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Lugar de poesía y arte
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Me comprometí internamente con la propuesta de Lucrecia Martel, de escribir para hacer suceder las cosas que deseamos. Ella la nombró de forma diferente, pero se trata de la misma causa. Y ayer, mientras caminaba por las veredas de un barrio no demasiado concurrido, pude darme el raro lujo de caminar sobre hojas secas. Las miré, ahí, amontonadas en ese colchón único, y pensé en la diferencia entre ver una hoja seca como mero residuo o como parte del paisaje, del espectáculo de la naturaleza. Creo que en esa metáfora cabe mucho de lo que nos pasa.
Se nos ha acostumbrado a mirar la vida y todo lo que ocurre sólo desde el lado billetera, y ni qué decir del lado billetera de la felicidad. La ilusión vendida es inmensa, y cuando cae, como caen las hojas caducas, la quiebra es profunda. Pero lo que entra en default es el alma, por falta de cultivo apropiado.
No propongo vivir a pan y agua, ni menos aún consentir a los gobiernos que nos hambrean, pero nunca un gobierno fue bueno o malo sólo por lo que hizo o no con su economía. Si no, miremos a Adolfito. Aunque pretendan convencernos de lo contrario, en una política económica entran otros muchos valores que determinan el rumbo de la embarcación. Y si el rumbo es bello, es mucho más probable que detrás de las imágenes del naufragio haya algo de qué agarrarse.
Lo que quiero decir es que la usura, ésa, la gran usura de los super ultra poderosos y billonarios también se sostiene en la admiración secreta de quienes aprendieron un solo modo de entender una vida valiosa. Y, para mí, ésa es una de las primeras lecciones que se nos debería enseñar: descubrir qué es y qué no es basura en una vida cualquiera. De eso depende lo que juntemos y lo que tiremos, es decir, que en nuestra peculiar economía del alma habrá cosas que celebrar o lamentar según el valor que les demos. Así, ampliando exponencialmente la imagen, tenemos al planeta, que es mirado por esos billonarios como un mero instrumento, sin belleza, sin posibilidad de ser disfrutado de algún modo, y lo único que son capaces de hacer es destruirlo para convertirlo en mercancía. No importa si glaciares, árboles, flora y fauna nativas, no importa si montañas, ríos y mares, ni tampoco importa si personas, ancianos, jóvenes o niños. La mercancía es en realidad la gran metáfora de la imposibilidad de gozar y vivir la vida, una imposibilidad que requiere mucho alimento chatarra, es decir mucha práctica de la destrucción, para convertirla a su vez en mucho dinero, y mucha ostentación absurda, en un despliegue megalómano e inútil del ego humano.
Nietzche decía "valorar es crear". Encontrar el valor de una hoja seca a tiempo. Y cuando digo valor, digo instantes de contemplación o de jugar con sus extraños sonidos crujientes. Y cuando digo, "a tiempo", digo vivir sin haber malogrado amores tras una fama y una fortuna malgastadas, para finalmente morir pronunciando la única palabra que designaba lo importante: Rosebud. Nuevamente el pequeño mundo del ciudadano Kane atado a ese instante feliz de su infancia, carente de lujos mundanos.
Una hoja seca, una pequeña metáfora sobre tan solo algunas cosas sobre las que sí tenemos potestad para elegir. Como también la posibilidad de elegir qué libertad es la que vamos a hacer crecer dentro de nuestra alma, y en nuestra vida personal y compartida.
Escribir
como una venganza perfecta
Como un estilete
clavándose en la carne inmóvil y trémula
-por utilizar palabras explícitamente dramáticas
y un tanto criminales-
del victimario
que nos dejó tendidos en el suelo
destrozados
atónitos
heridos
por el uso esdrújulo
de una palabra no poética
-no metáfora
no ánfora-
Sólo lápida
*
Escribir
peyorativamente
atrozmente
dementemente
para sacarnos de la carne la astilla
la bala
Aunque sangre
aunque no sirva para cicatrizar nada
en apariencia
más que para revivir el dolor
Y que la masa sangrienta se ponga a respirar
como un frankestein
y diga
“YO”
Y nos sobreviva
en el mejor de los casos
*
Escribir sin que la carne se entere
sólo para darle motivos
al vil y horrible victimario
de considerarnos gente realmente peligrosa
enferma
retorcida
resentida
Re- escribir para quedarnos
salvajemente solos
sin que nadie nos mire el placer
de comer una mora
y teñirnos los labios
de dulzura
no humana
Escribir para sacarle los dientes
al victimario ese
y morderle desde las letras
sólo el alma.
Yo creía y creía y temblaba y temblaba
Pero tenía un lado que se caía siempre
Y caía y caía el lado oscuro
Cuando nadie esperaba más que el amor viniendo de mi mano
Yo me desmoronaba
Imprevistamente
Entre la fe y el estupor de mis amigos
Yo me derribaba por donde nadie hubiera sospechado.
Ya no es así.
Mas
Si yo no hubiera tenido ese lado que caía
no hubiese podido comprender lo que nombran los abismos,
ese lenguaje por fuera de lo habitual.
Y donde otros ven una frontera
yo pude ver la hendija de Rumi,
esa fisura de lo herido
por donde entra la luz.
C.B.
- Doctor: dice like y no entiendo el inglés
Me perdí, no sé si estoy en Instagram o en facebook
No encuentro el último me gusta que buscaba
Hay tres invitaciones en mi e mail , y dos son a contar cómo fue mi experiencia en farmacity
La tercera es de un banco en que no robé nada y creo que necesitan saber cómo me sentí
Escuché que el presidente de un país en que nací alentaba a un señor que se llama Manuel
Me confundí, doctor, creí que era Serrat y me puse a aplaudir
Ya no puedo distinguir esos raros peinados nuevos
Mi vista no es buena vista social
No encuentra club
Me he desarraigado ahora que cada vez que digo "meta", nadie entiende
que nombro un modo de ser de tierra adentro
un lugar ignoto y cálido aún,
que se extiende meta mate y bizcocho
Pero hoy Meta es el nombre de una mina artificial
que se emborracha para sentirse inteligente
se chupa toda el agua
y se empilcha
para una selfie de la NASA
Y el doctor dijo: Desmonte
No coma
Y punto
C.B.
(imagen tomada dela web)
Ahí estábamos, sentadas mi amiga y yo en un banco dentro del Ecoparque, ex Jardín Zoológico de la ciudad en que habito, -es decir, Buenos Aires-, cuando aparecieron unos patos sueltos que se pusieron a merodear alrededor de nuestro banco. No eran los únicos, ya que, cerquita, en otro banco en donde una familia también descansaba y compartía mate y galletas, se habían acercado otros dos, con interés manifiesto por ligar alguna migaja apetitosa.
Habíamos sacado un paquete de galletas dulces, que al parecer les resultaban muy tentadoras, lo mismo que las de los vecinos.
Llevaban un ratito merodeando, cuando empezamos a alejar las carteras y a achicarnos en el asiento, como temiéndolos. Mientras tanto, en el banco vecino, la nena había entrado en tamaño susto. Se había escondido tras un árbol con una piedra en la manito, y cada vez que alguno se acercaba un poco, su familia intentaba inútilmente calmarla.
Alguna vez me persiguió un ganso y me picoteó. Los gansos tienen fama de medio chiflados y agresivos, una fama diría yo que bien ganada; pero estos no eran gansos, sino patos oscuros, con unas crestas que darían que hablar por lo extrañas y coloridas.
De pronto me pregunté a cuenta de qué tanto susto, y empecé a aflojar mi posición corporal. Mi amiga, por su parte, decidió algo parecido, porque comenzó a tirarles algo de comida, pedacitos de galletas que ellos recibieron de mil amores; y si bien había que reconocer que su insistencia resultaba un poco molesta, no merecían en absoluto nuestro temor ni ninguna clase de agresividad por nuestra parte.
Me pregunté qué tal nosotros, bichos urbanos, temerosos a punto de atacar a cualquiera por las dudas. Pensé en nuestra vida urbana, que hace rato no huele aires demasiado buenos. Todo parece molestarnos, resultarnos amenazante, hostil; en cada prójimo vemos primero la imagen de un ganso loco, y sin tiempo para pensar nada, agarramos una piedra y la arrojamos por las dudas. Una piedra de palabras o de gestos, lo mismo da, pero una piedra al fin, de sospechas, de temores no avalados por la realidad, una realidad que no nos tomamos con demasiado interés, al menos con el necesario para observarla atentamente.
La lentitud no está de moda. Todo debe ser rápido, y alguien dijo que no hay mejor defensa que un buen ataque.
Entonces, en nuestra animalidad paradojal, en vez de honrar la posibilidad de la pregunta y la espera de la respuesta, elegimos la impaciente ansiedad de una racionalidad que hace rato dejó de ser la que honraran los intelectuales del siglo de las luces, para tornarse la loca de la casa, un mono con navaja suelto en nuestro interior, que corre a degüello.
Los patos comieron, y volvieron a su remoto lugar. Nosotras hicimos lo mismo que ellos.
En estos momentos, no es el planeta quien se debate por su continuidad, sino nosotros. El planeta sabrá qué hacer con el caos, ya otras veces lo ha hecho. Nosotros, desplazados de nuestra arrogancia a los sopapos, deberemos tratar de entender qué hacemos con nuestra extraña animalidad. Resulta muy pero muy fácil descreer de la especie, digo de la especie humana, declararnos mala gente. Pero esa hipótesis a mí no me convence, y creo que colabora con nuestro auto exterminio, porque si poco o nada valemos, para qué defender nuestra existencia.
Pobrecitos! nos hacemos un lío terrible con esa libertad otorgada por los dioses, pero sin embargo cantamos, acariciamos, cuidamos de otros seres y de otras especies, hemos desarrollado el arte de curar entre otras artes nobles. Creo que ese centauro que apunta la flecha hacia el cosmos, con su corporalidad mixta guiada por el espíritu hacia las alturas, ese animal poético, existe en nosotros.
Muchos han intentado y siguen intentando honrarlo. Tratemos de encontrar entre todos un destino mejor para esa flecha de la que somos responsables. Y por qué no, tratémoslo bien. A lo mejor sólo espera algunas miguitas dulces de nuestra parte.
...me había despertado por demás dolorida, además de dolerme todo y la realidad, -digo, todo de mí y la realidad fuera de mí-, cuando vi los primeros posteos del despertar en mi facebook, algunos muy interesantes: distintos enfoques del 8M y un par de cosas a las que adhiero en cuanto a nuestro fanatismo sobre el fútbol y la pelota manchada frente a la que no se manchaba y esas cosas... Y cuando quise ponerme a escribir sobre todo eso, me encontré con una gran fatiga, una fiaca inmensa, tremenda, de continuar indagando en lo problemático del mundo actual. Y no porque renuncie a hacerlo, sino más bien porque me duele, -como a tantos de nosotros- , la realidad nuestra de cada día, que si parafraseara a Pema Chödrön, diría que se halla en el instante justo en que, se mire por donde se mire, es un espanto. Ella caracteriza ese momento en la vida del ser humano como la posibilidad por excelencia de un despertar; el instante en que el espejo se niega a mostrarnos una mejor imagen de nosotros mismos, y en que nosotros hacemos coherencia con el espejo, negándonos a inventar el mejor ángulo de aquello que llegó hace rato a su punto del horror.
Leí algo de budismo explícito en una página muy buena, y eso ya me había animado un poco, cuando al rato una amiga me pasó un videito de Lucrecia Martel en donde, después de explicar cómo el cine se había encargado de profetizar nuestras actuales desgracias, propone empezar a hacer otra cosa. ¿Qué cosa? Empezar a crear tomando como punto de partida lo que que queremos ser como humanidad. Imaginar algo así como una "Topía", un futuro deseable, para hacerlo posible a través de esa especie de profecía que implica la creación artística. Me pareció una idea grandiosa, y le conté a mi amiga que iba a tratar de ponerlo en práctica conscientemente de hoy en más.
No obstante, durante casi todo el día no hice otra cosa que lidiar con mi cuerpo y con mi alma. Por un lado, los dolores de unas articulaciones que acusan recibo de cualquier pequeño esfuerzo como si se hubiera tratado de escalar el Himalaya, y que, tras mi última aventura quirúrgica, esperan el visto bueno acerca del estado de mi rodilla post artroscopía. Pero el dolor corporal no quiso limitarse a sus confines, y entonces se le dio por ponerse a repasar el debe y el haber de mis soledades de Babel, de mis amores y desamores explicables e inexplicables, hermosos y trágicos, y de la compañía sempiterna de esa acuosa sensación de emoción por todo lo vivo, que últimamente está demasiado empapada de tristeza; de los deseos que parecen demorarse demasiado en en algún umbral, y un etcétera no demasiado luminoso... Y por más que mi conciencia sintiente de semi budista en preparatoria, tratara infructuosamente de anoticiarme a cada minuto del sol que entraba por mi ventana, siguió imponiéndose sobre ella la parte de los dedos de mi mano derecha que ya no funcan como antes de operarme, y mi posibilidad de hacer sinapsis , que no es la de hace treinta años, cuando pude haber decidido tener un piano propio, insistiendo en recordar también , -como si esto fuera poco-, cuestiones tales como que el resto de mi corporalidad se empiece a arrugar de a poco por donde otrora era lisa, o lo bonita que yo era cuando no me daba cuenta, y la inconveniencia de recordar que si llego a los ochenta me encontraré hermosísima en donde hoy me veo fea.
Traté de respirar, de aflojarme, y nada. Traté de hacer tonglen, -esa meditación específica para este tipo de momentos, en la que nos sentimos parte de una humanidad tanto o muchísimo más dolida que nosotros y de la que formamos parte-, pero nada resultó eficaz. Mis endorfinas recién empezaron a acariciarme ya entrada la noche, al rato de ponerme a pulir unos escritos, soñando con los libros que editaré en algún futuro que me empecino en imaginar cercano.
En eso estaba cuando de pronto me dio hambre, y decidí acompañar mi sobremesa con una buena película. Así que le metí a ok.ru. y encaré 'Tres adioses', la nueva película de Isabel Coixet.
Si había un empujoncito que le faltara a la decisión de dejar de lloriquear por esos rincones sombríos, todo eso lo logró la película de la Coixet, una de mis más queridas directoras de cine, quien seguro tendrá de qué arrepentirse, pero también de qué enorgullecerse, y sin duda esta obra entra de cuerpo entero en el segundo grupo. Con ese ligero eco de "La vida sin mí", pero unas vueltas de tuerca que los resucitados entendemos, se me fueron al corno los lamentos, y re descubrí esas verdades que aparecen en la hora de los patíbulos, pero que suelen olvidarse en las calmas chichas y , -menos explicable aún-, en las horas más dichosas.
Eso que sabemos los resucitados, los que alguna vez tuvimos el coraje de mirar al monstruo del espejo sin vergüenza ni asco y meterle a la vida un giro copernicano, es que no alcanza con que otro te prepare la comida con amor, porque el manjar empieza cuando podés sentirlo en tu boca y mejor aún si lo fabricaste con tus propias manos. Que gozamos de una impermanencia tan maravillosa como para usarla a nuestro favor soltando la puta queja de una vez y para siempre veinticuatro veces al día y trescientos sesenta y cinco días cada año. Que el filo de la muerte afina los sentidos, y que poder mirar el cielo y el vuelo de los pájaros como si fuera por primera vez es algo inmenso. Que el año sabático ya empezó, que no podemos estar seguros acerca de en qué puto sitio nos agarrará la parca como para perdernos media puesta de sol, o un soplo de brisa. Y que aunque el colapso climático prometa que nos derretiremos muy pronto, nada será menos aconsejable que dejar de disfrutar del sol preventivamente.
Y aunque todo esto, ahora que lo escribo, me suena a imperativo,- en tiempos de demasiados imperativos sobre la pretensión de 'ser felices 24/7'-, abandonar de a poco pero con firmeza nuestras inercias sería todo un detalle, así como abandonar del mismo modo las grandes urbes, todo lo cual parece señalar una buena ruta hacia sitios más iluminados del cosmos y del alma.
Que ya es hora de dejar de apostar la sangre a la tenencia inagotable de bienes raíces, para permitir que las raíces se nutran de lo que las alimenta, y que nos nutrimos cada vez que cuidamos de los pichones humanos que vamos encontrando en el camino. O cada vez que nos animamos a besar en la boca, alegrándonos con la misma simpleza de sólo saber que ese ser está hoy en este mundo.
Que los humanos no nos olvidemos de que también somos buenos. Y de que parte de nuestra gracia en la gran Creación, tiene que ver con lo que nosotros somos capaces de crear.
Así que hoy profetizo en mi mundillo personal una humanidad que sobreviva al horror, para disfrutar el misterio de por qué danzan los estorninos, y encontrar en aquello que ama, una pequeña pero auténtica respuesta.
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La cineasta Lucrecia Martel habla de imaginar un futuro próspero, para que no nos roben el poder de imaginar.
El espíritu se alza hacia la poesía
y la poesía viene
Pero también viene si se la llama
desde lo oscuro
si se le ofrece la llave de la propia casa
si se la advierte reptando en tierra fértil
como lombriz, o como serpiente mayor
que erguida ante una pena
la consume
A ella se la invita a cenar
a jugar o a comer
a solas, con amigos
o a tomar mate mientras se abona la esperanza
con yerba bosteada
O mientras, - mirando al sol
como el gaucho Moreira-,
uno muere o se le da acaso
por nacer
Invisible, pero presente al vuelo
como una mariposa
pronta a venir,
anda entre dos que al hacerse el amor
se miran a la cara y uno dice:
¡Qué linda que sos!
aunque se lo coma el lobo la séptima noche
de un año cualquiera
Ella viene también, aunque no se la invite.
Tal vez nos convide una taza de leche,
la esperanza, la vida
o la sonrisa que como ángel nos guarda
Ella está ahí.
Escucho su susurro entre las ruinas del mundo.
(imagen: pintura de Jeanie Tomanek)
- Que te sume. Que no te vaya a restar. Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Ese es tu problema. Este es mi problema. Si coincidimos, bien. Si no, buena vida social club. Arrivederchi. Vermú con papas fritas. Pero si además querés que te consideren buena gente, que no se note demasiado que tenés una ética de fondo mercantilista. Trabajá con honorarios institucionales un poquito, nomás, pero no dejes de comprar dólares, aumentar los aranceles según los estándares, porque no vas a regalar tu trabajo. Defendé lo público, pero elegí lo mejor para los tuyos, que siempre se paga caro, porque si no, no vale. No te involucres profundamente más que con los sumamente íntimos, y, a veces, ni siquiera. Si algo te supera, no te molestes en aclarar nada: no contestes, desaparecé, pero inventate una buena excusa para no quedar mal con tu conciencia. Siempre la elegancia por sobre la autenticidad, y la productividad y el éxito por sobre las verdades del corazón. Cuando hables o escuches, siempre escudriñá las jugadas, como si tu vida fuera un tablero de ajedrez y cada uno que llega, un estafador potencial. No abras demasiado la puerta de tu alma: desconfiá, repartí, poné cada cosa en el sitio exacto y cada amor en el anaquel correcto, incluyendo grado de parentesco y tareas acordes y proporcionales, no te vayas a exceder. Sé un buen inversor en el mercado afectivo. No gesticules ni pierdas el control. No saques a pasear la pasión fuera de horario. Conformate con tener. Ser es otra cosa. Nunca digas ni pienses ni mucho menos sientas que lo que sucede te importa o no, te gusta o no. Sólo debe interesarte si suma o resta. Recordalo. Esa es la lógica del mundo, hijo mío.
- No me gusta.