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sábado, 27 de junio de 2026

Mirando una hoja seca



Me comprometí internamente con la propuesta de Lucrecia Martel, de escribir para hacer suceder las cosas que deseamos. Ella la nombró de forma diferente, pero se trata de la misma causa. Y ayer, mientras caminaba por las veredas de un barrio no demasiado concurrido, pude darme el raro lujo de caminar sobre hojas secas. Las miré, ahí, amontonadas en ese colchón único, y pensé en la diferencia entre ver una hoja seca como mero residuo o como parte del paisaje, del espectáculo de la naturaleza. Creo que en esa metáfora cabe mucho de lo que nos pasa. 

Se nos ha acostumbrado a mirar la vida y todo lo que ocurre sólo desde el lado billetera, y ni qué decir del lado billetera de la felicidad. La ilusión vendida es inmensa, y cuando cae, como caen las hojas caducas, la quiebra es profunda. Pero lo que entra en default es el alma, por falta de cultivo apropiado.

No propongo vivir a pan y agua, ni menos aún consentir a los gobiernos que  nos hambrean, pero nunca un gobierno fue bueno o malo sólo por lo que hizo o no con su economía. Si no, miremos a Adolfito. Aunque pretendan convencernos de lo contrario, en una política económica entran otros muchos valores que determinan el rumbo de la embarcación. Y si el rumbo es bello, es mucho más probable que detrás de las imágenes del naufragio haya algo de qué agarrarse. 

Lo que quiero decir es que la usura, ésa, la gran usura de los super ultra poderosos y billonarios también se sostiene en la admiración secreta de quienes aprendieron un solo modo de entender una vida valiosa. Y, para mí, ésa es una de las primeras lecciones que se nos debería enseñar: descubrir qué es y qué no es basura en una vida cualquiera. De eso depende lo que juntemos y lo que tiremos, es decir, que en nuestra peculiar economía del alma habrá cosas que celebrar o lamentar según el valor que les demos. Así, ampliando exponencialmente la imagen, tenemos al planeta, que es mirado por esos billonarios como un mero instrumento, sin belleza, sin posibilidad de ser disfrutado de algún modo, y lo único que son capaces de hacer es destruirlo para convertirlo en mercancía. No importa si glaciares, árboles, flora y fauna nativas, no importa si montañas, ríos y mares, ni tampoco importa si personas, ancianos, jóvenes o niños. La mercancía es en realidad la gran metáfora de la imposibilidad de gozar y vivir la vida, una imposibilidad que requiere mucho alimento chatarra, es decir mucha práctica de la destrucción, para convertirla  a su vez en mucho dinero, y mucha ostentación absurda, en un despliegue megalómano e inútil del ego humano.

Nietzche decía "valorar es crear". Encontrar el valor de una hoja seca a tiempo. Y cuando digo valor, digo instantes de contemplación o de jugar con sus extraños sonidos crujientes. Y cuando digo, "a tiempo", digo vivir sin haber malogrado amores tras una fama y una fortuna malgastadas, para finalmente morir pronunciando la única palabra que designaba lo importante: Rosebud. Nuevamente el pequeño mundo del ciudadano Kane atado a ese instante feliz de su infancia, carente de lujos mundanos.

Una hoja seca, una pequeña metáfora sobre tan solo algunas cosas sobre las que sí tenemos potestad para elegir. Como también la posibilidad de elegir qué libertad es la que vamos a hacer crecer dentro de nuestra alma, y en nuestra vida  personal y compartida.

viernes, 1 de mayo de 2026

los gansos locos




Ahí estábamos, sentadas mi amiga y yo en un banco dentro del Ecoparque, ex Jardín Zoológico de la ciudad en que habito, -es decir, Buenos Aires-, cuando aparecieron unos patos sueltos que se pusieron a merodear alrededor de nuestro banco. No eran los únicos, ya que, cerquita, en otro banco en donde una familia también descansaba y compartía mate y galletas, se habían acercado otros dos, con interés manifiesto por ligar alguna migaja apetitosa.

Habíamos sacado un paquete de galletas dulces, que al parecer les resultaban muy tentadoras, lo mismo que las de los vecinos. 

Llevaban un ratito merodeando, cuando empezamos a alejar las carteras y a achicarnos en el asiento, como temiéndolos. Mientras tanto, en el banco vecino, la nena había entrado en tamaño susto. Se había escondido tras un árbol con una piedra en la manito, y cada vez que alguno se acercaba un poco, su familia intentaba inútilmente calmarla. 

Alguna vez me persiguió un ganso y me picoteó. Los gansos tienen fama de medio chiflados y agresivos, una fama diría yo que bien ganada; pero estos no eran gansos, sino patos oscuros, con unas crestas que darían que hablar por lo extrañas y coloridas.

De pronto me pregunté a cuenta de qué tanto susto, y empecé a aflojar mi posición corporal. Mi amiga, por su parte, decidió algo parecido, porque comenzó a tirarles algo de comida, pedacitos de galletas que ellos recibieron de mil amores; y si bien había que reconocer que su insistencia resultaba un poco molesta, no merecían en absoluto nuestro temor ni ninguna clase de agresividad por nuestra parte.

Me pregunté qué tal nosotros, bichos urbanos, temerosos a punto de atacar a cualquiera por las dudas. Pensé en nuestra vida urbana, que hace rato no huele aires demasiado buenos. Todo parece molestarnos, resultarnos amenazante, hostil; en cada prójimo vemos primero la imagen de un ganso loco, y sin tiempo para pensar nada, agarramos una piedra y la arrojamos por las dudas. Una piedra de palabras o de gestos, lo mismo da, pero una piedra al fin, de sospechas, de temores no avalados por la realidad, una realidad que no nos tomamos con demasiado interés, al menos con el necesario para observarla atentamente.

La lentitud no está de moda. Todo debe ser rápido, y alguien dijo que no hay mejor defensa que un buen ataque.

Entonces, en nuestra animalidad paradojal, en vez de honrar la posibilidad de la pregunta y la espera de la respuesta, elegimos la impaciente ansiedad de una racionalidad que hace rato dejó de ser la que honraran los intelectuales del siglo de las luces, para tornarse la loca de la casa, un mono con navaja suelto en nuestro interior, que corre a degüello.

Los patos comieron, y volvieron a su remoto lugar. Nosotras hicimos lo mismo que ellos.

En estos momentos, no es el planeta quien se debate por su continuidad, sino nosotros. El planeta sabrá qué hacer con el caos, ya otras veces lo ha hecho. Nosotros, desplazados de nuestra arrogancia a los sopapos, deberemos tratar de entender qué hacemos con nuestra extraña animalidad. Resulta muy pero muy fácil descreer de la especie, digo de la especie humana, declararnos mala gente. Pero esa hipótesis a mí no me convence, y creo que colabora con nuestro auto exterminio, porque si poco o nada valemos, para qué defender nuestra existencia.

Pobrecitos! nos hacemos un lío terrible con esa libertad otorgada por los dioses, pero sin embargo cantamos, acariciamos, cuidamos de otros seres y de otras especies, hemos desarrollado el arte de curar entre otras artes nobles. Creo que ese centauro que apunta la flecha hacia el cosmos, con su corporalidad mixta guiada por el espíritu hacia las alturas, ese animal poético, existe en nosotros. 

Muchos han intentado y siguen intentando honrarlo. Tratemos de encontrar entre todos un destino mejor para esa flecha de la que somos responsables. Y por qué no, tratémoslo bien. A lo mejor sólo espera algunas miguitas dulces de nuestra parte.

martes, 17 de marzo de 2026

8M: Lucrecia Martel, Isabel Coixet, y un mundo deseable



...me había despertado por demás dolorida, además de dolerme todo y la realidad, -digo, todo de mí y la realidad fuera de mí-,  cuando vi los primeros posteos del despertar en mi facebook, algunos muy interesantes: distintos enfoques del 8M y un par de cosas a las que adhiero en cuanto a nuestro fanatismo sobre el fútbol y la pelota manchada frente a la que no se manchaba y esas cosas... Y cuando quise ponerme a escribir sobre todo eso,  me encontré con una gran fatiga, una fiaca inmensa, tremenda, de continuar indagando en lo problemático del mundo actual. Y no porque renuncie a hacerlo, sino más bien porque me duele, -como a tantos de nosotros- ,  la realidad nuestra de cada día, que si parafraseara a Pema Chödrön, diría que se halla en el  instante justo en que, se mire por donde se mire, es un espanto. Ella caracteriza ese momento en la vida del ser humano como la posibilidad por excelencia de un despertar; el instante en que el espejo se niega a mostrarnos una mejor imagen de nosotros mismos, y en que nosotros hacemos coherencia con el espejo, negándonos a inventar el mejor ángulo de aquello que llegó hace rato a su punto del horror.

Leí algo de budismo explícito en una página muy buena, y eso ya me había animado un poco, cuando al rato una amiga me pasó un videito de Lucrecia Martel en donde, después de explicar cómo el cine se había encargado de profetizar nuestras actuales desgracias, propone empezar a hacer otra cosa. ¿Qué cosa? Empezar a crear tomando como punto de partida lo que que queremos ser como humanidad. Imaginar algo así como una "Topía", un futuro deseable, para hacerlo posible a través de esa especie de profecía que implica la creación artística. Me pareció una idea grandiosa, y le conté a mi amiga que iba a tratar de ponerlo en práctica conscientemente de hoy en más.

No obstante, durante casi todo el día no hice otra cosa que lidiar con mi cuerpo y con mi alma. Por un lado, los dolores de unas articulaciones que acusan recibo de cualquier pequeño esfuerzo como si se  hubiera tratado de escalar el Himalaya, y que, tras mi última aventura quirúrgica, esperan el visto bueno acerca del estado de mi rodilla post artroscopía. Pero el dolor corporal no quiso limitarse a sus confines, y entonces se le dio por ponerse a repasar el debe y el haber de mis soledades de Babel, de mis amores y desamores explicables e inexplicables, hermosos y trágicos, y de la compañía sempiterna de esa acuosa sensación de emoción por todo lo vivo, que últimamente está demasiado empapada de tristeza; de los deseos que parecen demorarse demasiado en en algún umbral,  y un etcétera no demasiado luminoso... Y por más que mi conciencia sintiente de semi budista en preparatoria, tratara infructuosamente de anoticiarme a cada minuto del sol que entraba por mi ventana, siguió imponiéndose sobre ella la parte de los dedos de mi mano derecha que ya no funcan como antes de operarme, y mi posibilidad de hacer sinapsis , que no es la de hace treinta años, cuando pude haber decidido tener un piano propio, insistiendo en recordar también , -como si esto fuera poco-, cuestiones tales como que el resto de mi corporalidad se empiece a arrugar de a poco por donde otrora era lisa, o lo bonita que yo era cuando no me daba cuenta,  y la inconveniencia de recordar que si llego a los ochenta me encontraré hermosísima en donde hoy me veo fea. 

Traté de respirar, de aflojarme, y nada. Traté de hacer tonglen, -esa meditación específica para este tipo de momentos, en la que nos sentimos parte de una humanidad tanto o muchísimo más dolida que nosotros y de la que formamos parte-, pero nada resultó eficaz. Mis endorfinas recién empezaron a acariciarme ya entrada la noche, al rato de ponerme a pulir unos escritos, soñando con los libros que editaré en algún futuro que me empecino en imaginar cercano.

En eso estaba cuando de pronto me dio hambre, y decidí acompañar mi sobremesa con una buena película. Así que le metí a ok.ru. y encaré 'Tres adioses', la nueva película de Isabel Coixet.

Si había un empujoncito que le faltara a la decisión de dejar de lloriquear por esos rincones sombríos, todo eso lo logró la película de la Coixet,  una de mis más queridas directoras de cine, quien seguro tendrá de qué arrepentirse, pero también de qué enorgullecerse, y sin duda esta obra entra de cuerpo entero en el segundo grupo. Con ese ligero eco de "La vida sin mí", pero unas vueltas de tuerca que los resucitados entendemos, se me fueron al corno los lamentos, y re descubrí esas verdades que aparecen en la hora de los patíbulos, pero que suelen olvidarse en las calmas chichas y , -menos explicable aún-, en las horas más dichosas. 

Eso que sabemos los resucitados, los que alguna vez tuvimos el coraje de mirar al monstruo del espejo sin vergüenza ni asco y meterle a la vida un giro copernicano, es que no alcanza con que otro te prepare la comida con amor, porque el manjar empieza cuando podés sentirlo en tu boca y mejor aún si lo fabricaste con tus propias manos. Que gozamos de una impermanencia tan maravillosa como para usarla a nuestro favor soltando la puta queja de una vez y para siempre veinticuatro veces al día y trescientos sesenta y cinco días cada año. Que el filo de la muerte afina los sentidos, y que poder mirar el cielo y el vuelo de los pájaros como si fuera por primera vez es algo inmenso. Que el año sabático ya empezó, que no podemos estar seguros  acerca de en qué puto sitio nos agarrará la parca como para perdernos media puesta de sol, o un soplo de brisa. Y que aunque el colapso climático prometa que nos derretiremos muy pronto, nada será menos aconsejable que dejar de disfrutar del sol preventivamente. 

Y aunque todo esto, ahora que lo escribo, me suena a imperativo,- en tiempos de demasiados imperativos sobre la pretensión de 'ser felices 24/7'-, abandonar de a poco pero con firmeza nuestras inercias sería todo un detalle, así como abandonar del mismo modo las grandes urbes, todo lo cual parece señalar una buena ruta  hacia sitios más iluminados del cosmos y del alma. 

Que ya es hora de dejar de apostar la sangre a la tenencia inagotable de bienes raíces, para permitir que las raíces se nutran de lo que las alimenta, y que nos nutrimos cada vez que cuidamos de los pichones humanos que vamos encontrando en el camino. O cada vez que nos animamos a besar en la boca, alegrándonos con la misma simpleza de sólo saber que ese ser está hoy en este mundo. 

Que los humanos no nos olvidemos de que también somos buenos. Y de que parte de nuestra gracia en la gran Creación, tiene que ver con lo que nosotros somos capaces de crear. 

Así que hoy profetizo en mi mundillo personal una humanidad que sobreviva al horror, para disfrutar el misterio de por qué danzan los estorninos, y encontrar en aquello que ama, una pequeña pero auténtica respuesta.




https://www.instagram.com/reels/DUwsZhfDWd4/

La cineasta Lucrecia Martel habla de imaginar un futuro próspero, para que no nos roben el poder de imaginar.

domingo, 20 de julio de 2025

LA LECCIÓN DE ANATOMÍA




En una de las inolvidables clases de Filosofía del CBC de la UBA que tuve el placer enorme de cursar hace tiempo, recuerdo que la adjunta, una profe genial, nos explicaba el espíritu de los tiempos barrocos... Para abordar lo que ocurría en materia del pensamiento, ella se basó en la obra de Rembrandt, la genial Lección de anatomía. La puntualización fue a dar precisamente en la mirada de los que asistían a dicha lección, ya que mientras el expositor disecciona ciertos músculos del  cadáver, la observación no se aplica a lo que sucede allí, en ese cuerpo, sino a lo que sucede en el libro que alguien sostiene en el el ángulo derecho de la escena. La representación de las cosas, la explicación de las cosas era más significativa que las propias cosas. 

Ni remotamente pretendería suplir en esta modestísima nota el conocimiento y los años de estudio de mi profesora. Sólo me propongo al tomar esta situación como referencia, hacer una suerte de analogía, para poder hablar un poco respecto de a dónde va a parar nuestra atención en nuestra vida cotidiana.

Porque si la masa de una tarta me está quedando o muy chirle o muy seca, por más que revise la receta y me diga que todo está muy bien, algo me quiere decir mi propio tacto, en contacto con la masa. ¿A qué le presto atención entonces?

Sé de un anciano que todos los días controla la concordancia o disonancia de su sensación de frío con la temperatura 'real' , por lo cual si hay concordancia, se tranquiliza, pero si él siente más frío que el que 'debería (?) sentir, se martiriza.

Si algo que estaba en la heladera huele mal, y al revisar su fecha de vencimiento todo está perfecto, pero no obstante sigue oliendo así, ¿a qué le hago caso? 

Y lo cierto es que está muy bien guiarse por un manual de anatomía, y estudiarlo con muchísima atención. Pero sin dejar de contrastar lo que se lee con la realidad, y asegurarse no sólo de que esté actualizado, sino de que sea un manual de anatomía.

Muchas veces estamos siguiendo la coreografía de otra danza que no es la que suena. No parecemos muy entrenados para cambiar de ritmo aunque nadie anuncie que se acabó el vals y empieza la chacarera. Nuestro oído tiene sin dudas la información fidedigna.

En los vínculos humanos no habría que olvidarse de chequear el clima mientras se está con el otro. Hay quienes se mantienen fieles al manual de instrucciones que les dio alguien, o que urdieron anteayer, en vez de pulsar la situación  según cómo se presenta. Escucharse el cuerpo, y tratar de registrar el ajeno, y a falta de datos, hacer las preguntas necesarias. Escucharse el alma del mismo modo, para no olvidar la anatomía fluctuante, temblorosa y actual de todo lo que está vivo, y no permite ser diseccionado.



domingo, 5 de enero de 2025

Ay, María Elena ¡cuánta filosofía hay en tus letras!

 Hoy: Un amigo nuevo no es lo mismo: nos quiere por la mitad

 https://www.youtube.com/watch?v=S1kFwK7r7jE

¿Qué mitad es la que quiere el amigo nuevo cuando uno ha tenido una vida llena de vidas? ¿Conoce una mitad o un tercio o un octavo que son imposibles de establecer en medidas numéricas? Son más bien etapas distintas, a veces muy muy distintas de una vida que ha hecho giros y saltos, que no se ha quedado quieta, ni siquiera frente a lo que la vida misma ha hecho con uno, quiero decir, frente a lo que no se elige.

Siempre que pienso en ésta, tu frase de Zamba para Pepe, me acuerdo de la serie Vientos de agua. Ahí no eran sólo los amigos nuevos, sino los propios hijos, los que desconocían la primera ¿mitad? de la vida del personaje central interpretado por Alterio; una mitad que no llegaría ni remotamente a mitad si se la contabilizara en años, pero la pucha que una muy grande mitad, si se la entiende como la raíz oculta de un árbol que de ahí en más crecerá trasplantado.

¿Qué te pasó, papá? Le pregunta el hijo a Alterio en España, ya ambos en España, dispuesto a escuchar eso de lo que nada conoce.

También me acuerdo de la historia de Yira Yira que cuenta el propio Discépolo, en lo referente a la imposibilidad de hablar del dolor propio cuando es demasiado intenso, de la necesidad de esperar para poder convertirlo en letra de un tango, en obra de arte, en algo creativo, en definitiva.

¿Qué mitad de qué vida conocen nuestros nuevos amigos?

Y también en esto yo te entendía mal, María Elena, porque creía comprender que ese “nos quiere por la mitad” se refería a que el amigo nuevo no nos quiere lo suficiente, por el hecho de querer sólo esa mitad a la que puede acceder, y no. Lo que nos querés decir es otra cosa, que no está en el amigo nuevo ni en su amor entero hacia una parte nuestra, sino en que sólo nosotros sabemos cuál parte quedó afuera de su amor, no por amar menos, sino por desconocer.

En tal sentido, cabría decir lo mismo de los amigos viejos. Viejos, sí, porque no se re actualizan, porque a fuerza de no tratarnos, siguen fijados a la ilusión de que somos las mismas personas que fuimos cuando ellos nos frecuentaban, con los mismos pesares y las mismas alegrías, con las mismas personalidades y formas de responder a las gracias y a las desgracias.

Y no: nuestra vida realizó una metanoia. No somos los mismos, y sabemos que ellos tampoco pueden serlo, incluso si se hubieran quedado en la versión de quienes eran. No serán los mismos, porque una vida que se estanca, aunque se congele en el mismo paisaje, no será nunca la misma que cuando ese paisaje, esa postal, era hjja de un fluir y no de un resignar.

Por eso los amigos podrán ser antiguos, antiquísimos, pero no envejecer, -al menos no caducar-, si aun cuando no nos hayan frecuentado o nosotros a ellos, se permiten la comprensión de que debemos conocernos de vuelta, se permiten hacerse y hacernos la pregunta acerca de quiénes somos ahora.

Por eso, María Elena, podrá existir el dolor de ser querido por la mitad, o por el tercio o por vaya a saber qué vida de todas las que fuimos hacia adelante o hacia atrás, existirá ese dolorcito o dolorón de no ser queridos todos-toditos, cosa que de algún modo es y será también una ilusión.

Eso sí: qué alivio poder hablar de nuestra vida a quien conoce algunos de sus personajes principales, esos del inicio, como papá y mamá, sin tenérselos que presentar.

Pero, no obstante: qué alivio también tener quien lo conozca a uno sin tener que explicarle quién era uno antes, qué lastres arrastraba y qué maneras que jamás hoy cultivaría en su sano juicio, tuvo que dejar en el camino; qué alivio no tener que volver a presentarse.

Mas qué alivio también los que regresando humildemente, se saben otros y nos saben otros, por lo que tienen el respeto de no querer ni pretender adivinarnos, ni mucho menos sonreír frente a cosas que suponen que conservamos, como si el tiempo que pasó para ellos no hubiera pasado para nosotros también, no nos hubiera podado y renacido las ramas y las flores.

Amigo viejo o nuevo: gracias siempre por la pregunta ¿quién sos hoy? ¿qué te pasó?

 

 



 

domingo, 1 de diciembre de 2024

La insignificancia


Recorro una vez más los caminos de la insignificancia, esos que señalan importancias supremas en sitios que creímos dotados de una pequeñez extraordinaria. Por ejemplo el diario hacer de las manos.

Sí, siempre quedó más o menos claro que eran parte de nuestro cuerpo, pero ni en la escuela, -en la clase de gimnasia-, ni en el conservatorio, -en la clase de instrumento-, hubo quien se ocupara de remarcar  la intrincada red de músculos, tendones, huesos, huesitos y nervios que las constituía, nadie que nos hablara sobre su funcionamiento físico, sobre la importancia de su cuidado, ni de cómo realizarlo.

Tampoco nos hablaron de la fuerza subterránea que ejercen en el cotidiano hacer, ni de cómo descansarlas de un cansancio prácticamente invisible.

Nadie nos dijo cómo elongar o fortalecer su musculatura, ni que ciertas ejercitaciones que entendimos siempre como destrezas  musicales, también lo eran a nivel físico: saltos, arpegios, escalas, escalas en terceras o en sextas... cosas por momentos vividas como absurdas... porque ignorábamos en realidad qué cosas estábamos ejercitando y al servicio de expresar qué belleza.

El movimiento rotatorio del pulgar derecho en la guitarra, la izquierda con su máquina de hacer ligados, o con la dificultad muscular,- para algunos más importante que para otros-, de las cejas... bueno: de todo eso no solía hablarse demasiado en términos de "cuerpo", de la mano y de los dedos como cuerpo que se ejercita y entrena en un virtuosismo cuyo objetivo quizás no valga por sí mismo, pero sí como parte del camino que tienen las manos en su poder de expresar los mensajes más difíciles, más inaccesibles de la música.

Entonces, un día nos fracturamos la muñeca derecha, y ahí nos venimos a enterar no sólo de todo lo que veníamos haciendo desde la música, sino de todo lo que veníamos haciendo al cortar un pedacito de comida en el día a día.

Porque después de mucha inmovilidad, nos encontramos con que esa mano tan útil que teníamos, de pronto no tiene fuerza para encender un fósforo, ni para levantar algo más pesado que una botellita plástica con dos centímetros de agua adentro. No podemos ni lavarnos las manos, ni sostener, -nomás para hacerle el favor a la izquierda que tomó la batuta a la fuerza-, el mango de la sartén. No podemos hacer nada de eso porque nos duele, y nos duele no sólo porque nos operaron, nos pusieron adentro un montón de cosas de metal, sino también nos duele porque no la ejercitamos durante mucho tiempo; del mismo modo que también nos duele el  pobre manguito rotador de tanto estar en cabestrillo, y nos duelen los musculitos del brazo derecho que se olvidaron de cómo era estirar el codo.

Nadie nos explicó la importancia de la epopeya diaria de las manos, en su aparente insignificancia, en sus itinerarios de laberíntica destreza, en que saben a la perfección trabajar en equipo, a punto tal que desmenuzar esa tarea conjunta implica un laburo impresionante para la pobre mano que queda sola a cargo de la batuta general, porque por más fuerza que tenga, sola no podrá hacer algunas cosas que exigen coordinada precisión.

Y entonces, el día que por fin podemos fregar un plato sucio, coser el roto de una media, o girar la llave para abrir la puerta, sentimos que eso es la gloria misma, como poder cortar un pedacito de churrasco y llevarlo a la boca.

Creemos, -y voy a extrapolar una vez más territorios de experiencia-, que todo lo importante es grande, notorio, que ocupa mucho lugar. Pero la experiencia de las cosas que a los humanos nos hacen bien, y las que nos hacen mal, la experiencia de lo que nos hace estar contentos, gozar y ejercer la potestad en nuestras vidas, posiblemente sea las más de las veces la sumatoria de pequeñas cosas, que en su dulzura se nos regalan, o que en su amargura se nos niegan, no mucho más que un trineo llamado Rosebud, para encender la rueda dhármica, la rueda mágica, la cotidiana belleza de vivir.

domingo, 14 de julio de 2024

ME NEGARÁS TRES VECES


No sé por qué viene a mí esta frase de Cristo, y viene no como mensaje exclusivo del cristianismo o del catolicismo, sino de algo que podría nombrar como parte de una espiritualidad universal, o de algo así como una psicología de la espiritualidad.

Porque Jesús le dice tan luego a Pedro, el más fiel de sus discípulos, su amigo, el elegido para ser soporte, piedra basal de su iglesia... tan luego a Pedro le está diciendo,- vaticinando-, que lo negará tres veces. Y Pedro niega a su vez la posibilidad de que esto pueda llegar a suceder. Y sin embargo sucede, y no una sino tres veces.

Y no importa si esta historia fue real o inventada: importa, o a mí me importa que pueda ser imaginada y narrada, en nombre de la humanidad.

Lo que advierto en ella es la dificultad enorme que tiene el corazón o el alma humana para reconocerse en la imperfección, en la falla en que sí puede reconocer al otro, y señalarlo una y otra vez con el dedo.

Y esa dificultad no se da sólo en el corazón de una persona poco noble, poco agradecida, o poco leal: se da en un alma buena, y sin embargo, también se da. Es el caso de Pedro, que por miedo a ser encarcelado, torturado, asesinado… niega conocer a Cristo.

Pedro no puede ser leal porque siente más fuerte su espanto que su lealtad.

Cristo lo sabe. En un lugar de narrador omnisciente de una historia que ya está contada,- y de la que es narrador, y sabiendo que Pedro hará lo que hará y las causas por las que lo hará-, lo perdona igual, lo sigue eligiendo amigo, lo sigue eligiendo base de su iglesia.

¿Qué cosas negamos en nosotros y vemos en los demás? Las cosas de la sombra. Las cosas desacertadas, desconsideradas, carentes de amor, vemos y señalamos en los corazones ajenos la indiferencia, la frialdad, la crueldad, la incapacidad de acompañar en el dolor, de permanecer presente en la adversidad de un ser amado, la facilidad con la que se huye del compromiso del amor.

Todo eso señalamos con mayor o menor decepción, con mayor o menor resentimiento. Sin embargo nos cuesta,- y mucho mucho-, ver en qué momentos de nuestra historia hemos hecho cosas parecidas a las que señalamos, y no necesariamente a sabiendas, sino por no darnos cuenta, por no tener registro de las mismas, como hoy se suele decir.

No haber estado a la altura simplemente porque en ese momento no advertimos lo que el otro necesitaba que advirtiéramos.

Y me quedo con la opción de ser el Pedro que se sorprende ante sí mismo, ante su propia falta. Y me quedo con la opción de ser el Cristo que perdona a Pedro y alberga su falta en su ternura. Y me quedo con el Cristo que vive en el corazón de Pedro, y con el Pedro que late en el corazón de Cristo, o sea, con aquello que permite ver más pequeña la viga del el ojo ajeno según nos acercamos, y admitir que tal vez la pajita en el nuestro sea algo más grande de lo que creemos, cuando es el otro quien la ve y nos la cuenta.

Ser a la vez quien mira con lucidez la posibilidad de la sombra, y quien mira con amor aun en ese desfalco a la confianza, desfalco que sólo a través de una conciencia del desperfecto humano, -de una conciencia de la ternura-, es posible reparar desde adentro y desde afuera.

Ser a la vez el negado y el negador y la conciencia testigo que ilumina a los tres en simultáneo.

No sé por qué viene a mí esta frase de Cristo, y viene no como mensaje exclusivo del cristianismo o del catolicismo, sino de algo que podría nombrar como parte de una espiritualidad universal, tal vez de una psicología de la espiritualidad.

Porque Jesús le dice tan luego a Pedro, el más fiel de sus discípulos, su amigo, el elegido para ser soporte, piedra basal de su iglesia... tan luego a Pedro le está diciendo,-vaticinando-, que lo negará tres veces. Y Pedro niega a su vez la posibilidad de que esto pueda llegar a suceder. Y sin embargo sucede, y no una sino tres veces.

Y no importa si esta historia fue real o inventada, importa, o a mí me importa que pueda ser imaginada y narrada, en nombre de la humanidad.

(continuará ... )


(2023)

lunes, 18 de marzo de 2024

Esperanza, del verbo Esperanzar, Paulo Freire

Hace un tiempo improvisé un apunte-poema al que llamé "la esperanza".

La esperanza en el sentido de la espera, de lo que espera en nosotros. Y de todas las cosas que hacemos y somos capaces de hacer para continuar en esa espera, muchas veces de un objeto preciso, muchas veces de situaciones o actos externos a nosotros, muchas veces de milagros que no nos involucran, sino más bien a otros, a los que muchas veces nombramos internamente dueños de nuestro bienestar, o felicidad.

Esa esperanza es a la que alude la querida Pema Chödron cuando habla en nombre del budismo, caracterizándolo como un ateísmo, en el sentido de no aferrarse a "niñera" alguna. Por niñera ella entiende ese "algo" que buscamos, para aferrarnos, para ampararnos, para estar a salvo, incluso en ideas y doctrinas, budismo incluido. Tal vez pueda haber algún parecido, algún punto de roce con el psicoanálisis en esto, pero hasta ahí... El budismo tiene en su carta magna la premisa de hablar sólo de lo que se ha experimentado y comprobado en carne propia. Aunque también la voz del propio Sócrates advertía que a la verdad no se llega nunca por completo, pero el camino hay que hacerlo a riesgo y cuenta propios.

Aunque también podemos pensar de otro modo la acción de esperar, porque la espera es una distancia real bien necesaria entre lo que hay y lo que se vislumbra o desea. Por más que la ciencia haya avanzado monumentalmente, ninguna madre sabe cómo será el primer encuentro con su hijo recién nacido hasta que eso suceda, ni por bien que se siembre, nos es posible adelantar los resultados de una cosecha. En ese sentido la espera es un tiempo que puede ser muy fecundo.

Pero la otra espera, la antojadiza, o aun no siendo caprichosa, la que se pone la batuta en el cerebro, y queda fijada en un solo resultado deseable y posible...esa espera por lo general tiende a querer forzar al destino, y es a la que quise referirme.

Sin embargo, mi admirado y querido Paulo Freire vuelve a despertarme, al hablar sobre la esperanza de otro modo. No es más que un texto que está circulando mucho en las redes por estos tiempos, y que habla de otra esperanza ya no ligada a la espera, a la pasividad, sino a la creatividad.

Hago eco en sus palabras, y me trae a eso que llamo "intencionar", palabra con la que deseo designar todos los preparativos que es posible hacer desde el alma hasta las manos, para traer ya no cosas externas (a-traer), sino nuevas costumbres vitales a nuestra propia existencia, y por qué no, a la existencia colectiva.

Él dice:

“Es preciso tener esperanza, pero tener esperanza del verbo esperanzar; porque hay gente que tiene esperanza de verbo esperar. Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera. ¡Esperanzar es levantarse, esperanzar es perseguir algo, esperanzar es construir, esperanzar es no desistir! Esperanzar es avanzar, esperanzar es juntarse con otros para hacer las cosas de otro modo… Es preciso reinventar el mundo, buscar su belleza. Belleza que pasa por nuestra capacidad de imaginar, de crear, de actuar, de transgredir… de comprometernos con la existencia humana, alimentados aquí por la esperanza”.

Voto entonces, e invito a votar por esa forma de la esperanza.




miércoles, 3 de enero de 2024

sobre flores, abejas y colmenas, primera parte

“Si no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja.”

Me quedé pensando en esta frase de Marco Aurelio. 

Si mi dar no me incluye como beneficiario, no me sirve ni le sirve a nadie.

Si mi amor no necesita dar al amado para realizarse, no me sirve ni le sirve.

Si la felicidad del amado no me incluye, no me sirve ni le sirve.

Lo que necesitamos en horas oscuras no son apoyos solidarios hechos en nombre del deber, sino amigos que en nombre de sí mismos decidan quedarse a nuestro lado, porque nuestro bien les incumbe.

No que hipotequen su vida por nosotros, ni hipotecar la nuestra por ellos.

No confundirnos en un supuesto amor incondicional que no existe ni creo que sea sano que exista en ningún vínculo humano.

Condiciones las hay, límites, los hay.

Pero no tanto externos como sí internos. Y deben respetarse.

Uno de ellos es el derecho a no dar en donde no deseamos hacerlo.

Pero allí donde demos, allí es que amamos

En la forma que sea. Amor al prójimo, al amigo, a la pareja, a la madre, al padre, o al hijo, al hermano-hermana en todas sus formas. Amor de donación, de gratuidad, donde a mí me complace hacer lo que hago por el otro, porque ese bienestar del otro forma parte también de mi bienestar. Regalarle un caramelo porque sí, invitarlo a tomar un mate.

No todo puede reducirse a la fórmula simplista “ese es su problema, no el mío”. Aunque sea cierto, y aunque sea el otro el que tiene que moverse, el alcance de los problemas de quienes amamos nos afectan. A veces es bueno no hacer nada, alejarse, dejar que el otro se ocupe de sí.

Sin embargo, tantas otras veces, somos nosotros ese otro que necesita simplemente un oído, una flor, una mano que tome la suya. Y registrar eso también es necesario.

También aprender a recibir es una alta forma de dar. Porque quien hace un regalo en el formato que sea, lo hace esperando el gozo profundo del destinatario. Si ese otro no toma lo que tenemos para darle, nos entristece y se entristece. Tomar un regalo es otra forma de regalar.

Estamos acostumbrados a medir las cosas en términos de pérdida –ganancia.

Pero sólo cuantitativa, y en términos de equivalencia casi monetarios.

Yo te doy una flor, vos me das una flor, yo te regalo algo caro, vos me regalás algo caro.

Y yo creo que la vida funciona de otro modo.

La medida está en el regocijo del cuerpo, en el gozo con que recibe nuestro estómago una visita, una propuesta, un encuentro. 

Si no, si estar con alguien tiene sólo valor de intercambio pero nada nos aporta, mejor irse. En las buenas y en las malas. Si decido ayudar, que sea por mí, si decido quedarme, que sea por mí, si decido irme, que sea por mí. Es la mejor manera de que el otro no se sienta una carga, una mera obligación, sino alguien a quien le damos la bienvenida tal y como esté.



miércoles, 27 de diciembre de 2023

VISLUMBRAR

 


Es una palabra tan poco utilizada como pródiga en sentidos.

Vislumbrar abre todos los espacios.

Si puedo vislumbrar lo que no sé, soy capaz de bajarme de mi arrogancia y de predisponer mi curiosidad.

Si puedo vislumbrar lo posible dentro de lo aparentemente imposible, soy capaz de salir de mi impotencia.

Si puedo vislumbrar belleza puedo ir en su busca.

Si puedo vislumbrar verdad, puedo ir en su busca.

Si puedo vislumbrar que hay cosas por vislumbrar puedo abrirme a la vida y quitar todos los cerrojos de las puertas cerradas.

Si puedo vislumbrar es que hay algo más allá de mí, de mis límites, incluso de mi imaginación

Porque la imaginación sólo es útil si va de la mano de lo vislumbrado.

Si puedo vislumbrar abro el futuro de la mano del presente e incluso puedo abrir las puertas del pasado al servicio de las fuerzas de la vida, para mirarlo desde un sitio del que aún carezco.

Si accedo a la vislumbre y la sigo, incluso puedo rebautizar mi pasado visto desde un lugar con alas.

Vislumbrar y soñar son verbos que se llevan bien, pero vislumbrar no es un ejercicio solitario, sino es ir más allá de mí para que las cosas sucedan.

 

jueves, 23 de noviembre de 2023

TERCER CUERPO



Todas las relaciones que valen la pena forman un tercer cuerpo.

No es un dogma, no está escrito en ninguna parte como verdad fundacional, pero muchos lo percibimos así.

Cuando entramos en contacto con otro ser en forma profunda, se va creando ese lazo del que hablaba el zorro al Principito...y el lazo mismo es algo diferente de lo que Zorro y Principito son por separado.

Es eso que se forma en cada encuentro, eso compartido, la parte de cada uno que entra en comunicación con el otro, como dos colores que se mezclan y al hacerlo dan algo distinto de lo que daban por separado, y también algo distinto de lo que darán al cruzarse con otra persona: un color diferente, o un matiz diferente cada vez.

Jung hablaba de reacciones químicas.

Recuerdo que mi mamá me había regalado de chica un jueguito de química, y yo empecé por probar un experimento que consistía en mezclar no me acuerdo qué con fenoftaleína (jamás pude olvidar esa palabra), y la reacción fue de tal efecto que me asombró, además de formar un color fascinante (no recuerdo ahora cuál era), que me valió la penosa tarea de tratar de convencer a mi madre de que no me mandara a un industrial a cursar la secundaria, ya que mi fascinación residía en el color, no en la química.

Anécdota mediante, creo que la manera en que Jung lo describe es perfecta, o se le arrima.

Fuegos de artificio, rayos y centellas, cáspita o te amo, color rojo o turquesa, o amarillito claro, texturas de algodón suave, ríos calientes o aguas heladas, todo eso damos cuando estamos con los otros, que es cuando realmente aprendemos.

No sé cómo sería Mar con otra dueña. Y creo que se las ingeniaría a la perfección por lo que tengo visto para amar y ser amada como perra de la casa. Sin embargo, los rituales que hemos formado juntas, la manera en que ella decodifica mis gestos y yo los suyos, la alegría que aprendió a identificar con la danza, la risa y los abrazos, creo yo (habría que preguntarle a ella) son lo que forma el mundo que creamos entre las dos.

Dice el poeta Dana Gioia, refiriéndose a la relación de muchos años con su esposa: "Eres un lenguaje que he aprendido de memoria./ Este dialecto íntimo desaparecerá con nosotros, sus únicos hablantes nativos."

Yo también me pregunto a dónde van esos dialectos y no lo sé. Y me acuerdo de esa canción de Silvio Rodríguez, tan bonita, -¿A dónde van?-, y creo que a algún lado han de ir.

Ese tercer cuerpo que sólo vos y yo dábamos, amor mío, amiga mía, primera perrita, hermana, hermano, hijo, padre, madre... ¿Cuántos terceros cuerpos llevamos puestos? ¿Cuánta gente anda rondando por acá, -y me señalo mentalmente el corazón-? ¿ Cuán amplia es mi casa, la tuya, esa que llevamos a todas partes como el caracol lleva la carcaza en la que caben los afectos esenciales, los que se llevan puestos?

Hace poco escribía "soy un vagón que no puede chocar: llevo demasiada gente adentro".

Quizás sea una tarea demasiado importante y difícil de aprender la de poder entender cuán inmensamente importantes somos para quienes nos quieren, sin por eso ser únicos para nadie. poder entender que seguramente a los demás les pasará algo análogo. 

Que una paleta de pintor se amplía con los nuevos matices, las nuevas combinaciones y mixturas, y que cada una de ellas tiene una vibración y una identidad especial, aunque prevalezcan ciertos tonos y mezclas en la paleta, pero todas las mezclas cromáticas expresan los terceros cuerpos que forma la materia pigmentaria, del mismo modo que el abanico de relaciones de nuestra vida, al agitarse pondrá a vibrar en el aire una música única.

¡ Qué hermosa tarea la de cuidar su sonido!




lunes, 18 de septiembre de 2023

Reivindicación de la duda


Creo que la duda, lo mismo que el miedo, tienen muy mala prensa. Y así como es cierto que no se puede vivir ni con un exceso de duda ni con un exceso de miedo, también es cierto que el exceso de certezas muchas, muchas veces tiene que ver con el fundamentalismo y con la locura en la acepción menos benigna de la palabra. 

Creo que fue Borges quien dijo que la duda era uno de los nombres de la inteligencia, y yo creo que más que de la inteligencia, la duda es uno de los nombres de la honestidad. 

Tal vez por eso casi ningún líder duda. Casi. Pero son muy pocos los prudentes a la hora de jugar con promesas, y por lo general no quedan bien. 

La seducción a cualquier precio nos gusta más, parece, sobre todo en lo social.

Pero incluso en lo personal, cuánto mejor es estar en compañía de personas que puedan dudar un poquito de si mismas, de la veracidad absoluta de sus percepciones y recuerdos, de la infalibilidad de su ortografía, de la inmutabilidad de su esencia. Cuánto más sano y respirable el aire compartido con quienes preguntan antes que suponer, quienes saben que pueden estar equivocados sin que eso les afecte el amor propio ni la capacidad de reírse de si mismos de tanto en tanto. 


jueves, 3 de agosto de 2023

lo sutil, lo obvio, lo aparente y los colchones de la vida

hay a mi entender tres niveles en la percepción humana: el de lo evidente u obvio, el de lo sutil y el de lo aparente.

Creo que lo sutil y lo obvio (o evidente) son dos capas que parecen muy diferentes pero que danzan juntas , si se sabe prestar atención. Lo que muestran los gestos sutiles por lo general tiene que ver con cuestiones evidentes de nuestra personalidad, del modo de relacionarnos, de las situaciones que atravesamos, y un largo etcétera.

Nos es muy pero muy difícil ver por nosotros mismos nuestras propias manifestaciones sutiles y también las cuestiones obvias a las que dejamos escapar una y otra vez de nuestra atención, subvalorándolas casi al punto de negarles entidad.

Es sumamente contrastante escuchar cómo desde afuera se ven claramente estas cosas, pero muchas veces incluso si nos advierten de ellas, las hemos negado tres veces como Pedro, o ni siquiera las reconocemos como propias.

El problema es lo aparente. Porque lo aparente se ve desde todos lados, y lo ve cualquiera. Y muchas veces se confunde con ese otro entramado de lo sutil y lo evidente que realmente tiene que ver con nuestra esencia por llamarla de algún modo, con lo que profundamente somos y guardamos dentro.

Lo aparente es cáscara. Lo sutil y lo evidente participan de aspectos nodales, tanto para el lado luminoso y vital como para el otro.

Necesitamos espejos, pero no cualquier espejo: espejos amorosos, amigos, ojos leales como los llamó María Elena Walsh, ojos sanos que sepan advertirnos aunque sus advertencias recién se nos revelen años después.

Voces de quienes nos quieren bien, de quienes quieren nuestro bien, que nunca es el camino más cómodo para querer.

El ser humano se suele acolchonar en cualquier cosa, en cualquier lado, y con tal de recostarse en certezas, acepta dar por tales a simples creencias muy arraigadas, y allí se acuesta y se queda a dormir y a vivir. Esos colchones pueden ser de agua, de tierra, de plumas o de clavos. Lo mismo da. Salir de ellos es muy difícil, y por lo general se hace o bien cuando ya no cumplen ninguna función, o cuando la casa se está incendiando, y ahí es realmente bienvenido el contenido de aquella advertencia escuchada años atrás.

Nadie escucha antes de la víspera.

Y si afirmo esto, será pues por experiencia.



domingo, 30 de julio de 2023

INTERSOMOS



No somos: intersomos y esto es maravilloso

No somos: vamos siendo y esto es maravilloso

Esta misma frase: “no somos: vamos siendo”, que encontré primero dentro de mí, el otro día la leí en Instagram, y quien la manifestaba, lo hacía con idéntica convicción.

Lo cual parece afirmar por consecuencia que además, intersomos.

En psicoanálisis se habla de “posiciones” subjetivas.

Y si algo es expresión de un determinado posicionamiento y no de una esencia inmutable, significa que puede modificarse.

Nuestro cuerpo toma multiplicidad de posiciones a lo largo del día. Posiciones que son más o menos adecuadas a sus necesidades del momento, o a lo que la vida le pide.

No se queda quieto e inmutable, y mucho menos por años, excepto en casos de enfermedades que lo impidan, por supuesto.

¿Por qué sucedería algo tan diferente en los demás planos del existir?

Y esto no significa un hacer irresponsable ni un decir irresponsable, que alardee de su mutabilidad como un valor per se.

Esto tiene que ver con la asombrosa capacidad de cambio, con la asombrosa plasticidad que tenemos como seres humanos y que usamos poco.

Esto es una buena noticia para todos quienes creemos o creímos en determinismos acerca de nosotros mismos, y de los demás.

El “yo soy así” se acabó.

Excepto para los cómodos de alma y los cómodos de corazón; pero hasta esa determinación con que los nombro podría cambiar, si ellos cambiaran su posición.

Somos como bolas en un campo de pool en que según cómo y dónde se les pegue con el palo, irán en un sentido o en otro.

Ese toque tiene un efecto sobre ellas y a la vez sus movimientos rozarán a otras y las harán desplazarse en uno u otro sentido.

Aparentemente el director de orquesta aquí sería el jugador.

Pero tampoco podemos estar seguros.

 


sábado, 15 de julio de 2023

IDENTIFIQUESE/ OLER

"Si me quito la armadura, no dispares", Dylan Thomas
"Nada de lo humano me es ajeno", proverbio atribuido a Plubio Terencio Africano


Cuando caminamos juntas, ella es viento. Si me detengo, si me quedo parada en medio de la plaza con mi mente abstraída, ella se detiene y me espera, y si tardo busca sacarme de mi situación petrificada haciendo algo, ladrándome, saltando, lo mismo que si esto sucede en casa.

Sabe, sabe muy bien el olor de los climas que se esparcen por aquí. Sabe el olor de mi alegría y el de mi tristeza, y también el de mi panza, el de mis rincones propicios para que ella se refugie, para hacer ambas de mamíferas, yo con mis sueños y mis penas, ella con sus suspiros perrunos que indican que lo que huele en mí la conforta.

Olisquea mi cara buscando la respuesta a la pregunta con la que muchas veces pareciera comenzar su día y que se trata de mi estado de ánimo.

Alguna información relevante se encuentra cerca de mis ojos y mi nariz.

Pocos humanos me sacan la ficha tan rápido y tan acertadamente como Mar.

Sin embargo, no digo que ella sea mejor que yo, ni que los perros sean mejores que nosotros, los humanos. Somos animales diferentes. Y también diferimos entre individuos de idéntica animalidad.

Por ejemplo, Graciela, era una humana tan suave, tan ilesa, que aunque tal vez no pudiera olerme del mismo modo que Mar, sí era capaz de dibujar una caricia con su voz, con sus manos, ofrecer abrigo en sus lugares madre para mi frío del alma, y cobijar entre infusiones calientes esas partes mías indefensas, cachorras de mí misma. Y hasta a veces ofrecerles de yapa, un poema.

Ese es el privilegio de humanos entre humanos: captamos el sensorium de un modo más complejo, pero podemos ofrecer respuestas de igual belleza y eficacia, cada vez que emulamos a madre natura con nuestras palabras, sentimientos, pensamientos y acciones.

Mamá era de la misma madera noble, porque aún llenita de espinas por algunas partes, ella suavizaba con su ternura, con el abrazo fresco y ese “te quiero mucho”, que como su abrazo, era el lugar más seguro que conocí en mi vida.

En masculina forma, los ojos clarísimos de Norberto y los oscuros de Daniel, cobijaron mi orfandad paterna con calideces memorables, con la mano tomada entre cafés, con la mirada frontal y el oído atento, con la presencia dispuesta a ejercer paternidad a toda hora.

He tenido el privilegio de tocar relaciones privilegiadas. Y ser tocada por ellas. Por eso nada es lo mismo después de haber visitado esas tierras en que la sensibilidad humana dice “presente”, aún con sus rudezas y rugosidades, como bien corresponde a las pieles curtidas, nobles, elocuentes como la corteza de los nobles troncos. 

Norber amaba los árboles de su casa de fin de semana. La había elegido por eso, justamente por eso: porque tenía un árbol. Y me lo contaba con la misma emoción con la que relataba su amistad con Coyi, la que los había convertido en hermanos, tan hermanos que cuando Norber murió, Coyi cayó en coma por una enfermedad rara, y ahí se quedó, en una coma de la vida por tres años, y salió adelante del mismo modo, raro y poco favorecido por las estadísticas que hubieran anunciado una peor suerte.

Daniel se vino abajo cuando la fuerza de su amor contrariado por muchas situaciones afectaron su salud ya de modo definitivo.

Vaya manera de enseñarme lo que es la sensibilidad masculina, entre guitarras, libros, cafés y cigarrillos, la calidez inclaudicable de sus vidas, enunciando el porvenir de mi mirada.

¿Qué hubieran hecho en este tiempo, con sus sistemas de auscultar la vida anestesiados por el guatsap y los audios, por la inmediatez y la ausencia de cuerpo? 

Identifíquese, parece decir una y otra vez el sistema paranoide que hemos creado, que ha creado el humano con su inteligencia copetuda y cobarde, desprovista de una sensibilidad acorde.

Frente a ese devastamiento de la sensibilidad, prolijamente administrado por los ejecutores del poder y obedecido por sus sirvientes, todos nosotres, en mayor o menor medida, esclavos o rebeldes, dependiendo de nuestra autoeducación en una enorme parte, no sólo la resistencia a la invasividad del veneno inoculado llamado anestesia, sino más allá de la resistencia: el desarrollo de la plena sensibilidad.

Frente a ese devastamiento que ya nada es capaz de oler, de registrar por fuera de la literalidad más barata que se nos busca imponer, ahí sí ellos, los animalitos, los perros y demás mamíferos no humanos, van hoy con ventaja.

Tal vez lo que a Mar o a Graciela les llevaría muy poco tiempo, hoy en día deba ser aclarado años más tarde, después de demasiada amargura: tan solo un entredicho basado en suposiciones en función de un mensaje de guatsap causa la caída estrepitosa de varias relaciones, por sospecha.

La nueva enfermedad del siglo que iniciamos es la sospecha, la suspicacia pura, la construcción de fantasmas al por mayor, la crueldad ejercida como la más burda defensa ante la fragilidad inimaginable de nuestra consistencia humana, por primera vez amenazada en forma masiva desde todos los flancos, puesta incluso a crear inteligencias artificiales ... ¿sensibles?.

Identifíquese parece ser la consigna de la contemporaneidad: desconfíe, señor-señora, desconfíe.

El otro será un rival, un enemigo en potencia, un psicópata perverso narcisista, un asesino serial en potencia, o a lo sumo deberá pasar por rigurosos exámenes que uno mismo no aprobaría.

Sin descalificar la literatura de divulgación psicológica, la sobre abundancia de la misma, lejos de hacernos bien, nos acostumbra a una actitud escudriñadora, hiper atenta a signos nefastos, nos alerta indebidamente sobre definiciones muy complejas para ser establecidas por un lego, y sobre todo, ejerce la función de tornar imposible prácticamente la espontaneidad, en un mundo que la necesita tanto.

Si no se educa nuestra sensibilidad corremos peligro de extinguirnos como especie. Suena muy trillado esto, según creo. El problema no es extinguirnos como especie, sino extinguir lo mejor que trajo nuestra especie, que es la posibilidad de reunir rasgos humanos y animales de una manera sublime.

El olfato puede fallar, también Mar puede equivocarse. Pero es bueno elegir un modo más humano de equivocarse. Cómo nos plantamos al respecto nos involucra, porque por supuesto somos el "otro" de alguien, o de muchos.

En la constelación humana, creo que importan más los cómos que los qués, y sacar el documento a cada rato está muy bien si nos lo solicitan las fuerzas de seguridad, no los amigos, no los afectos nuestros de cada día.

Si lo sublime se extirpa, quedamos como simulacros de animales, y como simulacros de máquinas.

Lo humano jamás pasará por ahí.

 


viernes, 7 de julio de 2023

Como en casa


Como en casa


Ayer, mientras danzaba, me di cuenta de que mi cuerpo no sólo respondía a consignas y a estímulos nacidos de la combinación de las consignas con la música, sino que las palabras en sí mismas, determinadas palabras pronunciadas de algún modo especial o por su ubicación en el conjunto del sensorium, y las palabras entonadas melódicamente por los intérpretes de las canciones, tenían un poder sobre mí, y sobre las emociones que desencadenaban.

Y me pareció un acontecimiento singular, porque lo que nos conmueve en la danza, al pasar la música por el cuerpo o por la emoción aún no danzada, no suele tener que ver con la comprensión del idioma.

Sin embargo...a veces ciertas frases que comprendo también en su significado, hacen que me emocione, que detone algo especial y único, o que se acentúe. Como si las palabras tuvieran tacto, textura, y nos tocaran. Tal vez por eso habría que decirlas con más tacto, como quien improvisa una caricia y la dibuja en otra alma.

¡Qué misterio el de la palabra! Ayer en biodanza hablábamos del cuerpo, le hacíamos caso, en sus acciones supuestamente "involuntarias", sus micro decisiones, como ir para un lado y no para otro, como moverse o detenerse, y otras tantas. Y sin embargo, de pronto, el canto salpica con una noción que aumenta su poder al fundirse con la palabra.

¡Ah palabrita: tan sobredimensionada, tan malinterpretada, tan sagrada, vos!

La palabra es fuente de malentendidos, decía el zorro al Principito. Y tenía mucha razón.

Si no dispusiéramos de la tecnología, no conoceríamos cómo suena nuestra voz desde fuera, no sabríamos reconocer eso que está ahí y que también somos, y que es nada menos que una parte muy importante de lo que los demás reciben de nosotros a cada momento.

Del mismo modo que, recién a partir del uso corriente de los videos nos acostumbramos a convivir con ese extraño que se mueve y toma prestada nuestra identidad, la voz propia en sus diferentes inflexiones, en todo lo involuntario que contiene, también es una extraña a la que acogimos desde la popularización del audio, -o ‘mensaje de voz’-, como forma de comunicación casi cotidiana.

Y si yo misma me soy extraña en tantos gestos: ¿cómo voy a pretender que el otro me sea tan familiar como para poder darlo por sabido de pe a pa sin tener que preguntarle nada, sin necesitar que me brinde información acerca de lo que de veras piensa y siente?

Creo provisoriamente que la palabra también es un acto, y cuanto más consciente, más lo es.

Pero, así como, en las canciones, los significados y los sonidos pueden llevarse de maravillas o darse de patadas, en el lenguaje cotidiano, también sucede esto.

Por eso necesitan ser interpretados en contextos sensoriales amplios, en los que la pobrecita palabra no esté tan sola, tan librada a su escasez de poderes metafísicos… Porque la palabra café jamás olerá a café, a menos que hagamos magia, y hasta la magia tiene sus fundamentos, y si no a preguntarle a magos, brujas y hadas.

¿Somos lo que decimos o lo que hacemos? ¿Qué pesa más: un kilo de adulaciones o un acto de amor sincero? 

Es que, así como las acciones tienen un valor infinito en el lenguaje del cariño, un valor que no tendrían las palabras por sí solas, lamentar una palabra o un tono hiriente, también es una acción. Decir el cariño en voz alta, también es una acción, tantas veces muy necesaria. 

Decirse y des-decirse o re-decirse son acciones. Ante uno mismo, y ante los otros. Por eso quienes saben estar, quienes nos han regalado presencia activa, interés y atención, cuidado, en resumen, merecen el espacio para realizar esas acciones tanto como nosotros: explicarse, dejarse ser, desnudarse de poses y de frases hechas.

El lenguaje del cariño, -del amor, en su sentido amplio-, necesita sentirse como en casa.


domingo, 26 de marzo de 2023

Génesis poética, o de cómo nace la cosa, según la que suscribe

hay poemas que salen al dictado de una melodía interna, de una voz, de algo que grita o susurra, de un discurso, un monólogo interior casi automático, o directamente del automatismo más puro, al modo surrealista. Luego viene el trabajo, la orfebrería, el tiempo de dejar la masa levar, la cocina, el fuego, las tijeras de podar y todas esas cosas.

Hay poemas que parecen nacidos más desde una posición, como la de quien se pone a contar cuentos en una mesa llena de gente, o a veces para pocos, pero en resumen, para contar algo a más de una persona; hay una actitud de querer impresionar que está presente de antemano. En esos poemas muchas veces cuenta más el cómo que el qué, el elemento estructurante, los remates finales, etc.

Otros, que son como el susurro en el oído de alguien muy amado.

De todos modos, todas esas actitudes iniciales se conjugan, se mezclan, se amasan. 

Pero a veces, a veces, en voces quizás no tan poéticamente pulidas según lo que se entiende por tal cosa en los mundillos específicos, se da un raro fenómeno: que el "qué", - o sea la parte más sabrosa a mi entender de cualquier poema o texto-, sea enteramente dictado por el alma, y el cómo se acomode obedientemente a tal dictado.

Eso es puro milagro.


martes, 21 de febrero de 2023

INMERSIÓN VAN GOGH

Hoy el mundo recauda mucho dinero gracias a Van Gogh.

Hoy Van Gogh es un ícono, un símbolo del arte, una imagen que se usa, -como la de Frida-, para simbolizar el dolor sublimado en imagen, la capacidad de un ser humano de crear belleza atendiendo a la belleza entera, la que está en todas partes, dolor incluido.

Hoy la oreja de Van Gogh es el nombre de un grupo de música, y a mí esa oreja mutilada me recuerda lo opuesto de su pintura. A mí me recuerda la crueldad de la locura, la falta de creatividad de la locura, la dificultad para comunicar las emociones de la locura humana. Como solía decir Norberto Uman, Vicent Van Gogh (aplicable a muchos)  fue quien fue a pesar de su locura, no gracias a ella.

La locura no es benigna, no es disfrutable, ni le hace bien a nadie, ni una oreja mutilada es un cacho de carne para romantizar. La locura humana es dolorosa, difícil, cruel.

Una de mis psicólogas me decía que en pleno foco de locura no se puede crear. Supongo que por eso entre otras cosas, Van Gogh se cortó una oreja.

Y sin embargo, ¡qué falta que hace no ponerla afuera! No creer en la locura de la normalidad de pura cepa, no creer en que la ausencia total de romantización pueda ser algo más que garantía de aburrimiento existencial al por mayor.

Hay mucha gente que aunque no esté loca, no puede crear, y lleva una vida vacía, mientras llama locura a la libertad de ser quienes realmente somos, o mejor aún quienes vinimos a ser, y llama locos a quienes se arriesgan a intentarlo sin saber de antemano,- como ningún humano lo sabe-, realmente quién se es, quién se está llamado a ser.

Y entonces no es lo mismo escuchar voces, que escucharse la voz, todo depende del cómo, del para qué, y esas cosas.

El caso es que Van Gogh, además de loco, era apasionado, amaba la vida, la naturaleza, los colores. Soñaba con un mundo mejor, más bello, con la amistad de los seres humanos, con cofradías de artistas, con el amor puesto en todas las cosas, y salía a pintar en la noche con su sombrero alado lleno de velas para iluminarse y poder captar la belleza de esas estrellas que hoy tanto nos conmueven.

Pero se ve que en ese momento no conmovían tanto a nadie, ni en el mundillo de la pintura ni en ningún mundillo, porque Van Gogh además de loco era pobre, y además de pobre, poco reconocido como artista, y no vendió más que una pintura, si mal no recuerdo, a su hermano.

A veces las cosas tardan en llegar, pero llegan. El arte siempre es más grande que el artista. El artista muchas veces es un medium para el que la tierra no está preparada aún, que escupe imágenes destinadas a un niño que aún no nació.

Y entonces la gente va a tomar un baño de inmersión en la obra de Van Gogh, y por ahí, además de eso, sería muy bueno que como él, empezara a tratar de encontrarla en la flor con que se tropieza por la calle.

Soy de las que creen que no hay otro camino. Mirar la belleza de afuera para reconocer la de adentro y para diferenciar todo lo que no es belleza ni adentro ni afuera y ver qué se hace con eso.

Entonces, Van Gogh, querido de tantos de nosotros los que te vemos desde el siglo veintiuno, brindemos, che, porque la gente empiece a no horrorizarse tanto de los patológicos, tóxicos, medicados, enfermitos que siempre son los demás, y empiece a mirarse las mierditas propias con más arte.

Tal vez empezar a asumir que en un punto todos somos "psicodiferentes" sin que eso nos habilite para hacer cualquier cosa con nuestras vidas y con la de los demás, o sea, agradecer que existen los psicólogos, los psiquiatras, y hacer uso debido de sus servicios sin asco, y agradecer también que existe la libertad de ser distinto y pintarse los colores necesarios en el alma y en el cuerpo sin permiso de nadie.

Dale Van Gogh, que la próxima batalla por la que se juegue la humanidad sea por los que no venden, no garpan, no triunfan. Por los pobres, los chifladitos, los que tienen las voces encerradas, los que no se hacen escuchar ni nadie les presta micrófonos, dale que la próxima batalla era por ahí, y que la gente se sumerja en ese baño de inmersión que no tendrá sales con perfume a rosas, pero que nos hace falta pa sacarnos tanta roña de encima de una vez.

Salute, querido hermano.


miércoles, 30 de noviembre de 2022

LA ALTERIDAD

No hice todo bien cuando daba clases en el aula, pero hay algo que recuerdo con gratitud hacia mí misma. El tema crucial era qué canciones proponerles a los chicos, y cómo se hacía para que les gustaran las propuestas. Un poco a pura creatividad y otro poco con ayuda de algunos supervisores copados, como lo eran los de Primaria por entonces, llegué a la práctica de proponer siempre o casi siempre tres canciones, y dar a elegir entre esas tres propuestas. El truco por supuesto, era que a mí me gustaran mucho las tres, o sea que se eligiera la que se eligiera, yo iba a estar contenta de enseñar esa canción, aunque secretamente tuviera mi preferida. Había también otro método, que muchas veces funcionaba, y que consistía en traer sólo una, pero precedida por una historia mágica, cautivante, que les diera muchas ganas de probar el sabor de esa melodía y de esa letra.

Pero volviendo a la votación entre tres opciones, claro: ocurría que los niños también tenían su preferida y al acatar lo votado por la mayoría, se frustraban un poco. Pero a donde apunto hoy aquí, es al proceso de votación: se trataba de levantar la mano. A veces jugábamos a “levante el dedo gordo del pie izquierdo el que elija la primera”, pero bueno, fuera como fuera, cuando había dos manos o dos dedos gordos solitos que se levantaban, solían empezar a bajarse solitos también, por vergüenza. Y era ahí cuando salía mi yo de ese tiempo a decirles que sostuvieran su elección bien alto, que había que tener valor para ser minoría. Y que eso era muy pero muy importante.

Y es que sin integridad para poder ser pocos y recortarnos, para poder defender ideales que no estén de moda, no es posible ningún coraje: ni el de desafiar caballos en dictadura, ni el de desafiar nuestros íntimos miedos, ni el de soñar creaciones, milagros, descubrimientos, inventar vacunas, descubrir alguna América, creer con fundamento y hallar fundamentos para creer, explorar otras tierras y otros ámbitos.

Nada de eso se construye en la obediencia debida, ni aún a los mejores ideales, ni a lo más inmaculado que pueda ocurrírsenos.

No hay amor posible dentro de la indiferenciación. La palabra ya nos trae una muy parecida:  indiferencia.

Amar en la diferencia más radical, incluso amar en la posibilidad de que el otro no nos elija más si es por su bien, creo que eso es una clave importante, más que la posibilidad de amar al igual, al que nos espeja y resuena con nosotros, porque tampoco ese supuesto “igual” lo es tanto, ya que siempre llegará un punto de desencuentro, de diferenciación. 

Amarnos en nuestra propia diferenciación de quienes fuimos y ya no somos.

Por eso, cuidarnos de las sectas de adentro y de afuera, de todo lo que nos empuja a quedarnos en un nido de iguales, a pertenecer de cualquier manera y a cualquier costo por miedo de quedarnos sin casa a la que retornar.

Mejor arriesgarnos a ser un poco parias, vagabundos, peregrinos, abiertos al camino y a los encuentros verdaderos.

El amor es desprolijo, y nos arrastra a la imperfección, a la diferencia, a lo que se despega hasta volar.

Y allí seremos, o no seremos nada.