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viernes, 10 de marzo de 2023

Notas sobre "Arrojado del alma de mi madre", de Claudio Ferrari



Conocí a Claudio Ferrari no por casualidad, sino por mi empecinamiento en ir tras lo que me apasiona, y por ese entonces cada vez que llegaba, -ya muy tarde-, a casa, después de cursar en la Escuela de Bellas Artes, estiraba un poco más la hora del sueño para quedarme frente al televisor porque daban diariamente uno de los mejores ciclos que haya tenido nuestra televisión después de la resucitada democracia. Claudio era el guionista del ciclo, que se llamó "Cartas de amor en casettes", actuado magistralmente por Miguel Ángel Solá, Blanca Oteyza, María Socas, y un montón de actores y actrices impresionantes.


Me enteré de que presentaba su libro "La palabra diversa" en Liberarte, y allí fui, ya que a él le debía mi regocijo de cada noche, mi emoción y alguna que otra canción que aún me visita.

Ese encuentro nos permitió tomar juntos algún café y hablar de poesía. 

Muchos años después el buen Facebook nos volvió a permitir intercambiar palabras, reflexiones y sentires, y por fin nos reencontramos en la presentación de esta obra inusual, me atrevería a decir, quizás para el mismo autor.

El libro "Arrojado del alma de mi madre", se estructura en cuatro momentos: "Yo, de ella" , "Yo, oculta", "Él, de ella", y "Ella, sola de todos".

Desde los mismos títulos se nos está diciendo que ese narrador poético va a encarnar tanto la palabra de su madre, como la suya propia,-al referirse a lo que los une-, la del amado de su madre dirigiéndole una memorable carta de amor, y la palabra sinfónica que intentará encontrar una omnisciencia tal vez muy difícil o imposible.

El libro es enigma de principio a fin. Deja abiertas todas las puertas interpretativas sin cerrar ninguna.

Creo que es un libro-pregunta: pregunta por el amor, al mismo tiempo que un hermoso y delicado intento de describir su consistencia, la forma en que es vivido según diferentes ángulos de la experiencia amorosa, y los diferentes protagonistas de la misma.

Después de haberlo leído queda en mí la sensación de haber atravesado una nube, una nube mágica, sugerente, densa, en la que aparecen frases como nodos, como marcas en el camino.

Hay muchos pasajes conmovedores, frases o párrafos enteros en toda la extensión del texto, de los cuales citaré muy pocos, no siempre en orden de aparición.

Como en la descripción de esa madre en la primera parte: los momentos compartidos, la admiración del hijo por su belleza y lo que ella le suscita. La descripción de gestos corporales, ilustra el clima que une a ambos:

"Mi madre me observa con la misma atención que yo la observo. Se imanta en nosotros un estilo de conocimiento que la costumbre de los tiempos desdeña: es un conocimiento detallado, preciso y sustancial que no requiere de sofisticaciones ni apela a necesidades, que rechaza el conflicto del esfuerzo y del saber, que se acomoda en los dos como quien se detiene a descansar sobre la tierra, libres de toda angustia"

"La mirada de mi madre se engalana cuando mi cabello la cruza" (...) "Una ráfaga levanta la arena y festejo, pero ella no me mira y entonces simulo el principio de un llanto que decido detener cuando mi madre me ve y retengo mi confianza en ella.

Nada malo sucederá"

Nada malo sucederá: ¿qué otra sensación, qué otra seguridad suficiente es la que puede legarnos el regazo de una madre, su presencia, un gesto suyo, o tan solo una palabra?

"Un suceso extraordinario, inesperado, me atañe para siempre.

Alguien extraño a mí quiere amarla"

"Mi madre persevera sin ilusión hacia un amor sin leyes, sin espacio ni luz (...) yo en nada participo de su pena. Intento en vano ser su observado"


La parte II, inicia con esta frase: "- Escrito por mi madre en su libreta verde-."

Casi diecisiete hojas quedan así inauguradas en la palabra materna, en una declaración de amor que impresiona por la crudeza con que ella, -la madre, la que siente y dice-, se describe a sí misma, sus miedos, sus historias pasadas, una fugaz alusión al padre, una desesperada necesidad de creer. 

La densidad de esos monólogos, esa textura sin descanso, que transmite una  emoción que se despliega y se repliega todo el tiempo, resulta para mí sobrecogedora. 

Dentro de este soliloquio, hay frases ligeramente variadas pero casi idénticas como leiv motivs, que se mueven matizándolo, y a la vez como caricias en torno del amado, quien quedará bautizado como "querido" durante toda su extensión.

"como dos ancianos a punto de abrazarse para después morir nosotros logramos la inmovilidad y el acercamiento, y la inútil, inútil, ilusión" (primer leiv motiv)

Preguntas, que asaltan desde todos los rincones:

¿Una verdad en la que nadie cree se ha preservado?

¿Sabré soportar tanto fracaso?

¿Por qué el miedo?

¿La hazaña está en la vida o en las palabras?

...  y de pronto, irrumpen certezas consistentes como piedras, no de las que caen, sino de las que esperan plantadas en el suelo:

"El amor es el lugar donde pasa todo y esa eternidad exige de héroes infinitos. El tiempo entonces no se va, viene, sucesivo, intachable, impredecible, como el río."

"Yo me despierto una mañana ignorando que conoceré a alguien que modificará mi destino más íntimo. Y luego, únicamente unas horas después, la percepción de que todo para mí ha cambiado se va confirmando en frágil persuasión "

"No, no Soy la que Seré"

"Y una última pregunta:

¿Será justo conmigo? 

¿me amará?

Recuerde, querido, que yo, soy hija del miedo.

Recuérdelo querido.

Olvídeme"

La parte III, -como la cuarta, más breves que las dos primeras-, es una compacta carta de amor del amado a su "querida", ya que ese vocablo queda estampado como parte del folklore del lenguaje del amor mutuo. Una carta que encuentra el hijo en la misma libreta verde-madre, de la que emergen todas las cosas. Me basta con transcribir este párrafo para emocionarme, cuando él dice:

"Para realizar actos verdaderamente trascendentes, para inventar el mundo como un poema o crear belleza, o cruzar un desierto para encontrar a la mujer amada, y soportarlo todo, y al fin lograrlo, y al llegar mirar sus ojos apenas, y luego, inmediatamente, regresar, y padecer más aún que al principio de ese viaje alucinado, y saber que toda la vida se deberá volver a cruzar ese desierto nada más que para verla únicamente ese instante, es necesario tener el alma desquiciada, la razón oscura, la sangre vehemente y con bullicio, me digo y pienso en usted, querida" (...)   "Yo soy feliz y sufro al mismo tiempo con esta rara manera que he encontrado para amarla con palabras."

(...) Respiro hondo ahora, y lloro ¿Cuándo fue que nos caímos del paraíso? (...) Sí, hay un cielo y un infierno, querida, y también en ambos estoy yo."

"Usted, querida, es mi mejor prueba de la existencia del amor. Lo ansiamos desesperadamente, desde todos los tiempos, todos los hombres. Si Dios no existiese, no estaríamos esperándolo. Si mi amor por usted no existiera no andaría yo necesitándola tanto."

En la IV y última parte, el hijo la traduce, se traduce y también al amado de ella.

"El hombre que cubrió su sombra y la hizo hija de la noche llegó cuando ella ya había amenazado con irse para siempre"

"mi madre comprendió que yo no era el que la guiaría por sus miedos en su alma, adonde nunca volveré"

Vuelven ecos de la primera parte del libro, en que existe también una alusión fuerte a la culpa, a la mácula, la impureza y la fe en Dios, y a la muerte del padre.

"Mi madre, en su niñez, creía que no era posible ninguna clase de reparo, porque había sido alterada toda justicia original; desde su origen, contrita en la ruptura, en la desigualdad de su alma manchada, se acuclillaba sin elevar su rostro". 

"Yo, su hijo, alguna vez amado, nunca conoceré el sitio que ella previó para sí cuando todo sea todo sin ella, ella oculta. Aún así dispongo que no quede yo ajeno y solo: siempre creeré que aguarda una cripta para mí a su lado".

*** 

Nota aparte la presentación del libro, en la cual las líneas melódicas de los textos se articulan en voces de una solvencia actoral, de unos matices que transfiguran la experiencia, y que realmente, lograron poner el corazón a derretirse. Uno de esos actores, Claudio Da Passano, entre el cinco de diciembre y el día de hoy, dejó de existir en este plano por obra de la impermanencia que nos sostiene y nos libera, de un momento a otro. Su voz sigue latiendo.

Y un Claudio autor que sorpresivamente anuncia que sus libros serán obsequiados sin costo económico alguno a quien así lo desee, a cambio de una opinión sincera. 

Claro que esto no va en desmedro de quienes al presentar un libro propio lo ponemos en venta. 

Sólo que es una apuesta más a lo desconocido, a lo que seguro no está dentro de ninguna pose.


Gracias Claudio Ferrari, por la generosidad pródiga de tu creatividad, que sin duda elige manifestarse a no hacerlo, dar todo lo que tiene para dar, sembrar sin más, y soltar los resultados mirando hacia lo alto, siempre.

lunes, 26 de diciembre de 2022

ALGUNOS DESEOS, poema de Claudio Ferrari

 


Al que ama, la permanencia de su amor,

agua al sediento y después una caricia,

aire al acongojado, al jardinero flores,

al que sufre, un buen samaritano

y un camino de regreso al que partió.

Suaves latidos al desesperado

y confianza al que espera y duda,

la risa de un lunático al que padece su cordura

y una luna para el equilibrista.

Un lago calmo al que precise de mirada,

una casa para el despojado,

al desconcertado, brújula,

al que medita, su cueva silenciosa

y al que canta un eco desbordado.

Algo a todos, a todos algo,

verse en el otro a cada uno,

alma al que fue abandonado por el alma de su madre,

y cuidado a los frutos de la tierra

y a cada ser su tiempo merecido

y al buen y al mal ladrón perdones

y belleza y justicia para nuestro breve, misterioso don de haber nacido.


(C. F, 24 de diciembre de 2016)


jueves, 24 de febrero de 2022

CUATRO CARTAS, DE CLAUDIO FERRARI, cuarta y última entrega



Cuarta carta.

Querido, en su última carta usted me ruega, me exige que le confiese si lo sigo amando, y yo me rindo, dejo de negarme, y confieso, como si fuera una pecadora impenitente, que lo sigo amando. Tal vez mi amor sea, este atardecer, únicamente un resplandor, un desvarío o una aparición repentina que pronto cesará.  Sí, lo amo sin poder explicarlo, pero ¿ cómo explicar el amor? ¿Cómo explicar mi amor por usted? Sabe que no hay explicación. Se trató, desde nuestra infancia, y sigue tratándose, simplemente de una cuestión con usted. Cuestión, question, pregunta, misterio, juego con las palabras y las traducciones y busco su etimología: “misterio, del latín, secreto, ceremonia, yo cierro”, y no sé responderme por qué establezco que mi amor es una ceremonia hermética que me cierra y me deja ajena, y me hago todas las preguntas que -ambos lo sabemos-, usted nunca me contestará. Un problema irresoluble usted, una paradoja verosímil, una trampa. Lo sabe desde siempre, querido, y yo no puedo ignorarlo y ando sin poder escapar fuera del mapa de su vida. Ese mapa es imaginario, claro, y yo le ofrezco toda mi turbación al confesar mi andar inútil tras usted. 

Voy a contarle. No es mala cualidad dejar que sean otros los que produzcan los acontecimientos, los que viajan a países exóticos, los que se involucran en asuntos importantes, los que inscriben su nombre en la posteridad, los que creen, o los que deciden a quien no amarán. Yo, que no decido que usted sea visible o me ame, puedo así esperar que la vida simplemente me suceda, casi sin mi intervención, o por lo menos con una intervención decorosa, educada, sin euforias, desde  lejos, nunca en el centro de sus derivas, querido. Con esa grata docilidad, en ese plácido abandono vivo desde que supe que usted es sólo suyo -y así se dispone a quien le plazca- y yo únicamente puedo nada más que escribirle, mientras usted no está a mi lado. ¿Puede entender ahora que cuando lo hice sufrir tanto, cuando me mostré sin vergüenza, excesiva, en brazos de otros, entonces también lo estaba amando? Soy ahora esa misma que fui sin pudor, la que lo escandalizó, la que lo sigue escandalizando en su memoria que no tolera recordar. Mi enfermedad no me hace otra; apenas me impide ser la que esté en el centro de las cosas. ¿Puede comprender que no tengo manera de comprender la substancia de mi amor por usted? ¿Puede comprender que amarlo es una fe que pierdo y recupero arbitrariamente? Ojalá pueda comprenderlo; yo no lo logro, ni logro comprender por qué amándonos tanto, tantísimo daño nos hicimos y nos hacemos.

Pienso todo el tiempo en usted, en ustedes. Pensar es una manera formidable de realizar acciones libremente. Yo caminaba por los jardines de la casa familiar, sola, ayer noche, y vi el viejo banco y saqué una foto encuadrando de tal manera que usted cupiera, haciendo así una foto perfecta, donde usted no aparecerá, pero sí estará, ¿me comprende? Fue buena noche. Tan triste como todas, pero más, y por eso también más alegre, llena de carcajadas como estertores de una desdicha comparable a la mayor felicidad. Jugué a encontrarlo. Perdí. Pero fue un buen juego, con riesgo, porque sin riesgo no vale, tenso, con la exigencia de una atención precisa. Comprenda: usted podría pasar por allí y hubiera sido intolerable no advertirlo. Pero usted, por supuesto, no pasó. Usted estaría amaneciendo, junto a ella. Perdí con honores y pensé: ¿cuando piensa en mí, qué piensa de mí; de qué manera establece pactos con su conciencia para no decirme que la ama a ella, de qué manera logra imaginar que de ese pacto su conciencia quedará buena? No, no se aflija por mí. No tiene ya que darme ningún destino. Recuerde que yo tampoco sé qué hacer conmigo, querido. 

Suya,

E.

3 de agosto de 1957

PD: Julio quiere traducir mis poemas al francés. Se obstina, aún ante mi terminante negativa. Me ha enviado su Final del Juego; merece, definitivamente, trascender. 

PD 2  El pasado no deja de sorprenderme, como si fuera una anticipación que no ha sucedido. Quizá porque no quiero imaginar mi porvenir hurgo detrás, y encuentro nuestras primeras cartas, aquellas que escribimos hace años, cuando fuimos iniciales. En una de esas cartas usted escribe    (sobre el papel las palabras se siguen inscribiendo indefinidamente) que su amor por mí será eterno. No, no se adjudique su amor por mí; soy yo quien lo eterniza. 

PD 3: Le ruego a V. y no lo hace. Usted que todo lo puede, también ruégueselo, o exíjaselo si es necesario, pero logre que mi hermana me escriba. A pesar de todo, como a usted, los necesito. 

PD 4  Los médicos vacilan. Por momentos, que no quiero evitar, el mundo se vuelve innecesario.


domingo, 20 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI: CUATRO CARTAS, tercera entrega



Tercera carta.

Querido, ¿cuándo fue que nos caímos del paraíso?

¿Será posible, me pregunto, y pienso en usted, que todo hoy sea únicamente palabras? Palabras que se quedan afuera de esta carta, al margen de los márgenes, caídas de cualquier renglón, y apartada yo de la vida real, apenas estas palabras para usted, pero sin usted. Dibujo en el aire palabras para que mágicamente lo hagan aparecer aquí a mi lado, pero ni una frase corta y contundente me sale, ni se me ocurre cómo describirle el paraíso o de qué modo sutil estar, aunque sea un poco, cerca suyo. ¿Deseo postergado para siempre?, escribo, apenas con un dedo sin tinta y pienso en usted, querido. Un deseo, confieso, que no sé cómo calmar: ¿cuando el deseo se calma, qué nos garantiza que volverá? ¿Será la consumación del deseo una forma de su muerte? ¿Entonces, para que el deseo sea eterno, será indispensable no vivirlo? ¿Comprende que no le hablo de amor? ¿Realmente puede comprenderlo? ¿Cuándo fue que nos caímos del paraíso?

¿Lo que afirma que siente por mí, eso que usted llama amor, ciertamente quiere que suceda, o son meras palabras? ¿Nuestras cartas, sus palabras de aliento a nuestra historia, la invitación a volver a vivir aquello, su propuesta para que yo crea que sanaré, no son una manera elegante, gentil, un modo suyo condescendiente para que yo quede asida a usted, y sea usted el rostro de mi expectativa, una instancia suya deferente para conmigo, porque supone que así se erige en una figura a la que aferrarme, un redentor a quien rezarle mediante estas cartas y esperar milagros?  

Pero, ¿cuándo fue que nos caímos del paraíso?

No quiero conjeturar las hazañas que toda mi vida supuse para mí. No quiero volver a soñar despierta, confirmando así todo aquello que no puedo ni podré hacer. Si por un instante me dejara imaginar como una bienhechora de milagros, se me haría demasiado dolorosa la eternidad de no serlo. Si por un instante me soñara convertida en la mujer que usted ama, se me haría insoportable la infinidad entera de saber que no lo soy. Sí, soy como una abeja que no puede volar, pero vuela. Imagino lo que no debiera, dejo que usted nombre al amor, lo sigo imaginando a usted y lo que usted produce en mí: lo sé, usted existe y si estuviera aquí yo podría acercarme, lentamente, cada vez más cerca, olerlo, besarlo, dejar que transcurra el abrazo como alguna vez.

Un reflejo involuntario y violento mueve mis músculos como tenazas, afligiendo el aire, horror inútil de no estar usted aquí, mientras por momentos, en el mismo momento, se lo aseguro, lo olvido por completo, para volver a hacer de su recuerdo un pasado por delante. 

¿Qué no haremos usted y yo, querido? Son infinitas las posibilidades. Sufrir o ser feliz son pormenores, contingencias sin más, y yo los acepto por inevitables, mientras usted los atraviesa con la gracia de no ser honesto. No tema, lo comprendo. Yo soy feliz y sufro al mismo tiempo con esta rara manera que he encontrado para amarlo con palabras. Me comporto como una enfermera de mí misma y decido el remedio que me proteja del amor, un remedio que no me garantiza nada, que apenas me protege, al menos aislada por instantes de mis propios sentimientos. No he logrado sentir el desamor, ni la indiferencia, que es un atributo de los indolentes. Y claro, así, también procuro un sitio extranjero, extraño, donde dejarme estar, para quedar liberada de la permanente zozobra que provoca intentar ser amados. De todas formas, y disculpe si no puedo eximirme de esta responsabilidad, mi ansia por usted es intensa, tanto que puedo decidirla, a veces, infinita. 

Respiro hondo ahora, y lloro.

Suya.

E.

28 de abril de 1957

PD 1: ¿Cuándo fue que nos caímos del paraíso? No soy buena; le dejo ver mis contradicciones. Hay un cielo y un infierno, querido, y en ambos estoy yo.

PD 2 : Mi hermana me ha escrito. Me lo ha contado todo. ¿Coincidiría usted con la versión de V., de los hechos, si se atreviera a escribirme lo que realmente sucedió? Pero, de seguro, usted preferirá creer que me hacen bien sus cartas de amor. ¿En verdad es tan ingenuo?


viernes, 18 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI. CUATRO CARTAS- segunda entrega



Segunda Carta.

Querido, gracias por las estampas de los cuadros de Sorolla en la exposición en el Palacio de Cristal. Recuerdo nuestros encuentros en el Retiro,  la nieve, mi salud sin mella, los paseos tras el viento de Madrid, la procura y el hallazgo de nuestra intimidad.   

Usted insiste en saber si lo amo; requiere una seguridad imposible, mientras yo misma quisiera para mí esa certeza. Tengo la voluntad de amarlo, pero, ¿alcanza con eso? Es mentira sólo la voluntad, me digo, y pienso en usted. La voluntad le sirve únicamente a los cobardes para gestos tan vulgares como ahorrar esfuerzos o vivir tranquilos. Pero para los actos heroicos no alcanza. Más aún, la voluntad, sola, es molesta y obsecuente de esa moral que suele premiar tibiezas. Para realizar actos verdaderamente trascendentes, para inventar el mundo como un poema o crear belleza, o intentar cruzar un desierto para encontrar al hombre amado, y soportarlo todo, y al fin lograrlo, y al llegar mirar sus ojos apenas un instante, y luego, inmediatamente, regresar, y padecer mas aún que al principio de ese viaje alucinado, y saber que toda la vida se deberá volver a cruzar ese desierto nada más que para verlo solo ese instante, es necesario tener el alma desquiciada, la razón oscura, la sangre vehemente y con bullicio, me digo, y pienso en usted, querido, apenada de mí, infelizmente incapaz de que la gracia de esa hazaña me sea dada. ¿Puede entenderme? No se puede hablar de amor en estos casos, razono. Cuando es tan grande y confunde tanto lo que se siente y se sabe y se ignora, ya no se trata de amor. Es otra cosa, un sentido de más y malformado, una extraña creación que se desata, el milagro de un dios que no cree en sí mismo, lunático y extraviado. ¿Debo pedirle perdón por no saber si lo que siento por usted es amor? Sí, he de pedirlo, porque lo que ignoramos y el otro requiere de nosotros, siempre lo lastima y produce esa desavenencia que lleva al desamor. Se lo ruego, si no le es posible no me perdone por eso, pero no me olvide. Puedo soportarlo todo, menos su olvido.

Suya,

E.

21 de abril de 1957

PD: La luna pasa esta noche por mis ojos, susurra delicada su nombre, querido, y se deja ir ahora, en silencio, sutil. Yo recién escuché, magnífica, cantar su melodía, querido; esa luna que usted me escribe y me dibuja, como usted, devota de la fe en el amor. ¿Podremos, alguna vez, juntos, volver a ver la misma luna?

PD 2: ¿Se ha encontrado con mi hermana?  Ninguno de los dos me lo dice. ¿Por qué?

jueves, 17 de febrero de 2022

CLAUDIO FERRARI. CUATRO CARTAS- primera entrega

Siempre Claudio Ferrari, dejándonos picando la curiosidad acerca de la verosimilitud de los hechos, abriéndonos a la sugerencia constante de lo enigmático, en ese mundo de las emociones profundas que sabe describir con las palabras abiertas y justas a la vez...Cartas:


Hace pocos meses encontré un atado de cartas, manuscritas, en una casa, en Florida, Buenos Aires. Sé quien las escribió y quien las recibió, pero prefiero no revelar sus nombres. Hoy comencé a transcribirlas. Ojalá no sea un atrevimiento, además inútil, publicarlas. 

Primera carta. 

Querido, no sé qué contestarle. Es difícil saber si se amará a alguien para siempre. Le ruego que no nos lo preguntemos. No se trata de la duda que puede provocar nuestra lejanía, ni tampoco nuestras circunstancias. Si pienso en mi enfermedad podría aventurarme a una respuesta, pero no... No es posible saber si se amará a alguien para siempre. Usted ahora deduce que hablo de mi amor por usted. No se equivoque, no sea presuntuoso. Yo prefiero no saber, quedar en la ignorancia, como recibiendo una inyección, una anestesia y luego, poco a poco, el deslizar suave del dolor hacia la nada, que comienza a ser una especie de ignorancia de mí hasta que esa ilusión de no sentir me pasa en todo el cuerpo. Nunca soy tanto yo misma como cuando me ignoro toda, pero nunca dura esa gracia demasiado, y al rato estoy otra vez llevándome conmigo. De todas maneras el momento de mayor exaltación es cuando no hay anestesia posible. Es un extraño dolor, que no hace sufrir, que se transforma, intento explicarme, que me remite a un estallido (diré la palabra alma) del alma. Pensar en usted, me sucede a veces, hace que me olvide de mí. ¿Se trata de amor, en esos instantes, o únicamente de un abandono mío? ¿Cuándo amamos, y cuándo, en verdad, apelamos a creerlo para vivir un espejismo al menos? Disfrute usted de este poder que le he dado, no se prive porque lo merece: es, ahora, dueño de todo lo que yo imagine. Así, apoderado de mi imaginación, anda usted, mientras yo todo lo ignoro y pienso en usted, querido. 

Suya,

E.

10 de marzo de 1957

PD: Viajará mi hermana V., en abril. ¿La verá usted? De seguro se encontrarán.



sábado, 2 de octubre de 2021

CLAUDIO FERRARI: TRES POEMAS

Siempre Claudio Ferrari poniéndole voz a la mirada sensible y lúcida sobre la vida. Me da mucho gusto compartir sus textos. Habrá que ver si viene una próxima vez de estas "veces" memorables

Las primeras veces

De entre todas las primeras veces algunas sobresalen en nuestra memoria, arbitraria, por la precisión del suceso, porque deseamos mucho que ocurrieran, porque quisiéramos que hubieran sido distintas o por una nostalgia geométrica, o inoportuna. 

Primeras veces con la perplejidad de lo inesperado, con nuestra caprichosa, original -ese origen de nosotros mismos- fe en el porvenir. Del primer amor conseguimos argumentar teorías, sentenciarlo extravagante o inferir y establecer seguridades. La primera vez que conocimos el miedo, o una sombra o un infierno amenazante lo podemos adjudicar a los dioses, a los demonios o admitir su inexplicable oscuridad. El primer pecado, la primera buena acción, el primer adiós, el primer abandono que sufrimos, el primero que hicimos sufrir, son apenas algunos de los testimonios innumerables que nos inscriben confidenciales, como acertijos. Si fuera para nosotros inmutable el tiempo  -¿y por qué no?, tal vez lo sea- las primeras veces serían como relámpagos siempre para siempre, sin ninguna muerte en la que creer, ingenuos, sin sospecha ni amenaza, inmunes, herederos de la totalidad y de una ocasión constantemente excepcional, como un indivisible asunto al que atenernos, infinitos.

Las últimas veces

Hay un amanecer que será el último;  quizá la fortuna te deje verlo. Si dependiera de mí no dormiría esa noche y estaría atento a cada instante porque hay algo milagroso e innumerable en todos.

Fueron muchos los amaneceres que no vi: la última vez que vea uno quisiera saberlo, como la última vez que beba agua, la última que nos abracemos, la última que baile  -como siempre mal-, ¿pero por qué debería bailar bien si me bastaría con poder moverme?

Hay formas recurrentes que se imantaron en nosotros; cuando sea la última vez de ellas no las despreciaré y por el contrario estaré orgulloso de haber sido capaz de hacerlas mías.

Tocaré una piedra que encontré en un país lejano, tocaré la que haya más cerca de mí, en mi jardín, y ambas serán últimas veces juntas, como un puente, y eso probará que los he cruzado todos.

Hoy, ahora, ignoro que tal vez esta sea la última vez que escribo, pero no puedo vivir imaginándolo: no voy a reprocharme esa ignorancia ni me atormenta.

En toda despedida confluyen un azar y un destino, y en la aceptación de ese encuentro hay bienaventuranza y sosiego.

Quizá me sea dado conocer mi última vez de todo quizá o no; esa respuesta no me incumbe; apenas puedo atribuirme un deseo: si se acata mi voluntad no dejaré de disfrutarla y con una leve tristeza y una delicada alegría aceptar que no todo acaba conmigo.

Las próximas veces.

Son todavía invisibles, porque aún no han sucedido, y en este obvio, inverificable suponer hay riesgo, por supuesto, pero qué riesgo valdría sin juego: no radica en su resultado el mérito de las próximas veces, sino en su precisa expectativa o en su inexacta impresión, tal como el amor, tal como su ausencia, sin necesidad de cálculos como no necesita un brote de un libro de botánica. Es tan posible lo probable como su contrario y eso no los haría menos justos: sucedan como sucedan, las cosas siempre nos son prójimas. Las primeras veces y las últimas son irremediables, pero las próximas tienen la gracia de una epifanía o el deslumbramiento de una anunciación que verificaremos, la insistencia del deseo, la prefiguración de nuestra intervención en ellas, el movimiento esperado que es aún un ansia, el elogio de lo que ignoramos. Hay en las próximas veces un modo de ser propio que nos faculta a intervenir con una autoridad sin concentración, sin sujeciones, libres ya de quienes hemos sido y de quienes no seremos. La próxima vez ya está sucediendo, como la más real de las metáforas, sin contradicción ni fuerza que pueda impedirla. Requiere haber en las próxima vez nada más que su llegada y es esa la única seguridad de nuestra vida: se trate de un largo desafío o del más breve suspiro, confortados, sabemos que habrá otra.


viernes, 2 de julio de 2021

Dos poemas de Claudio Ferrari

POEMA PARA EL PRIMER DÍA DEL PRÓXIMO AÑO Y TODOS LOS DEMÁS


A descansar el sol cuando amanece,

a refugiarse el viento de la flor,

a clavarse sus espinas el dolor,

la cuna a acariciar al que la mece.

La columna a sostenerse en el andamio,

a proteger el musgo a la montaña,

la infamia a envenenarse de la araña,

la escalera a tirarse del peldaño.

La carcajada a despertar al día,

a convertirse en almohadón la avena,

el mapa a no seguir su guía,

a reclamar su diálogo la escena.

A confesar sus dudas la certeza

y cada cual entre sus manos su cabeza.                                                          

A ser el mundo más bello en su utopía,                                                       

a que mañana se prodigue para todos         

la justicia en infinitos modos                                                 

y se reparta a cada uno la alegría.

                         

TU PARTE

Y si no dejas de hacer tu parte, sucederá, 

y cuando menos se anuncie

habrás logrado que aquellos que eres

sean al fin el mejor de los que fuiste

y en tu mesa el pan será tan sabroso, 

en tu cama los gestos del amor tan  intensos,

tan liviano el aire de tus flores,

las maneras de tus pocos preciosos objetos tan delicados

que tu casa será el hogar por donde todos en los que te detuviste                                                              

vivirán un día y una noche

para alimentarse y abrazarse, para conocerse,  

para imantarse de tus amaneceres y de tus atardeceres

y volver entonces al mundo más fuertes y bellos,

y tú, que ya a todos los horizontes habrás llegado 

te acunarás en el sillón que trenzaste durante cada día de tu vida,

y en esa quietud verás que el movimiento de todas las cosas 

tendrá algo de tu impulso,

que tu corazón se acompasará suave

en el gran latido de tu único instante,

para que el resto de los demás infinitos momentos

sean menos dolorosos para los que sufren,

más amorosos, más bienaventurados, más felices, 

y del roce de cada uno de tus innumerables actos

confortarás prósperas disipaciones, 

que recogerán otros,

mientras delicadamente,

descansarás.


martes, 11 de mayo de 2021

ELOGIO DE LA LENTITUD, POEMA DE CLAUDIO FERRARI

  


El pensamiento es lento,

fructifica raras veces

y aún así el resultado es incierto,

pero nunca detuvo a quienes más hicieron                                                                        

para que fuéramos mejores,

mas amables con los otros,

menos violentos con los  desconocidos,                                    

menos temerosos de los diferentes.

Lentamente se halla el modo

de no ver en el prójimo un problema,                                           

una molestia, un obstáculo,

un enemigo en el extranjero.

Es lento y paciente el esfuerzo

de quienes dan todo de sí,

ofrecidos sus cuerpos, sus mentes y sus almas,                                             

para que, poco a poco, pero al fin,

en este extraño mundo que  creemos propio,

comprendamos que nada es  nuestro

y que todo cuanto hay en el  universo

nos es necesario, como el aire.

Lentamente se aprende, lentamente se ama, 

lentamente descubrimos, si lo intentamos,

que lo más preciado suele estar fuera de nosotros,

dentro de la totalidad que somos.

Lenta, indefectiblemente logramos 

el derecho a nuestra libertad.                  

La verdad, de manera lenta,

se hace nuestro albedrío y atributo.


Sobre el polifacético autor, poeta y dramaturgo, además de unas cuantas cosas más : https://autoresargentinos.com/claudio-ferrari/