Y ahí había quedado desde hacía días, sin que nadie se lo llevara para lavarlo.

Entre tanto, mamá y la señora habían hecho buenas migas: mamá le hablaba de su música, y la señora de su teatro, y de lo mucho que le gustaban los jóvenes cuando eran atentos, como los estudiantes de enfermería que tan bien la habían tratado. Era un gran gusto para ella ver ese tipo de jóvenes agradables, esa linda juventud.

Más tarde, y para mi gran sorpresa, la sobrina apareció por fin: más fría que el mármol, habló con los médicos, y al rato nomás se apersonó una asistente social, señal inequívoca de un traslado a geriátrico inminente. Pese a haberle mencionado el tema del pantalón, la chica se fue sin habérselo llevado.

Cerca del anochecer tanto mamá como la dama, - cuyo nombre no alcancé a preguntarle-, entraron en un estado cada vez más delirante. Mamá creía estar en su casa con su hermano, mientras que la buena señora me pedía que fuera yo a la suya a buscar una caja de bombones para dárselos a los chicos que tan bien la habían atendido.

Ambas me pedían cosas imposibles: mamá que la llevara a su casa en ese mismo momento, y la señora por un lado creía estar en New York, y por otro lado insistía en convencerme de que los bombones estaban en el piso de abajo, es decir, en su casa, según ella aseguraba.

Yo no daba más. Quise llevarme su pantalón para lavárselo, pero me dije: ya es demasiado por hoy. Lo llevaré mañana. Realmente me sentía exhausta.

Cuando llegué a la mañana siguiente, sólo estaba mi madre en el cuarto. Por lo visto la operación “geriátrico” había sido muy expeditiva.

La cama de al lado estaba vacía. Y pensé: “sólo quedó de ella un pantalón meado”.

Es más, escribí una especie de haiku malogrado que decía:


Hospital-

En la cama vacía

un pantalón meado


La imaginé en el geriátrico repitiendo sus historias y eso me consoló. Recordé su expresión alegre y traté de soñar con que por un momento esas historias pudieran continuarse en alguien, en algo que no fuera ese triste resto sin nombre, arrojado sin más al tacho de la basura. Apenas podía lograr vislumbrar esa posibilidad. Me ganaba la tristeza.

Al llegar la noche, pasaron “los chicos”, los estudiantes de enfermería: dos o tres muchachos y una chica, muy jovencitos. Me saludaron cordialmente, le tomaron a mi madre los signos vitales, y antes de irse me preguntaron por la anciana, que por qué no estaba, que a dónde se había ido. En sus rostros asomaba la ternura.

Y sentí una inmensa emoción: algo de ella había sido puesto a salvo del olvido, de la crueldad, del desmundo.

(2012)

viernes, 14 de octubre de 2022

HABEMUS LIBRO!


https://www.youtube.com/watch?v=0yQhMH17ZeM

Con mucha emoción comparto el nacimiento de mi tercer hijito literario. Se trata de "Canciones que me enseñó mi madre", un libro testimonial, mezcla de poemas y sobre todo de narraciones tomadas de la experiencia vivida con mi madre en sus últimos años en este planeta, en gran parte escritas durante su tránsito por el hospital, por lo cual también implica un testimonio de la vida en los hospitales y la gente que la habita.

Homenaje a la hermosa mamá que tuve, a un modo de mirar que me legó, y que sigue sonando.

Gracias a Patricio e Ivi de 13 mil pájaros Ediciones por su hermosa predisposición siempre! 

viernes, 29 de octubre de 2021

Tres fragmentos




Cada vez que vamos al médico juntas, la recompensa es el cafecito.

Siempre, después de repasar sus achaques,  hablamos de cosas lindas y me dice  que, - inexplicablemente-, de vieja puede gozar mejor de las pequeñas cosas, de las suaves alegrías. Eso la pone bien, pero a la vez le resulta un misterio.

Desde la ventana del café se ven volar unos gorrioncitos, y entonces ella se detiene en la contemplación


Ojos de anciana-

Mirando los gorriones

se iluminan


***   


Otro día de ver desnudeces femeninas, vaginas apenas rodeadas de pelos ínfimos, lunares, flaccideces, cuerpos de mujeres viejas rodeadas de chatas y aparatos. Cuerpos de mujeres, vaginas abiertas, tetas desnudas asomando por el camisón o por el sin camisón. Cuerpos de mujeres que son mujeres: aunque el hospital insista en  cosificarlas, los cuerpos suyos dicen que están vivas, que están tan aquí, en este mundo, como los nuestros.
Después de todo eso yo sabía que me esperaba la cita conmigo misma, la cita preparada conmigo. Todo estaba coordinado para que cuando llegaran a reemplazarme saliera para allí.
Después del taxi caminé, caminé medio perdida, cansada, casi sin comer, hasta el lugar de la presentación del libro de poemas al que estaba invitada y llegué: Primero pedí un té con canela y un pedazo de torta de naranja suculento que me supo a gloria, y entre bocado y bocado saboreaba la poesía y ese intermedio de piano que supo darse mientras me iluminaba una tenue luz y yo echaba mi cabeza hacia atrás sintiendo que en esa epifanía, -¡qué contraste!-, también te sabía allí conmigo, mamá,  y tomaba lo que me diste en herencia: el vuelo irremediable.


*** 

justo al tirar

el pañal de mi madre,

la hormiga con su hoja


jueves, 7 de octubre de 2021

BEATRIZ, de Canciones que me enseñó mi madre


A Beatriz la cuidan tres hombres. Ninguno es  de su familia. Oscar es el albañil de toda la vida, que se viene desde Moreno en tren; Pablo, el amigo del hijo de Beatriz, tocaba jazz con él, su único hijo, que falleció a los veintitrés años. Ese hombre fue quien la llevó a internar. A mí me llamaba mucho la atención que la tratara de “Usted”. Luego él me contó que le prometió al hijo de Beatriz ocuparse de ella en su lugar. Y por último Adrián, que es el muchacho que tiene el negocio enfrente de su casa. Y todos alternándose y comunicándose para asistirla.

He sido una especie de secretaria que los tenía informados de si había o no comido bien, de si habían o no pasado los médicos, etc, etc... Ahora nos cambiaron de ubicación y los extraño.

Cuando cuento todo esto me dicen que Beatriz debe haber hecho sin duda algo muy bueno para merecer esa suerte. Y es que ella es una dama encantadora, de un gesto muy dulce, aunque poco pudimos conversar (tiene la voz muy apagada y le cuesta hablar). Pero creo que hay una cuota de azar en dar con tres hombres dispuestos , hombres que tienen sus familias, sus hijos, que pueden aparecer poco por el hospital, pero que se están ocupando de todo, de sacarla adelante, de hacerle los trámites, de hablar con los médicos y pelearlos como siempre nos toca hacer...Pablo perdió a su mamá el año pasado. Adrián tiene a la suya en un geriátrico, con un alzheimer muy avanzado, y el tercero (Oscar, con quien menos hablé, el señor de Moreno) tiene a su niño que aprende violín, cosa que Beatriz destaca, ya que a ella le encanta la música, y disfrutaba enormemente las veladas musicales en que su hijo y otros amigos tocaban jazz hasta que las velas no ardían.

Digo: la cuota de azar de dar con estos tres varones (y lo recalco porque en los hospitales las que más cuidamos somos las mujeres, y más aún a otra mujer), tres varones  que algo bueno también habrán hecho, y hacen, y me llenan de ternura y conmovedor respeto.

***  

Hoy me enteré de que Beatriz murió. Me lo dijo Pablo.

Cuando ella llegó al hospital, casi al unísono con mamá, era impensable que una señora lúcida en extremo como ella y no demasiado mayor, pudiera perder la vida por una operación de cadera.

Los tres hombres que la cuidan, -su familia-, coinciden en pensar que extrañó tal vez demasiado la música de su hijo, y que por eso partió para escuchar “Tenderly” para toda la eternidad.

martes, 7 de septiembre de 2021

OFELIA, de "Canciones que me enseñó mi madre" (inédito)


Hoy le dí de cenar en la boca a una viejecita llamada Ofelia...

Ofelia es la nueva compañera de cuarto de mi madre,  una pobre señora que no tiene perro que le ladre, convertida en una especie de cosa penosamente encogida en una cama.

Van casi dos días sin ninguna reacción de Ofelia, que apenas si susurra palabras ininteligibles. Sólo una kinesióloga viene a veces a peinarla  y darle de comer.

Pero ¡por dios que pasan cosas insólitas! Hoy por la tarde mamá andaba inquieta, y antes de que siguiera obsesionada con el tema de su casa, fui a comprar una ficha para el televisor... Pasa como todos los atardeceres: quiere volver a su casa a ver a su hermano y me dice: “Bueno, ¿ahora nos vamos?” .O , -con tono más imperativo-, “¡Yo ahora me cambio y nos vamos de acá!”… Y entonces llega para mí la dolorosa y repetida etapa de explicarle una y otra vez que no debe volver, que mi tío ya sabe dónde está ella; pero ese “dónde” no debe convertirse en la palabra hospital, porque tampoco está claro para ella que esto sea un lugar indeseable, sino que por momentos parece que fuera una travesura, un estar fuera de su casa como de visita en la mía, o en un lugar de esparcimiento…Por eso le cae tan mal cuando alguna enfermera o enfermero la trata bruscamente, porque interpreta que eso no es digno de un hotel o de un lugar de descanso o vacaciones.

Casi nunca dan algo en la tele que vaya con ella, o por lo menos con su estado actual. No le gusta casi nada…Todo va a un ritmo demasiado rápido; incluso los programas de animalitos ahora tienen la estructura de flashes, de gags, y no los puede seguir… A mí también me fastidia eso: ya casi nada discurre con la placidez normal de la vida, o por lo menos de la de los animales domésticos…Todo debe apurarse, todo es una broma para decodificar al instante, todo está preparado para mentes ágiles, despiertas y dotadas de una cierta ironía y levedad.

Pero esta tarde encontré algo: un concierto de la Filarmónica de Berlín que estaba de rechupete. Y lo puse a un volumen más bien  fuerte...Mamá se enganchó en gran forma, y movía la manito del suero como dirigiendo la orquesta... Pero lo más grande es que Ofelia de pronto empezó a llorar. Yo me asusté: creí que había hecho algo grave, que había removido algo terrible, algo inquietante en la mente o el corazón de esa mujer, y me acerqué para preguntarle qué le pasaba.  Ella casi no había hablado, y ahora,-como las pocas veces en que lo había hecho-, lo hacía entre susurros, con una voz demasiado débil y una pronunciación por momentos casi ininteligible. Sólo alcancé a comprender algunas frases: que algo era exactamente igual a alguna cosa anterior, que era increíble, que le recordaba a Italia, -donde ella había nacido-, y a viajes que había hecho por España y Venecia con su marido, y sobre todo recordaba con mucho placer las góndolas ... Y emocionada decía cada vez  más fuerte: ¡"Gracias Señor! ¡Gracias Señor!"

No puedo explicar lo que sentí al ver sus ojos: eran unos ojitos muy pequeños, muy azules, ahora llorosos...De un lado los de ella, del otro los de mi madre...No podía evitar mirar para un lado y para el otro, una y otra vez…De un lado “¡Gracias Señor Gracias Señor!”; del otro mamá moviendo su bracito con suero siguiendo el compás y tarareando lo que podía…Y en el medio de ambas, o de las tres, la música, circulando, haciendo posible la magia…

“Volaron ángeles en ese cuarto, lo sentí en medio del pecho”, me dice una amiga cuando cuento parte de esta historia . Y siento que sí, que algo especial sucedió: una epifanía, un momento de pureza irreductible, algo intensamente vivo, que me hizo sentir cuánta vida puede haber en la muerte, en  los que aparentemente están un poquito más fuera del mundo que los que aparentemente estamos más metidos dentro de él, de este mundo que nos aparta, que nos doblega, que nos aleja de esas pequeñas cosas por las que daríamos toda una vida de dudosas alegrías compradas en medio de la luz de la ciudad…

***

Por supuesto que la enfermera vino a retarnos: porque la tele estaba muy fuerte, porque la música era  “triste", y porque ya para tristezas sobraba...Traté de explicarle infructuosamente que ellas habían estado felices, sumamente felices. Pero ¿cómo explicarle a alguien casi desconocido y sin la intuición suficiente lo que había significado ese momento? No, no entendió, no hubo caso...Y no era una mala persona, era cálida, macanuda; pero creo que se asustó, que no era familiar para ella ese tipo de sonidos. Creo que si hubiera sido reguetón o fútbol no se hubiera quejado tanto...

Ahora… lo de “triste”...¡Eran partes orquestales y vocales de Carmen, de Bizet! ¡Y encima cerraron con "Granada...tierra soñada por mí..."!

¿Qué cosa es la tristeza para alguna gente?

***

Todo un detalle: esta mañana me enteré de que a Ofelia, -a quien creíamos huérfana del mundo-, la cuida Mabel, la portera del edificio: Ofelia no está sola, no está del todo sola.

Mabel es una mujer joven, no más de cuarenta años; pero está cansada, y a veces se queda medio dormida. Viene especialmente a darle el almuerzo desde la otra punta de la ciudad en el horario en que descansa de la portería; luego se va a su trabajo y vuelve por la tarde, un ratito apenas, para darle la merienda. Esos dos días no pudo venir porque no se sentía bien, pero ahora ya se repuso.

Por eso es que los médicos la creen a Ofelia sola en el mundo, ya que cuando ellos pasan no hay nadie que reciba los informes, nadie registrado como familiar.

Mabel fue quien la acompañó cuando la internaron, y me cuenta que ella ya  le llevaba de comer al departamento, porque la buena mujer es viuda, vive sola y tiene alzheimer. Ofelia la llamaba a Mabel por teléfono todos los días, y Mabel también iba también a verla en los ratos libres, para acompañarla un rato.

Con razón que me extrañaba a mí que una mujer totalmente desamparada tuviera en la mesita de luz un rosario, un vaso, talco… Esas cosas que sólo se ponen en la mesita de luz de alguien a quien se conoce y se quiere.

Me dice una amiga cuando le cuento esto que por algo Ana Frank decía en su diario : ”A pesar de todo yo sigo creyendo que el hombre es bueno..." Otra amiga me pide que por favor, le siga contando estas historias porque le refrescan el alma. Mientras, yo me siento en medio de esta urbe desquiciada  escribiendo por facebook como una Sherezada de hospital. (2012)

jueves, 13 de mayo de 2021

DOS POEMAS DE "CANCIONES QUE ME ENSEÑÓ MI MADRE" (inédito)

 


https://www.youtube.com/watch?v=0M0VBrUkQao

Alzheimer

¿con qué reemplazar una palabra bien dicha?.

Sólo pueden hacerlo la poesía y el río

y los gestos del amor…

 

Por eso en esta corriente de palabras inconexas,

no hay poesía ni río,

pero sí en tu sonrisa, mamá

en tu abrazo

en tu mano que se toma de la mía…

 

Hablar alemán

 yo  me quedaba sentadita al lado tuyo,

escuchándote:

 el intermezzo de Brahms,

-ése que vos decías que era para personas más grandes-,

me convocaba infaliblemente al comedor del piano.

Tus dedos formaban ríos de sonidos,

lo mismo que tu voz

cuando cantabas “ La última primavera “

 

Sonoridad y enigma: todo ha retornado:

tu voz ahora, tus palabras,

este flujo ininteligible que transcurre,

incesante corriente de sinsentidos que se dispersan…

 

Te escucho mamá, junto a esta cama de hospital

mientras acaricio tu brazo.


2012