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viernes, 9 de mayo de 2025

Bailar. Hoy gozo solamente. Una improvisación más

Bailar... ¡Es tan lindo lo que se siente cuando uno está siendo!. No sé cómo definirlo. Realizar un viejo deseo, podría ser otro deseo, en este caso es bailar ...  Realizar un viejo anhelado sueño que destapa un poco más aún el alma y el cuerpo que la habita, que le da oxígeno. 

Muchas muchas veces me pregunto en nombre propio por qué llegamos a los veintiún años ( metáfora de mayoría de edad cuando no los tenía aún) a los cincuenti tantos .. por qué el alma está en condiciones de vivir experiencias que hubiera estado bueno vivir antes de un modo más pleno... Pero dejando de lado los hubieras y los hubieses, y en este caso mis rodillas, - que no dejan de ser metáforas -, qué bueno respirar otro aire. 

Otro aire. Sencillito. Sentirse contento de estar vivo. No negar el dolor, ojo al piojo, nunca. Sólo respirar. 

El que lo vivió, me entiende. 

Respirar.

( Los días, los momentos en que uno es feliz me hacen sentir en la necesidad de expresarlo, de no guardármelo para mis adentros. La felicidad también se contagia, decía un profe de Biodanza, y sigo creyendo que tiene razón )


Siento muchas ganas de parafrasear a  Silvio y a Vallejo, y decir:

soy feliz, soy una mujer feliz y quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad

o también: hoy gozo solamente

Es que estoy en mi camino, y eso merece esta improvisación

Quiero decir que estoy bailando





sábado, 29 de julio de 2023

entro nuevamente a la danza



entro nuevamente a la danza con todos los seres que llevo puestos

recorro una por una todas las presencias que puedo, todos

los minutos encendidos de sus velas, los mejores legados

recorro la certeza de nombrarlos 

de evocarlos o invocarlos en algún instante de mis días

agradecidamente

uno por uno desfilan en mis movimientos y mis brazos los saben

yo me llevo puesta y soy también

y me siento

como nueva en los advenimientos que señalan el camino

recogiendo lo mejor de mis vidas 

y por un momento soy la que bailaba con las manos

en el despertar de los días sábados

cuando mi madre tocaba la balada de chopin en el piano

y yo acariciaba y cabalgaba sus sonidos en una danza privada

mientras miraba, si era primavera, las flores del ciruelo

asomando por mi ventana

privada también, por primera vez

todo va llegando desde la danza a mis brazos y se despliega

y se recoge para renacer

o para nacer


Después mi cuerpo es una sonrisa


viernes, 7 de julio de 2023

Como en casa


Como en casa


Ayer, mientras danzaba, me di cuenta de que mi cuerpo no sólo respondía a consignas y a estímulos nacidos de la combinación de las consignas con la música, sino que las palabras en sí mismas, determinadas palabras pronunciadas de algún modo especial o por su ubicación en el conjunto del sensorium, y las palabras entonadas melódicamente por los intérpretes de las canciones, tenían un poder sobre mí, y sobre las emociones que desencadenaban.

Y me pareció un acontecimiento singular, porque lo que nos conmueve en la danza, al pasar la música por el cuerpo o por la emoción aún no danzada, no suele tener que ver con la comprensión del idioma.

Sin embargo...a veces ciertas frases que comprendo también en su significado, hacen que me emocione, que detone algo especial y único, o que se acentúe. Como si las palabras tuvieran tacto, textura, y nos tocaran. Tal vez por eso habría que decirlas con más tacto, como quien improvisa una caricia y la dibuja en otra alma.

¡Qué misterio el de la palabra! Ayer en biodanza hablábamos del cuerpo, le hacíamos caso, en sus acciones supuestamente "involuntarias", sus micro decisiones, como ir para un lado y no para otro, como moverse o detenerse, y otras tantas. Y sin embargo, de pronto, el canto salpica con una noción que aumenta su poder al fundirse con la palabra.

¡Ah palabrita: tan sobredimensionada, tan malinterpretada, tan sagrada, vos!

La palabra es fuente de malentendidos, decía el zorro al Principito. Y tenía mucha razón.

Si no dispusiéramos de la tecnología, no conoceríamos cómo suena nuestra voz desde fuera, no sabríamos reconocer eso que está ahí y que también somos, y que es nada menos que una parte muy importante de lo que los demás reciben de nosotros a cada momento.

Del mismo modo que, recién a partir del uso corriente de los videos nos acostumbramos a convivir con ese extraño que se mueve y toma prestada nuestra identidad, la voz propia en sus diferentes inflexiones, en todo lo involuntario que contiene, también es una extraña a la que acogimos desde la popularización del audio, -o ‘mensaje de voz’-, como forma de comunicación casi cotidiana.

Y si yo misma me soy extraña en tantos gestos: ¿cómo voy a pretender que el otro me sea tan familiar como para poder darlo por sabido de pe a pa sin tener que preguntarle nada, sin necesitar que me brinde información acerca de lo que de veras piensa y siente?

Creo provisoriamente que la palabra también es un acto, y cuanto más consciente, más lo es.

Pero, así como, en las canciones, los significados y los sonidos pueden llevarse de maravillas o darse de patadas, en el lenguaje cotidiano, también sucede esto.

Por eso necesitan ser interpretados en contextos sensoriales amplios, en los que la pobrecita palabra no esté tan sola, tan librada a su escasez de poderes metafísicos… Porque la palabra café jamás olerá a café, a menos que hagamos magia, y hasta la magia tiene sus fundamentos, y si no a preguntarle a magos, brujas y hadas.

¿Somos lo que decimos o lo que hacemos? ¿Qué pesa más: un kilo de adulaciones o un acto de amor sincero? 

Es que, así como las acciones tienen un valor infinito en el lenguaje del cariño, un valor que no tendrían las palabras por sí solas, lamentar una palabra o un tono hiriente, también es una acción. Decir el cariño en voz alta, también es una acción, tantas veces muy necesaria. 

Decirse y des-decirse o re-decirse son acciones. Ante uno mismo, y ante los otros. Por eso quienes saben estar, quienes nos han regalado presencia activa, interés y atención, cuidado, en resumen, merecen el espacio para realizar esas acciones tanto como nosotros: explicarse, dejarse ser, desnudarse de poses y de frases hechas.

El lenguaje del cariño, -del amor, en su sentido amplio-, necesita sentirse como en casa.


miércoles, 12 de abril de 2023

mi corazón late en semicorcheas

por primera vez, o quizás ya sucedió y no lo recuerdo, pero yo estoy convencida de que fue por primera vez : hoy he visto cómo mi corazón late.

Estaba sentada, y al mirar involuntariamente hacia mi pecho, en el lado izquierdo vi cómo se movía la remera que tenía puesta; y me sorprendió ese aware de poder ver el movimiento de mi corazón por primera vez en los cincuenta y ocho años que me viene acompañando.

Cuando era chiquita una vez le dije a mi mamá que mi corazón estaba latiendo en semicorcheas, y recuerdo que ella se rió mucho. Estaba empezando a leer música. 

Hoy vi ese aletear, no tan rápido o tal vez sí, no puedo evocar las semicorcheas de entonces, pero parece que la sangre palpita con fuerza, y me alegra. Como también me alegra advertirme más atenta y más presente tal vez que nunca antes.

miércoles, 15 de marzo de 2023

CÁNTICOS DE CELEBRACIÓN

PRIMER CÁNTICO





así, como un paranoico que se ríe al sospechar de sus sospechas

así voy embriagada sin licor

Mi danza se hace hermanamiga de todo lo vivo y te cuento este secreto para que vivas

Para que no dependas de la sonrisa de otro de la alegría de otro 

de la herida de otro

Te lo cuento para que vivas todo, 

también ese amor cuando venga, 

y que cuando se vaya 

sea material de tu sonrisa  y de tu danza

Te lo cuento después de bailar en ésta, mi casita de blancanieves, 

como decías de chiquita

En mi casa de un milímetro de espesor con un calor de setenta grados ambientales con un ventilador que tira el aire más caliente de todos los que imaginó alguna vez

Te escribo mientras mi perra se hace parte de mi gozo y baila conmigo más acompasada que nunca con su propia alegría

Y es un vals ahora que luego se transforma en zapateo 

y todo se hace felicidad

felicidad felicidad  

(creo que no te permitís nombrar siquiera esa palabra)

Y los vecinos quizás sospecharán de mi alegría 

hecha palmoteos y zapateos y gritos y danza.

Me mirás y dudás, a veces hasta me odiarás en la certeza

de que eso que te muestro es una presuntuosa manera de señalar el óxido de ciertas manías que te preceden

Mientras, como una paranoica que se ríe al sospechar de sus propias sospechas,

yo voy así, embriagada sin licor.

¿Cuán difícil es esto? - creo que te decís 

mientras me mirás con cara de duda

(-Depende de cuánto te apasione, responde el viejo sabio dentro tuyo, pero no sé si oís, si aún podés oírlo)

No sé cómo es el giro sufi pero imagino que algo como esta sonrisa ancha, este bailar sin que nadie lo ordene ni lo exija sino el porque sí inmenso de la música misma

La magia de los hechiceros de todos los tiempos convocada allí, en ese gesto inauditamente audaz de bailar

Bailé con el aire bailé me canta horacio salinas desde su disco, y bailo un vals al que me invita

en mi casa de un milímetro de espesor con un calor de setenta grados ambientales con un ventilador que tira el aire más caliente que nunca hubo imaginado, te escribo 

mientras mi perra se hace parte de mi gozo y baila conmigo  

Y es un vals ahora que luego se transforma en zapateo y todo se hace felicidad

Y mi alegría hecha palmoteos y zapateos y gritos y danza

Dejando que los demonios se muestren y saquen los dientes 

Que las gracias, mucho más que tres, se desnuden y escriban cosas con sus dedos en el espacio 

mientras deseo que las gracias  inunden tu alma y te dicten tanta belleza capaz de abrirte el pecho como la más audaz de las caricias humanas

¡Ah, la música, la danza, 

la convocatoria inaudita de la felicidad ese rato que dura

poderosa y humilde!

¡Plena!

¿Cuán difícil es esto? - siento que me preguntás a veces

-Depende de cuánto te apasione, responde la vieja sabia

La vieja savia.

Entregate a ella, hadita, te digo desde ese rincón de mi alma que sí puede

Reconocete en la joya que brilla en medio de tu pecho, pequeña

Hacela bailar con tu llanto y tu risa

Gritá, pero no sólo

Desafiá, pero ¿a qué?

Reconocete en la ternura de todo lo que no heredaste y ojalá te animes a heredar

de un dios madera que invocarás para que te escuche

Reconocete en la luz personal de tu alma

En su sombra y los tesoros que vas a encontrar cuando te pongas a revolver curiosa en las cenizas

Es difícil, sí.

Bailá conmigo si querés

A mí me apasiona lo suficiente.








(imágenes tomadas de la web)

(Gracias Inti Illimani, en particular desde el tema 4 al 7, https://www.youtube.com/watch?v=lsJX2dprAnI)

jueves, 1 de septiembre de 2022

A PLENA LUZ

Él y ella se conocieron ya grandes, como se suele decir de quienes pasaron los veinti y acaso los treinti tantos. Según se sabe, fueron una pareja feliz.

Un día los encontré en el colectivo y los saludé, cosa que ellos no hubieran podido hacer por las suyas. Iban muy bien arreglados, aseados, y sobre todo ella, muy coqueta, con algo de maquillaje y un buen humor muy llamativo. Había perdido la vista tras una mala praxis en la que entró al quirófano con apendicitis y salió sin todo lo demás, casi. Su caso, aparentemente perdido para la ciencia, fue tomado por un médico que, -cual el de “Darse cuenta”-, la ayudó a volver al mundo entera, ciega y sin audición en uno de ambos oídos, pero entera.

Ignoro en cambio la historia de la ceguera de él, pero el caso es que ciegos se conocieron, ciegos se gustaron, se eligieron y se amaron. 

En ese encuentro en el colectivo, ambos volvían de sus trabajos. Ella, telefonista con su oído sano, y él creería recordar que empleado. Cocinaban ellos mismos, y tenían empleada a una persona que los asistía casi lo imprescindible en lo hogareño.

Más allá de la admiración que suscitan estas historias, y la tentación de pensar en todo lo que les falta, pensaba en cuánto nos sobra.

Eso, todo eso que no podemos disfrutar porque no prestamos atención. Y no me refiero justamente a lo visual, aunque lo incluye. Pensaba en cuánto desvalorizamos la audición y el mágico sentido del tacto. Cuánto despreciamos los olores, y no hablo de fragancias ni perfumes, sino de olores, porque también nuestras pieles huelen, como huelen las flores, y porque los olores transportan mundos enteros, no sólo de recuerdos, -cosa sabida-, sino de informaciones que para un perro, por ejemplo, valen más que un documento firmado ante escribano. Informaciones emocionales, nada menos. Y váyase a saber cuánto más. Nosotros solemos avergonzarnos demasiado fácilmente de nuestros olores corporales, y no estoy haciendo un elogio de la suciedad, pero hay quienes sienten la necesidad de transformarse en una especie de perfumería ambulante en las que el olor a humano se disimule tanto que ya casi se pierda por completo.

“Echas olor a hombre”, le espeta horriblemente el marido a su sufrida mujer en la película “Solas”. Sí: olor a hombre. ¿Por qué no? Seductoras feromonas animales de las que también gozamos. Como también podemos gozar del olor a un libro viejo, a una comida, a la ropa de un ser amado, a la madera, el café, o la naftalina. El olor a casa. El olor a un paisaje.

Y el tacto, ah , el tacto…La caricia en todos sus registros, el abrazo en todos sus registros, y también el erotismo…”labio sobre labio sobre labio”, decía la canción. 

Y el eros extendido de saborear el paisaje con los dedos, acariciar un pétalo, un tronco, una espina, la arena, la tierra, el barro ,el agua. Qué distinta la percepción de un paisaje bello cuando sólo es una postal visual, que cuando hemos convertido en vivencia todo el recorrido. Qué pena en ese sentido, reconocer cómo la ciudad mutila el contacto sano con los insectos cuando son inofensivos, con el pasto porque pincha y la tierrita porque ensucia, y de cuánto se priva a nuestros niños civilizadamente acostumbrados a disfrutar de juegos…¡Visuales! Sí señor, señora, la televisión, la compu, los celulares, todo preparado para la sobre estimulación de la vista, haciéndola dueña y señora del sensorium casi perdido por completo.

Y queda el oído, saturado de sonidos cada vez más fuertes, ya que a mayor intensidad mayor poder, -Murray Schafer dixit-, porque el sonido más fuerte es del que gana. Nada de susurros, ni de escuchar los pajaritos, nada de prestar atención al silencio, a los silencios, a los sonidos suaves y mínimos. No: invadamos el espacio sonoro a gusto y piacere. Niños criados a altos decibeles deberán seguramente reinventar su percepción del mundo, mientras uno o dos géneros hegemonizan el mercado de la ¿música? Pero ese ya es otro cantar.

Y se canta con la boca, que también lame, saborea, habla, susurra, y se deleita.

No haré jamás la apología de la falta de visión. La vista es deliciosa, sí claro. Deliciosa y sumamente útil, eso lo sabemos todos, también los que están privados de ella. 

Sólo pensaba en quienes creen que una foto informa acerca de cosas que jamás informará sin el resto del conjunto. Pensaba en cuánto de la industria de la seducción está pensado en función de la vista, con y sin sentido, privilegiando su predominio, y sobre todo haciéndonos creer tan pero tan feos e insuficientes, incapaces de amarnos y disfrutarnos porque nos faltó la crema antiarrugas, el gimnasio, bajar o subir de peso. Y también que, tal vez por un rato, no nos vendría nada mal  aprender a vincularnos a pleno tacto, sabor y deseo, a pleno olfato y oído abierto, como dos pájaros ciegos amándose a plena luz.


domingo, 3 de julio de 2022

LO QUE SE NOS ATRAGANTA: PABLO MAS, y ciertas maneras de acercarnos a las masculinidades

Hace poco escribí, con el título, "Lo que se me atraganta", ésto:

No quiero más gente humillada que humille y enseñe a humillar

No quiero más seres perdidos en un auto-odio, - como bien lo llama Virginia Gawel-, que crea escuela.

Mujeres rotas que crían hijos para que las sostengan, padres ausentes que ponen a sus hijos en el lugar que ellos deberían haber estado.

Hijos sobre adaptados que terminan rompiéndose a su vez, sin que se note demasiado desde fuera en muchos casos, y que terminan rompiendo sus vínculos, y sus mejores posibilidades.

Mujeres que aprendimos a consentir en nombre del miedo o bien creyendo que le hacíamos un favor a alguien.

Hombres y mujeres abusados de algún modo, que nos hemos dejado abusar y hemos abusado también en mayor o menor medida.

Una historia que la humanidad viene repitiendo mientras insiste en desvalorizar el daño ejercido o recibido según su tamaño o área específica, como si eso que llamamos “grandes cosas” no empezaran siendo cosas chicas cotidianas y repetidas, como si eso que tantos y tantos creen inofensivo no terminara ,- por acumulación-, convirtiéndose en letal.

Como si no hiciera falta reparar pedir perdón acudir llorar a dúo vomitar escuchar para que el alma se libere de tanta carga y pueda barajar y dar de nuevo.

Cualquier camino que no empiece hoy, en mí y sin excusas no sirve.

Necesitamos empatía global, inteligencia emocional generalizada.

Necesitamos trabajar arduamente con nuestra alma para no conformarnos con tan poco a la hora de vivir realmente nuestra posibilidad humana.


Mucha gente está leyendo a este hombre, llamado Pablo Mas, quien se asume como heterosexual, y se dedica a compartir su experiencia en grupos de varones con distintas orientaciones sexuales, sumando también la posibilidad de hacer grupos para mujeres interesadas en saber mejor los sufrimientos propios del varón, en una cultura que lo ha obligado a "atragantarse" y a silenciar acaso demasiadas cosas, demasiadas emociones.
Creo profundamente que la revolución de nuestra inteligencia emocional depende en mucho de cosas como éstas, de este tipo de aprendizajes, que ojalá cada vez más se den en conjunto entre hombres y mujeres. Creo, -y hablo  por mí-, en las luchas mancomunadas, en todo orden de cosas. Aunque cada sector deba hablar de lo que sabe de sus peculiaridades, eso no impide interesarnos por esa supuesta "ajenidad", que es ni más ni menos la que nos hermana con toda la creación. Humana, y no sólo humana.
Como toda persona que habla desde su alma y su corazón, los saberes que quiere transmitirnos Pablo Mas, se tiñen de algún vuelo poético. 
Difundo así, revoloteando un poco en alas de la poesía estos conceptos.













jueves, 26 de mayo de 2022

LA MIRADA

 


Esta foto es de Diane Arbus, alrededor de los años setenta, en el Central Park. Pero en este caso es ella la retratada, fotografiando.
Dicen que Arbus, además de fotografiar preferentemente seres raros, deformes, "Freak", como se dio en llamarlos, lo hacía mirándolos a los ojos, mirándolos profundamente, y que dialogaba con ellos antes, durante o después. O sea, algo parecido, bastante parecido a lo que llamaríamos don de humanidad. Eso que decimos de las personas que honran en ellas lo mejor del ser humano.
En Biodanza, hace poco tiempo, me enteré de que, para Rolando Toro, - que a su vez se hacía eco en esta afirmación de otras teorías e investigaciones-, antes que el tacto, nos conecta el contacto visual. ¿Será por eso del amamantar, de la mirada de la madre y del hijo? No lo sé. Pero es cierto que ser mirados plenamente no es cualquier cosa, es todo un asunto.
Hay personas que no pueden sostener la mirada, hay otras que sí. Mirar plenamente al otro a los ojos, y dejarse mirar es un tremendo ejercicio. Pero creo que no sólo debería estar reservado a nuestras relaciones personales significativas, sino que es algo que debiéramos dedicar a nuestros semejantes más seguido, lo suficiente, mientras hablamos con un desconocido, con el comerciante, con quien sea.
Creo que nadie que no pueda ser mirado con aceptación podrá sentirse cómodo, por más que el lenguaje lo incluya a través de ciertas palabras o del uso del inclusivo, sin desdeñarlo como recurso. Pero viene primero el gesto. Tocar y mirar son actos de aceptación de nuestra más básica paridad humana, y creo que es ella, -la condición humana-, la que nos incluye a todos, y nosotros sólo podemos elegir o no dar fe de esto.
Hoy se habla mucho de de-construir la masculinidad, pero en realidad hay muchísimos hábitos aprendidos que podríamos empezar a de-construir todos, como por ejemplo el de no mirar a quien tiene deformidades o discapacidades. Empezar a mirar a esas personas, unos minutos nomás, al cruzarlas por la calle o donde sea que estemos, es darles un sí verdadero, es validar su existencia. Una mirada amorosa, respetuosa también de nuestra diferencia.
Me tocó muchas veces presenciar cómo a las personas ciegas no se les dirige la palabra en forma directa, sino a través de sus acompañantes. La persona ciega va a pagar, y cuando le dirige la voz al mozo- preguntando ¿cuánto es? por ejemplo-, el mozo, en cambio, le dirige la palabra al acompañante para decirle el importe. También suele suceder esto con las personas ancianas que padecen demencias o alzheimer, lo cual también me consta. Por desgracia me tocó observar esa actitud de hablarle al acompañante "lúcido" en otros ancianos, que quizás buscaron de esa forma, escapar de la peste que tanto nos atemoriza: el deterioro cognitivo.
Y es que la voz también toca, es una forma de contacto.
Y el anciano, el ciego, el deforme, perciben. Antes de hablar, perciben. Como todos nosotros.
Percibimos si somos o no aceptados, si somos parte, o si, -pese al simulacro-, estamos afuera.
 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Tocar el piano


Ya decía Elsa Isabel Bornemann que un elefante ocupa mucho espacio, y eso pasa con un piano. Claro que ahora los hay más chicos, eléctricos, portátiles. Pero el piano, el piano-piano, es mazacote, algo pesado, inamovible, un objeto que si lo desplazan sin miramientos se resiente, se desafina, algo grande que debe ser dejado en un lugar con unas condiciones ambientales propicias, algo así como un árbol, que necesita enraizar y ocupar lugar.

Pero el piano a cambio de su pesadez nos da muchos regalos, es un tipo generoso: voy a intentar enumerarlos, aunque seguro me quede corta.

Nos permite hacer percusión, es decir descargar físicamente con el movimiento de nuestro cuerpo, descargar peso, pero no sólo peso, porque como lo concibieron bien completito es capaz de hacer que junto con el peso y con el movimiento rítmico del cuerpo se muevan todas las emociones y en todos los matices, desde los más suaves hasta los fortísimos... "piano-forte" fue su nombre original, un instrumento propio del movimiento romántico, apto para expresar todas las temperaturas del alma humana.

A la vez que podemos con él recorrer el espectro melódico de nuestra afectividad más profunda y sutil, también nos permite que los acordes le proporcionen más profundidad aún, la melodía acompañada es un tesoro desplegado en sus teclas pero también lo es recorrer los contrapuntos más enmarañados que haya podido imbricar el intelecto humano.

Pero siempre tocar el piano es hundirse... hundirse placenteramente en el agua. Descargar peso emocional con un cuerpo que descansa sumergiéndose, hundiéndose en medio del mar o jugando en una pileta, apoyándose en lugar seguro, despreocupándose de tener que fabricar el sonido como en las cuerdas pulsadas o frotadas.

Tocar el piano es disfrutar lo percusivo de una chacarera sintiendo fuerte cómo se apoya el tercer tiempo acentuado a la inversa de lo tradicional, es ir disfrutando los juegos entre derecha e izquierda como si se tratara de diálogos teatrales o pugilatos, o verdaderas batallas campales, es deslizarse suavemente por los franceses ilustres, y tener siempre a mano la posibilidad de un cluster.

No nos abrazamos a él como a una guitarra ni lo podemos llevar a pasear fácilmente. Pero de algún modo tocar el piano es como abrazar un árbol, un tronco gordo al que asirnos para respirar los sentidos de la emoción y suspirarlos todos juntos a través de nuestros dedos.


Keith


el Cuchi


Martha


Primera imagen, tomada de la película de Jane Campion, "La lección de piano" (o "El piano")


sábado, 21 de agosto de 2021

la piel


Cuando ya no tenga casi nada

De sangre en la garganta de papel

Ni un agrio pez nadando en la mirada

Ni quiera más amparo que la piel

(Jorge Fandermole, "Cuando")


es fina, sí. mi piel es fina, la de mi cuerpo y la de mi alma también. eso es una gran suerte porque se siente mucho. también es una gran desgracia porque se siente mucho.

la mayor ventaja del acrílico por sobre el óleo es que seca rápido. la mayor desventaja del acrílico respecto del óleo es que seca rápido. 

así funcionan las cosas. somos legiones de seres humanos con piel fina que andamos desparramados por aquí. ¿qué vamos a hacer entonces?

escondernos un rato y hacer nido está bueno. pero ¿toda la vida? 

vamos a encallecer la piel, toda la piel? 

vamos a protegerla a punto de encerrarnos emocionalmente y desconfiar  de todo el mundo? 

vamos a pegar por las dudas ante el menor asomo de molestia? 

o vamos a pretender que los demás, o sea el mundo nos trate tal y como queremos ser tratados las veinticuatro horas del día?

la opción de proteger la piel, sólo cabe ante repetición de maltrato recibido, y tampoco necesariamente implica el retiro total del cuero, pero sí andar advertido, con buena crema permeabilizante y si la cosa es seria realmente, no exponerlo más ahí.

pero si protegemos la piel de todo, hasta el sol la va a lastimar; andaremos a la defensiva del viento y del agua, y nadie podrá tocarnos nunca más, y como es afuera es adentro.

seremos seres super aniñados en el peor sentido, andaremos armando escándalos por no poder soportar nada, nos debilitaremos en nombre de nuestra exquisita sensibilidad, y por qué no lastimaremos también a través de esa exagerada conciencia de clase "sensible".

conviene educar la hipersensibilidad y exponerla un rato al sol y a las inclemencias del tiempo  cada día, capaz descubrimos que no somos taaan elegidos y que también podemos cuartearnos la piel de las manos  y del alma, porque muchas veces es necesario, porque se necesita meterlas en la tierra para plantar,  edificar o lo que sea.

hasta tocar la guitarra encallece los dedos.

pero encallecer toda la piel del alma a punto de hasta llegar a  pegar primero...mmm...

conviene, en el mejor sentido de la palabra, hacernos fuertes ante la palabra de los demás, aunque no nos agrade, desarrollar tolerancia auditiva, aunque cueste, aunque nos pegue en el estómago incluso,  esperarnos, esperar a los demás, afinar oídos, dejar de reaccionar todo el tiempo en automático, y un montón de aprendizajes que llevan tiempo pero que paradójicamente sólo podemos afirmarlos o reformularlos con el otro, porque solos no sabemos si aprendimos realmente.

y sobre todo, dejar en paz al mundo, dejarlo ser. dejar de pretender que cambie a nuestro gusto, porque nosotros tampoco cambiamos al gusto de él, y está bien enojarnos y amigarnos y está bien no hablarnos más y está bien volver a hablarnos para seguir hablándonos cada vez mejor toda la vida...

se le atribuye a buda la frase "mejor andar con pantuflas que alfombrar el mundo".

y es así. y de última nos iremos, pero sin exigirle a nadie que alfombre su casa a nuestro gusto. pedir sí, implorar o imponer o exigir, no.

y si no va, de última nos iremos, pero no nos iremos de primera. y lo haremos sin lastimar, al menos cada vez menos, cada vez un poquito menos, cada vez un poco mejor

o aprenderemos a quedarnos, pero siempre aprenderemos

que tal vez no seamos taaan especiales, o que ese ser especial a veces no tiene sentido, o no lo usamos bien, o es de una forma exagerada que termina alienándonos

o que sólo tiene sentido si podemos ser especiales en algo, para alguien o para el mundo, y ya es muchísimo.

escribo lo que escribo para recordármelo a mí misma en primer lugar, porque son aprendizajes muy nuevos, y muy tiernos aún. 

y siempre por si sirve a alguien más. ojalá que sí

domingo, 18 de julio de 2021

L A REVOLUCIÓN DE ESTAR ENAMORADO: POEMAS DE "GURÍ" (inédito), DE OSVALDO BOSSI

LA ÚNICA REALIDAD ES EL SUEÑO

Eli se quita la remera

y el pantalón, se quita 

las medias (uff) y yo sin poder creerlo

todavía, le agradezco a este chico

la maravilla de su cuerpo entregado. La maravilla 

de sus ojos mirándome a los ojos 

con picardía. 

Es cierto que, si no estoy loco

por ahí ando. ¿Pero el amor no llega 

para sacarnos de nosotros mismos 

de un día para el otro?  ¿La poesía 

no viene para eso?

Y yo no quiero volver a la realidad, 

A la realidad no, de ninguna

manera, salvo a la realidad de este sueño

que es Eli.

¿Me espera la noche? ¿Me espera

el manicomio? No importa. 

Yo no quiero volver a la realidad. 

*

SOBRE LA INMORTALIDAD DE ELI

Si Eli me dejara, si

por una de esas cosas, soltara 

amarras, se fuera un día lejos 

de este ranchito lírico

de amor, que es mi cuerpo. ¿Caería

así como así en la oscura 

noche de San Juan de la Cruz?  

¿Y sin poder dormir, lloraría

hora tras hora, atribulado

por la pérdida 

de sus ojitos dulces 

y traicioneros? Oh, claro que no. 

Después de conocer a Eli, comprendí 

que nada se pierde 

del todo.  Que inmortal

como la luz, como el viento 

--que nunca se equivoca, 

es el mundo. ¿Exagero? Puede ser… 

Pero Eli, Eli, muchachito eterno, te lo digo 

en serio. Aunque te fueras, nunca te irías. 

* 

PROBLEMAS

Dichosos los que tienen problemas.

Dichosos los aciagos, los tontos, los que no duermen.

Sin problemas, para qué vivir.

¿Una vida tranquila, sin sobresaltos?

En cambio yo, desde que estoy con Eli

los problemas iluminan mis noches,

los ríos se desbordan o secan

de un día para el otro, la luna es un espejo

del tiempo que, pase lo que pase, no

se detendrá. ¿Qué hacemos de comer esta noche?

Dichosos los que no tienen paz, o tienen esa paz

exaltada, de los amantes, que siempre están 

cruzando un río repleto de cocodrilos.  

Un cocodrilo, no, pero sería lindo que traigamos 

un perrito a vivir con nosotros, un perrito

para que duerma en el sillón, un perrito mimoso

y guardián. ¿No sería relindo, Ossi?  Dichosos

los que tienen problemas. Bendito Eli y sus problemas.

Después de todo, un buen problema es casi siempre 

la mejor solución.   

* 

EL MAL DE AMOR

Si no te amara

el mundo se me vendría encima

con toda su dulzura y su catástrofe.

Si solo fueras un encontronazo

sexual, en algún momento

con agua y jabón, el asunto

se resolvería. Pero te amo, y a cada instante 

me pregunto si estás bien, si dormiste bien 

anoche.  ¿Fue muy duro tu día de trabajo? 

De un sueño a otro, de un temor a otro,

pasan los días... Oh Eli, si no te amara!  

* 

LA REVOLUCIÓN DE ESTAR ENAMORADO: Notas alrededor de un libro



Cuando escuche por primera vez Valsinha del extraordinario Chico Buarque, me emocioné. Fue hace muchos años, pero me sigue sucediendo aún cada vez que la escucho. Me pareció una canción revolucionaria, realmente revolucionaria. En un mundo que no sé si se preludiaba tan cruel, esa reivindicación del amor resurgido, del amor contagiado, del amor locamente sabio y reparador, de la ternura, me llenó de emoción.

Luego pasó el tiempo, y Valsihna no decoloró. Y aunque en el mundo y en nosotros haya habido cosas que decoloraron,  así como un derrumbe nos sorprende, todo lo que nace de sus cenizas también, y en el proceso de aprender de la herida se abre un espacio fértil, ávido de buenas noticias, de risa, de emociones profundas e intensas pero sobre todo auténticas. Y a veces uno vuelve a enamorarse de la vida. Basta con sentir la belleza, con enarbolar simplemente el saludo cotidiano al vecino, con amar.

Osvaldo Bossi ama a Eli. Es un enamorado entregado y consciente, y tal vez por eso más entregado. Su amor y su obra poética se asimilan y se retroalimentan, su obra rebosa felicidad, y él cuenta que es feliz. Y no es frecuente. Y me parece digno de ser reivindicado.

Es claro que no estamos hablando aquí de felicidad como sinónimo de éxito en términos convencionales, ni de ausencia de problemas o de dolor, de ausencia de conflicto, ni mucho menos como ese "estar a tope" de los triunfadores de la vida.

Nos va diciendo Bossi en sus "Notas alrededor de un libro":

Son poemas de amor. El amor trasciende, como cualquiera sabe, el objeto de su deseo. Pero son poemas de amor de un hombre de 60 años hacia un chico de veinte. Sin ambigüedad, o con las ambigüedades propias de la poesía. 

Mi amor es inagotable. Va de Eli a los poemas y de los poemas a Eli.  Así, una experiencia se alimenta de la otra. Más amo, más escribo. Más escribo, etc. 

Pizarnik dice que las palabras no hacen el amor; hacen la ausencia. Si esto fuera cierto  ¿es de la ausencia de Eli, no de su presencia, de lo que hablo? ¿Toda poesía es escritura del duelo?

Y he aquí uno de los asuntos cruciales. es cierto que la poesía es además de tantas cosas, un conjuro contra el mal de amores. Pero no toda poesía es poesía de duelo. El amor celebratorio existe. Un amor que no reemplaza en el poema la presencia del amado sino que la celebra. Y sigue diciendo el poeta:

Si Eli es un poema viviente (eso es lo que siento cada vez que lo miro) ¿para qué escribirlo?

Un enamorado, pase lo que pase, es siempre un creyente. 

El poeta es un creyente, siempre. Pase lo que pase. 

Anoche le pregunté a Eli qué le parecía los poemas que, a partir de él, de nosotros, estoy escribiendo. Me dijo: me gustan porque hablan de la realidad.

Y refiriéndose al amor y su irrupción, al amor como cierta exquisita forma de la locura, se me ocurre que esto que Bossi plantea, coincide bastante, - si no del todo-,  con Tato Pavlovsky cuando dice: “No se puede jugar a medias. Si se juega, se juega a fondo. Para jugar bien hay que apasionarse, para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es introducirse en el mundo de la locura. Del mundo de la locura hay que aprender a entrar y salir. Sin introducirse en la locura no hay creatividad. Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto. Repite palabras de otro.”

Entregarse a eso que irrumpe:

Con el amor me pasaría lo mismo. No lo busco y llega. No puedo salir de ese estado voluntariamente. Ni salir ni entrar.

Todos mis libros son de amor, o hablan de amor. Es decir, a todos mis libros los escribió un loco. 

Pero cuerdo, ¿quién escribe? En frío, ¿quién se pone a garabatear versos? ¿Quién ama?

El amor nos saca de sí. Nos pone afuera de nosotros mismos, nos arrebata, nos da vuelta. La poesía, si no me equivoco, ¿no hace lo mismo?

Estar dispuesto a amar, es revolucionario. No sólo en el amor erótico, pero también en el amor erótico. Un modo de existir enamorado de la vida, del prójimo, de personas concretas, de seres concretos. El mundo que siento que es soñado y dibujado en Valsinha.

Sean felices, dice siempre Daniel Molina, cada vez que nos despedimos. La felicidad como una forma de reivindicación y de venganza.

Estoy convencido que la felicidad --amorosa, erótica-- en un homosexual (en cualquiera de las sexualidades disidentes) es una forma de revolución. Y, en cierta forma, de venganza.

Y ahí, con todo el respeto que me merecen las sexualidades disidentes, sus dolores y sus luchas, voy a animarme a disentir un poco con el planteo de Bossi en cuanto al alcance del concepto de "sexualidad disidente". La felicidad amorosa, erótica, es un triunfo rotundo sobre la desdicha que nos quiere imponer el mundo del "Candombe de mucho palo". Y en ese sentido,-como todas las sexualidades- , la heterosexualidad también tiene que aprender a cantarse a sí misma una canción feliz.

viernes, 11 de junio de 2021

CIRCULANDO


Apenas mis pies empezaron a danzar, recordé. Su nombre era Laura. Y  aquél día, ya lejano en el tiempo, estaba danzando como yo, a mi lado, tomadas de la mano.

Por suerte no había llegado a conocer a su hija,  quien también había participado de los encuentros de danzas circulares.

Y mientras mi cuerpo se dejaba llevar suavemente al son de una melodía dulce, mi mente recorría el paisaje de esa otra ocasión en que Laura tomaba mi mano tras la muerte de su hija.

Creo que la pequeña tenía alrededor de ocho años o tal vez diez. Sé que le encantaba bailar, y Laura la llevaba para que pudiera descansar y nutrirse tras la espera de un corazón que debía trasplantarse en su cuerpito.

Días y noches pasadas en los hogares del Hopital Garraham, hasta que al fin el corazón llegó. Sin embargo no fue bien recibido por el organismo de la niña, que murió en la intervención.

Y mientras sigo bailando recuerdo esa otra melodía centroeuropea, tan sentida, tan honda, no diría triste, pero sí profundamente nostalgiosa que danzamos aquella vez en que vino a agradecernos, a agradecerle a Pablo su acompañamiento en todo ese proceso.

Había sido el cumpleaños de su hija, nos contaba, y decidieron festejar como a ella le hubiera gustado...Hubo amigos, tarjetitas, muchas maneras de despedirse...No sé si hubo lágrimas aunque las intuyo, pero sí hubo valor, el coraje de vivir la muerte de una manera atípica, como había sido también el modo de vivir la enfermedad y la internación: danzando, viviendo, circulando...

De pronto me doy cuenta de que aunque mi cuerpo esté bailando, mi alma se ha ausentado de la escena.

Ya no es esa melodía centroeuropea llena de plañidera belleza la que suena, sino otra, otra danza que nos protagoniza bailando unidos, otro grupo y otras manos de las que me estoy tomando ahora.

Regreso. Dejo la historia de Laura.Me despido de ella. Aunque de un modo hondo, entrañable diría, me está acompañando mientras mis pies dibujan una parte de este círculo móvil que me ve vivir.

(C. Bakún , 2017)

Tomado de una experiencia real en Danzas Circulares, facilitador Pablo Karp 

miércoles, 9 de junio de 2021

los ojos

Fotografía de Vincent Van Gogh en Bruselas, Bélgica por Víctor Morin, 1886.


"Prefiero pintar los ojos de los hombres antes que pintar catedrales, porque en los ojos hay algo que no está en las catedrales; aunque sean majestuosas e imponentes, el alma de un hombre, aún cuando sea pobre y harapiento, o una mujer de la calle, es más interesante para mí " Vincent

jueves, 20 de mayo de 2021

IMPROVISACIÓN

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio".  Italo Calvino . Las ciudades invisibles.


un corazón roto 

chorrea la luz pulverizada

y la expande

ilumina

construye

y se construye

más bonito de lo que era antes

porque amó


*** 


hermano dolor

querido amigo

de la traición del maltrato aprendí

del abandono

de la decepción

de quienes estuvieron más enfermos que yo

aprendí

a abrazarme

a estarme conmigo

a no reproducir

lo aborrecido

a reconocer en mí

el barro

pero también el oro

del deseo a destiempo aprendí

a caminar preñada de lo ingobernable

¡Aprendí tantas cosas hermano, 

tantas cosas

que cómo no agradecerte!

Y sin embargo te imploro en este día

que dejes de enseñarme por un rato nomás

para que pueda

aprender de las caricias también 

cómo es el mundo.


2021

Retazo I

Aquí la piedra

Allí la risa

Un puente desvanecido

El ángel alado

Se puso a llorar

Quería más abrazos

¿Y el deseo?

¿En qué sentido?

Buen día, día

Buenas noches, noche

Alicia juega

Se cortó el aires 

Alguien bloqueó los accesos

Borró todo registro

Lo imaginario

Se ufanó de su poder

Sobre la levedad del mundo

Una vez más

Desde una ventana muy chiquita

Esconde la nariz y pregunta

Para estar seguro de algo

Que no se sabe

¡oh, impermanente!

Sentir o no sentir:

Esa es la cuestión. 



Llorar a lágrima viva, del libro "Espantapájaros" de Oliverio Girondo


Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo…
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

DON DE LÁGRIMAS, del libro "PUERTO LIBRE", de Ángeles Mastretta

Con el tiempo uno vuelve a llorar como los niños, por lo que sea. Llora con más frecuencia que de joven, pero también con más pudor que nunca. Porque con el tiempo uno aprende a mirarse cuando llora, y eso lo seca todo.

Antes, siempre que recordaba a mi padre me sentía huérfana y en el derecho a llorar por él y por mí con todas las lágrimas que desde niña guardé para cuando se muriera. Pero lo recordaba menos que ahora. Ahora lo pienso por lo menos una vez al día, sólo que cuando voy a llorar más de dos lágrimas me miro las manos y pienso que a mi edad hay quienes pierden a sus hijos. Entonces mi derecho a llorar desaparece.

Hace días, en medio de la noche se oyó un ruido de cristales cerca del comedor. No fui a buscar su origen, le tuve miedo al fantasma que jugaba en la cocina o en mi estudio. A la mañana siguiente encontré en el suelo las dos barcas que Pamela Atkinson le robó una tarde a Holbox. Quién sabe cómo se habían caído del librero a medianoche, el caso es que los vidrios del marco rompieron la foto y cuando la vi quise llorar. Nunca he podido conocer la isla de pájaros y pescadores solitarios que es Holbox, tener las barcas señoreando los dos metros en que escribo era un modo de poseerla desde lejos, a la isla y a tantas cosas que sólo he tenido como torres de viento. Me senté a ver las barcas separadas por un agujero de cristales y solté las primeras dos lágrimas. Después, la maldición de la mirada me jodió la ambición de imposibles. ¿Qué más quieres, ingrata, si puedes patinar el Parque México?

Ya no puede uno llorar ni en los entierros.

– Haz algo útil -me aconseja el buen juicio cuando la pena quiere volverse ruido-. Si empiezas no vas a servir de nada

Tampoco está bien llorar en público cuando el Gabo García Márquez está leyendo una cosa que hace reír a todo el mundo.

– Es tristísimo -me digo con las lágrimas como sables. Luego echo la cabeza para atrás y me las como.

Si la cabeza no se metiera en lo que no le importa uno podría llorar como quien duerme, para descansar. No habría que sentir vergüenza de lagrimear los lunes en el homenaje a la bandera que hacen nuestros hijos cuando entran a la escuela, podría uno hacer pataletas tirada en el suelo cuando se despide de alguien, no nos importaría que todo mundo oyera nuestros gemidos en el cine y por supuesto que podríamos acompañar a otros en sus lágrimas cuando los vemos sufrir sabiendo que no hay cómo ayudarlos. Si es tan natural reírse con la risa de otros, ¿por qué contenemos el impulso de llorar con otros? ¿Por qué si valoramos el sentido del humor encontramos vergonzoso el don de llanto? Seríamos mucho más entendidos si nos permitiéramos llorar cuando queremos.

Sin embargo hemos puesto las cosas de tal modo que uno ya no puede llorar ni por lo que debe. Por eso tienen mérito las personas que pasan de los cuarenta conservando lo que peyorativamente se llama lágrima fácil.

Elena Ramos Sauri era bajita y rubia, de ojos verde agua y lengua apresurada. Yo no la veía vieja pero ya no era joven en los tardíos años cincuenta. Tenía una tienda pequeña que se llamaba “El Caracolito”, en la que vendía billetes de lotería y salchichas con pan caliente. Ibamos a visitarla alguna tarde de la semana y la oíamos hablar con nuestra madre que era hija de su hermana y le tenía una devoción como la que se les tiene a los niños. Mientras ella hervía las salchichas y buscaba un refresco para cada sobrino, le contaba a mi madre unas historias para adultos que aún iluminan mis recuerdos por la velocidad y la precisión de sus imágenes. Siempre tenía en la boca un deseo o un delirio, una necesidad impostergable, la eterna añoranza de su marido ausente. Y siempre pero siempre terminaba salpicando sus palabras con unas lágrimas grandes que no trataba de disimular y que salían de sus pequeños ojos claros con una naturalidad deslumbrante. De la manga del suéter o la bolsa de la falda sacaba un pañuelo de tela bordada y sin dejar de hablar se secaba unas lágrimas para dejar paso a las otras. No recuerdo a mi madre sobresaltada o incómoda con las lágrimas de la tía Nena, era tan natural su llanto y tan corta su estatura que ella la trataba como a una niña y los niños la veíamos como a una igual. Por eso, por la facilidad con que lloraba, quedarse a dormir en su casa era una fiesta. Estar con ella era distinto a estar con cualquier otro adulto. Con ella se valían los cambios de clima internos que los niños aún no aprenden a disimular. Y acompañarla en sus rezos junto a la veladora que presidía la luz de su pasillo, era entrar en unas confianzas con el Todopoderoso que nadie fuera de ella se permitía a nuestro alrededor. Justo antes de dormir y después de cenar chocolate y galletas, se autorizaba una última llorada a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Ahí dejaba hasta el más viejo de sus pesares y después dormía con el alma limpia de lágrimas hasta el día siguiente.

Pero no bien abría los ojos a la vida, al entrar la luz en hilos delgados por las maderas que oscurecían su recámara, se sentaba en la cama, prendía la lámpara de su mesa de noche y abría el primer cajón buscando los cigarros. Fumaba jalando el humo con suspiros profundos y bien acompasados, sin darse más tregua que la necesaria para devolverlo al aire en penumbra de la recámara. Al terminar apretaba el cigarro contra el cenicero dándole golpecitos apresurados y recordaba el tiempo en que aprendió a fumar: vivía con sus papás en la Ciudad de México. La revolución los había llevado de la hacienda en provincia a la casa en las calles de Oaxaca que era su última pertenencia, y vivían con estrechez pero en paz.

– Pobrecitos mis papacitos, tan buenos -decía al mismo tiempo en que soltaba las primeras lágrimas de la mañana. Después se levantaba a ponerse una bata sobre el camisón por el que dejaba salir la mitad de sus blanquísimos pechos, abría los oscuros y me llevaba a preparar un suculento desayuno escanciado con recuerdos y lágrimas.

Los adultos hacían bromas sobre la facilidad con que lloraba la tía Nena, pero alguna envidia debe haberles provocado lo que les parecía una mezcla de impudicia con debilidad. Yo crecí admirándola, aunque al fin aprendí a no llorar como se debe. Tanto oí que eso era lo correcto, lo fino, lo valiente. Tanto, que me sonroja llorar tras de la puerta cuando nadie está viéndome, cuando el nudo en la espalda me sugiere durante más de una semana que la única cura sería llorar un rato sin buen gusto y sin miedo junto a una veladora.

Tuve otras maestras de llanto cuyas enseñanzas me haría falta practicar. La primera se llamaba Lupe Cuatle. Llegó a trabajar como nana en una familia de cuatro niños cuya hija mayor tenia tres años. Mis hermanos habían nacido a tal velocidad después de mi que nunca pude sentir tener celos. Cuando nos dimos cuenta éramos cinco reclutas del mismo profesionalismo conyugal. Entonces yo tenia cuatro años y la edad perfecta para iniciarme en el aprendizaje del llanto. Pero no tenia buenas maestras a mi alrededor, mi madre jamás lloró frente a nosotros, Delfina la cocinera no lloraba ni cuando se cortaba ni cuando se quemaba, y Lupe Cuatle parecía inmutable y hierática. Hasta que se peleó con su novio. Entonces anduvo un tiempo con el ceño fruncido y la mirada baja que la hacían parecer más una víctima del mal humor que del mal amor y una tarde al cerrarse la puerta tras mi madre, prendió el radio y llamó por teléfono para pedir que la complacieran con una melodía. Luego se sentó en el suelo frente al aparato guardado en un mueble de caoba y me permitió estar cerca subida en una silla columpiando los pies. Aún recuerdo la solemnidad de su gesto cuando el locutor anunció que había llegado el momento de complacer a la señorita Cuatle con la canción Espinita interpretada por Maria Victoria. Después la música irrumpió por la casa a un volumen jamás escuchado entre sus armoniosas paredes y Lupe empezó a llorar como si en ese momento le estuvieran clavando todas las espinas del mundo a su atribulado corazón.

Yo quisiera haberte sido infiel

y pagarte con una traición

decía entre sollozos desconsolados, ensimismada y remota. Yo no había visto a nadie mayor de cuatro años llorando de esa manera, pero no se me ocurrió ni consolarla ni asustarme. Me limité a entender que si uno quiere llorar y no puede, debe ayudarse con una canción.

Después de aquella tarde vi llorar a Lupe muchas veces, como si la primera canción la hubiera abierto a la dicha del desconsuelo sin recato. A veces ni el radio le hacía falta, dada la confianza que le ofrecía mi respeto absoluto a sus lágrimas y sus canciones, lloraba tarareando mientras me peinaba con goma de tragacanto y un implacable carmenador blanco.

Mi otra maestra se llamaba Guillermina Guerra, pero le decíamos seño Mini. Era redondita, bondadosa, morena y sonriente, con unos ojos vivos como de ardilla y una agilidad escasa pero llena de gracia. En realidad en el colegio la contrataron para enseñarnos taquimecanografía, pero ella pareció saber siempre que estaba llamada a enseñar algo más importante. Quizá por ese aprendizaje pasé de año a pesar de no haber aprendido en taquigrafía más que el gramálogo México, la abreviatura de hombre, la raya horizontal para ahorrarse el que y el ángulo vertical para suplir el para.

La maestra Guerra empleó su tiempo en enseñarnos cosas más útiles y duraderas. Entre otras a llorar con los libros.

Tenía un desordenado grupo de quince adolescentes interesadas en todo menos en su futuro como taquimecanógrafas. Así que optó por leernos novelas de amor como incentivo de sus lecciones. Al principio la escuchábamos leer mientras tecleábamos lo que ella iba dictando, pero según se hacían intrincadas las aventuras de Anita de Montemar o el duque de Albaza, el ruido de las máquinas iba apagándose y el salón se erguía en un suspenso irremediable y perfecto. La seño Mini dejaba de pasearse entre las bancas y tomaba asiento tras su escritorio empezando a leer despacio como una vestal. Entonces lloraba sin ruido mientras iba leyendo. Nosotras la oíamos, desperezadas al fin, ir contando los desencuentros de gente destinada siempre a encontrarse en el último párrafo, tras múltiples enredos y malentendidos durante los cuales aprendimos lo que nunca en ninguna otra clase, a desear los libros. Cuando terminaba la hora y la pequeña sacerdotisa cerraba la novela para meterla en un bolsón cargado de libretas y manuales, yo no quería otra cosa que robársela para encerrame a devorarla hasta saber el final. Sin embargo nunca me atrevía a pedírsela, quizá porque sabia que ella la necesitaba para iniciar a otras adolescentes en el rito primero de llorar por los amores alrevesados.

Casi cualquiera de nosotros ha tenido al menos un buen maestro del don de llanto, aunque a diario traicionemos sus enseñanzas para complacer al buen gusto y al arte de fingir fortaleza. Como si hubiera más valor en suicidarse que en seguir vivo, como si los que creen que se han acostumbrado al ruido no estuvieran en realidad quedándose de a poco en la sordera.