Visitantes cósmicos de buena voluntad,sean bienvenidos a este lugarcito que albergará poemas, pinturas y toditas cosas que habitan mi alma...


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lunes, 6 de febrero de 2023

INSTANTÁNEAS


Me siento bien, muy feliz en el agua.

La pileta salva del calor regocijando el cuerpo con la inmersión más completa y la posibilidad de chapotear y jugar dentro de ella como una niña,  junto a niños que juegan a mi alrededor. 

La laguna está ahí, asomando la cabeza un poco nomás: hermosa, plateada y extensa, y los que se bañan en ella esta vez deben caminar mucho hasta poder tener más de medio cuerpo adentro del agua verde, como se la ve al meterse dentro.

Hoy está nublado y suavemente ventoso. Las sombrillas giran con la brisa como corolas de flores gigantes.

Mientras hago la plancha, dos cotorras vuelan sobre mi panza enseñándome las suyas, de color aturquesado.

Ya nomás se viene la lluvia sobre el agua.



***  

Aire caliente de colores, cotorras, multitud de pájaros.

Lleno de fragancias, el aire huele a resinas. Me siento extraordinariamente bien.

Mis manos hoy tienen suavidad de agua dulce.

El aire  también trae olor a laguna.








***  

Respirar la tierra por un agujero aún virgen para mí, y decir: “yo”.







(Chascomús, enero-febrero de 2023)

lunes, 21 de febrero de 2022

A pleno sol


Te vi ahí, a la salida del cajero automático, acostada en la vereda. 
Me detuve ante tu hermosura morena, delgada, pobre; totalmente dormida ante el rayo feroz de las dos de la tarde que daba de pleno sobre tu cara… y me quedé ahí, como congelada, mirándote. 
Quería hacer algo útil, pero no se me ocurría qué. Y sentí dolor, ese revoltijo en el estómago, donde suelo sentir el dolor y el espanto. 
¿Serás de acá o vendrás de otra provincia? ¿Del norte tal vez, o de otro país? ¿Del mismo norte al que yo pretendo viajar en unos días? 
El único bolsillo como para dejarte unos pesos te quedó abierto y a la vista, y no es buena idea dejarte algo de plata ahí, y más aun estando dormida. Despertarte tampoco es buena idea, porque además si alguien se duerme así ante el rayo de sol, es que no da más.
¡Y yo que venía tan contenta con mis preparativos para el viaje! De compras: que una mochila color turquesa, que un filtro solar. Y algunos miedos también, aunque percibiendo que mis sombras van y vienen, pero se van más que vienen.
Más que nada el horario: llegar sola al aeroparque, miedo de ponerme nerviosa y confundirme con algo, pero ¿a quién molestar un sábado a las cuatro de la mañana? ¿Y con qué derecho? 
Y algunas cosquillitas más, esas de lo previo a las cosas, esas que, si uno las deja, te enredan de lo lindo porque muchas veces inventan cosas que no existen.
¿Con qué derecho? Eso. Con qué derecho viajar y comprar, pienso por unos minutos mientras te miro.
Ah, morocha: es que me voy a Jujuy, me voy a cumplir un sueño que hace rato tengo en el alma. Soy docente, no robé nunca, acabo de renunciar a un termo de metal para comprarme uno más toraba. 
Es palpable nuestra diferencia de situación, sí. No tengo ni tuve nunca las entrañas aptas para el trabajo social. Si las tuviera, me quedaría ahora al lado tuyo.
Pero ¿sabés qué? Al final de cuentas, la que más sabe de sol de las dos sos vos. Así que me agarro de tu imagen para honrarla tomando mi dicha, tomando toda la sabrosura del paisaje que voy a recibir, y cuando lo haga voy a mirarlo en mi nombre y en el tuyo, en nombre de esa rueda que nos pone en distintos lugares de un mismo camino. 
Te voy a dedicar el final de mis miedos y mis rumias; hago de cuenta que tomo tu mano para que me des el valor de imaginarte de pie, como yo, rumbo a tus sueños, a pleno sol, morocha, a pleno sol. 

miércoles, 19 de enero de 2022

APUNAMIENTO, MAL DE ALTURA O ELOGIO DE LA HIPER LENTITUD


Acabo de llegar y sí, estoy enlentecida, pero mucho, es decir mucho más de lo que ya estaba antes de irme a Jujuy.

No sé si es el ritmo natural que adopté allí, o si se trata de un efecto colateral de haber padecido lo que técnicamente se intitula “mal de altura”, más coloquialmente llamado “apunamiento”, y dicho como vulgarmente se lo nombra por estos lares, “te dio la puna”.
Cuestión que no es tan sencilla como parece: podés ser una incomprendida extraterrestre incluso entre jujeños nativos o por opción.

Y es que, mientras que vos sentís literalmente que das un paso y te falta el aire como si hubieras escalado una montaña, la mayor parte de la gente, -locales y visitantes experimentados-, te va a indicar con su mejor buena voluntad que masques coca, que chupes caramelos de coca, que bebas té de coca, que camines muy lento, que comas liviano, y que no seas espamentosa.

Insistís en contarles que no tenés prejuicios con las hojas de coca, y les mostrás el botiquín telúrico que llevás en el morralito, les decís que estuviste mascando todo el día y tuviste que ir al hospital, y te miran raro nomás.

Lo cierto es que no todos comprenden o pasaron por esa sensación difícil.Que no es descompostura, ni ganas de vomitar, ni mareo, ni náuseas, ni mal humor, no: vos morís de ganas de ser como los demás, porque en esto sí te importa. Tenés unas ganas bárbaras de ir al Hornocal y ver semejante sinfonía de colores, pero resulta que estás apenas mil metros más abajo que eso, y ya te sentís agonizante.

Un simpático médico humahuaqueño llamado Javier se pone una sonrisa inmensa mientras te dice “¿te vas a volver a Buenos Aires y perderte de todo esto sólo por no poder ir al Hornocal?” y le respondés a plena sonrisa vos también, que no, que ni loca, que disfrutarás al mango de lo que puedas. Encima es de los pocos que no te han llamado “señora”, así que tenés ganas de levantarle un monumento cuando te explica que te va a poner oxígeno, que estás por debajo de la oxigenación normal para Humahuaca, pero que no estás grave, que la presión está apenitas más alta por el esfuerzo cardíaco, pero que ha visto casos mucho peores. Que te controles todos los días presión y oxigenación, -cosa que en vacaciones, y en pleno rebrote de covid no te gusta ni un poquito-, y que te mandes a mudar un poco más abajo, por lo que anticipás un poquito la estadía en Tilcara.

Antes de ir para Tilcara, hablás con el muy jujeño dueño del hostel donde estás parando, el cual, como para dejarte más tranquila, te dice que ha habido gente a la que le ha hecho peor bajar la altura, con lo cual el rostro se te demuda, pero recordás la imagen del colibrí cometa que acabás de ver hace un rato, y te serenás. Aunque sigas sintiendo que sos una vieja de porquería, incomprendida y fuera de estado físico, y que nadie se anima a decírtelo en la cara por piedad.

Él a su vez se da cuenta de que metió la pata, y te cuenta que hasta los jugadores de fútbol se apunan y tienen que suspender el partido, y que uno de sus mejores amigos la primera vez que lo visitó se quedó el noventa por ciento del tiempo tirado en una cama y maldiciendo la Quebrada a la vez que jurando no volver nunca más, y es el mismo hombre que hoy en día lo visita dos veces por año.

Y entonces suspirás aliviada. Según Enrique la puna es así, nunca sabés si te va a tocar a vos, ni cuándo. Depende de muchos factores, incluso emocionales, insinúa.
Cuando llegás a Tilcara te sentís plena, y hasta te permitís caminar rapidito porque estás contenta y ni te das cuenta, y creés que ya pasó todo. Pero no. Un buen día, -sumado al sol que decidió salir con tutti-, vuelve el apune, y tenés que pasar de vuelta por el hospital. Pero esta vez la oxigenación da bien y la presión no hay quien te la tome, así que te las tomás vos, y te resignás a que ese paso lento y el cuidado con el astro rey y la altura han de ser tus constantes. Al menos en este viaje, porque volver, vas a volver.

El caso es que mientras el bueno de Javier te dice que por más que masques coca, la agitación no cede demasiado, que  las hojitas son más bien para otro tipo de malestar, todo el mundo te sigue mirando raro, te imagina hipertensa o cardíaca; y aunque les digas que no, que te operaste y que el electro daba bien, igual un dejo de desconfianza se deja ver en esa gente que, -sea que esté emocionalmente medio jodida o no-, el caso es que fue a las Salinas Grandes, al Paseo de las Señoritas, y a cuanto lugar alto y envericuetado se te ocurra, a pleno sol, caminando grácilmente y con cara de felicidad.

Una de esas tardes te vas a un lugar al que le tenés ganas. A Maimará, donde se halla el cerro “Paleta del pintor”, y en el camino el chofer de remis que te acerca, -Julio, tan nativo como todos los demás-, confirma la hipótesis del señor humahuaqueño y agrega que si él mismo sube dos mil metros más de lo acostumbrado, también se apuna, y que apunarse realmente alude más a la agitación que a todo el resto de los síntomas, con lo cual vuelvo a sentirme más tranquila, más que nada por la comprensión.



Me deja junto a un puente grande, para que lo cruce sola. Llego del otro lado, y por sugerencia de Julio me fijo en un caminito de piedras que si uno lo sigue, va atravesando el cerro dándole la vuelta por arriba. Hay gente que hace esto casi a diario, y me imagino lo que se debe sentir al estar metido de cuerpo entero en el trance del sol y los colores, y las horas inmensas y silenciosas  desgranándose en el alma, y cuando vuelvo tarareo “Piedra y camino” de Yupanqui entre jadeos, como si la entendiera por primera vez. 
















Al llegar, me muestra un mirador con un Cristo en lo alto. Hay bastante viento. Subo hacia él y mientras voy subiendo miro esos colores a los que no hay cámara fotográfica que les pueda hacer justicia, y por primera vez en todo el viaje lloro, mucho, sin poder poner palabras ni sentido a mi llanto, más que la emoción desbordante de dar fe de esa belleza, de ser un ser humano más al que se le llenan de agua los ojos al mirar mirando, sintiendo todo eso frente a uno, y el viento, y andá a saber qué más, tal vez un cachito de pena.
Me anduvo rondando Federico con su romance de la pena negra, con esa pena de los gitanos, “pena limpia y siempre sola” que les permite vivir, que no les impide reír tampoco según nos cuenta en una de sus magníficas conferencias. Lorca y Yupanqui, el gitano y el indio coya:  seres de la tierra profunda, como nosotros también, gringos locos apunados, apenados, alegres, victoriosos.













Años atrás, cruzar un puente sin miedo, sin acompañantes, viajar en avión de madrugada y en pleno rebrote de covid, desafiar la angustia de la falta de aire con un celular que casi no funcionara, hubiera sido impensable. El pánico severo, como la puna, es también algo bastante incomprensible cuando el que lo siente es otro, y no uno.

Tarda en llegar y al final hay recompensa, dice la canción. Y la recompensa es ésta, esta libertad, este coraje lindo del que no se alardea, ese que tanto costó no digo “construir”, sino más bien descubrir, quitarle capas y capas al miedo y todo lo demás, hasta llegar a esa pepita de oro que te dice: “si te vas a morir, que sea mirando el cerro Fuji y de repente”, o que te cante: “es mi destino piedra y camino / de un sueño lejano y bello, viday /soy peregrino” … Y un eco de Lorca que remata con esa voz que llevás grabada desde tu infancia diciendo “ay, pena de cauce oculto, y madrugada remota”, mientras un colibrí refulgente se deja mirar como un Adonis de jardín, y te recuerda que estás viva, por fin, intensamente viva.


(Maimará, Cerro Paleta del pintor, enero de 2022)

(imágenes tomadas desde Maimará, Cerro Paleta del pintor, enero de 2022)


lunes, 17 de enero de 2022

Soy una mujer en viaje







Soy una mujer en viaje

Cargo mi valija

A veces me ayudan los compañeros de la vida

Que surgen en el camino

Soy una mujer que viaja sola

Con lo hermoso y lo vacío

Con y sin 

Soy una mujer que ama

Y le gusta hablar con las flores los animales  y las cosas

Emocionarse 

Con una enorme lista de pequeñeces

Y cuando se sube al colectivo 

Se entretiene 

Escribiendo un te amo 

Con un solo dedo



miércoles, 12 de enero de 2022

Pequeña crónica puneña, y el regalo de Ramiro

En tres días me apune para el okote, me asusté, masqué  coca, sentí que el lugar no era para mí,  me desapuné, sentí que el lugar sí podía ser para mí y sentí que  todo era maravilloso, conocí a Gloria, una muchacha increíble,  tan morena como yo gringa que se autodesigno cuidadora de la iglesia de Uquia, amé la noche y el día puneños, hice un amigo gamba de hostel, me volví a apunar, dar un paso pareció escalar el Everest de pronto, fui al hospital, me dieron un rato de oxígeno, muerta de susto vi un colibrí verde refulgente con una cola naranja refulgente, el colibrí se dejó mirar por un buen rato suavizando mi ahogo, saludé a la gente de Humahuaca y fui a Tilcara antes de lo previsto a bajar altitud, me topé con un paisaje divino y un quilombo atroz de gente desembarbijada en una habitación para seis sin ventana, en dos minutos dije nones y di de casualidad entre comillas con una hostería donde vivió un escultor... Mágica, llena de cosas locas y lindas, decidi quedarme ahí. Cuando  paré de enloquecer con el lugar en que me quedaría eran más o menos  las ocho, cené algo en otro habitat mágico donde al entrar vi... ¡un piano!  Mientras comí un pendex jazzero hermoso tocó como un poseso hasta que llegó su morfi, y mientras terminé el mío me dieron ganas de tocar, mandé un jazzito y un folklore y el pibe me convidó a blusear a cuatro manos, le dije que no sabía pero dale,  y lo hicimos y luego lo convidé a hacer un folklore a cuatro manos y también lo hicimos, nos miramos al tocar, que significa que estábamos jugando juntos, nos pidieron que volviéramos mañana, me llevé algo que nunca me dijeron de una, que soy divertida, me regalaron una masita deliciosa las dueñas, y disfruté de la luna en la terraza más bonita que vi en los últimos cien años, y ahora estoy en la cama escribiendo desde un celular apunado que sólo puede estar prendido de a ratos...¡bas noichis!

https://www.instagram.com/p/CYzq-IzPjTH/?utm_medium=share_sheet&fbclid=IwAR3INhxRxENIQSPxNN175P4JumHyB4aqvxsg03m6FKJILUg3LcDOvIN5KAo


***  

Los videos que se tomaron fueron por obra y gracia de camareras y dueña del lugar, sin que nos diéramos cuenta. Éste creo, es sin duda el mejor.

La noche siguiente ahí estuvimos, cumpliendo lo pactado, además teniendo en cuenta que Ramiro y su familia se volvían esa misma noche. Fue gracioso, porque él , acostumbrado a improvisar, había preparado un pequeño repertorio de músicas digamos más elaboradas, y memorizadas con arreglos ya hechos.

Después de eso, empezamos a improvisar algo que empezó y siguió medio trabadazo. Finalmente surgió la idea de improvisar sobre Imagine, que es sencilla, y de pronto , cuando fue notorio que habíamos retomado el espíritu de juego de la noche anterior, escuché que el flaco decía "volvió la magia". Y sí, eso era, eso.

Después siguieron otros momentos con el piano en Cerro Negro, pero ya es otra historia.


jueves, 17 de febrero de 2011

Encuentros I: Tanti


Seres especiales los hay por todas partes: en ciudades, hospitales, pueblos, caminos, micros, colectivos y subtes; gente de a pie, taxistas, artistas, mozos, empleados de oficina, etc, etc, etc... Pero lo mejor que puede suceder con la gente especial es encontrársela: no importa un bledo si tejen al crochet o acaban de terminar el último tomo de las obras completas de Dostoievsky.
Lo importante es que existen, en este mundo, en esta franja de tiempo y espacio en que es posible el encuentro. Así, andando, como por casualidad, es como fuimos dando con quienes hoy son nuestros amigos del alma... Y agradecidos para siempre, decimos junto con el gran Martí :

tiene el leopardo un abrigo

en su monte seco y pardo;
yo tengo más que el leopardo,
porque tengo un buen amigo


Pero también hay gente que uno simplemente se va cruzando por la vida como con hilos fugaces cuyo recuerdo permanece; gente que por algo nos habita, pese a haber sido un destello en nuestro devenir... Desde hace algunos años creo fervientemente que es en los hospitales y en los viajes en donde, - por causas del dolor o del asombro -, se conectan las personas en lo más vivo y profundo que tienen para dar: su solidaridad o su brillo.

Así fue como en tierras cordobesas, la noche tanteña nos prodigó un encuentro con gente así: Juanjo, Moni y Miguel... y "el alemán", un hombre que metiéndose como un ventrílocuo en el alma de su acordeón, nos transportó al sueño de la unión universal que sólo ocurre en esas noches de canto compartido en que las grietas se borran y sólo queda ese halo de bienestar que teje la música...
No teníamos guitarra, y sin embargo con ese acordeón y un bombo se hicieron milagros...

"Vos abrí y cerrá", me decía el alemán como si fuera tan fácil... Me había prestado, -con generosidad poco habitual-, su propio instrumento.Terminó la cosa conmigo paseando los dedos por el teclado, mientras él abría y cerraba, haciendo respirar al fuelle amplia, misteriosamente; acaso como un río que acrecienta y disminuye su caudal...
No sé más; sólo fui feliz. (continuarááááá.......)










fotografías: Juan Carlos Crespo