Visitantes cósmicos de buena voluntad,sean bienvenidos a este lugarcito que albergará poemas, pinturas y toditas cosas que habitan mi alma...


Mostrando las entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de marzo de 2026

8M: Lucrecia Martel, Isabel Coixet, y un mundo deseable



...me había despertado por demás dolorida, además de dolerme todo y la realidad, -digo, todo de mí y la realidad fuera de mí-,  cuando vi los primeros posteos del despertar en mi facebook, algunos muy interesantes: distintos enfoques del 8M y un par de cosas a las que adhiero en cuanto a nuestro fanatismo sobre el fútbol y la pelota manchada frente a la que no se manchaba y esas cosas... Y cuando quise ponerme a escribir sobre todo eso,  me encontré con una gran fatiga, una fiaca inmensa, tremenda, de continuar indagando en lo problemático del mundo actual. Y no porque renuncie a hacerlo, sino más bien porque me duele, -como a tantos de nosotros- ,  la realidad nuestra de cada día, que si parafraseara a Pema Chödrön, diría que se halla en el  instante justo en que, se mire por donde se mire, es un espanto. Ella caracteriza ese momento en la vida del ser humano como la posibilidad por excelencia de un despertar; el instante en que el espejo se niega a mostrarnos una mejor imagen de nosotros mismos, y en que nosotros hacemos coherencia con el espejo, negándonos a inventar el mejor ángulo de aquello que llegó hace rato a su punto del horror.

Leí algo de budismo explícito en una página muy buena, y eso ya me había animado un poco, cuando al rato una amiga me pasó un videito de Lucrecia Martel en donde, después de explicar cómo el cine se había encargado de profetizar nuestras actuales desgracias, propone empezar a hacer otra cosa. ¿Qué cosa? Empezar a crear tomando como punto de partida lo que que queremos ser como humanidad. Imaginar algo así como una "Topía", un futuro deseable, para hacerlo posible a través de esa especie de profecía que implica la creación artística. Me pareció una idea grandiosa, y le conté a mi amiga que iba a tratar de ponerlo en práctica conscientemente de hoy en más.

No obstante, durante casi todo el día no hice otra cosa que lidiar con mi cuerpo y con mi alma. Por un lado, los dolores de unas articulaciones que acusan recibo de cualquier pequeño esfuerzo como si se  hubiera tratado de escalar el Himalaya, y que, tras mi última aventura quirúrgica, esperan el visto bueno acerca del estado de mi rodilla post artroscopía. Pero el dolor corporal no quiso limitarse a sus confines, y entonces se le dio por ponerse a repasar el debe y el haber de mis soledades de Babel, de mis amores y desamores explicables e inexplicables, hermosos y trágicos, y de la compañía sempiterna de esa acuosa sensación de emoción por todo lo vivo, que últimamente está demasiado empapada de tristeza; de los deseos que parecen demorarse demasiado en en algún umbral,  y un etcétera no demasiado luminoso... Y por más que mi conciencia sintiente de semi budista en preparatoria, tratara infructuosamente de anoticiarme a cada minuto del sol que entraba por mi ventana, siguió imponiéndose sobre ella la parte de los dedos de mi mano derecha que ya no funcan como antes de operarme, y mi posibilidad de hacer sinapsis , que no es la de hace treinta años, cuando pude haber decidido tener un piano propio, insistiendo en recordar también , -como si esto fuera poco-, cuestiones tales como que el resto de mi corporalidad se empiece a arrugar de a poco por donde otrora era lisa, o lo bonita que yo era cuando no me daba cuenta,  y la inconveniencia de recordar que si llego a los ochenta me encontraré hermosísima en donde hoy me veo fea. 

Traté de respirar, de aflojarme, y nada. Traté de hacer tonglen, -esa meditación específica para este tipo de momentos, en la que nos sentimos parte de una humanidad tanto o muchísimo más dolida que nosotros y de la que formamos parte-, pero nada resultó eficaz. Mis endorfinas recién empezaron a acariciarme ya entrada la noche, al rato de ponerme a pulir unos escritos, soñando con los libros que editaré en algún futuro que me empecino en imaginar cercano.

En eso estaba cuando de pronto me dio hambre, y decidí acompañar mi sobremesa con una buena película. Así que le metí a ok.ru. y encaré 'Tres adioses', la nueva película de Isabel Coixet.

Si había un empujoncito que le faltara a la decisión de dejar de lloriquear por esos rincones sombríos, todo eso lo logró la película de la Coixet,  una de mis más queridas directoras de cine, quien seguro tendrá de qué arrepentirse, pero también de qué enorgullecerse, y sin duda esta obra entra de cuerpo entero en el segundo grupo. Con ese ligero eco de "La vida sin mí", pero unas vueltas de tuerca que los resucitados entendemos, se me fueron al corno los lamentos, y re descubrí esas verdades que aparecen en la hora de los patíbulos, pero que suelen olvidarse en las calmas chichas y , -menos explicable aún-, en las horas más dichosas. 

Eso que sabemos los resucitados, los que alguna vez tuvimos el coraje de mirar al monstruo del espejo sin vergüenza ni asco y meterle a la vida un giro copernicano, es que no alcanza con que otro te prepare la comida con amor, porque el manjar empieza cuando podés sentirlo en tu boca y mejor aún si lo fabricaste con tus propias manos. Que gozamos de una impermanencia tan maravillosa como para usarla a nuestro favor soltando la puta queja de una vez y para siempre veinticuatro veces al día y trescientos sesenta y cinco días cada año. Que el filo de la muerte afina los sentidos, y que poder mirar el cielo y el vuelo de los pájaros como si fuera por primera vez es algo inmenso. Que el año sabático ya empezó, que no podemos estar seguros  acerca de en qué puto sitio nos agarrará la parca como para perdernos media puesta de sol, o un soplo de brisa. Y que aunque el colapso climático prometa que nos derretiremos muy pronto, nada será menos aconsejable que dejar de disfrutar del sol preventivamente. 

Y aunque todo esto, ahora que lo escribo, me suena a imperativo,- en tiempos de demasiados imperativos sobre la pretensión de 'ser felices 24/7'-, abandonar de a poco pero con firmeza nuestras inercias sería todo un detalle, así como abandonar del mismo modo las grandes urbes, todo lo cual parece señalar una buena ruta  hacia sitios más iluminados del cosmos y del alma. 

Que ya es hora de dejar de apostar la sangre a la tenencia inagotable de bienes raíces, para permitir que las raíces se nutran de lo que las alimenta, y que nos nutrimos cada vez que cuidamos de los pichones humanos que vamos encontrando en el camino. O cada vez que nos animamos a besar en la boca, alegrándonos con la misma simpleza de sólo saber que ese ser está hoy en este mundo. 

Que los humanos no nos olvidemos de que también somos buenos. Y de que parte de nuestra gracia en la gran Creación, tiene que ver con lo que nosotros somos capaces de crear. 

Así que hoy profetizo en mi mundillo personal una humanidad que sobreviva al horror, para disfrutar el misterio de por qué danzan los estorninos, y encontrar en aquello que ama, una pequeña pero auténtica respuesta.




https://www.instagram.com/reels/DUwsZhfDWd4/

La cineasta Lucrecia Martel habla de imaginar un futuro próspero, para que no nos roben el poder de imaginar.

viernes, 21 de junio de 2024

CRÓNICA DE UNA MUJER SOLA (spoiler total de la película BLACKBIRD, BLACKBERRRY, de Elene Naveriani, con comentarios personales)

Ella sabe irse, soltarse a sí misma por los peñascos que la habitan dentro del lugar en que nació. Allí hay zarzamoras deliciosas, ávidas de ser encontradas por manos humanas que sepan apreciar sus atractivos. También hay mirlos, pájaros negros atrevidos que sonríen desde las plantas, desde el follaje agreste, áspero… y ella es capaz de dejarse despeñar sólo por ir a buscar sola, fuera de la grey, ese placer inaudito y sólo suyo.

Casi se muere esta vez, pero no. El impacto la lastimó un poquito, lo suficiente para no distraerla de que en realidad acababa de despertarse. Por eso cuando él llegó, en vez de observarlo acomodar los productos de limpieza entre las estanterías de la vieja despensa, esta vez ella lo sacó de ese lugar y lo puso a desnudarse junto a su propio cuerpo, ostentoso, robusto, danzante, seguro, y a tal punto fue así lo que les pasó, que ella se olvidó de que era virgen y a los cuarenta y ocho de una vida castigada se entregó por primera vez a eso que hacen hombres y mujeres cuando lo hacen bonito, con ganas, con deseo.

Su entorno era hostil, por eso salía al encuentro de los mirlos y las zarzamoras, a bailar una danza privada que no creía que pudiera ser superada en belleza por ninguna otra cosa…sin embargo ahora se caía esa certeza también, como su propio cuerpo rodando hacía apenas un rato, para descubrir que algo diferente empalagaba sus labios con un sabor desconocido que parecía untar el mundo con su miel. 

Un mirlo había aleteado para ella y la había dejado así de rara, agitada, plural, innumerable. Tenía forma humana y ella deseaba volver a encontrarlo con la misma fruición con que él evocaba ávido y encendido el olor a sol en su piel.

En ese pueblo de Georgia, la vecindad masculina era una jauría y la femenina, también. Aun debajo de las ropas festivas y coloridas, de las pieles suaves y los cabellos cuidados de las vecinas, las lenguas y las expresiones de sus rostros, igualmente filosas, señalaban todo el tiempo la avidez por despreciar a esa mujer diferente.

Porque ella, llamada Etero en ese pueblo perdido en el tiempo, del que apenas se escapaban las jóvenes teñidas de azul, se crió con el cuento de haber sido artífice de que su madre muriera al poco tiempo de ella haber nacido. Culpas bien inculcadas, bien apretadas para hacerlas caber en una sola personita. Y bien sostenidas por una pequeña comunidad que las perpetuó aun después de morir el padre y el hermano, coautores principales de la mitología despiadada que contribuyó a mantener a Etero sujeta al pueblo, a su silencio, a su exclusión…

Y a su virginidad férreamente defendida, acaso como un trofeo que la protegía de la invasión a su cuerpo al menos, ya que la de su alma había sido tarea complejamente desplegada desde su niñez; mientras que la de sus espacios, -su casa, su despensa-, parecía no existir. Todas las vecinas entraban y salían cómodamente de las habitaciones de Etero, y hasta pretendían saber sus secretos. 

Nada bueno parecía merecer para ellas alguien que no había cumplido con el deber de darle hijos a la patria, y menos aún con el de sostener familias que se preciaran de serlo, hijos y maridos aun sin felicidad, aun sin palabras, sin abrazos, sin silencios siquiera, que poder compartir.

Eran mujeres amargas que pretendían ser buenas. Etero pagaba con su deseo de jubilarse y huir por fin hacia un lugar solitario, totalmente solitario, en que ella y su libre forma de ser no desentonasen.

Pero mientras las vecinas pavonean maledicencia, Etero y Murman la pasan bien, su sexo los hace plenos, los libera, y empiezan a hablar de sí mismos. 

En vez de viagra, Murman bebe poesía y se enamora fuerte de Etero, y de encuentro en encuentro, furtivamente van compartiendo un íntimo pulsar en sus respiraciones, en sus gestos y silencios, en su deseo retratado en una imagen no convencional, en la que el cine se reivindica en su capacidad de acercarse a lo auténtico sin eufemismos, y al cuerpo masculino sin tantos pudores.

Ella lo sabe inocente, y cuida y acaricia esa pureza que asoma desde sus gestos.

La madre, casi una desconocida para ella, había padecido cáncer de útero, y ninguna vecina se priva de regodearse en el relato de sus últimos días, ni de sentenciarla a correr la misma suerte. Lo único que Etero conserva de ella es un retrato que cuida y observa amorosamente.

Murman deberá irse a buscar suerte en otro suelo, y de pronto todo parece ensombrecerse. Una pérdida de sangre muy oscura que Etero asocia al cáncer, hace que piense en hacerse un chequeo médico. Murman retorna a buscarla y a proponerle una vida juntos que ella rechaza en nombre de la defensa de su libertad, y de su soledad. No me queda muy claro en esta escena, si en realidad no se trata de miedo.

Después de pasar unos días en la ciudad, y de visitar el extraño territorio del hospital, Etero recibe el “diagnóstico” de su embarazo. Casi un milagro, le dice el médico. Uno ve entonces deambular a esa mujer que no sabe qué hacer más que saborear un café, y de a poco, pero implacablemente, ponerse a llorar. El llanto también tiene un diagnóstico: emoción.

FIN

Nos quedamos con la sensación de esa emoción, y al minuto aparece la pregunta anecdótica de qué hará ella con ese embarazo. Pero ella y su embarazo son, además, una metáfora. O ante todo lo son. 

Quién pudiera engendrar de semejante manera un hijo, con ese placer del deseo suelto, silvestre y tierno del buen salvaje, o la buena salvaje, que desde Nazareno Cruz y el lobo hasta Pinkola Estés, nos recorre las entrañas. Quién pudiera vivir el deseo de ese modo fértil.

No creo que importe demasiado lo que pase de ahí en adelante, aunque esa emoción, además de todo es una revancha, una buena revancha que le obsequia la Vida a su vida.

La película habla de muchas cosas que me reflejan, y creo que pueden reflejar a muchísimas mujeres.

El viaje a la mismidad es una aventura sabrosa a la que no todo el mundo accede. Y a quienes se nos ha dado, sabemos que es una aventura incomprendida. Fundamentalmente porque se hace en soledad, y la soledad genera sospecha en una sociedad programada para que lo feliz provenga siempre del talento que hayamos tenido para formar primero una pareja, y en su defecto una familia.

Y digo “talento”, porque quien no tuviera la suerte de prosperar en ese intento, será considerado defectuoso, problemático, o incapaz. Y digo “o en su defecto” una familia, porque no siempre la pareja se sostiene por amor, ni siempre se sostiene, pero “al menos quedan los hijos”, con lo cual se ha cumplido un cometido.

Pocas personas pueden acceder a la intimidad consigo mismas estando en pareja y teniendo hijos. Y también pocas personas pueden vivir su soledad como una aventura y no como una condena. En general es más fácil quedarse en una pareja o en ese nido familiar más por miedo al cambio y la intemperie que por deseo. Por eso, aunque muchas de las personas que vivimos solas, o que no tuvimos hijos no hayamos llegado a esta situación por “deseo” o “convicción”, si hemos podido saborear esa llegada a la soledad y la mismidad, algo de Etero tendremos.

Y si somos mujeres, tal vez y seguramente un poco más, porque en nuestro caso pesa mucho la doble sentencia: no haber sostenido una pareja y no haberle dado hijos a la patria.

Pesa también la incomprensión del mundo, y aunque tardamos en darnos cuenta, también una suerte de envidia en quienes se empeñan en considerar a la mujer sola (sin pareja ni hijos) como una especie de ser sin propósito ni quehaceres, a quien se le hace un favor si se le quita algo de privacidad, si se la asedia con la lástima o se le adosan funciones de cuidado creyendo que no hay placer posible en la condición de ser solitaria. 

La mujer para la cual la jubilación no es una condena y está sola, es doblemente incomprendida; y se la castiga de modos diversos, sobre todo por la ausencia de tiempo productivo, causa de sentido en mucha gente que necesita “llenar” su tiempo con actividades.

Pienso en mujeres creadoras, sin hijos, muchas... Algunas de ellas también sin pareja estable, o solitarias hacia el final de sus vidas. Hay una lista bastante interesante de estas bichas raras,  y sin embargo, parece que algún hijo trascendente han dado, en forma de arte, de danza, de literatura, poesía, pintura, filosofía o ciencia.

Y aunque no pretendo hacer una apología de la soledad, ni pregonar que sea el mejor estado para el ser humano, ni negar la profunda necesidad de afecto, y la búsqueda tanto del amor, como de espacios de reunión que puedan ser vividos como familia, sí pretendo indagar en la condena de la soledad por parte de quienes sólo desean llenarla, y se consideran mejores, o mejor adaptados por reunir ciertas características que los hagan reconocibles y aceptables ante la mirada mayoritaria.

Es posible reconocernos en los sencillos placeres solitarios de Etero, en su sensualidad, en su búsqueda inclaudicable de la belleza y autenticidad. Ella es capaz de dejarse despeñar sólo por ir a buscar sola, fuera de la grey, ese placer inaudito y sólo suyo.

Pero a la vez, es como una de esas zarzamoras deliciosas, ávidas de ser encontradas por manos humanas que sepan apreciar sus atractivos. Y hay mirlos, pájaros negros atrevidos que sonríen desde las plantas, desde el follaje agreste, áspero… y de pronto revelan su propio corazón, su propio misterio.

Y cuando ese encuentro sucede, no hay más que celebrar que de vez en cuando la vida nos bese en la boca.


martes, 23 de abril de 2024

UN PONCHO DE ESTRELLAS



Ikiru, como las palabras en guaraní, esta llena de sonidos i y de sonidos u…los más dulces, también abundantes en las palabras japonesas.

Ikiru significa vivir.

Kurosawa la filmó en blanco y negro, y al comenzar, da la sensación de ser un melodrama tremendo. Por lo menos, fue la sensación que me dio a mí, y hasta me atemorizó un poco que justo esta película que elegí con esmero para verla en el cine, no fuera a gustarme.

No me agradan los melodramas, y el tono con que comenzó, fue ese.

Pero me sumergí en ella, sin más. Casi nada parece lo que es. 

Que un hombre fosilizado en vida descubra que está por morir, que se aterrorice, que se apene por las oportunidades perdidas, que choque con su hijo y su nuera y descubra lo lejos que se encuentra de ellos, de poder comunicarse de corazón a corazón. Que un hombre que trabaja obsesiva y rutinariamente en una oficina pública desde hace tanto tiempo que ya parece formar parte del mobiliario, haya donado todos sus años desde una viudez prematura a la causa de que a su hijo no le faltara nada. Y que ese hombre se abisme ante la proximidad de la muerte con el desamparo de sus propias acciones por único abrigo, como si un poncho raído y agujereado pudiera darle el sosiego necesario, son todas buenas razones para un melodrama. 

Así que Watanabe, -una especie de González entre nosotros-, irá por alcohol aunque se siga perforando el estómago, irá por mujeres aunque no lo elijan, y encontrará algunos compañeros piadosos en un camino yermo. 

Pero a este González japonés lo deslumbra la visita de una compañera de trabajo que tiene una risa muy sonora, y que emana gracia y frescura en cada cosa que dice. Ella sólo necesita poder renunciar al trabajo más aburrido del mundo, y el único que puede firmar esa renuncia es él. Watanabe va a seguir paseando con la jovencita, que nada sabe acerca de su enfermedad, y cree que él la pretende. 

El nuevo empleo de la chica será en una fábrica de conejitos saltarines a cuerda, y mientras él le confiesa la poderosa razón por la que elige su compañía, uno de los conejos, desde la mesa, escuchará la confesión que ella no es capaz de creer: que él necesita el secreto de esa alegría, que él quiere poder vivir como ella.



Hay un corte, tras el cual iremos a parar sin escalas al velatorio de Watanabe, siguiendo una tradición que Kurosawa aprovecha de un modo magistral, ya que, entre quienes visitan la urna funeraria y quienes, sentados y bebiendo sake, comentan los últimos sucesos en la vida del simple oficinista de una de las más burocráticas oficinas públicas del Japón de entonces, se irá revelando una verdad desconocida.

Y es que Watanabe había quedado congelado en una toma anterior: después de llorar su suerte frente al conejito y la joven, él había levantado la cabeza y, casi al unísono, también había comenzado a sonreír.

El secreto de esa sonrisa se irá desplegando como un origami entre trago y trago de sake, entre las presencias que llegan y se van, entre los chismes encontrados de los últimos tiempos del señor… Y la verdad, -como un gran rompecabezas-, se irá armando también en el mismo escenario del velatorio.

Watanabe no hizo nada extraordinario: solamente cumplió con un trabajo pendiente. Claro está que el trabajo pendiente era la construcción de una plaza para que los niños pudieran jugar, reemplazando de una vez el baldío horrible en que la podredumbre servía de caldo de cultivo a tantas enfermedades y tanta fealdad. Sólo que esa tarea en nada parecía conmover a los funcionarios, que hacían pasear de una oficina en otra a un coro de mujeres hartas ya de luchar.

Watanabe decide tomar esa causa, y llevarla a su realización. Para eso desafía las negativas de los jefes, insiste con firmeza ante presiones que nadie se había atrevido a resistir, y finalmente logra ver la inauguración del predio, terminada en los meses justos que le quedaban de vida. 

Watanabe muere hamacándose en medio de una noche fría, y nadie creyó que esa hamaca pudiera contener tanta felicidad. Muere cantando, no por borrachera, ni por soledad, ni tampoco muere de frío. Muere cantando una vieja canción que había perdido su significado, como si la cantara por primera vez. 

Watanabe muere feliz, sintiendo la realización de un trabajo como la tarea que dio sentido a su vida ese tiempo final en que por fin pudo detenerse a mirar el cielo y lamentar no tener más tiempo para hacerlo, ya que había que llegar a concluir la obra. . . 

Él tiene un coro de mujeres que lo recuerden agradecidas, conmovidas hasta las lágrimas por haber tomado la dignidad de su reclamo y la suya propia en favor de sus niños, en favor de la alegría de los tiempos por venir.

Watanabe había quedado congelado en una toma anterior: después de llorar su suerte frente al conejito y la niña, él había sonreído, y casi al unísono, había levantado su cabeza.

Para que nadie notara cuánto se descongeló desde entonces en él eso que damos en llamar Vivir, sólo le reservó un poquito de frío a la muerte que le mordía los talones, y que lo encontró por fin cantándose mientras se mecía suavemente en la hamaca.

Pero él, que llegó a saber el secreto de llevar todo al sendero, el secreto de hacer arte con las sombras y el dolor, pudo morirse abrigadito de sí, entibiado en medio de la nieve por tanta belleza, refugiado en un poncho de todas las estrellas.

 



FIN

domingo, 2 de abril de 2023

MIENTRAS MIRO ‘EL SACRIFICIO’, DE TARKOVSKI


Va llegando cada vez más gente a un espacio bastante íntimo, aun siendo amplio. 

Las sillas disponibles se van completando en el cine club en que esperamos con mi amiga G. que empiece la película. Se trata de El sacrificio, de Tarkovski, de la que nada sé, más que por los elogios que ha recibido. 

La única película que vi del mismo director, -dos veces-, fue Solaris; y aunque no quedó entre las preferidas de mi vida, me gustó mucho. 

Mientras esperábamos que empezara, hablamos de lo que sentía mi amiga, que no se encontraba bien porque había tenido un desentendimiento fuerte con su madre.

Cuando elegí esta propuesta para ir con G. me sentí contenta conmigo misma, ya que también ésta pertenecía a una lista demasiado larga de películas no aptas para mí, para mi sensibilidad o hipersensibilidad, o limitación, y hace relativamente poco tiempo que me encuentro revisitando parte de esa lista pendiente, con muchas satisfacciones. 

Ni bien comenzó la peli empezó a sonar el aria para contralto de la Pasión según San Mateo, la cual recuerdo cantada por mi mamá, a quien le quedaba muy bien pese a ser soprano. Y entonces me acordé de L., que amaba a Tarkovski casi tanto como a la música, y también me amaba a mí. Ya vivíamos juntos cuando se estrenó El sacrificio, y había sido él quien me contara cómo esta aria recorría toda la obra de un modo impactante. 

No pude evitar mencionarle a G. que eso que sonaba lo cantaba mi mamá. 

A muy poco tiempo de haber empezado la proyección, ella se agarró la cabeza; luego se incorporó, y con la delicadeza que la caracteriza me dijo que se iba a su casa, que no se sentía bien. Y aunque hice el intento de convencerla de quedarse, me respondió que su psicóloga le aconsejaba que se respetara esos estados, y quise acompañarla en ese respeto. 

Sentí su silla vacía a mi lado, como un vacío que hacía rato no registraba, y de pronto me sobrevino un poco de miedo. Por primera vez en mucho tiempo evocaba la sensación de estar sola entre un montón de cabezas de gente desconocida, en la penumbra, y me acordé de tiempos oscuros en los que era yo la que me iba de los cines porque me sentía mal, o, si me quedaba, lo sufría demasiado. 

G. le había contado a su madre el reencuentro con un ex novio que había sido un gran amor, y me había relatado lo que sintió después de verlo y conversar con él. La había descripto como una sensación fuerte de pérdida; y más allá de los matices personales que ella le dio a ese sentimiento, me pregunté si acaso yo no era capaz de volver a experimentarlo. A esta “yo” que se ufana, - aun sin desear sonar arrogante-, del bienestar conquistado palmo a palmo: ¿qué le pasaría si volviese algún día ese malestar, ese pánico, esa sensación horrible? 

La película continuó, y me empecé a meter en el mundo que proponía. Me gustaron ciertos diálogos, ciertas maneras de sentir y pensar la vida; la forma teatral y a la vez pictórica con que todo se iba desplegando. El pequeño niño mudo, oyendo a un padre muy consciente de su excesiva capacidad de monologar, y que aun así le estaba dedicando gran parte de sus cavilaciones sobre el mundo.

Todo iba envolviéndome en ese clima poético que recién empezaba a vislumbrar, y en los distintos personajes que iban haciéndose reconocibles, cuando de golpe un nudo de angustia tocó violentamente el argumento, y me sentí petrificada durante un instante que pareció no tener fin. 

Recordé que un rato antes, uno de los personajes más interesantes había dicho que todo regalo es sacrificio. De pronto noté que se había mudado al lado mío una mujer, aprovechando la silla vacía que G. había dejado, la cual parecía gustarle porque se encontraba mucho más cerca de la pantalla.

Me pregunté qué hacer, porque el clima opresivo se volvía cada vez más espeso. La cualidad desesperante que parecían tener las cosas iba in crescendo, y, sin embargo, me sonaba ridícula esa dimensión de tragedia inútil, que no podía evitar impregnarme aun a mi pesar.

Empecé a preguntarme de qué modo me podía desprender de esa sensación intensamente angustiosa, y tomar distancia de la pantalla. Comencé a mirar a mi alrededor y a enfocarme en el entorno, en la casona en que se proyecta la película, sus molduras refinadas, el formato del marco en que se instaló la pantalla, la quietud de los espectadores, las cabezas mudas, quietísimas; el silencio casi absoluto, a veces sorprendido por un automóvil que pasa afuera, y de a poco me voy tranquilizando. 

¿Será eso lo que hacen los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas cuando se distancian un poco del paciente? Me pregunto si serviré para eso alguna vez, y también si habrá habido algún profesional capaz de entrar en pánico frente al síntoma de un paciente.

Me propongo quedarme, no dejarme ganar por el deseo de huida sobre el que tanto leí en el libro de Pema Chödron, ese que constituye casi un evangelio personal. Permanecer clavados en el instante, recostados en los ángulos filosos. Todo eso que he venido practicando, y que en este momento parece costarme un poco. 

Sin embargo, me quedo ahí, en la sensación de una tragedia descomunal, masiva e irremediable, que afectará a todo el género humano. Echo mano de un cuartito de ansiolítico y lo tomo. Pero estoy, no me fui, y eso es lo que importa. No sé qué pasará, y me quedo. 

Parece que una de las protagonistas está enloqueciendo, y me alegro de que G. no esté presente mientras transcurre la escena. 

Todo esto no es más que una parodia, me digo. Somos un montón de gente mirando una cosa que no existe, más que a través de eso que se proyecta delante nuestro y que nos llena de angustia el alma, mientras afuera el mundo no peligra, o eso creemos, y todo sigue como de costumbre. 

En el fondo todo es un chiste, me digo, y hasta Tarkovski parece concordar con esta idea por momentos, muy breves, en que hace algún guiño de humor ruso en medio de un fin del mundo que se avecinará inexorablemente.

Me consolé cuando el protagonista nos hizo saber que a él le pasaba lo mismo, que deseaba librarse de esa emoción ridícula de espanto que lo embargaba a su pesar, ya que amaba la vida, ésa a la que se sentía profundamente arraigado, y más arraigado aún a través de sus seres queridos. 

Pero, sobre todo, lo que él deseaba era que quienes amaba pudieran retornar al estado anterior a esa pesadilla. Y era capaz de dar lo que fuera por ese milagro.

Todo empieza a mejorar desde que el protagonista decide hacerle caso a su amigo, en ir a visitar a la bruja buena. En bicicleta, para no hacer demasiado ruido. 

Amarse es levitar, como en Solaris. 

La única escena que recuerdo de Solaris es esa en que amarse era levitar, y aquí se repite. Entonces me repito yo como un mantra, que amar es eso: levitar juntos. 

Ella le dice como una madre que todo va a estar bien, y entonces me digo que amarse es eso también: sentirse como con una madre que a uno le dice una y otra vez que no corre peligro, que uno va a estar bien; una madre curadora de males, una madre que desea el bien de su hijo amado, siempre.

El misticismo irrumpe. En realidad, estuvo desde el minuto uno y no hizo otra cosa que crecer. Y me pregunto entonces por Jung, por la sincronicidad, por lo que en el mundo real se considera delirante, y sin embargo es tan real o más que eso que se considera realidad.

Percibo un común sentir espiritual y esotérico que atraviesa a la humanidad toda, que la recorre y unifica de un modo reparador. Un común sentir espiritual en el mundo, negado u oscurecido por el afán intelectual de controlarlo todo… Pero el caso es que eppur si muove, y que amarse es levitar siempre, arriesgarse a lo extraño, a lo descabellado.

Y volar…Volar como agarrados fuertemente del pelo de Lady Godiva, revivida en esa niña a quien el peluquero se lo corta por capricho de su madre.

El silencio acompañó toooda la obra, con las suaves y escasas intervenciones de una música japonesa. 

Una de las ideas que más me gustó, fue cuando. al comienzo, él le dice al niño que siempre creyó que un acto repetido cada día en el mismo horario podía cambiar algo en la humanidad. Se lo dice mientras planta un árbol seco, un arbolito japonés, y luego lo riega. 

Pienso en mi perra Mar y en mí, en nuestro ritual que no se ha suspendido durante casi dos años, y que se trata de darle un buen día al día, a las cosas bonitas y a las feas; un buen día a la vida. Un ritual lindo en cuya eficacia creo, aunque no lo hagamos siempre en el mismo horario.

Al final de cuentas, los embrujos de las brujas buenas, salen bien. Y ahora ese hombre, tras haber constatado que efectivamente el tiempo volvió atrás, cumple su sacrificio: incendia su casa, y la abandona después de garantizarse que no haya ni un solo humano dentro de ella. 

Los que quedan para presenciarlo, para dar testimonio, son una bruja buena y un niño que comienza a hablar, mientras riega un árbol seco como le enseñó su padre parlanchín, quien ahora es llevado al loquero. 

Tengo las manos hacia arriba con las palmas abiertas. Respiro y siento mi sonrisa, mientras vuelve a sonar el aria para contralto, exorcizado el daño, realizada la magia de la catarsis gracias a Bach y a Tarkovski.

Siento que conviene quedarse hasta el final del chiste que es la vida; no irse en la peor parte, porque lo bueno viene después, aun cuando la luz provenga de haber incendiado nuestra casa. 

Miro a la mujer que está a mi lado. Ella también sonríe, y le dirijo la palabra para preguntarle si también cree es una maravilla. Me cuenta que es la tercera vez que ve esta película; que Tarkovski hizo siete en toda su vida, y que me las recomienda. Nos saludamos gentilmente.

Y así queda preservada la vida de la humanidad. 

Acaso éstos sean los actos que pongan a levitar al mundo de tal forma, que impidan que la humanidad se autodestruya antes de contar hasta cero.



(Esta película es un milagro que agradezco haber podido ver. Buscando posteriormente, encontré este enlace  https://www.youtube.com/watch?v=ivTODosMeOQ , y otros entre los cuales me llamó la atención éste:https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/andrei-tarkovski-el-cine-como-ofrenda.html) 


sábado, 20 de agosto de 2022

SOBRE JUNG, LA PRINCESA QUE QUERÍA VIVIR Y EL PRÍNCIPE DE LAS MAREAS


Si siempre fui amante del cine, la pandemia me dejó particularmente ávida de su lenguaje, lo cual no quiere decir necesitada. Es más, le he ido dedicando al cine, -visto en la compu porque no tengo televisor-, cada vez un tiempo menor, pero sí muy vivo, muy presente. Me dediqué a vivirlo como un ritual personal, un encuentro con algo que pueda realmente convocarme, y así de a poco he ido abriéndome a películas raras, o no tanto, conocidas muchas de ellas pero que yo no había visto, y también otras que vi por la mitad, o con poca atención en alguna oportunidad, y que necesité revisitar por alguna buena causa.

Entre las que no había visto en su momento, estaba la celebrada “El príncipe de las mareas”, película que lloré durante buena parte de su transcurso. 

Al mismo tiempo vengo a dar, entre mis imágenes guardadas, una y otra vez con la expresión inefable de Audrey Hepburn montada a su motocicleta con cara de asombro extasiado y ávido en “La princesa que quería vivir”.


Ella se ha escapado de una función odiosa y aburrida, para conocer el mundo, ése, cotidiano y encantador, que el palacio jamás dejó entrar en sus protocolos. Tuvo que inventarse una identidad, cortarse el pelo y usar anteojos oscuros para disfrazarse de persona común, y deambular hasta dar con algunos personajes del pueblo y algún recién llegado, que convertirán su vuelta al Palacio en la vuelta de una persona diferente.

El príncipe de las Mareas se ha marchado de su hogar para auxiliar a su hermana en un momento terrible de su vida, y para poder realizar esta profunda y comprometida colaboración deberá quedarse en una ciudad mucho más compleja que la suya, separarse de su mujer e hijos por un tiempo más largo del que suponía, y entablar un diálogo profundo tanto con su hermana como,- sobre todo-, con la psicoanalista que la trata, tan comprometida como él en ayudarla.


Cuando yo era chica, vivía estas cosas de las películas muy mal, y digo cosas tales como que Audrey Hepburn se separara del fotógrafo para retornar al aburrido palacio a cumplir su misión, o que Nick Nolte no tuviera nada mejor que hacer que retornar a su pueblo y su matrimonio dejando a Barbra Streisand tan enamorada como él de ella.

Sin que me deje de producir bronca, contemplo ahora que detrás de bambalinas la peli nos está proponiendo otra cosa, más áspera tal vez, después de habernos mostrado el camino de la dulzura y la felicidad. Y es que en ese camino hay una profunda impregnación de autenticidad, de encuentro con lo genuino, con las caras desconocidas de uno mismo que piden ser descubiertas, descifradas, y sobre todo, que piden ser vividas. Con o sin permiso externo, vividas. A pleno. Nuevos sabores, nuevas aperturas. 

Si me dejo contagiar por lo poquito que estoy empezando a aprender sobre un señor llamado Jung, parecería que asomarse a eso que él llamaba “sí mismo” implicaba ver dentro de uno una importante cantidad de yoes, y darles espacio, dejarlos hablar, moverse, expresarse, y también dejarlos en silencio. Un buen director de orquesta debería explorar esos yoes, su música, su sonido particular, para saber cuándo hacerlos sonar. Jung proponía un ser humano integrado que supiera de sí mismo desterrando las poses tanto como la visión unívoca con que queremos mirarnos. 

Y tal vez, ese Nick Nolte sanado por el amor, y por la verdad que deja irrumpir para ayudar a su hermana, sea un ser mucho más íntegro que el que dejó su pueblo creyendo conocerse. Tal vez Barbra Streisand también se haya salido de una vida que no la expresaba para descubrir que la realidad era capaz de ofrecerle nuevas y más hermosas vivencias, del mismo modo que la Audrey de La princesa que quería vivir, después de vivir algo de todo eso que quería, regresa a Palacio empezando a darse cuenta de qué es lo que realmente le reclama su misión.

Príncipe es quien da principio. Y quizás ambos príncipes, hayan arribado más íntegros a ese lugar del que salieron, como bien sabían Ulises y Kavafis, porque “así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/entenderás ya qué significan las Itacas” . 

sábado, 27 de noviembre de 2021

LOS ZAPATOS DE BEATRIZ

I

Había una vez una mujer llamada Beatriz que solía cambiarse los zapatos cada vez que iba a entrar en un espacio que ella consideraba sagrado. Era hermana de un tal Rantés, y un dia el director de  cine Eliseo Subiela decidió contar la historia de ambos. No inventó la historia, sólo la contó. Por eso es que el mismo Subiela jamás pudo contestar a nadie la pregunta recurrente de por qué Beatriz se sacaba los zapatos para ponerse otro par.

Un día Beatriz tuvo un encuentro amoroso con el siquiatra que atendía a su hermano Rantés. El siquiatra estaba muy intrigado por ellos, pero sin embargo o tal vez por eso mismo, se había hecho amigo. Y ella le había gustado. Así fue como un día, después de haber permitido por primera vez que en el manicomio se realizara un concierto en que la novena de Beethoven fue dirigida por el propio Rantés, y en la que locos y cuerdos disfrutaton por igual, el hombre también se permitió dar rienda suelta a su sentimiento por Beatriz, y después de hacer el amor él comprobó que de sus labios salían gotas de un líquido azul. Entonces, horrorizado ante lo desconocido, lo enigmático, y alegando que le estaban tomando el pelo, como si se quisieran burlar de él, la insultó, y la echó violentamente y sin retorno de su mundo.

Rantés murió, bastante ayudado a morir por quienes lo trataban en el manicomio, y Beatriz se dedicó a caminar. Esto no lo cuenta la película, pero fue así. 

Ella sentía mucha tristeza por Rantés, y también se acordaba a menudo del siquiatra con ternura y pena porque el hombre, antes de conocerla, usaba su tiempo libre en mirar las películas de cuando él y su ex mujer se amaban, y así pasaba largas horas atrapado justo donde comenzó la película de Subiela. Se acordaba de él con amargura también. Pensaba que él se sentía sano, del lado de la vida que se permitía expulsar a otros en nombre de la salud.

Beatriz caminó mucho sin cambiarse de zapatos.

De pronto pensó que era inútil querer comprender todo, el por qué de su cambio de zapatos era ajeno a la comprensión de muchos, y ella además nunca había pedido a nadie que comprendiera eso, sólo pretendía que la acompañaran a caminar; y pensó también que ella tampoco podía entender muchos por qués de los demás, como los del siquiatra sano o enfermo qué más da, como el por qué de no dejarse llevar por la música, de no dejarse tomar y conducir por ella.

Siguió caminando y renunció a sus zapatos: ya no la expresaban, ni esos ni ningunos otros. Sólo quería andar descalza por el verde del césped, con la sencillez de la vida por compañera inmediata.



II

Mientras Beatriz seguía su marcha descalza, recordaba sus últimos zapatos. Los había acomodado junto a un árbol, cercano a una plaza, así, prolijamente, dispuestos como para que alguna persona, seguramente una mujer, los tomara, y pudiera darles utilidad.



Se quedó pensado largo rato en eso de ponerse en los zapatos de otro. Ella y Rantés, sobre todo Rantés, habían querido hacerlo. Recuerda la escena en que él, su hermano, su amigo, recuerda Beatriz la escena en que él, -con música de Monteverdi-, se divierte usando la telekinesis en mover los platos sabrosos hacia donde los necesitados de comida los recibían festivamente. 

Rantés quería ayudar. Pero también quería ayudar a comprender por dónde. A él le interesaban los misterios, pero el objetivo principal era poner en primer plano la desidia humana, -ése, el grande misterio-,  la manera entre estúpida y cruel de dejar pasar la vida sin usarla, sin hacerse felices los unos a los otros, con la música, con el baile, con la risa, compartiendo la comida y no solo la comida. Compartiendo la angustia, el dolor, ofreciendo la mano y también pidiéndola. Eso lo convertía en extraterrestre.

Sin embargo , y  aunque Subiela había captado muy bien la situación, no sólo los personajes periféricos de la película parecían no entender nada, sino también los muchos espectadores que hicieron objeto de debate el origen del padecimiento psíquico de Rantés y de Beatriz, o el origen extraterrestre de ambos, como en el cuento zen en que alguien señala la luna y el ojo que observa  se queda mirando el dedo.

Beatriz no se quedaba mirando el dedo. Ella caminaba mirando la luna. Sólo miraba para abajo lo suficiente como para no hacer desastres, o para detenerse junto a alguna flor, algún insecto, o ante cualquier evento que la relacionara con la belleza.


foto 1. Marina Camporeale
foto 2: Cést moi 

sábado, 6 de noviembre de 2021

Fur: rarezas encantadoras

https://ok.ru/video/1371604257413

Se advierte  a quien esté por leer esto que si no vio la película, anticipa algunas cosas, dicho lo cual prorrumpo en mis divagaciones habituales.

Ocurre que hace años vi algunas escenas de esta película, de la mitad para arriba digamos, y si bien no me quedó una imagen demasiado clara del argumento, sí me quedó la fascinación.

No recuerdo la causa, pero la había visto en forma discontinua, no vi el final ni tampoco el comienzo, me quedaron imágenes y como decía, una fascinación muy grande por esa historia entre el hermoso hombre peludo y la mujer que lo visitaba. Por lo cual, decidí buscarla, y aunque zoowoman fue destruida, aún nos va quedando este sitio ruso que tiene mucho para mirar.

"Fur" (Pelaje), difundida con el nombre de Retrato de una obsesión, es una fantasía acerca de la vida de Diane Arbus, la exquisita fotógrafa que eligió meterse en el mundo de lo "freak" y retratarlo amorosamente.

Aún sabiendo que no era una película biográfica estricta, esta segunda visita me hizo investigar un poco más acerca de la vida y la obra de Diane Arbus, y me encuentro con muchísimo material, que si bien tiene que ver en mucho con el argumento de la película, en los aspectos biográficos en que no coincide, termina resultando mucho más compleja y dramática su vida de lo que se muestra en el film.

Si en cambio me enfoco en su obra, es indudable, -además de los testimonios directos de la artista-, que tanto su intención como lo que realmente logró fue no sólo testimoniar, sino acercarse a lo diferente no desde una mirada externa sino desde adentro, desde un lugar amigo , y dar por resultado una experiencia fotográfica que nos pide detenernos en esas imágenes de gente que en la realidad suele ser eludida con la mirada por su deformidad, invitando a ver la belleza de esa deformidad o rareza.

Pero lo más raro, es que invita a ver la rareza en la normalidad, lo monstruoso en lo normal, o sea que no se remite a poner la rareza en unos y no en otros, sino en asumir nuestra rareza radical, la propia, con el cual el mundo se redefine de algún modo.

El mundo se redefine, porque ya no queda escindido entre normales y no normales, sino en múltiples modos de existir coexistentes.

La obra de Arbus es de una magnitud e intensidad elocuente y conmovedora.

Lionel existió y ella lo conoció, pero no hay evidencias de una relación amorosa entre ambos,  sí en cambio del amor fortísimo que experimentó por su marido, quien en realidad fue quien la dejó por haberse enamorado de otra mujer, por lo cual no es la transformación de Diane la que da por resultado su separación, - que por otra parte la deja bastante maltrecha-, sino que esa transformación nodal, ese punto bisagra ya estaba en ciernes.

Sabiendo pues las diferencias existentes, me concentraré en la película, así fuera que estuviera relatando otra historia por completo ajena a la de Diane Arbus.

Sentí muy hondo, más allá o más acá de en qué consista la rareza profesada por los protagonistas, que todos llevamos una rareza impresa dentro de nosotros mismos...ese "secreto" al que alude la película podrá ser más o menos inconfesable, pero siempre nos hace sentir especiales... 

Desde hace un rato no tan largo me visita la rara certeza de que esa sensación de "desajuste", de inadecuación esencial como la llaman algunos, o de "ser especial", es algo constitutivo de todos los seres humanos, aún de los que aparentan un grado de "normalidad" incluso excesivo.

Todos realmente somos especiales y diferentes, lo sepamos o no, lo vivamos o no, lo aceptemos o no.

Creo que en definitiva ese viaje hacia la rareza personal, hacia la esencia del alma, más allá de en qué consista, o en qué creemos que consiste, -que no siempre es lo mismo-,  es un viaje que termina mejorándonos, en el sentido que Jung le podría dar a esa palabra, en el de traer a la luz de la conciencia  esas pepitas de oro que contiene la sombra como información para una vida que pueda integrarla, haciéndola más plena y auténtica: "Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma". 

Más allá del dato biográfico de que el personaje que encarna en forma soberbia Nicole Kidman se corresponda con la bien real Diane Arbus, esta fantasía sobre el motivo de su revelación interna, de su acercamiento al mundo de los seres "freaks" de quien ella también formaba parte; y más allá de la belleza de un Robert Downey que asoma esa mirada por momentos recién nacida por entre un matorral de pelos, en definitiva ,decía, improvisando palabras para mis sentires, creo que siempre acercarse al amor implica desnudarse, prestarle a alguien de nuestra más profunda confianza una maquinita de afeitar y dejarlo/a que afeite nuestro cuerpo y nuestra alma de punta a punta, exponiéndonos a su mirada, esa mirada que si nos ama nos encontrará bellos en todos nuestros matices, más allá de nuestras vergüenzas y rarezas.

En tal sentido Lionel supo ganarse la confianza de su afeitadora almática y corpórea, además de retratista, y la llave que le dejó antes de siquiera saber si iba a animarse a abrir o no la puerta, fue toda una gentileza de su parte, o un gesto de coraje, o una apuesta, o sea, nada más ni nada menos que lo que es entregar una llave.

También pensaba en que el peludo protagonista le dona a ella luego su pelo investido de otro formato, lo cual muestra el deseo de dar junto al de recibir, propio del amor, en todas sus manifestaciones genuinas.

Ese gozo emocionado ante el descubrimiento de sí mismo, de quién se es de verdad, y también ante el descubrimiento mutuo aparece en esta joyita, en donde eros y ternura no se separan nunca, aunque el mar se lleve una parte para siempre.





https://revistaestilo.org/2020/06/30/la-cruda-mirada-de-diane-arbus/

viernes, 22 de octubre de 2021

SONATA PARA UN HOMBRE BUENO, o LA VIDA DE LOS OTROS


https://ok.ru/video/3070886218301

Esta entrada se basa en la extraordinaria película "La vida de los otros", y aclaro antes que nada que anticipa mucho sobre su argumento, por lo cual cada quién evaluará si leerla antes de ver la película.

Hecha esta aclaración, "La vida de los otros" fue una recomendación que agradeceré siempre. Hace rato que no veía algo que me conmoviera tanto. Una obra maestra, una "Sonata para un buen hombre", una apuesta a la bondad esencial en medio de la más descarnada vigilancia y tortura psicológica ejercida en nombre de las ilusiones de verdad absoluta que representan tantas veces las ideologías.

https://www.jornada.com.mx/2007/06/03/sem-jose.html

El enlace que antecede permite acceder a todo el argumento de la película, y también a las entrelíneas de sus motivaciones, y de su contexto histórico y social. Es redundante volver a dar la misma información, por lo que sólo transcribiré lo que me hace falta para describir cómo impactó en mí, cuál fue mi conmoción.

En dicho enlace José María Pérez Gay nos cuenta cómo la "Sonata para un hombre bueno", es un regalo que se le hace a uno de los protagonistas por su cumpleaños, y cuyo título alude a la obra de teatro de Brecht El hombre bueno de Sezuan,  historia de una prostituta que, aceptando todas las adversidades, se empeñó siempre en ayudar a los otros. 

El capitán Weisler, a su vez, aparecerá en una escena leyendo un fragmento de este poema de Brecht que citaré al final en forma completa

"Si las nubes no hubieran estado allí.

Yo habría olvidado aquel beso hace mucho tiempo.

Las nubes las recuerdo todavía y las recordaré siempre,

Eran tan blancas y venían desde muy lejos."

Bien: en medio de esa situación de violencia sutil y eficaz del espionaje disfrazado de bondad que instaló el stalinismo en todas sus versiones, en medio de esa ilusión de servir al bien a través de medios atroces, en los que la tortura se ejerce muchísimo más en el plano de lo psicológico y emocional que en el de lo físico; en un contexto de crueldad legitimada, en que el libre albedrío, la posibilidad de expresar las propias ideas equivalía directamente a que los ciudadanos fueran despojados del ejercicio de sus pasiones, de sus vocaciones y talentos, degradados y mutilados donde más dolía... ahí, justo ahí, viene a situarse esta historia. 

El protagonista en un momento de la película, dice: "Estoy pensando en lo que Lenin dijo de la “Appassionata” de Beethoven: “Si sigo escuchándola, no podría acabar la revolución.” ¿Puede alguien que haya escuchado esta música... que la haya escuchado de verdad... continuar siendo una mala persona?"

Perez Gay nos explica: "Esta afirmación (y en realidad toda la película) se inspiró, nos dice Von Donnersmarck (2007) en la reflexión de Lenin a su amigo Maxim Gorky sobre que no podía escuchar la Appassionata de Beethoven, su pieza favorita, porque lo hacía “querer acariciar la cabeza de la gente y tengo que hacer añicos esas cabezas para traer a ellas la revolución.

Y esto me remite a una de mis citas preferidas de nuestro Leopoldo Marechal cuando dice: "¿qué ideólogos político-sociales, divididos a muerte, no se reconciliarían, fuera de su litigante asignatura en una sonata de Beethoven, en un cuadro de Hieronimus Bosch o en un drama de Shakespeare? Elbiamor, el arte se parece mucho a un Paraíso donde los hombres logran unirse "por arriba" si están divididos "por abajo". Y te juro por el bonete de Pitágoras que si los hombres, en su locura niveladora, llegasen a destruir tan saludable jerarquía, destruirán también ese paraíso de la unificación posible, y se irán todos juntos al infierno". tomado de "Cuaderno de navegación", (Cap VIII, La torre de marfil asediada)

Quiero decir que más allá o más acá, no lo sé bien, del análisis político social del film, o tal vez en su mismo corazón, está este asunto del que trata, que se ramifica hacia lecturas de plural e intenso interés. Es que además, esta es la historia de una conversión. De una conversión de la que el arte y la filosofía en general no parecen ocuparse demasiado, y que es ni más ni menos  la de un hombre común, o en este caso lo que es peor: un hombre común  atrapado en lo que Arendt llamaría "la banalidad del mal", un ser carente de conciencia del daño de sus acciones, un ser voluntariamente asimilado a ser parte obediente de un engranaje terrorífico que de pronto se ve fascinado por un pellizco, un aware, un llamado de la belleza que lo despierta de su letargo.

Y ¿qué es lo que conmueve a Weisler , -ese espía de la privacidad de quienes se creen erróneamente viviendo a su aire-, al punto de decidirlo a torcer su destino aparente?

¿ Es el amor entre la mujer y el hombre que espía? ¿ Es la captación intuitiva de la autenticidad de esas vidas que además de ser plenas en el escenario, continúan siéndolo al bajar de él? ¿Es la vibración apasionada que mueve a los "espiados" la que es contagiada a través de los audios sobre los que debe testimoniar noche a noche? ¿Es la intimidad de la noche la que pone a su alma contra la pared de la verdad?

Un pellizco, un "aware" como dicen los japoneses, el llamado de la belleza...muchas veces algo pequeño, nada rimbombante, puede despertar a un ser humano.

Viktor Frankl decía en "El hombre en busca de sentido" que la decencia es un bien que se escapa de las categorías y los compartimentos. En tal sentido contraponía a los judíos que eran los capos de cada campo de concentración que actuaban como soplones, sin ética ni lealtad alguna, y a algunos soldados de las SS que realmente no podían escapar a su destino y que desde el modestísimo papel de servidores de sopa, buscaban los mejores pedazos disponibles para dárselos a los prisioneros.

¿Es poco realmente lo que se puede hacer desde el ejercicio pleno de la decencia, tomando el término como la expresión propia del ser humano que apuesta su integridad al acto correcto desde su pequeño espacio de acción, sabiendo que por pequeño que parezca ese acto, su trascendencia puede salvar una vida, y también sabiendo que ese mismo acto puede hundir la de quien lo realiza?

Creo que Weisler se ve trasmutado por el enigma del amor intenso que une a la pareja central, por el sufrimiento que presupone para ellos la censura, por la vitalidad con la que ejercen el derecho a rebelarse a un sistema opresor, por la sensibilidad que inunda ese departamento irradiando su luz a través de un grabador hasta comunicar a un humano con su naturaleza esencial.

La nube de Brecht aparece y desaparece, mientras la música que configura la banda sonora del film va ganando y ganando en intensidad junto con todo lo que acontece, incluso la tragedia.
Ese pequeño acto que sume en apariencia al personaje en una vida oscura y retirada, -degradada en cuanto a la "importancia" aparente de su función social- , es en realidad el que libera para siempre a ese personaje oscuro del comienzo. Y en este caso, no sólo a él, sino que contribuirá con una trascendencia insospechada a cambiar el curso de la historia.

Brecht, quien en esos tiempos oscuros que aparentemente impedían hablar de los árboles como él mismo lamentaba en uno de sus poemas, no obstante  se hizo tiempo en medio de su intensa militancia para hablar de esos árboles; el mismo Brecht que nos recuerda que (cito de memoria) la lucha hasta contra la injusticia endurece las facciones, ese que se burla de lo extenuante que resulta "ser malo" en otro de sus poemas, impregna también con su poesía esta obra de arte mayor.

Los grandes humanistas como quienes he citado anteriormente entre tantos otros, coinciden desde diversos paradigmas en recordarnos lo que el budismo tibetano llama "bondad esencial". El mismo Paulo Freire, en su Pedagogía del oprimido nos señala que no sólo el oprimido se salva a sí mismo al liberarse, sino que colabora en la liberación de su opresor.

Siendo dolorosamente necesario hablar de cómo lo luminoso del ser humano se oscurece y decolora y hasta se pudre por los avatares y vejámenes de la vida, resulta diría casi imperioso recordar, que existe también la posibilidad inversa.


Recuerdo de Marie  A. (poema de Bertolt Brecht)

1

En aquel día de luna azul de septiembre

en silencio bajo un joven ciruelo

estreché a mi pálido amor callado

entre mis brazos como un sueño bendito.

Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival

había una nube, que contemplé mucho tiempo;

era muy blanca y tremendamente alta

y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.



2

Desde aquel día muchas, muchas lunas

se han zambullido en silencio y han pasado.

Los ciruelos habrán sido arrancados

y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?

entonces te contesto: no consigo acordarme,

pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.

Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,

ahora sé tan sólo que entonces la besé.



3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo

de no haber estado allí aquella nube;

a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,

era muy blanca y venía de arriba.

Puede que los ciruelos todavía florezcan

y que aquella mujer tenga ya siete hijos,

pero aquella nube floreció sólo algunos minutos

y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


(Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens)

viernes, 1 de octubre de 2021

Cine y poesía: Hannah Arendt



(inspirado en la película homónima)


Fumar como respirar, 

respirar como pensar,

pensar como sentir...

Pensar y sentir 

desde el mismo sitio del cuerpo. 

Respirar. 

Inhalar y exhalar prana, 

alimento para el pensar. 

Fumo,

luego pienso 

luego amo 

luego siento... 

Porque antes amé y sentí, 

pero pensar me requiere estar tirada en una cama

mirando hacia arribadentro, 

y fumar/respirar para pensar/respirar 

en un mundo tóxicointoxicado.

Fumopiensoduelo:

me sosiego sin embargo 

ante la evidencia 

de que todos somos lo mismo sin serlo 

¿todos somos humanos en fauna,

en mordida?

Porque pensar como vivir 

requiere ese coraje 

de amar lo pensado con el cuerpo, 

y no lo ven: 

prefieren las cómodas recetas, 

como si yo militara en política 

cuando lo único que hago es tratar de ver 

cómo por qué de qué manera se puede revivir 

cuando se encargan de convertir en cementerios 

las semillas del sueño que habitan en el cortex, 

en el hipotálamo, 

como en el corazón del mundo...

Cuando por lo único que milito 

es por el ser humano íntegro, 

aún por el que me deshace en este mismo momento.

Fumar como amar requiere tiempo... 

papas peladas de a dos. 

Requiere llorar porque mi esposo está enfermo 

mientras investigo

y no dejo que otro ocupe mi lugar junto a su cama,

junto a su alma.

Yo estoy aquí: revisada, etiquetada 

por burócratas del amor 

que enfrían el pensamiento 

como si fuera una fuerza ajena a las entrañas.

Yo estoy aquí, 

afirmándome en algo que va más allá de mí misma,

algo que me funda, 

que me induce a continuar un camino:

esa alameda que entreveo desde mi ensueño,

los ojos más allá de todo...  

Aunque me roce la caricia perversa 

de la falacia original

(C. Bakún, 2014)



martes, 28 de septiembre de 2021

Cine y poesía: 184 días ( "Tierra de ángeles" revisitada)

Temblar

Bailar y agitarse

Insultar

Hacer caer los crucifijos

Des reprimir la ira

Las broncas

La represión

La emoción

El deseo

La fe

La confianza en sí

Decir la verdad

Confesar algo oculto

Para que en el canto haya

Armonía

No desear el mal

A quien hizo lo que pudo

Salirse del círculo de la podredumbre

Y atreverse

Girar las caderas locamente

Aceptar que un loco forme parte

De lo que hacen los normales

Buscar el sonido dentro de sí

El sonido del alma en el cuerpo

El sonido de todos a la vez

Amoldándose al conjunto

58 segundos de 

Gracia

La música

Cómo saber si uno quiere a alguien 

Que además le gusta

Desnudarse

Mirarse llorar

Bailar y comer 

Reír

Acostarse todos juntos 

Formando una almohada infinita

Un cobijo de manos

Un refugio de cuerpos

La canción de Gabriela

Gabriela anagrama casi de Alegría

Gabriela

Fe

Arrojarse de un trampolín

Y encontrar al niño

Intacto entre el trigo

La muerte no existe


https://ok.ru/video/2842952207083

domingo, 12 de septiembre de 2021

BELLEZA INESPERADA

una vez la vi cuando recién empezaba este proceso tal vez llamado "para venir a donde no sabes has de ir por donde no sabes", y al principio ni siquiera era capaz de prestar la suficiente atencion. La elegí porque me gustó el nombre, y pasó un buen rato hasta que me di cuenta de que por fin me estaba concentrando y la estaba viendo. No me era fácil mirar películas sola, ni atenderlas, y recién empezaba a hacerlo nuevamente. Me enganchó no sé en qué punto y empecé a conectar mucho hasta quedar realmente concentrada y terminar de verla como quien encuentra una joya. Luego, más adelante, la volví a ver, consciente, y a saborearla y analizarla. Al pasar un tiempo, ocurrió que se me descompuso el celular en Capilla del Monte y había ido sola por primera vez a la Toma después de muchos años de no hacerlo. Al volver del río paré en el café que está arriba de la feria de artesanos, y desde mi derecha escuché a tres mujeres que conversaban, una de ellas describía una escena que yo había visto, y me entrometí en su charla. Era sobre esta película. Terminamos volviendo juntas. A veces cuando no puedo desconectar de ciertos dolores, necesito algo que me hable de ellos, y hacía tiempo que no me decidía por revisitar "Belleza inesperada". Ratifiqué su cualidad de joya, y tal vez me identifiqué con otros pasajes, lo que en un momento me había sonado  a posibilidad, a vislumbre, ahora tiene otros matices que puedo reconocer dentro mío. Aunque es Hollywood, es mucho más que Hollywood, hay algo por detrás de lo aparente que redime ciertos lugares aparentemente comunes, y nos mete de lleno en otros menos comunes.

Es una película para volver a ver.  Atentamente.

sábado, 22 de mayo de 2021

NAZARENO CRUZ Y EL LOBO, DE LEONARDO FAVIO

la pureza no existe, dicen algunos y concuerdo bastante, sobre todo en que no exista como estado permanente...pero a veces, sólo a veces se nos da el regalo de tocarla... yo creo que esta película no sólo es una poesía en sí misma, sino que quiere hablarnos de la pureza para lograr tocar en nosotros ese lugar, justo ese y no otro...Ése que se da en la emoción, en lo sensitivo más profundo del humano, en lo que roza lo sobrenatural o lo sagrado, ese estado en que eros es uno con lo todo, ahí donde Favio dibuja a su Zupay, donde Griselda y Nazareno danzan enlenguados y mojados en éxtasis, donde el ojo macho rezuma una lágrima impúdica y la indefensión es tan aterradora que convoca a las fuerzas del mal a cumplir la maldición del séptimo hijo...

Película de tierra adentro, de animalitos y ánimas que se ríen y chillan, del lobo, el noble lobo padre del perro nuestro de cada día, forzado a su misión de asesino de ovejas. Película de rendición ante la corajuda elección de amar, ante la sombra de un diablo guacho que no sabe ser padre ni ser hijo porque no aprendió, un diablo-zupay tan tierno que dan ganas de abrazarlo, y Favio lo sabe, lo sabe bien. Sabe la cuerda que está tocando en esta obra, que puede aparentar ser algo anacrónica o rara para algunas sensibilidades, y sin embargo permanece vigente en su magna sensualidad salvaje y sin estereotipos,  que se funde con una ternura infantil. Película de niños devenidos en algo tan lindo como el humano como obra de arte andá a saber de quién, misterio,...andá a saber