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lunes, 18 de diciembre de 2023

CARTA A JO TENDIDA SOBRE LA ALFOMBRA (ESCRIBE MARY OLIVER)


Jo, te veo tendida sobre la alfombra preguntándote en voz alta qué será de una Navidad sin regalos, hace más de un siglo atrás, en esta misma tierra, el gran país del norte, el de la prosperidad y la hermandad universal que tanto maltrato se permitió ejercer hacia otros rincones de la misma tierra grande que nos alberga a todos desde el comienzo.

Te veo adolescer tendida sobre la alfombra, con una cuota mayor de rebeldía que tus hermanas, con un compromiso intenso hacia la vida intensa y salvaje a la que tanto me ha gustado cantarle.

Excepto Beth, que te mira desde una piedad inconmensurable y casi ultraterrena, no te comprenden bien tus hermanas, y la cotidianeidad de tu época amenaza con tragarte, como viene amenazando a todo aquel o aquella que no se deje capturar por las mentiras de turno, por los hábitos mentales y emocionales de su tiempo y su terruño.


Desde más de un siglo adelante te miro y sonrío, porque la ternura me convoca a recordarme a través tuyo, cada vez que mi propia indomesticada alma se preguntó por la creación del mundo, curiosa por saber quién hizo al cisne, al oso negro o quién dio forma al saltamontes. Pero mucho más curiosa aún, más impetuosamente convocada a preguntar sobre qué piensa el humano hacer con su única, maravillosa y salvaje vida.


Veo desde aquí cómo esa pregunta ha sido traicionada una y mil veces. El despiste tremendo que ha creado la imaginación puesta al servicio de la codicia.

Van llegando aquí nuevas voces, mucho más jóvenes que la mía, anoticiándome,- desde esta materia común yacente en el polvo de todas las estrellas, como diría el hermano Sagan-, de que el mundo continúa alimentando su imaginería siniestra hasta el infinito.

Me cuentan de inteligencias artificiales y cotizaciones, me cuentan de algoritmos y cifras descomunales invertidas en gastos inauditamente innecesarios, y también de cómo siguen progresando esos aparatos omnipresentes en los que se mira la vida en una pantalla y la gente la confunde con la vida real.

Me cuentan del hambre inadmisible, y que la guerra, -disfrazada con sus múltiples ropajes de urgencias patrióticas o transnacionales-, sigue dejando jóvenes preguntándose por sus padres en la Navidad, sigue tragándose víctimas en formas novedosamente refinadas producidas por las mismas máquinas de crueldad de antaño.

Me da ternura tu pregunta por los regalos, tu coraje para desafiar las normas, para arriesgarte a lo insólito y así hacer posibles los pequeños milagros de la alegría. Me emociona tu manera de convocar a los hechos en vez de asumir el triste destino de ser llevada de la nariz por los designios ajenos sin asumir el riesgo de la propia imaginación puesta al servicio de la vida. Esa, la Vida Grande, la que nos abarca y abraza desde el origen, la misma que hoy está en riesgo de extinguirse, junto con la amada hierba a la que cantara el amado Walt, con el saltamontes y su mirada complicada, y con todos los árboles y animalitos del mundo, incluidos nosotros, pobrecitos humanos.

Por eso, por la urgencia, por el deseo de cantar, de ser, de vivir las cosas que nos han sido confiadas, yo te pido, te imploro que no dejes de escribir, que aun cuando te cases con el buen amigo Baer y te llenes de niños a quienes cuidar en el orfanato, no dejes de escribir tus sueños, tus anhelos, tus fantasías, tus observaciones hacia el mundo y sus despropósitos, hacia el mundo y sus bendiciones.

Porque las dos sabemos, como dije alguna vez, que hay momentos que claman cumplirse, y no sólo lo sabemos, sino que hemos practicado el riesgo. Por ejemplo, el de decir a otras personas que las amas. O el de salir a los gritos exclamando a los cuatro vientos éstas, las preguntas realmente necesarias:

-Tu corazón está latiendo, ¿no?

-No te han encadenado, ¿verdad?

No dejes de escribir, Jo,  porque la memoria colectiva debe nutrirse de sueños, debe alentar a quienes nos miren en un futuro como yo te estoy mirando ahora, si es que la humanidad sobrevive, y para que sobreviva.

Hay momentos que claman cumplirse, y no hay nada más patético que la prudencia cuando el precipitarse puede salvar una vida, incluso, quizá, la propia.

No dejes de escribir Jo, ni ahora ni nunca. Mi alma saluda a la tuya.

Mary




https://es.wikipedia.org/wiki/Louisa_May_Alcott

https://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Oliver


lunes, 29 de mayo de 2023

Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik, julio de 1965

"A Alejandra Pizarnik

París, 14 de julio de 1965

Alejandrísima:

No estés enojada conmigo por este largo silencio. También los silencios atan y yo he visto más de cuatro paquetes de masitas atados con hilo negro; basta desmoronar el moñito para que aparezcan los merengues, los relámpagos y las religiosas, sin contar los horribles (3 fr. 25 les 100 gr.). Cosas así todos los días.

Bicho lejano, la semana pasada fuimos a Montmachoux a cenar con Laure y Philippe, y todo el mundo habló tanto de vos que yo traje otra silla y la puse por las dudas. Gracias a mi sistema de espionaje me he enterado también de que las socias del Club de las Piantadas (1) se reúnen en los cafés para acordarse de su amiguita de la calle Montesdeoka. Tu popularidad secreta (sic.) puebla las terrazas del barrio latino. Hay un pintor que firma Piza; otro, Arnik. Hay un cocktail que se llama Alexandra. Un infame plagiario llamado Hesiodo ha publicado un libro que se titula “Los trabajos y los días”. En el patio de casa, debajo de la pawlownia, juega una gatita negra que imita tu manera de abrir grandes los ojos. Ya ves que no te pudiste ir.

Y entonces, mientras nosotros estábamos en nuestro ranchito de Saignon (que todo el mundo llama Saigón para ofendernos y vilipendiarnos), llegó a París tu libro (2), y lo encontramos hace diez días cuando tuvimos que volver para trabajar en la Ionesco. Aurora lo leyó de un tirón, y no te escribió todavía; yo lo leí anoche despacito, con coñac y una pipa, y ahora te escribo. Vos sabrás valorar los méritos respectivos de estas conductas.

Es muy difícil no ser idiota en una carta, cuando uno es lo que es y nada más. Hace años que me revienta convertir una carta en una especie de reseña para uso privado del autor. A lo mejor todo lo que me da tu libro es preferible insinuarlo con palabras sueltas o con dibujos. Dibujos no sé hacer; palabras sueltas sí:

Cafard

    mandrágora

             farol

                   unicornio

                              polilla

                                       hueco (tan lleno, tan lleno).

Me dolió tu libro, es tan tuyo, sos tan vos en cada línea, tan reticentemente clara, tan por debajo y por adentro. ¿Conocés el sistema que consiste en hojear un libro e ir citando versos o pasajes, con algún comentario o elogio o censura? A mí no me gusta. Pero te voy a decir: lo que siento es lo mismo que frente a algunos (muy pocos) cuadros o dibujos surrealistas: que estoy del otro lado por un segundo, que me han hecho pasar, que soy vos, que estoy colgando de la punta de la tela como una de esas arañas rojas que hay en la Provenza y que tienen, parece, alianza con lo Oscuro. Ahora sé (ya lo sabía, pero ahora lo sé de alguien que está vivo, cuya mejilla he besado alguna vez) que todo o casi todo puede ser dicho en muy pocas palabras. Cada poema tuyo es el cubo de una inmensa rueda. Otros hacen la rueda entera, y hay que ver cómo se atasca en las cunetas; vos dejás que la rueda sea otra cosa, algo que unos pocos ven dibujarse mucho más allá de la página. Y entonces Ben Hur gana con sus ruedas de aire que dejan atrás todas las ruedas de roble y bronce. Tus poemas me parecen pequeñísimos grabados, o mejor todavía cilindros babilónicos, y un día cuando vengas a ocupar esa silla que puse para vos y que siempre pondré en casa y en todas las casas y hasta en los ómnibus y en los pararrayos, entonces te llevaré al Louvre para mostrarte un cilindro que descubrí hace poco, en la sala etrusca, y que no es en absoluto un cilindro etrusco entre otras razones porque los etruscos nunca tuvieron cilindros esos atrasados de mierda, pero el conservador o el radical del Louvre lo ha puesto en la sala de los etruscos de puro cronopio que es, o porque no queda lugar entre los cilindros babilónicos. Y te lo mostraré, y darás grandes saltos.

Recibí hace varias calendas una carta tuya que después se me perdió gracias a un hespléndido hacto fayido, porque me pedías colaboración para no sé qué colección ornitológica o ictiológica (¿Cormorán y Delfín? ¿Tía Vicente?) (3). Desde luego no tengo nada para mandar, como no sea la cuenta del albañil que nos agregó una pieza a la casita de Saigón y que nos dejó tecleando por varios meses, el muy artesano. Si me pagan esa cuenta, se las dejo publicar; tiene unas faltas de ortografía muy decorativas, y en cierto modo es un acto letrista. La mejor parte es donde dice:

            Sf. S.V.P., à raison de… 45, 67 fr., à valoirsur ch.p.,

            soustrait de 54,25 fr. pour des imp. colmatés… 456,27 fr.

Hacía mucho que no leía un poema tan ceñido. Ni tan caro.

Qué bonita la edición de tu libro. La tapa me dejó maravillado. ¿La hiciste vos misma? No es nada frecuente que en Buenos Aires salgan libros tan cuidados y con un papel y unas tintas tan buenos. El azul es hermosísimo, y la erótica viñeta (ya sé, ya sé, pero es así, cada uno ve lo que puede) me parece perfecta. Te discuto un poco el título; no me acaba de gustar. Será quizá porque toda mención del trabajo me estremece.

Pocos serán los elegidos por tu libro, me temo. Pocos habrán vivido en la dimensión que permite encontrar tanto con tan poco —aparentemente— correlato verbal. No es que yo tenga nada contra los poemas largos (los Olga, por ejemplo, son maravillosos, y tengo que escribirle sin falta uno de estos meses; lo haré desde Saigón, decíselo si la ves; tardé mucho en leer su libro, por esas cosas, pero ahora sí, ahora es mío y me ha dado todo lo que tiene, creo, y me ha hecho muy feliz, a mi manera de ser feliz, y a la manera de ella, of course; nos entendemos). Sigo: no es que yo tenga nada contra los poemas largos, pero siempre hay como un milagro en un gran poema breve. (Esos hai-kai, a veces, o Natalia Crane, o Char, a veces, o Juarroz).

Aurora está grillando un bifacho, y llega el bálsamo hasta mi estudio. ¿No te parece una noticia sensacional? La gatita negra acaba de ver una paloma en la pawlownia y se ha trepado como una loca a ver si la chapa. Debo admitir que en este momento no se te parece nada. Yo puedo verte muy bien persiguiendo palomas pero seguro que pondrías una buena escalera contra el tronco y te ajustarías un paracaídas. La paloma emprendió el vuelo, como dicen ahora por tus pagos.

No me guardes rencor (¿cómo podrías? ¡Imposible!) y escribíme. Mi silencio, diría Binetti, es una operación cósmica por la cual las begonias se convierten en miel. Pero ahora que lo pienso nunca vi una abeja en una begonia, seguro que les repugna.

Te quiero mucho,

Julio"



jueves, 13 de abril de 2023

Cartas 5 y 17 de CARTAS AL REY DE LA CABINA, de Luis María Pescetti

 

5

Tú:

¿Serás sensato? ¿Por eso te fuiste?

¿Por tu edad y la mía? Júralo que no.

Hoy me desperté como si nevara y los copos (¿por qué nevará más

suave que la lluvia?)... los copos estaban hechos de saber que te fuiste

porque te pesa ser mayor que yo.

Te digo, no era lluvia, que me aplastó al darme cuenta. No, era la luz

de saber eso que no te atreverías a reconocer.

¿Evitarás el escándalo?

¿Quién te lo pide?

¿O acaso crees que sé porque te busco? (nadie es tan infeliz como para

saber por qué busca a otra persona).

Son líneas pequeñas escritas en una lengua que se nos escapa.

Por más que pasáramos siglos descifrándola, por más que los

científicos dejaran tranquilos a sus microscopios, a sus computadoras,

y sólo se dedicaran a descifrar estas líneas, ellas seguirían sin ser

leídas. Por más que, cansados de fracasar, aceptaran, por fin la ayuda

de los magos; y los magos, cansados de fracasar, le pidieran ayuda a

las brujas, y ellas le pidieran ayuda a los ángeles, seguirían

incomprensibles.

Están escritas con letra de paso de hormigas.

¿De qué crees que me estás salvando? ¿Quién te lo pide?

¿Crees que sé por qué te busco?

Estoy llena de pequeñas letras invisibles que unas hormigas

escribieron mientras me hacían, con sus cuchillitos y sus tenedores

diminutos.

¿Y tú, soberbio o ignorante, crees que te alejas por mi bien?

Te voy a decir todo lo que sé.

Son hormigas y arañas que bajan de las estrellas.

Y una vez que han escrito su canción, en vez de irse, se quedan para

que uno las coma. Así guardan sus secretos. Permanecen quietas todo

lo que haga falta. Luego se esconden en la primera leche, o en una

tostada a los seis años o a los veinte (sólo ellas saben) para ser

comidas.

Nunca te enterarás si han terminado su tarea o no, si todavía están. Y

esas habrán sido tus arañas y tus hormigas, tus ángeles laboriosos.

Pero esto

es sólo un cuento, demasiado bueno,

para que sepas lo que sé

(me enojo conmigo misma cuando leo lo que escribí

y suena rosado, quiero romper la carta,

pero no quiero escribir otra).

La verdad está en el olor a brea de las autopistas,

y en los supermercados.

En los golpes de los martillos. En el click del botón que apaga la radio.

En las sirenas que se oyen de noche. En las escaleras de metal. En las

cortinas de plástico (esas baratas para que no entren las moscas a la

cocina). En tu maldito reloj despertador, para llegar a tiempo al

maldito turno en el que has elegido esconderte.

No esperes que nadie,

NADIE,

ni siquiera los que crees que me quieren,

te agradezca esto que haces.

Podemos seguir, pretender que nunca nos cruzamos.

Vivir, incluso, felices.

Nos regalaron un piano y lo quemamos. No deja de haber música en

el mundo por eso

(es el enojo, es el enojo).

¿Vas a ser un boticario contando los años que nos separan?

¿Vertiendo líquidos de una ampolla a otra,

separando polvos blancos?

¿Ordenarás tus instrumentos de metal? ¿Te vas a peinar al medio?

¿Cuidarás los puños de tu camisa?

Deseo haberme equivocado.

El Señor Perro Guardián que te acompaña

no merece mi enojo

y le ruego que te gruña en mi nombre,

que muerda tus talones

y se mee en tu merienda.

Va a ser Navidad para quien lo festeje

y quiero hacerlo,

estoy harta de tanta ceniza en los pulmones.

Haya luz, señores de la mina,

díganle adiós a los derrumbes, los esperan sus esposas

y sus hijos en la superficie.

Tiempo de empezar de nuevo, en otra parte.

Llevan años cavando,

¿han encontrado la receta para que sus hijos no envejezcan?,

¿el remedio para que sus mujeres no se enfermen,

o para que a ustedes les devuelvan algunos años?

(En el mismo sobre del aguinaldo, tres años más;

el regreso de sus padres, de sus abuelos, a quienes

no alcanzaron a conocer, y el de los padres de sus abuelos).

Dios le dé pan a todas las semillas, por favor.

Por favor.

Porque lo demás no vale la pena. Ni siquiera

ganarle a la montaña.

Inútiles, tontos, triunfos. Pedacitos de bronce llorado,

por haberle ganado a la montaña.

Haya luz,

señores de la mina.

Repudien a sus patrones, antes de que sea tarde.

Pondremos guirnaldas, y encenderemos lámparas

cuando atardezca, habrá guitarra y acordeón,

dará el viento en los manteles.

Querido Rey de la Cabina,

¿por eso te fuiste?

¿Hay una parte en ti que no soporta verme con un cuaderno?

Quiero que sepas que te mentí y tengo aún menos

de los que te dije.

Tengo cinco años. Tengo tres. Mi abuelo me lleva de la mano

a la escuela. Estoy en el vientre de mi madre.

¿Y a ti qué te importa? ¿A quién se lo debes?

No bajes si esperas que el mundo sea menos cruel

o que tú seas menos cruel.


Paloma

17

Ciega de ausencia de no verte,

ciega del resto de tu hueco en el mundo.

Harta de abrazar calaveras de tu presencia

siento el aire que alimenta mis pulmones,

respiro al imaginar que volvería a tenerte

enfrente mío, doblando tu ropa y los jazmines,

apoyando los azahares de tu frente.

Aunque falten siglos para tanto verano,

y hoy sólo tenga para ofrecerte

un otoño lleno de hojas que se retiran

regalando su turno a lo inventado.

Quiero regresar

sólo para lo imprevisto,

para lo que deba nacer de tus manos y las mías.

Para nada que ya haya sido escrito o dibujado.

Ni en tu alma, ni en la mía.

Paloma



(https://www.luispescetti.com/bio/)


jueves, 24 de febrero de 2022

CUATRO CARTAS, DE CLAUDIO FERRARI, cuarta y última entrega



Cuarta carta.

Querido, en su última carta usted me ruega, me exige que le confiese si lo sigo amando, y yo me rindo, dejo de negarme, y confieso, como si fuera una pecadora impenitente, que lo sigo amando. Tal vez mi amor sea, este atardecer, únicamente un resplandor, un desvarío o una aparición repentina que pronto cesará.  Sí, lo amo sin poder explicarlo, pero ¿ cómo explicar el amor? ¿Cómo explicar mi amor por usted? Sabe que no hay explicación. Se trató, desde nuestra infancia, y sigue tratándose, simplemente de una cuestión con usted. Cuestión, question, pregunta, misterio, juego con las palabras y las traducciones y busco su etimología: “misterio, del latín, secreto, ceremonia, yo cierro”, y no sé responderme por qué establezco que mi amor es una ceremonia hermética que me cierra y me deja ajena, y me hago todas las preguntas que -ambos lo sabemos-, usted nunca me contestará. Un problema irresoluble usted, una paradoja verosímil, una trampa. Lo sabe desde siempre, querido, y yo no puedo ignorarlo y ando sin poder escapar fuera del mapa de su vida. Ese mapa es imaginario, claro, y yo le ofrezco toda mi turbación al confesar mi andar inútil tras usted. 

Voy a contarle. No es mala cualidad dejar que sean otros los que produzcan los acontecimientos, los que viajan a países exóticos, los que se involucran en asuntos importantes, los que inscriben su nombre en la posteridad, los que creen, o los que deciden a quien no amarán. Yo, que no decido que usted sea visible o me ame, puedo así esperar que la vida simplemente me suceda, casi sin mi intervención, o por lo menos con una intervención decorosa, educada, sin euforias, desde  lejos, nunca en el centro de sus derivas, querido. Con esa grata docilidad, en ese plácido abandono vivo desde que supe que usted es sólo suyo -y así se dispone a quien le plazca- y yo únicamente puedo nada más que escribirle, mientras usted no está a mi lado. ¿Puede entender ahora que cuando lo hice sufrir tanto, cuando me mostré sin vergüenza, excesiva, en brazos de otros, entonces también lo estaba amando? Soy ahora esa misma que fui sin pudor, la que lo escandalizó, la que lo sigue escandalizando en su memoria que no tolera recordar. Mi enfermedad no me hace otra; apenas me impide ser la que esté en el centro de las cosas. ¿Puede comprender que no tengo manera de comprender la substancia de mi amor por usted? ¿Puede comprender que amarlo es una fe que pierdo y recupero arbitrariamente? Ojalá pueda comprenderlo; yo no lo logro, ni logro comprender por qué amándonos tanto, tantísimo daño nos hicimos y nos hacemos.

Pienso todo el tiempo en usted, en ustedes. Pensar es una manera formidable de realizar acciones libremente. Yo caminaba por los jardines de la casa familiar, sola, ayer noche, y vi el viejo banco y saqué una foto encuadrando de tal manera que usted cupiera, haciendo así una foto perfecta, donde usted no aparecerá, pero sí estará, ¿me comprende? Fue buena noche. Tan triste como todas, pero más, y por eso también más alegre, llena de carcajadas como estertores de una desdicha comparable a la mayor felicidad. Jugué a encontrarlo. Perdí. Pero fue un buen juego, con riesgo, porque sin riesgo no vale, tenso, con la exigencia de una atención precisa. Comprenda: usted podría pasar por allí y hubiera sido intolerable no advertirlo. Pero usted, por supuesto, no pasó. Usted estaría amaneciendo, junto a ella. Perdí con honores y pensé: ¿cuando piensa en mí, qué piensa de mí; de qué manera establece pactos con su conciencia para no decirme que la ama a ella, de qué manera logra imaginar que de ese pacto su conciencia quedará buena? No, no se aflija por mí. No tiene ya que darme ningún destino. Recuerde que yo tampoco sé qué hacer conmigo, querido. 

Suya,

E.

3 de agosto de 1957

PD: Julio quiere traducir mis poemas al francés. Se obstina, aún ante mi terminante negativa. Me ha enviado su Final del Juego; merece, definitivamente, trascender. 

PD 2  El pasado no deja de sorprenderme, como si fuera una anticipación que no ha sucedido. Quizá porque no quiero imaginar mi porvenir hurgo detrás, y encuentro nuestras primeras cartas, aquellas que escribimos hace años, cuando fuimos iniciales. En una de esas cartas usted escribe    (sobre el papel las palabras se siguen inscribiendo indefinidamente) que su amor por mí será eterno. No, no se adjudique su amor por mí; soy yo quien lo eterniza. 

PD 3: Le ruego a V. y no lo hace. Usted que todo lo puede, también ruégueselo, o exíjaselo si es necesario, pero logre que mi hermana me escriba. A pesar de todo, como a usted, los necesito. 

PD 4  Los médicos vacilan. Por momentos, que no quiero evitar, el mundo se vuelve innecesario.


domingo, 20 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI: CUATRO CARTAS, tercera entrega



Tercera carta.

Querido, ¿cuándo fue que nos caímos del paraíso?

¿Será posible, me pregunto, y pienso en usted, que todo hoy sea únicamente palabras? Palabras que se quedan afuera de esta carta, al margen de los márgenes, caídas de cualquier renglón, y apartada yo de la vida real, apenas estas palabras para usted, pero sin usted. Dibujo en el aire palabras para que mágicamente lo hagan aparecer aquí a mi lado, pero ni una frase corta y contundente me sale, ni se me ocurre cómo describirle el paraíso o de qué modo sutil estar, aunque sea un poco, cerca suyo. ¿Deseo postergado para siempre?, escribo, apenas con un dedo sin tinta y pienso en usted, querido. Un deseo, confieso, que no sé cómo calmar: ¿cuando el deseo se calma, qué nos garantiza que volverá? ¿Será la consumación del deseo una forma de su muerte? ¿Entonces, para que el deseo sea eterno, será indispensable no vivirlo? ¿Comprende que no le hablo de amor? ¿Realmente puede comprenderlo? ¿Cuándo fue que nos caímos del paraíso?

¿Lo que afirma que siente por mí, eso que usted llama amor, ciertamente quiere que suceda, o son meras palabras? ¿Nuestras cartas, sus palabras de aliento a nuestra historia, la invitación a volver a vivir aquello, su propuesta para que yo crea que sanaré, no son una manera elegante, gentil, un modo suyo condescendiente para que yo quede asida a usted, y sea usted el rostro de mi expectativa, una instancia suya deferente para conmigo, porque supone que así se erige en una figura a la que aferrarme, un redentor a quien rezarle mediante estas cartas y esperar milagros?  

Pero, ¿cuándo fue que nos caímos del paraíso?

No quiero conjeturar las hazañas que toda mi vida supuse para mí. No quiero volver a soñar despierta, confirmando así todo aquello que no puedo ni podré hacer. Si por un instante me dejara imaginar como una bienhechora de milagros, se me haría demasiado dolorosa la eternidad de no serlo. Si por un instante me soñara convertida en la mujer que usted ama, se me haría insoportable la infinidad entera de saber que no lo soy. Sí, soy como una abeja que no puede volar, pero vuela. Imagino lo que no debiera, dejo que usted nombre al amor, lo sigo imaginando a usted y lo que usted produce en mí: lo sé, usted existe y si estuviera aquí yo podría acercarme, lentamente, cada vez más cerca, olerlo, besarlo, dejar que transcurra el abrazo como alguna vez.

Un reflejo involuntario y violento mueve mis músculos como tenazas, afligiendo el aire, horror inútil de no estar usted aquí, mientras por momentos, en el mismo momento, se lo aseguro, lo olvido por completo, para volver a hacer de su recuerdo un pasado por delante. 

¿Qué no haremos usted y yo, querido? Son infinitas las posibilidades. Sufrir o ser feliz son pormenores, contingencias sin más, y yo los acepto por inevitables, mientras usted los atraviesa con la gracia de no ser honesto. No tema, lo comprendo. Yo soy feliz y sufro al mismo tiempo con esta rara manera que he encontrado para amarlo con palabras. Me comporto como una enfermera de mí misma y decido el remedio que me proteja del amor, un remedio que no me garantiza nada, que apenas me protege, al menos aislada por instantes de mis propios sentimientos. No he logrado sentir el desamor, ni la indiferencia, que es un atributo de los indolentes. Y claro, así, también procuro un sitio extranjero, extraño, donde dejarme estar, para quedar liberada de la permanente zozobra que provoca intentar ser amados. De todas formas, y disculpe si no puedo eximirme de esta responsabilidad, mi ansia por usted es intensa, tanto que puedo decidirla, a veces, infinita. 

Respiro hondo ahora, y lloro.

Suya.

E.

28 de abril de 1957

PD 1: ¿Cuándo fue que nos caímos del paraíso? No soy buena; le dejo ver mis contradicciones. Hay un cielo y un infierno, querido, y en ambos estoy yo.

PD 2 : Mi hermana me ha escrito. Me lo ha contado todo. ¿Coincidiría usted con la versión de V., de los hechos, si se atreviera a escribirme lo que realmente sucedió? Pero, de seguro, usted preferirá creer que me hacen bien sus cartas de amor. ¿En verdad es tan ingenuo?


viernes, 18 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI. CUATRO CARTAS- segunda entrega



Segunda Carta.

Querido, gracias por las estampas de los cuadros de Sorolla en la exposición en el Palacio de Cristal. Recuerdo nuestros encuentros en el Retiro,  la nieve, mi salud sin mella, los paseos tras el viento de Madrid, la procura y el hallazgo de nuestra intimidad.   

Usted insiste en saber si lo amo; requiere una seguridad imposible, mientras yo misma quisiera para mí esa certeza. Tengo la voluntad de amarlo, pero, ¿alcanza con eso? Es mentira sólo la voluntad, me digo, y pienso en usted. La voluntad le sirve únicamente a los cobardes para gestos tan vulgares como ahorrar esfuerzos o vivir tranquilos. Pero para los actos heroicos no alcanza. Más aún, la voluntad, sola, es molesta y obsecuente de esa moral que suele premiar tibiezas. Para realizar actos verdaderamente trascendentes, para inventar el mundo como un poema o crear belleza, o intentar cruzar un desierto para encontrar al hombre amado, y soportarlo todo, y al fin lograrlo, y al llegar mirar sus ojos apenas un instante, y luego, inmediatamente, regresar, y padecer mas aún que al principio de ese viaje alucinado, y saber que toda la vida se deberá volver a cruzar ese desierto nada más que para verlo solo ese instante, es necesario tener el alma desquiciada, la razón oscura, la sangre vehemente y con bullicio, me digo, y pienso en usted, querido, apenada de mí, infelizmente incapaz de que la gracia de esa hazaña me sea dada. ¿Puede entenderme? No se puede hablar de amor en estos casos, razono. Cuando es tan grande y confunde tanto lo que se siente y se sabe y se ignora, ya no se trata de amor. Es otra cosa, un sentido de más y malformado, una extraña creación que se desata, el milagro de un dios que no cree en sí mismo, lunático y extraviado. ¿Debo pedirle perdón por no saber si lo que siento por usted es amor? Sí, he de pedirlo, porque lo que ignoramos y el otro requiere de nosotros, siempre lo lastima y produce esa desavenencia que lleva al desamor. Se lo ruego, si no le es posible no me perdone por eso, pero no me olvide. Puedo soportarlo todo, menos su olvido.

Suya,

E.

21 de abril de 1957

PD: La luna pasa esta noche por mis ojos, susurra delicada su nombre, querido, y se deja ir ahora, en silencio, sutil. Yo recién escuché, magnífica, cantar su melodía, querido; esa luna que usted me escribe y me dibuja, como usted, devota de la fe en el amor. ¿Podremos, alguna vez, juntos, volver a ver la misma luna?

PD 2: ¿Se ha encontrado con mi hermana?  Ninguno de los dos me lo dice. ¿Por qué?

jueves, 17 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI. CUATRO CARTAS- primera entrega

Siempre Claudio Ferrari, dejándonos picando la curiosidad acerca de la verosimilitud de los hechos, abriéndonos a la sugerencia constante de lo enigmático, en ese mundo de las emociones profundas que sabe describir con las palabras abiertas y justas a la vez...Cartas:


Hace pocos meses encontré un atado de cartas, manuscritas, en una casa, en Florida, Buenos Aires. Sé quien las escribió y quien las recibió, pero prefiero no revelar sus nombres. Hoy comencé a transcribirlas. Ojalá no sea un atrevimiento, además inútil, publicarlas. 

Primera carta. 

Querido, no sé qué contestarle. Es difícil saber si se amará a alguien para siempre. Le ruego que no nos lo preguntemos. No se trata de la duda que puede provocar nuestra lejanía, ni tampoco nuestras circunstancias. Si pienso en mi enfermedad podría aventurarme a una respuesta, pero no... No es posible saber si se amará a alguien para siempre. Usted ahora deduce que hablo de mi amor por usted. No se equivoque, no sea presuntuoso. Yo prefiero no saber, quedar en la ignorancia, como recibiendo una inyección, una anestesia y luego, poco a poco, el deslizar suave del dolor hacia la nada, que comienza a ser una especie de ignorancia de mí hasta que esa ilusión de no sentir me pasa en todo el cuerpo. Nunca soy tanto yo misma como cuando me ignoro toda, pero nunca dura esa gracia demasiado, y al rato estoy otra vez llevándome conmigo. De todas maneras el momento de mayor exaltación es cuando no hay anestesia posible. Es un extraño dolor, que no hace sufrir, que se transforma, intento explicarme, que me remite a un estallido (diré la palabra alma) del alma. Pensar en usted, me sucede a veces, hace que me olvide de mí. ¿Se trata de amor, en esos instantes, o únicamente de un abandono mío? ¿Cuándo amamos, y cuándo, en verdad, apelamos a creerlo para vivir un espejismo al menos? Disfrute usted de este poder que le he dado, no se prive porque lo merece: es, ahora, dueño de todo lo que yo imagine. Así, apoderado de mi imaginación, anda usted, mientras yo todo lo ignoro y pienso en usted, querido. 

Suya,

E.

10 de marzo de 1957

PD: Viajará mi hermana V., en abril. ¿La verá usted? De seguro se encontrarán.



lunes, 31 de enero de 2022

DE UN HOMBRE A LA MUJER QUE AMA




Estoy aquí, esperándote en la puerta del supermercado mientras lo cuido a Theo. Él se porta bien, y yo aprovecho y te miro.

Te miro pasear entre las góndolas, así, con la mirada errática, como si en vez de latas, quesos y fideos estuvieras mirando un atardecer.

Cómo a veces volvés sobre tus pasos como si te hubieras perdido esa flor silvestre o esa estrella fugaz, en un sendero mágico.

A veces siento que todo lo que tocás se convierte en magia, o que una palabra que decís con un tono en especial me hormiguea en el cuerpo una ternura caliente que sólo vos convocás con esa fuerza.

Miro tu cuerpo, las curvas suaves que se delinean en cada movimiento y me gustaría poder dibujarte ahora, captar esos matices con una carbonilla, pero no puedo hacerlo más que en mi mente. 

A veces no doy con tu edad porque se me pierde en un sinnúmero de gestos que te nombran desde la eternidad del árbol a la alegría repentina de una criatura cuando ríe.

Me gusta estar sintiendo estas cosas al mirarte, me gusta más aún el movimiento que percibo en mi sangre y me recorre al sentirlo, pero más me gusta pensar que muy pronto vas a llegar a la caja, y entonces Theo, vos y yo iremos caminando a casa, y más aún me gusta sentir que te amo y que al llegar , de algún modo, te lo voy a decir.


(Fotografía de Marina Camporeale)

miércoles, 19 de enero de 2022

PALABRAS DE FRIDA KAHLO A MODO DE MANIFIESTO, RESPECTO DE SU DERECHO A MOSTRAR LAS TETAS SI SE LE DA LA GANA

(Fantasía sobre un relieve expuesto en un restaurante de Humahuaca, donado por un coleccionista cordobés de quien no me supieron informar el nombre)



Soy Frida Kahlo. Y he sufrido. Mucho. No sé cuántos de los que sufrimos así nos quedamos, pero lo que sí sé es que los que nos quedamos, los que pudiendo haber elegido salirnos de esta tierra y de esta vida elegimos permanecer, hemos enraizado mucho más en ella que cualquiera.

Me partió al medio un hierro en un accidente de ómnibus cuando era muy jovencita. * El choque nos brincó hacia adelante, y a mí el pasamano me atravesó como la espada a un toro. Decía Alejandro, mi novio de entonces, que cuando por fin me lo pudieron sacar, después de haberme tendido en una mesa de billar, grité tan fuerte que no se oyó la sirena de la ambulancia de la Cruz Roja cuando llegó.

Mi primer diagnóstico, sólo el primero decía que yo tenía fractura en la tercera y cuarta vértebras lumbares, tres en la pelvis, once en el pie derecho, luxación del codo izquierdo, herida profunda en el abdomen, producida por la barra del hierro que entró por la cadera izquierda y salió por mi sexo, desgarrando el labio izquierdo, peritonitis aguda… 

Mi columna quedó partida, rota, como también parte de mi alma, y mi posibilidad de tener hijos tan rota como mi sueño de ser madre. Sin embargo, esa vitalidad que tuve según me cuentan desde muy niña no quiso abandonarme.

Empecé a pintar porque fue la única forma de tolerar que en mis agónicos primeros años de reposo casi total, ese espejo que mi madre puso justo sobre mi rostro me devolviera mi imagen en toda su dolida gestualidad, en la añoranza de mí misma, y en el estupor y la tristeza de que mi Alejandro se hubiera ido a Europa sin despedirse siquiera. Un día, no sé cómo, me empecé a pintar, me tomé como objeto de estudio. * El propio rostro pues, opresivo, casi agobiante. O la obsesión te devora, o la coges de cara. Hay que ser más fuerte que ella, no dejarse tragar. 

Tampoco sé cómo, pero fue a través de un cuadro que le obsequié, que Alejandro volvió a escribirme, y aunque no pudimos nunca más salvar nuestro amor pese a mi intenso deseo de que hubiera sido diferente, sí sostuvimos a lo largo de toda la vida una amistad más hermosa y fuerte que el hierro que me atravesó.

Pude volver a amar y casarme con el hombre que amaba; y pude pintar, ambas cosas muy de mi gusto, sólo que la pintura no me traicionó como sí lo hizo mi hombre, con la más querida de mis hermanas. La pintura no me traicionó, como sí lo hizo la más querida de mis hermanas con mi hombre, ese pintor gordo al que le decían el elefante que se casaba con la paloma, como si yo fuera paloma y él, elefante. Diego, Diego…ay, qué difícil. Me casé con él porque lo amaba y admiraba, y aún lo amo tanto o más intensamente que entonces.

Superé los cientos de piquetitos que me hizo, pintándolos, como superé todo pintando y pintando, y si algún orgullo tengo no es el de que Breton me considere la pintora surrealista por excelencia, sino que todo lo que he hecho lo he hecho con amor, genuinamente, desde la verdad de mi ser. Cada pincelada fue hecha con amor, a cada hombre que he amado lo he amado, durara lo que durara, y si no pudo ser  hondamente, sí lo fue con respeto y cariño, como sucedió con Trostsky , y lo mismo con las mujeres que fueron mis amantes, aunque no eran tanto de mi gusto, sino más bien un capricho de Diego pensando que me podía hacer más feliz tener sexo con mujeres por la delicada capacidad de movimiento de mi cuerpo, que con hombres.

¡Y cómo se equivocaba! Dejé a un hombre hermoso a quien amé mucho, y que quería quedarse conmigo por no poder renunciar a Diego… Aunque para entonces nos habíamos divorciado. Y sé que este aspecto de mi persona, el que se obstina en amar así, con tal falta de reciprocidad en algunos sentidos, no es el que mejor habla de mí.

Pero ¿quién es capaz de juzgar mi amor? ¿Que sufro con él más que otras, o menos que otras con sus amantes o maridos? ¿Que no me merece? Mi amor por él a esta altura de las cosas, está más allá de eso: elijo vivir así, y me importa lo que al hijo de la Chingada lo que piensen, que si convivimos o no convivimos, que si ya no tenemos sexo porque yo no lo deseo, o qué.

Cuando a uno se le ha roto a tal punto el corazón, o vive y se deja de mariconear, o se muere, pero de veras.

Y yo quise vivir, y sigo queriendo vivir.

Es cierto que he hecho cosas por complacerlo a Diego, como dejarme este aristocrático bigote propio  de la mujer blanca en tierra mestiza, y que es una idiotez más de las tantas que se le ocurren, pero también es cierto que mientras él iba y venía de su pintura a los halagos y a las camas de las mujeres más apetecibles, yo entraba y salía de las casi treinta cirugías que tengo hasta ahora, y pintaba mi cara cuando era lo único que podía pintar, cada vez que volvía a quedar inmovilizada.

Y me pinté. Con monos, con fantasmas, escupiendo el dolor de mis partos fallidos, me pinté muriendo en vida, desolada, y me pinté abierta y jugosa como una sandía diciendo una y mil veces “viva la vida”. Y la gente que me ha rodeado y los niños a quienes he dado clases de pintura han recibido mi cariño, el de una mujer golpeada por los acontecimientos de una vida que agradece,  no como un favor que le haga yo a esa vida, sino por la imposibilidad de dejar de agradecerla y disfrutarla, de agradecer poder disfrutar de mi sexo, de mi apasionamiento, de mi ternura, de mi caos y  mi intensidad, de agradecer poder amar fuerte, y aunque he dicho que no está bien demorarse donde no hay amor, nadie en el fondo ama por la pura y aritmética reciprocidad, sino por la fuerza de lo que siente.

Así que si me van a juzgar por puta, o por borracha, sepan que Frida Kahlo, bebiendo sí, y bastante, jamás ha pintado un cuadro en estado de ebriedad, porque el don de pintar, el oficio de hacer lo que hago merece mi disciplina más profunda que también es una forma del amor.

Una de las cosas que tenemos los que hemos sufrido en exceso, es que cuando trascendemos esa rebelión inútil y dejamos que la vida nos perfore como un hierro por donde se le de la real gana, terminamos carentes de vergüenzas absurdas, no nos importa la opinión ajena, sino la nuestra, cómo nos plantamos nosotros ante nuestros dolores, nuestros miedos y nuestras ansias, y entonces nos ponemos a vivir de un modo que no todo el mundo entiende. Intenso, inevitablemente sabroso,  auténtico y sin vueltas para gozar mientras sea posible.

Así que , señores y señoras, pueden ya dejar de ostentar su pinche necedad y aguantarse que Frida Kahlo pose en tetas para ese escultor, porque opinen lo que opinen, yo, Frida, lo voy a hacer igual. ¿Por qué si no he podido amamantar habría de negarme a ofrendar la voluptuosidad de mis pechos a quien pueda apreciarla?

Sin más, me despido cortesmente de quien corresponda.

Frida Kahlo, Ciudad de México, 1950


( * Fragmentos de cartas y diarios citados en el libro "Frida Kahlo", de Rauda Jamis)


miércoles, 5 de enero de 2022

"Feliz año nuevo, teniente Dan", fantasía sobre una foto

 


Sí, teniente Dan, no me equivoco cuando te digo "feliz año nuevo"

No me equivoco porque aunque una parte tuya en esta escena te esté castigando más de lo que te castigó la vida, en este preciso momento en que te saludo como si fuera el tonto que no soy, estoy actuando por vos eso que no te podés decir aún. 

Aún. Ahí está la clave de las cosas. No confundas, teniente, el "hoy no" con el "nunca jamás", no condenes, no te condenes. Estoy mirándote y no te miro con pena, estoy deseando que puedas. He visto a suficientes seres que quise mucho, no poder, y quiero que puedas, teniente Dan. 

Quiero que pueda Jenny, quiero que puedan sentirse bien con quienes son. Vos no lo sabés aquí, en esta postal congelada de lo que fuimos, pero en poco tiempo volverás a trabajar, seremos millonarios y te sentirás agradecido de vivir, aún sin tus piernas de carne y hueso. En poco tiempo yo tendré una noche de amor con Jenny, una única noche que marcará un punto de inflexión en mi vida, uno más. Falta poco para que se muera mi madre y para que me ponga a correr y me deje una barba enorme. Te dejaré cartas que no leerás, pero aquí estaré. *Puede que yo no sea muy listo, pero sí sé lo que es el amor.

*Yo sé mucho de casi nada. Yo no sé si mamá tenía razón o si la tenés vos, teniente Dan. Yo no sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa. Pero yo creo que pueden ser ambas, puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo.

No te paralices, teniente, vos no te paralices, acordate de que hay que trabajar mucho para seguir siendo una buena noticia, para uno mismo, y para quienes nos importan.

Ya está teniente, te lo tenía que decir. Yo estoy bien. Me tengo que ir a correr un rato ahora.

Un gran saludo. No sé cuándo, pero creo que un día de estos nos encontraremos nuevamente.


(* frases originales de la película)


viernes, 11 de junio de 2021

Para mi abuela Ana

 


Querida Abuela: supongo que todas las cartas deben empezar así, y es como me hubiera gustado empezar una carta para vos, una que vos pudieras leer en el más acá, cuando estabas en el más acá.

Ayer biodanzando, te imaginé. Dicen que tenías el pelo ensortijado. Yo te imaginé pintando, estabas en un rinconcito medio oscuro, pero contenta, trabajando en un cuadro pequeño. Quiero decirte que te admiro. Papá no pudo, pobre. Te trató con cierto desprecio o vergüenza la única vez que nos vimos, uno de esos domingos en su casa. Ese día él estaba alterado porque vos te habías escapado del geriátrico, y me pidió que no le dijera nada a mamá de que yo te había visto, indicación que, por supuesto, no cumplí. Quiero que sepas que mamá estuvo contenta de que yo te hubiera conocido. Él no pudo o no supo entender que pintaras, decía con cierto desprecio que “de grande se te había dado por pintar”. Lo lamento tanto. Yo soy pintora ¿sabés? Desde chica quería serlo. Eso sí lo tenía muy claro. ¿Y sabés qué hizo tu hijo? Lijó el caballete que usabas y me lo regaló para mis quince años. Creo que fue el mejor gesto que tuvo en su vida para conmigo, y, -ahora que lo pienso-, para con vos también. Fue realmente algo grande. 

Después, mucho más grande, cuando me re encontré con mi prima Gladys, ella me contó muchas cosas; entre otras, que en realidad el geriátrico del que hablaba papá era el Moyano, en donde terminaste tus días en esta tierra. Pero también me contó que después de separarte del abuelo León vos volviste a casarte, o a unirte con un hombre, lo cual nadie te perdonó por no sé qué cosas de la ley judía, aunque, - al menos-, papá era ateo. Y también me dijo que vos hablabas de temas tabúes como el sexo, y eso no gustaba, abuela. Por eso también vos pasaste a ser un tema tabú en la familia. Y voy a decirte, aunque te asombre, que mi mamá en eso era igualita a vos…Digo en lo de desafiar tabúes y hablar de sexo, entre otras cosas.

Ahora sí: yo te quiero contar que tu atril de pintura está muy bien cuidado, y que lo usé mucho. Ahora estoy en un tiempo de silencio pictórico, pero ya volveré a pintar. Todo no se puede a la vez. 

Se está desencajando un poco la parte de arriba, y de vez en cuando tengo que propinarle unos puñetazos para que encastre; y mientras lo hago, te invoco en voz alta, digo: ¡dale, abuela, ayudame! y creo fervientemente que me estás escuchando.

También ayer imaginé en biodanza,- después te cuento qué es eso-, una escena en que vos te abrazabas con la abuela Concepción y con mamá, y la familia materna y la paterna se abrazaban. Y entonces todo el desamor que sufrimos, fue reducido a una tontería inmensa. Formamos en mi imagen una ronda grandota, y en un momento dado, yo me puse en el centro y les pedí a todos ustedes que me bendijeran, y sentí que así fue. ¡Y la falta que me hacía!

Olvidaba decirte que prontamente, quiero pegar en tu atril esa frase calada en madera que tengo ahí, esperando la ocasión; una frase que dice:” lo pequeño es hermoso”, y que sabe alumbrar mi camino cada vez que la hago entrar en mi vida. 

Bueno abuela, por ahora te dejo tranquila, o eso espero. Ya te escribiré otra carta. También estaba por olvidarme de decirte algo importante: que ojalá perdure la locura de ser lo que uno es. Y ojalá sea contagiosa, muy contagiosa, Abuela.

Tu nieta (¡uy! Qué lindo pronunciar esta palabra) Claudia

PD: Ya sé que tu matrimonio fue arreglado, pero ¡cómo me hubiera gustado conocer al abuelo León!

 


domingo, 30 de mayo de 2021

Una de las cartas de Rilke, tomada de "Cartas a un joven poeta" (1903-1904)

Este libro entre los libros, me fue obsequiado a mis treinta años. Luego lo obsequié a mi vez. Nunca agradeceré lo suficiente su lectura y su re lectura. Mis ojos de hoy dan fe de cosas que entonces eran luces enigmáticas en medio de una confusa oscuridad.

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.

Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. ¡Esto es lo que hace falta! Hace falta -y a eso ha de tender paulatinamente nuestro desarrollo- que no nos suceda nada extraño, sino tan sólo aquello que desde mucho tiempo atrás nos pertenezca. ¡Se ha tenido que revisar y rectificar ya tantos antiguos conceptos acerca de las leyes que rigen el movimiento! Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, querido señor Kappus, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no habría de resultarnos todo muy difícil...!

Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de "fenómenos" o de "apariciones", el llamado "mundo espectral", la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad...

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo...

No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obran en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.

No se observe demasiado a sí mismo. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (De una vida, querido señor Kappus, a la que yo dedico tantos pensamientos y buenos deseos). ¿Recuerda usted cómo esta vida, ya desde la misma infancia, suspiró por los "grandes"? Yo veo cómo ahora, partiendo de los grandes, anhela poder alcanzar a los más grandes. Precisamente por eso no cesa su vida de ser difícil. Pero por esta misma razón no cesará de crecer.

Si he de decirle algo más, es esto: no crea que quien ahora está tratando de aliviarlo viva descansado, sin trabajo ni pena, entre las palabras llanas y calmosas que a veces lo confortan a usted. También él tiene una vida llena de fatigas y de tristezas, que se queda muy por debajo de esas palabras. De no ser así, no habría podido hallarlas nunca...