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viernes, 21 de junio de 2024

CRÓNICA DE UNA MUJER SOLA (spoiler total de la película BLACKBIRD, BLACKBERRRY, de Elene Naveriani, con comentarios personales)

Ella sabe irse, soltarse a sí misma por los peñascos que la habitan dentro del lugar en que nació. Allí hay zarzamoras deliciosas, ávidas de ser encontradas por manos humanas que sepan apreciar sus atractivos. También hay mirlos, pájaros negros atrevidos que sonríen desde las plantas, desde el follaje agreste, áspero… y ella es capaz de dejarse despeñar sólo por ir a buscar sola, fuera de la grey, ese placer inaudito y sólo suyo.

Casi se muere esta vez, pero no. El impacto la lastimó un poquito, lo suficiente para no distraerla de que en realidad acababa de despertarse. Por eso cuando él llegó, en vez de observarlo acomodar los productos de limpieza entre las estanterías de la vieja despensa, esta vez ella lo sacó de ese lugar y lo puso a desnudarse junto a su propio cuerpo, ostentoso, robusto, danzante, seguro, y a tal punto fue así lo que les pasó, que ella se olvidó de que era virgen y a los cuarenta y ocho de una vida castigada se entregó por primera vez a eso que hacen hombres y mujeres cuando lo hacen bonito, con ganas, con deseo.

Su entorno era hostil, por eso salía al encuentro de los mirlos y las zarzamoras, a bailar una danza privada que no creía que pudiera ser superada en belleza por ninguna otra cosa…sin embargo ahora se caía esa certeza también, como su propio cuerpo rodando hacía apenas un rato, para descubrir que algo diferente empalagaba sus labios con un sabor desconocido que parecía untar el mundo con su miel. 

Un mirlo había aleteado para ella y la había dejado así de rara, agitada, plural, innumerable. Tenía forma humana y ella deseaba volver a encontrarlo con la misma fruición con que él evocaba ávido y encendido el olor a sol en su piel.

En ese pueblo de Georgia, la vecindad masculina era una jauría y la femenina, también. Aun debajo de las ropas festivas y coloridas, de las pieles suaves y los cabellos cuidados de las vecinas, las lenguas y las expresiones de sus rostros, igualmente filosas, señalaban todo el tiempo la avidez por despreciar a esa mujer diferente.

Porque ella, llamada Etero en ese pueblo perdido en el tiempo, del que apenas se escapaban las jóvenes teñidas de azul, se crió con el cuento de haber sido artífice de que su madre muriera al poco tiempo de ella haber nacido. Culpas bien inculcadas, bien apretadas para hacerlas caber en una sola personita. Y bien sostenidas por una pequeña comunidad que las perpetuó aun después de morir el padre y el hermano, coautores principales de la mitología despiadada que contribuyó a mantener a Etero sujeta al pueblo, a su silencio, a su exclusión…

Y a su virginidad férreamente defendida, acaso como un trofeo que la protegía de la invasión a su cuerpo al menos, ya que la de su alma había sido tarea complejamente desplegada desde su niñez; mientras que la de sus espacios, -su casa, su despensa-, parecía no existir. Todas las vecinas entraban y salían cómodamente de las habitaciones de Etero, y hasta pretendían saber sus secretos. 

Nada bueno parecía merecer para ellas alguien que no había cumplido con el deber de darle hijos a la patria, y menos aún con el de sostener familias que se preciaran de serlo, hijos y maridos aun sin felicidad, aun sin palabras, sin abrazos, sin silencios siquiera, que poder compartir.

Eran mujeres amargas que pretendían ser buenas. Etero pagaba con su deseo de jubilarse y huir por fin hacia un lugar solitario, totalmente solitario, en que ella y su libre forma de ser no desentonasen.

Pero mientras las vecinas pavonean maledicencia, Etero y Murman la pasan bien, su sexo los hace plenos, los libera, y empiezan a hablar de sí mismos. 

En vez de viagra, Murman bebe poesía y se enamora fuerte de Etero, y de encuentro en encuentro, furtivamente van compartiendo un íntimo pulsar en sus respiraciones, en sus gestos y silencios, en su deseo retratado en una imagen no convencional, en la que el cine se reivindica en su capacidad de acercarse a lo auténtico sin eufemismos, y al cuerpo masculino sin tantos pudores.

Ella lo sabe inocente, y cuida y acaricia esa pureza que asoma desde sus gestos.

La madre, casi una desconocida para ella, había padecido cáncer de útero, y ninguna vecina se priva de regodearse en el relato de sus últimos días, ni de sentenciarla a correr la misma suerte. Lo único que Etero conserva de ella es un retrato que cuida y observa amorosamente.

Murman deberá irse a buscar suerte en otro suelo, y de pronto todo parece ensombrecerse. Una pérdida de sangre muy oscura que Etero asocia al cáncer, hace que piense en hacerse un chequeo médico. Murman retorna a buscarla y a proponerle una vida juntos que ella rechaza en nombre de la defensa de su libertad, y de su soledad. No me queda muy claro en esta escena, si en realidad no se trata de miedo.

Después de pasar unos días en la ciudad, y de visitar el extraño territorio del hospital, Etero recibe el “diagnóstico” de su embarazo. Casi un milagro, le dice el médico. Uno ve entonces deambular a esa mujer que no sabe qué hacer más que saborear un café, y de a poco, pero implacablemente, ponerse a llorar. El llanto también tiene un diagnóstico: emoción.

FIN

Nos quedamos con la sensación de esa emoción, y al minuto aparece la pregunta anecdótica de qué hará ella con ese embarazo. Pero ella y su embarazo son, además, una metáfora. O ante todo lo son. 

Quién pudiera engendrar de semejante manera un hijo, con ese placer del deseo suelto, silvestre y tierno del buen salvaje, o la buena salvaje, que desde Nazareno Cruz y el lobo hasta Pinkola Estés, nos recorre las entrañas. Quién pudiera vivir el deseo de ese modo fértil.

No creo que importe demasiado lo que pase de ahí en adelante, aunque esa emoción, además de todo es una revancha, una buena revancha que le obsequia la Vida a su vida.

La película habla de muchas cosas que me reflejan, y creo que pueden reflejar a muchísimas mujeres.

El viaje a la mismidad es una aventura sabrosa a la que no todo el mundo accede. Y a quienes se nos ha dado, sabemos que es una aventura incomprendida. Fundamentalmente porque se hace en soledad, y la soledad genera sospecha en una sociedad programada para que lo feliz provenga siempre del talento que hayamos tenido para formar primero una pareja, y en su defecto una familia.

Y digo “talento”, porque quien no tuviera la suerte de prosperar en ese intento, será considerado defectuoso, problemático, o incapaz. Y digo “o en su defecto” una familia, porque no siempre la pareja se sostiene por amor, ni siempre se sostiene, pero “al menos quedan los hijos”, con lo cual se ha cumplido un cometido.

Pocas personas pueden acceder a la intimidad consigo mismas estando en pareja y teniendo hijos. Y también pocas personas pueden vivir su soledad como una aventura y no como una condena. En general es más fácil quedarse en una pareja o en ese nido familiar más por miedo al cambio y la intemperie que por deseo. Por eso, aunque muchas de las personas que vivimos solas, o que no tuvimos hijos no hayamos llegado a esta situación por “deseo” o “convicción”, si hemos podido saborear esa llegada a la soledad y la mismidad, algo de Etero tendremos.

Y si somos mujeres, tal vez y seguramente un poco más, porque en nuestro caso pesa mucho la doble sentencia: no haber sostenido una pareja y no haberle dado hijos a la patria.

Pesa también la incomprensión del mundo, y aunque tardamos en darnos cuenta, también una suerte de envidia en quienes se empeñan en considerar a la mujer sola (sin pareja ni hijos) como una especie de ser sin propósito ni quehaceres, a quien se le hace un favor si se le quita algo de privacidad, si se la asedia con la lástima o se le adosan funciones de cuidado creyendo que no hay placer posible en la condición de ser solitaria. 

La mujer para la cual la jubilación no es una condena y está sola, es doblemente incomprendida; y se la castiga de modos diversos, sobre todo por la ausencia de tiempo productivo, causa de sentido en mucha gente que necesita “llenar” su tiempo con actividades.

Pienso en mujeres creadoras, sin hijos, muchas... Algunas de ellas también sin pareja estable, o solitarias hacia el final de sus vidas. Hay una lista bastante interesante de estas bichas raras,  y sin embargo, parece que algún hijo trascendente han dado, en forma de arte, de danza, de literatura, poesía, pintura, filosofía o ciencia.

Y aunque no pretendo hacer una apología de la soledad, ni pregonar que sea el mejor estado para el ser humano, ni negar la profunda necesidad de afecto, y la búsqueda tanto del amor, como de espacios de reunión que puedan ser vividos como familia, sí pretendo indagar en la condena de la soledad por parte de quienes sólo desean llenarla, y se consideran mejores, o mejor adaptados por reunir ciertas características que los hagan reconocibles y aceptables ante la mirada mayoritaria.

Es posible reconocernos en los sencillos placeres solitarios de Etero, en su sensualidad, en su búsqueda inclaudicable de la belleza y autenticidad. Ella es capaz de dejarse despeñar sólo por ir a buscar sola, fuera de la grey, ese placer inaudito y sólo suyo.

Pero a la vez, es como una de esas zarzamoras deliciosas, ávidas de ser encontradas por manos humanas que sepan apreciar sus atractivos. Y hay mirlos, pájaros negros atrevidos que sonríen desde las plantas, desde el follaje agreste, áspero… y de pronto revelan su propio corazón, su propio misterio.

Y cuando ese encuentro sucede, no hay más que celebrar que de vez en cuando la vida nos bese en la boca.


sábado, 7 de octubre de 2023

Mi mamá con bigote




Aprendí, cuando me tocó el turno, lo bonito que es agasajar a las personas viejas. Pude disfrutarlo mucho con mis dos tías queridas, pero muy especialmente con mi mamá.

Salíamos mucho juntas, ya desde hacía un buen rato, y sería injusto decir que mamá fuera vieja por entonces.

Muchos viernes por la noche nos solíamos encontrar a la salida de mi escuela nocturna a tomar un café en la Londres, una confitería que, como tantas, ya no está.

Disfrutamos muchos momentos y salidas, y muchas veces ella se quedaba con mi perra Lobita mientras yo iba a trabajar, aprovechando mi lugar para darse un lugar a ella misma. Se quedaba a dormir en casa, y era, como todo lo que compartimos, una fiesta.

El tiempo, -como corresponde-, fue pasando, y algún día de veras ella fue una anciana, aunque siempre supiera aparentar unos diez años menos de los que tenía, porque su sonrisa se mantuvo joven siempre. También su piel.

Le gustaba enormemente arreglarse, vestirse bonito, pintarse, ponerse alhajas.

Sin embargo, y aunque nunca necesitó depilarse, la perturbaba un poco una suave pelusa en su bigote, y también esas arruguitas inevitables que se van formando con el tiempo en esa zona.

Recuerdo con mucha ternura una vez que habíamos ido juntas a tomar un helado.

En la entrada de la heladería había un gran espejo, de esos en que uno puede mirarse de cuerpo entero. Cuando volví del mostrador trayendo dos helados en las manos la encontré estirándose la piel del bigote y cuando se supo observada por mí en ese gesto ambas nos empezamos a reír sin parar.

Por entonces yo tampoco me depilaba el bigote, y no sabía que existían, -además de la penosa cera-, otras formas menos trágicas de ejercer la depilación, una de ellas, la simple y rápida crema de depilar.

El tema de las arrugas era más complicado de solucionar. Pero cada vez que hoy recuerdo esa escena le cuento en voz baja que yo no sabía, que si lo hubiera sabido, habría hecho algo por aliviar esa parte suavemente peluda de su sufrimiento, suavemente peluda, como un panadero que se lleva a jugar el viento.

 


una mujer desnuda y en lo oscuro



Hace ya un tiempo fui a una muestra de pintura en la Facultad de Derecho. Exponía una amiga dentro de un grupo amplio de artistas, y entre las muchas buenas pinturas que había y en las cuales me detuve, ésta en particular tuvo mucha significación para mí. 
Me quedé mirando la imagen poco frecuente de una mujer entrada en años retratada en desnudez. Mientras la contemplaba, se empezó a filtrar algo de una conversación en la que una nieta ponderaba la paciencia de su abuela al posar, y al dar vuelta mi cabeza, me encontré con la nieta, que era la pintora, y su abuela que había sido la modelo, conversando con otras personas amigas.
Me pareció un acto tremendamente poético por parte de una pintora joven retratar a su abuela desnuda, con su piel, sus arrugas y su sensualidad.
Hace muy muy poco tiempo que parecería haberse empezado a modificar el imaginario de lo femenino en cuanto a la posibilidad de la sensualidad, ya que era casi un sacrilegio pensar que una anciana pudiera sentir otras cosas además de ternura.
Y aún sin llegar a la ancianidad, la mujer que empieza a encanecer parece perder gradualmente la posibilidad de un cuerpo y un alma deseantes, incluso ante la vista de otras mujeres.
La realidad del cuerpo que pierde elasticidad es tan insoslayable como la del deseo que no se somete a los designios del colágeno.
Recuerdo a mi tía, enamorándose de cada nuevo médico, a mamá, estirándose el bigote frente a un espejo mientras no se creía observada, y las muchas mujeres que tuve ocasión de tratar en las diversas internaciones que acompañé, con amores vivos en sus almas, con historias presentes en sus cuerpos.
No sé cómo llevan los hombres sus panzas grandotas, sus flaccideces, pero el cuento que nos contaron les perdona esas cosas al lado de sus amantes o esposas jóvenes, mientras que a nosotras no. 
Es muy posible que no les resulte fácil a ellos tampoco llevar esos cambios corporales, pero que Chaplin y Oona hayan sido felices, tenido hijos y comido perdices es una historia mucho más aceptada que la que puede contar la película Dos jóvenes amantes, que por ahora es nada más que una historia de película.
Brindo entonces por esa nieta y esa abuela, por los lugares en que se abre una nueva consciencia más generosa para desear la felicidad de los otros a pesar incluso de nosotros.



martes, 3 de octubre de 2023

ASOMBROS AFINADOS: Cesárea /el disfraz de mi padre- Pablo Gúngolo /Sharon Olds


Cesárea, de Pablo Gúngolo


vestido de mujer mi padre

pelea en la navidad de 1991

con mi abuelo, hijo estás borracho

travesti. mi papá se para

besa la palma de su mano y sopla

cae al piso todos ríen.

llora con las manos en la cara

y mamá se agacha junto a él

mira a todos y mira a papá

como una leona

lame sus heridas.




El disfraz de mi padre, de Sharon Olds


De alguna manera nunca me detuve a pensar

que a mi padre le gustaba vestirse de mujer.

Tenía su lenguaje de signos para decir que las mujeres

hablaban mucho o eran estúpidas,

pero en cuanto había una fiesta de disfraces

se vestía como nosotras, las pelotas de tenis

como pechos—pelotas por pechos—la peluca rubia

de paje, el lápiz de labios, se contoneaba

con movimientos llenos de gracia

como si un solo ser pudiera contener el

universo entero, los límites curvándose de regreso para

aparecer por detrás. Seis pies, y tal vez

uno ochenta, uno noventa, tenía las piernas

formadas de un Betty Grable varón—vestido con una falda

corta, se reclinaba contra una columna de la biblioteca

haciendo durar su quinto trago, mirando

a su alrededor desde la reclusión de su máscara

con esos ojos salados. La vecina

tenía cola y orejas, estaba envuelta en papel de aluminio,

era Kitty Foil, y mi madre tenía

un pequeño esmoquin, pero él siempre ganaba

el premio. En esas noches, tenía una mirada osada,

como si se estuviera librando de algo,

un aire de triunfo, de haber robado algo que

le había pertenecido. Y que yo haya sabido, como mujer

nunca vomitó, no se desmayó, no hizo

esos gestos de desprecio con las manos, solo se reclinaba,

voluptuoso, a sus anchas, profundamente

presente, como si captara todo su potencial, cruzando

al otro lado dentro de sí mismo, y de vuelta,

al otro lado y de vuelta.


(Traducción de Inés Garland)






sobre Pablo Gúngolo

http://lainfanciadelprocedimiento.blogspot.com/2021/05/pablo-gungolo.html

martes, 14 de febrero de 2023

ASOMBROS AFINADOS: a un hombre dormido

Mientras duermes, de Gioconda Belli

Te duermes a mi lado. Caes silenciosamente en ese mundo donde yo puedo ser alguna remota desconocida, una compañera de banca de parque o la amante que acabas de dejar para evadirte a esa región donde, mutuamente, nos privamos de la palabra.

Me conmueve verte dormido, hundido en las sábanas con el abandono del sueño, enigmáticamente encerrado en tu cuerpo.

También yo me dormiré y entonces quizás te despiertes y pienses esto que yo estoy pensando, tal vez me imaginarás enredada en algún árbol enmarañado de los que sabes que me encantan y me quieras alcanzar tocándome, sacándome del mutismo de estación de radio apagada, volviéndome a traer hacia tu lado, hacia el amor que nos dio el sueño.


Fotografía: Carlos Guimaraes


Siesta (enero)


Siesta de enero.

Dormías, y mi brazo

te rodeaba.


Y era abrazarte...

No a la forma de un cuerpo,

sino abrazarte.




(C. Bakún 2002, publicado en "Accidentes geográficos")


miércoles, 21 de septiembre de 2022

SOLO DE MADRE, de María Elena Walsh

"Preguntóle después el Señor a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y respondió : no lo sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? Génesis


Quizás debiera arrepentirme

de haber parido

y con las manos sobre un regazo

vacío de árbol fulminado

quedarme aquí lejana

sin preguntar paraderos

a un arpa colgada

ni reclamar certezas

a esfinges en hilera y cuesta arriba.


Dime Caín qué has hecho

 del amor que fundé con sacrificio,

de la criatura errante

errónea o como quieras llamarla

que se perdió en el mundo de los vivos

donde la puse sobre sus dos pies

lamiéndola como oveja ciega.


Una y otra y mil veces

tanteo los objetos que amaba

y aquí dejó para encontrar

cuando volviera de su extravío:

libros y banderines,

zapatos, Dios mío, que aún no regalaría,

músicas sepultadas

que no me atrevo a resucitar

en redondeles negros

con orificios de mala espina.


Penélope de remordimientos

náufraga en un mar de culpa

recomienzo el peregrinaje

a la esperanza

a la isla improbable

donde me digas que todo es pesadilla, 

que nunca ni por qué lo castigaste,

que no te debo este calvario

incertidumbre ni arrugas.


Es tu hermano, Caín, aunque no quieras,

y de tu misma raza

idólatra de violencias

que no mamó precisamente

de mis adentros

sino de seno varonil, Caín, el mismo que alimentara

tu saña de cazador

inicuamente altivo y sordo

disputando al hermano 

el sable justiciero

y la jerarquía de ángel

que ninguno merece.

Tu hermano, si de veras descarriado,

digno sería de atroz sentencia

pero no de la venganza

de un alacrán sin rostro

que se siente dios bajo un cascote.


Tú también eres hijo

y quisiera bañarlos

a los dos en amniótica inocencia

y abrigarlos juntos

con la manta fraterna y haraposa

que cubre a un par de rescatados

del infierno, 

como yo vuelvo exhausta

del páramo de la cólera

arañando un perdón que no me cabe.


Acaso duermas olvidado

mientras yo paso las de Caín.


( de Otros poemas, (1978-1994), publicados en el libro Los poemas, ed. Seix barral, 1994)

para refrescar algo de esta historia: https://es.wikipedia.org/wiki/Ca%C3%ADn




domingo, 6 de marzo de 2022

A propósito de Clarice y de Ucrania : "Soy una persona amiga de otras personas"

 el libro "Un aprendizaje o El libro de los placeres" comienza así:

NOTA

Este libro se pidió una libertad mayor que tuve miedo de dar. Está muy por encima de mí. Humildemente intenté escribirlo. Yo soy más fuerte que yo.

C.L

Después de eso, uno encuentra que el primer capítulo comienza con una coma. Sí:

", estando tan ocupada..."

y el libro, el final del libro es éste ( y no espoileo):

(...) "yo pienso lo siguiente: "

Todo lo que está contenido entre esa coma inicial y esos dos puntos con que cierra, es maravilla pura, que pide ser lentamente absorbida, por la complejidad de sus imágenes y reflexiones que tanta atención sensorial nos exigen.

¡Ah, Clarice! Este libro se pidió una libertad mayor, y le fue otorgada hasta parirlo, tal como te gustaba decir.

Libertad que está contenida entre esa coma inicial y esos dos puntos finales.

Libertad no como ejercicio caprichoso de eso que damos en llamar ego, sino como sumisión a una corriente, un flujo que dicta y en el que quien escribe es medium de algo que desconoce bastante.

Te costaba mucho escribir un libro, te era agónico hasta que el niño nacía, decías.

Entre todas las voces que nos habitan hay una que es ésa, la que hay que seguir en ese momento...casi siempre está por debajo de las más chillonas.



Releyendo a Juan Forn, hay algo en lo que no sé si concuerdo: no creo que Clarice Lispector supiera mentir tan bien, excepto en lo que es intrínseco al arte de la escritura, esa mentira creíble que en el fondo es todo cuento. Seguramente que por algo lo dice, y sin embargo siento, percibo mucho autoconocimiento en ella, y un mostrarse desde un lugar auténtico y expuesto, cosa palpable en los reportajes y entrevistas.

También hay un problema en cuanto a la edad en que muere, ya que fue un día antes de cumplir los 57, no los 52.

Chaya Pinkhasovna Lispector fue el nombre que le pusieron al nacer el 10 de diciembre de 1920, en la localidad ucraniana de Chetchelnik. De origen judío, fue la tercera hija de Pinkhas y Mania. 

Pero , por y pese al peso que tiene el tema de su maternidad al relacionarla con su necesidad de escribir, y no olvidando que durante su matrimonio cuando necesitaba aislarse realmente para hacerlo podía tomarse unos días en un hotel, recordemos que fue alguien que escribió desde muy temprano: a los veintiún años logró publicar Cerca del corazón salvaje, obra que había escrito a los diecinueve años y por la que recibió el premio Graça Aranha a la mejor novela publicada en 1943.

Voy a transcribir algunos párrafos acerca de Clarice y su  obra tomados del artículo "Ver a no saber", de Helene Cixous, una de las principales difusoras de Clarice en Europa y Estados Unidos, quien a su vez, -como dramaturga, narradora y crítica literaria-, ha tomado mucho de la prosa y el imaginario de Lispector.

"Empleaba la palabra ver. ¡ojo! Porque ese ver significaba ver aparecer y respetar, ver profundamente y sin alterar, sin tomar ni colorear con el pensamiento, ver desarticulando los ojos humanos que poseen manos, ver antes que todo pensamiento. Ver las primeras cosas por primera vez (cada vez por primera vez) era su esperanza y dificultad" (...) "Hay que inventar el punto de vista más puro: ver en ausencia propia. Ver como ve Dios".

"Ella era mujer, pero no absolutamente, ella era una mujer con. Con hombre, con-contra-sin hombre o caballo o con máquina de escribir. Pero madre lo era, absolutamente, en la gran soledad de las madres verdaderas: Madre. Madera. Bruta. Grande. Primitiva." (...) "con la fuerza de una ventana abierta sabía que ella no era "el autor" con autoridad de sus libros. Sus libros eran tempestades que pasaban por encima de su persona, la atravesaban , eran más libres que ella".

(refiriéndose justamente a la cita inicial del libro de los placeres, anteriormente referida por mí) : "Ese yo-él que se solicitó y entregó. En cuanto se pide la libertad se obtiene. Una súplica se cumple por sí sola. Ello no impide el miedo. (...) No existe libertad libre, existe el temor, la libertad con temor, el temor como síntoma de la libertad".

"Siempre soñó con saltar de lo conocido a lo desconocido. Luego de lo desconocido a lo conocido. Eso fue sin duda lo que hizo".

Y a continuación , fragmentos de "Los libros son mis cachorros", Entrevistas a Clarice Lispector, por Eric Nepomuceno

(Acerca de cuáles son las condiciones ideales para escribir: responde Clarice)

-Si con eso de condiciones ideales a lo que usted se refiere es a la paz de espíritu, a la tranquilidad material, al sosiego, quiero decirle que para mí todo eso es una gran mentira. No hay condiciones ideales para escribir. En mi caso particular, empiezo un relato cualquiera y termino totalmente ganada por él. Ahí comienza el proceso, que para mí es penosísimo. Hay un detalle: ese proceso se desarrolla allí, en aquél sofá, donde yo me siento con la máquina de escribir sobre la falda. Cuando mis hijos eran pequeños, escribía mientras los cuidaba, o sea con ellos potreando a mi alrededor. Siempre quise evitar que ellos tuvieran de mí la imagen de una madre escritora. Escribía entonces cerca de ellos, tratando de no aislarme. Se puede imaginar lo que eso significaba: interrupciones a cada instante, uno que venía a pedirme que le cuente un cuento, otro que venía con preguntas locas, típicas de los niños. Así trabajo yo. las condiciones ideales están dentro de cada uno".

-¿ Esa actitud que usted asumió en relación con sus hijos, o sea la de rechazar la imagen de "madre escritora" se extendió al mundo en general? Quiero decir: usted se niega, y lo ha hecho siempre en términos más o menos enérgicos, a asumir la posición de mujer escritora. ¿Por qué? 

-Siempre rechacé los llamados "medios intelectuales". Tengo amigos escritores, pero en primer lugar son amigos, y después, escritores. Nunca me acerqué a nadie por el hecho de que, como yo, escribiera. Me repugna el mundo superficial de los literatos, no me mezclo con ellos. Soy  una persona amiga de otras personas. Y hay otra cosa que quiero decirle: escribir para mí es algo natural, aunque extremadamente angustiante, penoso. Soy una mujer que escribe, porque para mí escribir es como respirar, lo hago para sobrevivir. Tal vez por eso no me guste hablar de mis libros. Lo que tenía que decir está en ellos, y fue tan difícil escribirlos".

(a la pregunta de cómo clasificaría sus libros)

- Escúcheme: yo solamente me considero escritora en el momento exacto en que estoy escribiendo. Fuera de eso, no me sentí nunca obligada a pertenecer a una escuela o a estar al día con determinadas obras.

- ¿Usted lee poco?

- Depende, actualmente estoy cansada de la literatura, cansada de los libros.

-¿La literatura es importante?

- Sí, pero no la literatura de los literatos, sino la de los apasionados. Yo me considero una aficionada. Los literatos son de frac y galera. Los otros, los que no son intelectuales, son los que tienen la magia.

(...) "La única estructura que admito es la ósea".


Clarice Lispector por Juan Forn: "Había una vez un pájaro"



Tom Jobim fue a visitar al maestro Villalobos. El maestro estaba en su estudio, escribiendo sobre la tapa del piano, mientras en el resto de la casa había un griterío imposible. Jobim le preguntó cómo podía trabajar así. Villalobos contestó: “El oído de afuera no tiene nada que ver con el oído de adentro”. Clarice Lispector tenía el oído de adentro tan permanentemente prendido, que parecía estar siempre en otra. Es tristemente célebre que un día de 1967 se durmió con un cigarrillo prendido y se prendió fuego y se salvó de milagro. Igual de famoso es su terrible mito de origen. “Mi madre estaba enferma, y por una superstición muy difundida se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad.” La enfermedad era sífilis y se la habían contagiado los soldados rusos que la violaron, en Ucrania, durante los desmanes posteriores a la guerra civil bolchevique. Lispector fue concebida deliberadamente para eso: para curar a su madre. Ya estaban huyendo a América. “Pararon en una aldea llamada Tchechelnik para que yo naciera y siguieron viaje.” El plan era llegar a Brasil. Llegaron a Recife y muy pronto se hizo evidente que la madre no se había curado. Moriría cuando Clarice tenía nueve años. “Siento hasta el día de hoy esa culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano. Pero yo no me perdono.”

Difícil toparse en la vida o en los libros con una persona tan enamorada a la vez de la vida y de la muerte como Clarice Lispector –salvo quizás Isaac Bashevis Singer, pero la gracia incandescente de Lispector es que sea mujer, además de judía ucraniana brasileña–. Si me conceden una breve incursión por la autopista de las generalizaciones, nadie entiende mejor el precio de la vida, en todos sus sentidos, que un judío. Y nadie entiende mejor la paga de la vida que un brasileño. Si esas dos naturalezas convergen en alguien, y no se neutralizan, se potencian de manera inconcebible. Uno de sus traductores, Gregory Rabassa, dijo una vez: “Si Kafka fuera mujer y brasileña, si Marlene Dietrich escribiera...” Yo lo diría así: no hay nada más glorioso que una mujer loca de amor por la vida, y nada más pavoroso que una loca de amor por la muerte. Lispector era las dos. Reaccionaba con todo su cuerpo a cada primavera (“Siento un perfume de polen en el aire. Tal vez sea mi propio polen”), era capaz de salir a la calle un día de sol después de una gripe y no poder contenerse de decir, a quien quisiera escucharla: “Qué lindo es estar con los demás”. Y a la vez escribir: “Después de morir no se va al paraíso: el paraíso es morir. Lo que llamo muerte me atrae tanto que sólo puede calificarse de valeroso el modo en que, por solidaridad con los otros, me aferro a lo que llamo vida y, a pesar de la intensa curiosidad, espero”.

Me faltó contar que el padre de Clarice también murió cuando ella y sus hermanas eran adolescentes. Ya vivían en Río para entonces. Clarice se las rebuscó para estudiar derecho, mientras trabajaba de secretaria y después de periodista, a los 22 se casó con un diplomático y estuvo veinte años cumpliendo ese triste papel en destinos varios europeos, hasta que se divorció y volvió a Brasil con sus dos hijos (uno esquizofrénico) y se instaló en el departamento entre Leme y Copacabana en el que viviría hasta su muerte en 1977. Había empezado a publicar sus libros rarísimos cuando era esposa de diplomático. Los siguió publicando cuando volvió a Brasil. Además, aceptaba el trabajo que fuese para parar la olla. Tradujo (con legendaria desidia) novelas de Agatha Christie y Simenon y Anne Rice. Escribió, con seudónimo, un consultorio sentimental en el que sólo recomendaba el uso de productos Ponds (era la marca que financiaba la columna). En la pared de aquel living en Leme tenía un retrato que le hizo De Chirico en Roma, en 1941 (no era a De Chirico a quien debió haber conocido, sino al hermano loco del pintor, que es el secreto mejor guardado de la literatura italiana, pero siempre pasan esas cosas: Duchamp pasó al lado de Gombrowicz en el Tortoni y ninguno de los dos lo registró, ninguno sabía quién era el otro). Creía en la magia, en cualquier magia. Nadie describió mejor que ella la relación con los ansiolíticos (“Cuando tomo una pastilla no oigo mis gritos. Sé que estoy gritando pero no me oigo”). Torturaba a los amigos por teléfono en medio de la noche. Mentía como nadie, y decía la verdad como ninguno.

Eso se hizo evidente en 1967 cuando aceptó hacer una columna semanal, cada sábado, en el Jornal do Brasil. Sus amigos, su editor, todos le dijeron lo que tenía que hacer: “Sea usted misma”. Ella, que se había pasado la vida preguntándose “si yo fuera yo, qué haría”, pidió a sus lectores: “Avísenme si empiezo a convertirme en demasiado yo misma”. Les dijo también: “Hoy sólo quería escribir, y serían dos o tres líneas, sobre cuando un dolor físico pasa. De cómo el cuerpo agradecido, todavía jadeando, ve hasta qué punto el alma es también el cuerpo”. Y también: “Me siento tan cerca de quien me lee”. La leían los taxistas y los filósofos, los juerguistas que miraban hacia su ventana a ver si había luz, cuando pasaban por su calle, y las vecinas que le dejaban de regalo ollas de moqueca de pulpo recién hecha. Escribió durante seis años esa columna, cada sábado. Dijo en una de ellas: “Quiero que los otros comprendan lo que jamás entenderé”. Les enseñó a los brasileños que se podía pensar sin ser racional (“Estoy habituada a no considerar peligroso pensar. Pienso y no me impresiono. Pero no soy intelectual, ni racional. Eso es usar sobre todo la inteligencia, y yo no hago eso: lo que uso es la intuición, el instinto. Voy a ver una película y no entiendo, pero siento. ¿Voy a verla de vuelta? No, no quiero arriesgarme a entender y no sentir”).

Estaba tan impresionada por los ojos tristes del joven Chico Buarque que quiso ayudarlo. El le dijo: “Rece por mí. No importa cómo. Porque tengo la secreta certidumbre de que usted está más cerca de Dios que yo, a pesar de lo maliciosa que es con El”. Ella le contestó desde una de sus columnas: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando. Así que yo estoy rezando por ti, Chico”. Sus hijos se quejaban de que nunca les contase un cuento que empezara Había Una Vez; la acusaban de no ser capaz. Ella dijo que sí era capaz. Y esto es lo que le salió: “Había una vez un pájaro. Dios mío”. Hay quien lamenta el triste destino de esos dos hijos. Yo creo que no ha de haber estado nada mal vivir al lado de una madre capaz de decir: “A medida que los hijos crecen, la madre debe disminuir de tamaño, pero la triste tendencia es seguir siendo enorme”. Una madre que confesaba: “Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda de mercurio plateado contenida en él, ese núcleo indomesticable”. El corazón del mundo le latía en el pecho. Se murió un día antes de cumplir 52 años. Había una vez un pájaro. Dios mío.

(de las Contratapas de Página 12)


sábado, 26 de febrero de 2022

SOBRE EL SEXO DE LOS ÁNGELES


y es que no me había dado cuenta antes

pero el otro día te miré

y los pechos de bronce

parecían de leche

llenos

Levantabas la mano

como quien saluda

sin  distingos

Y tenías también

la mirada perdida

en horizontes

que no llegan 

que fatigan

Pero la mano en alto

saludando sobre todo

a la paloma libertad

esa que siempre termina 

posada sobre tu cabeza

y tus brazos

Es que no me había dado cuenta

ángel del parque

de que eras mujer

 


martes, 22 de febrero de 2022

METAMORFOSIS, DE GIOCONDA BELLI

La enredadera 

se me está saliendo 

por las orejas.


Mis ojos se han convertido

en pistilos

movibles

y mi boca está repleta 

de flores moradas.


Mientras camino

sigo llenando de hojas

la casa.


Mis ramas estorban en el cuarto,

sigo enredándome en todo;

ya mi nariz

también se ha puesto verde

y mis olores han cambiado,

tropiezo con los muebles

y mis piernas están rompiendo

los ladrillos,

buscando la tierra,

enredándome.

Mi pelo ya no me deja moverme,

está abrazado a las paredes,

los brazos se han hundido

sólo me quedan los dedos

mientras mi cuerpo 

se ha vuelto tronco.


Con mis dedos 

me toco toda

re-conociéndome

entre las hojas

y las ramitas

y las flores que llenan mi boca

y han teñido mis dientes.


Me repasan mis dedos 

y su contacto es abono

para mis ramas que crecen

y ya por fin,

después de mucho resistir,

se han rendido las manos

y están saliendo puyitas

de las uñas.


Mi boca llena de flores moraditas

ha cuajado mi cuerpo

y estoy enredadera,

metamorfoseada,

espinosa,

sola, hecha naturaleza.




martes, 25 de enero de 2022

LA FLOR DE UNA PENA , Ensayo poético, (inédito, 1996)

 LA FLOR DE UNA PENA

(o SOLEDAD, MALENA Y UNA APROXIMACIÓN DESDE EL MISTERIO)


Soledad y Malena. Dos mujeres, dos encarnaciones de un mismo estado del espíritu: la pena.

Soledad lleva impreso en su nombre el sino que la hace bajar por el monte a la hora en que nadie, excepto el poeta, - como piadoso interlocutor-, podrá acompañarla.

Malena canta. Canta el tango para un auditorio tan ajeno a su mítico mundo interno, que sólo otro poeta podrá rescatarla de él, intentar traducirla, presentarla al mundo.

Federico García Lorca y Homero Manzi: dos poetas a la luz de cuyas miradas ambas mujeres comenzarán a emparentarse, a revelarnos proximidades que rebasan los límites de la propia cultura, de la que , - sin dejarnos de hablar-, emergen, para trascenderla en una universalidad asombrosa.




Soledad Montoya por Alejandro Alonso



Malena

Manzi pone la oscuridad en los ojos de Malena; una oscuridad que sólo es comparable con la del olvido (“Tus ojos son oscuros como el olvido”). A Soledad Montoya en cambio, la oscuridad la va transfigurando, tomándola poco a poco, pero íntegramente: “¡ Qué pena! Me estoy poniendo /de azabache carne y ropa”. Pero es la pena la que atrae la oscuridad, la que tiñe la mirada de la una y el cuerpo entero de la otra. Esa oscuridad mítica, sobrenatural, viene a su vez de geografías íntimas y lejanas de las que se nutre: la infancia de callejón, las tierras de aceituna y ese mar apenas nombrado ( “Tal vez allá en la infancia, su voz de alondra / tomó ese tono oscuro de callejón”… “No me recuerdes el mar, / que la pena negra brota / en las tierras de aceituna/ bajo el rumor de las hojas” ). Tierras que se encuentran en el misterio: ¡dónde queda el callejón? ¿Qué representa? ¿ y dónde aquellas tierras atormentadas por el mar, ese mar que es responsable de la pena?

Los labios de Malena son “apretados como el rencor”. Soledad llora “zumo de limón, agrio de espera y de boca”. ¡Qué acritud habita esas bocas únicas? ¿Qué mar común las otca con esa sal misteriosa que pone amargas las canciones, esa “Sal del recuerdo” que llega de un mar que, sin embargo,  pide no ser recordado?  (“No me recuerdes el mar, /que la pena negra brota”… “tu canción / se hace amarga en la sal del recuerdo”).

La pena crea un velo, un muro imaginario que separa a ambas mujeres de la realidad, porque la realidad de la pena se sitúa hacia adentro, hacia la propia interioridad de cada una: universos cerrados del recuerdo, secretos del corazón a los que no se puede llegar. A los que ni siquiera los poetas, - sus propios intérpretes-, pueden llegar. Manzi se atreve a arriesgar una hipótesis: “Tal vez allá en la infancia su voz de alondra /tomó ese tono oscuro de callejón… / O acaso aquel romance, que sólo nombra / cuando se pone triste con el alcohol”. Pero los datos son escasos y mucho lo que queda en las sombras.

La pena de adentro sólo se comunica a través de la canción: los pechos de Soledad “gimen canciones redondas”; los tangos de Malena son “criaturas abandonadas / que cruzan sobre el barro del callejón/ cuando todas las puertas están cerradas / y ladran los fantasmas de la canción”:  todo esto dice Homero Manzi en una fantástica, increíblemente lograda visión expresionista.



Y es justamente en medio de este terrible desamparo en donde hace su aparición el duende. “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”, dice Federico…Pero ¿ qué es el duende?... “Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas.” Sin embargo “la verdadera lucha es con el duende”. Federico agrega: “Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos”… “La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”… “Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza, y en la poesía hablada, ya que éstas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”.

Y es que el duende lorquiano, tal vez primo hermano de aquel espíritu dionisíaco del que tanto hablaron los griegos, ese duende que es emoción pura y al cual “hay que despertar en las últimas habitaciones de la sangre”, no irrumpe “si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad que ha de mecer aquellas ramas que todos llevamos adentro y que no tienen, que no tendrán consuelo”.

Cuenta el poeta, a propósito de esto, una anécdota de la Niña de los Peines, la famosa cantaora que después de una actuación cuidada pero fría, ante la decepción de su público “se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento,  sin matices, con la garganta abrasada, pero …con duende”. Federico agrega : “La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas sino tuétano de formas, música pura, con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara a luchar a brazo partido. ¡ Y cómo cantó!”.


Algo así habrá transmitido Elena Tortolero de Salinas, - conocida como Malena de Toledo-, esa noche en que Manzi, de paso por el Brasil, la escucha cantar en un peringundín de San Pablo. Y aunque José Gobello defina aquel impacto como el encuentro con “una voz extraña que desafina tangos”, es esta Malena, - con sus manos como “palomas que sienten frío”-, la que en ese punto crucial del desamparo, del frío de su soledad, libera al duende que habita en las últimas habitaciones de la “sangre de bandoneón” que le corre por las venas. Ella quiebra su voz como la Niña de los Peines ( “Malena canta el tango con voz quebrada”, dice Homero), y deja salir a los niños-tangos, abandonados como ella misma, echándolos a andar por el barro del  callejón. Y mientras allá lejos ladran los fantasmas de la canción, Malena logra el milagro, produce el hechizo, y canta…Canta el tango como ninguna.

La pena negra de Soledad, en cambio, es el duende que no puede liberarse, que la hace correr por la casa como una loca. Soledad no canta como Malena. Sin embargo, esas canciones redondas que gimen sus pechos sean las que acaso le permitan escaparse rodando monte abajo…

Soledad Montoya, dibujo de Federico García Lorca

Se me  hace que el duende y la pena participan de una raíz común, de un mismo tronco. Lorca ha hablado, más allá de su poesía, extensamente sobre ambos, en conferencias y artículos. Y es refiriéndose a su Romancero gitano cuando nos dice que se trata de  “un libro (…)  donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena, que se filtra en el tuétano de  los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia, ni con ninguna aflicción o dolencia del ánimo”… “la pena andaluza es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y que no puede comprender”… ¿Pena andaluza? ¿pena porteña? ¿Pena universal?... Y es que la pena, -continúa Federico-, es “un sentimiento más celeste que terrestre”. Y agrega: “la pena de Soledad Montoya es la raíz del pueblo andaluz. No es angustia, porque con pena se puede sonreír”… Y también cantar: “ Yo no sé / si tu voz es la flor de una pena “ dice Homero Manzi… Y sin embargo, -paradójicamente-, es la Soledad Montoya de Federico quien aparece en el poema como cegada por la rabia, como si ya no pudiera sonreír.

Pero para ambos poetas la pena dignifica, como un estigma de nobleza, de pureza. Federico dice, en una suerte de suave coda musical, con una especie de admiración triste: “¡Oh, pena de los gitanos/ Pena limpia y siempre sola!” y Homero concluye, con un sentimiento tal vez idéntico: “Sólo sé / que al rumor de tus tangos, Malena, /te siento más buena, / más buena que yo.”

Hasta aquí los poemas. Pero es al examinar las vidas de ambos poetas cuando aparecen nuevas proximidades. Cercanos en el tiempo real que les tocó vivir, también compartieron un mismo espíritu nimbado por el misterio y el lirismo, y por una mutua admiración hacia la tierra y la cultura del otro. Lorca amó la ciudad  en la que “el tango abre en el crepúsculo sus mejores abanicos de lágrimas”, una Buenos Aires a la que le brindó su teatro y su presencia. Manzi, a quien “todo lo que fuera español lo fascinaba”, y que además “quería a Lorca hasta la veneración”, encarna, según la opinión de Horacio Ferrer, todo lo que el porteño tiene de español. Tal vez por esto no nos extrañe cuando Homero afirma que “el tango tiene la extensión de las pasiones”, como “música sacada de adentro, que ríe, sufre, ama, odia o ridiculiza”.


Malena seguirá siendo rioplatense y Soledad andaluza. Cada una nos deja, en música y letra, un aroma y un gusto diferentes.

Sin embargo las dos son mujeres. Recuerdo aquella reflexión atribuida a Sócrates, en la que considera al niño y a la mujer protagonistas esenciales de la inquietud filosófica, del asombro, de la pregunta por la vida. Aparecen ante mí los personajes de García Lorca, y aunque Federico, -como pocos, como casi nadie-, supo apelar en su obra al hombre, a la mujer, al niño, a casi todas las posibilidades de la vida con infinita magia, con cuidadoso y tiernísimo respeto, es justamente a través de la alusión casi constante a lo infantil (niños como interlocutores, como símbolos, como compañeros de juego) y de esos personajes femeninos, - mujeres únicas como Yerma, Mariana Pineda, cada una de las habitantes de la casa de Bernarda Alba, Doña Rosita, o su Zapatera prodigiosa-, donde él ha dejado planteadas cuestiones también únicas y preciosas. Y si Homero por unos minutos, por unos versos inolvidables se le acerca en esto, me pregunto si no será quizás que resulta más fácil para el mundo reconocer ciertos sentimientos o estados del alma si se los viste, - o si se los desnuda-, como mujeres.


Pero la pena se hace flor mientras Malena sigue cantando, y Soledad vuelve a su monte una y otra vez en busca de respuestas, o de algo que no sabemos, que no podremos saber… Y es que al fin de cuentas, - y más allá de las preguntas que seguirán resonando junto con el ladrido de aquellos fantasmas-, “sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio”.


Bibliografía:

- José Gobello, Jorge A. Bosio, “Tangos, letras y letristas”, Editorial Plus Ultra, 1975.

- - Horacio Ferrer, “El libro del Tango”, Antonio Tersol editor, Badalona (Barcelona), España, 1980.

- Federico García Lorca, “Teoría y juego del duende” (Conferencias), Obras completas, Editorial Aguilar, Madrid, España, 1980.

- Federico García Lorca, “Romancero gitano” (Lecturas), Ibidem.



Claudia Bakún, 1996.


Nota: hoy, recorriendo la web, me doy cuenta de la inmensa distancia recorrida en cuanto a documentación histórica, tanto acerca de Malena y Soledad, como respecto de la génesis de ambos textos. Sin embargo, dejo aquí mi humilde interpretación, en voz de quien fui por entonces, y con el regocijo que me procura citar la Teoría y juego del duende, de Federico, conferencia no tan común, joya inmensa que sin embargo hoy es posible hallar también en forma completa en el  siguiente enlace

https://www.youtube.com/watch?v=XeDrU3oudq8

sábado, 12 de junio de 2021

Si eres una mujer fuerte, de Gioconda Belli


Si eres una mujer fuerte

prepárate para la batalla:

aprende a estar sola,

a dormir en la más absoluta oscuridad sin miedo,

a que nadie te tire sogas cuando ruja la tormenta,

a nadar contra corriente.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto.

Lee, hazte el amor a ti misma, construye tu castillo,

rodéalo de fosos profundos,

pero hazle anchas puertas y ventanas.

Es menester que cultives enormes amistades,

que quienes te rodean y quieran sepan lo que eres,

que te hagas un círculo de hogueras y enciendas en el centro de tu habitación

una estufa siempre ardiente donde se mantenga el hervor de tus sueños.

Si eres una mujer fuerte

protégete con palabras y árboles

e invoca la memoria de mujeres antiguas.

Haz de saber que eres un campo magnético

hacia el que viajarán aullando los clavos herrumbrados

y el óxido mortal de todos los naufragios.

Ampara, pero ampárate primero.

Guarda las distancias.

Constrúyete. Cuídate.

Atesora tu poder.

Defiéndelo.

Hazlo por ti.

Te lo pido en nombre de todas nosotras


viernes, 14 de mayo de 2021

Idea Vilariño: cuatro poemas de amor

(Recomiéndase leer el libro entero)


O FUERON NUEVE

Tal vez tuvimos sólo siete noches

no sé

no las conté

cómo hubiera podido.

Tal vez no más que seis

o fueron nueve.

No sé

pero valieron

como el más largo amor.

Tal vez

de cuatro o cinco noches como ésas

pero precisamente como ésas

tal vez

pueda vivirse

como de un largo amor

toda una vida.



ESCRIBO PIENSO LEO

Escribo

pienso

leo

traduzco veinte páginas 

oigo el informativo 

escribo 

escribo 

leo. 

Dónde estás 

dónde estás 


SABÉS

Sabés

dijiste

nunca

fui tan feliz como esta noche.

Nunca. Y me lo dijiste

en el mismo momento

en que yo decidía no decirte

sabés

seguramente me engaño

pero creo

pero ésta me parece

la noche más hermosa de mi vida. 


SEIS

Entonces

todo se vino

y cuando vino

y

me quedé inmóvil

tú

tú te quedaste inmóvil

lo dejaste saltar

quejándote seis veces.

Seis.

Y no sabés qué hermoso.


(De "Poemas de amor")

Amor celebratorio: dos poemas de María Elena Walsh

Escúchese con esta música de fondo:

https://www.youtube.com/watch?v=z4DipAG-GKo&list=OLAK5uy_k2ojlf7Aj0oXGDN_RtSQbCu85xQlCPq2g&index=7


RECHAZANDO UNA INVITACIÓN A IR AL CINE O PARTICIPAR EN CUALQUIER OTRA ACTIVIDAD MUNDANA


Tengo tan poco tiempo y tanto amor

tanta necesidad amontonada

tan pocos ojos para tanta flor

tanto preparativo para nada.


Días inútiles me han puesto avara

del privilegio de tu compañia

y cuando algún motivo nos separa

es como darle cuerda a la agonía


¿ Para qué vamos a desperdiciar 

entre la oscuridad, entre la gente,

tantas intimidades sin usar

como tenemos, tanta luz urgente?


La vida rigorea y multiplica

recíproca abundancia en tiempo escaso.

No te imaginas lo que significa

estar enamorada con atraso.


Somos gremio de zombis que no sabe

estar sino en rebaño distraido

Si uno en su duración apenas cabe,

por qué precipitarse en el olvido.


Todo enajenamiento es agresión,

y en defensa legítima te mando

a diferir esa disipación

para mañana, para no sé cuándo.



BORRADOR DE TESTAMENTO

Me ocurres por amor, en Buenos Aires

precisamente y a la edad oscura

en que uno desconfía porque ha visto

garabatear pizarras a la muerte,

y acumula nociones de naufragio,

coraje en naftalina, días rotos,

dolor en pañuelitos y quién sabe.


Tómala, recupera entre tus párpados

tanta dura invención como mis ojos

quemaron, tanta oscuridad inútil,

y disuélvela con la luz que tienes

para que pueda yo por fin cubrirme

de tu salud, no conocer reparo

más que tu permanencia defendiéndome.


Ambulo entre manías y escaleras

y de pronto me ocupas, desbaratas

peligros, soledad, desasosiego,

promueves hábito de la alegría

y desanudas inocentemente

hilos de tal desorden compartido

que yo me empiezo y canto porque estás.


Pero si me acabara de improviso

te dejo inolvidable testimonio,

es decir, en el aire y en papeles,

nuestra privada suavidad, la ilesa

manera de integrarnos, eso es todo,

porque de veras ya no tengo nada

más que la intimidad que nos ocurre.


tomados del libro "Hecho a mano", (1965) Sección Correspondencia