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miércoles, 2 de julio de 2025

Lento pero viene, de Mario Benedetti

 Lento pero viene

el futuro se acerca

despacio

pero viene


hoy está más allá

de las nubes que elige

y más allá del trueno

y de la tierra firme


demorándose viene

cual flor desconfiada

que vigila al sol

sin preguntarle nada


iluminando viene

las últimas ventanas


lento pero viene

las últimas ventanas


lento pero viene

el futuro se acerca

despacio

pero viene


ya se va acercando

nunca tiene prisa

viene con proyectos

y bolsas de semillas

con ángeles maltrechos

y fieles golondrinas


despacio pero viene

sin hacer mucho ruido

cuidando sobre todo

los sueños prohibidos


los recuerdos yacentes

y los recién nacidos


lento pero viene

el futuro se acerca

despacio

pero viene


ya casi está llegando

con su mejor noticia

con puños con ojeras

con noches y con días


con una estrella pobre

sin nombre todavía


lento pero viene

el futuro real

el mismo que inventamos

nosotros y el azar


cada vez más nosotros

y menos el azar


lento pero viene

el futuro se acerca

despacio

pero viene


lento pero viene

lento pero viene

lento pero viene



miércoles, 21 de mayo de 2025

CONTRIBUCIÓN A LA ESTADÍSTICA, de Wislawa Szymborska



De cada cien personas,

las que todo lo saben mejor:

cincuenta y dos,

las inseguras de cada paso:

casi todo el resto,

las prontas a ayudar,

siempre que no dure mucho:

hasta cuarenta y nueve,

las buenas siempre,

porque no pueden de otra forma:

cuatro, o quizá cinco,

las dispuestas a admirar sin envidia:

dieciocho,

las que viven continuamente angustiadas

por algo o por alguien:

setenta y siete,

las capaces de ser felices:

como mucho, veintitantas,

las inofensivas de una en una,

pero salvajes en grupo:

más de la mitad seguro,

las crueles

cuando las circunstancias obligan:

eso mejor no saberlo

ni siquiera aproximadamente,

las sabias a posteriori:

no muchas más

que las sabias a priori,

las que de la vida no quieren nada más que cosas:

cuarenta,

aunque quisiera equivocarme,

las encorvadas, doloridas

y sin linterna en lo oscuro:

ochenta y tres,

tarde o temprano,

las dignas de compasión:

noventa y nueve,

las mortales:

cien de cien.

Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.


Wislawa Szymborska


(versión de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano)

Fotografía: José María Segovia


sábado, 17 de mayo de 2025

Rainer Maria Rilke / Torso arcaico de Apolo






No conocemos la legendaria cabeza

donde sus ojos maduraron como manzanas.

Pero su torso arde todavía igual que un candelabro

en el que la vista, aun deficiente,

persiste y brilla. De otro modo el torso curvo

no te deslumbraría ni por el sereno arco de las caderas

una sonrisa se deslizaría hasta el oscuro centro

donde la procreación llameaba.

De otro modo esta piedra parecería desfigurada

bajo la traslúcida cascada de los hombros

y no reluciría como la piel de una bestia salvaje

ni, de cada uno de sus bordes,

estallaría como una estrella: porque aquí no hay

un solo lugar que no te mire. Debes cambiar tu vida.



Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), Sämtliche Werke, Insel, Fráncfort, 1955

Versión de Eduardo Conde


Que este poema haya sido escrito en 1908 no hace más que confirmar la importancia de la existencia de los poetas como cronistas de las peripecias de los humanos, dejando los poemas como memoria en las que vernos reflejados a lo largo y ancho de los tiempos.

Leyéndome en este torso descabezado y ardiente, me conmuevo en el giro del final, inevitablemente.

Creo que para Rilke es muy importante que ese torso ardiente tenga vista, porque si ella no estuviera presente, la piedra no podría conmovernos, y si nos conmueve es porque nos mira. 

Pero, más que la vista, siento que es la mirada la que nos interpela. Una mirada desparramada por ese sobreviviente escultórico que contiene dos memorias: la del modelo que lo inspiró, y la del artista que lo creó. Esa vitalidad de la piedra como criatura nacida de las manos de un hacedor, es la que la ilumina, y hace que lo que le falta hable desde lo que conserva.

El que ve la escultura, siente que debe cambiar su vida, seguramente por una que lo acerque a la sensación de que aunque su memoria de haber sido un ser sobre la tierra quedase truncada, seguiría igual iluminando. E interpelándonos, exigiera algo mejor que la mera duración.

Tal vez este apunte interpretativo deba ser desbastado, como hacer los escultores con la arcilla sobrante.



sábado, 22 de marzo de 2025

Louis Aragon: puedo consumirme...



Puedo consumirme todo el infierno del mundo

Nunca perderé la maravilla

Del lenguaje

Nunca me despertaré entre las palabras

Recuerdo el tiempo cuando no sabía leer

Y el rostro del miedo era la alquiladora de sillas en los Campos Elíseos

En casa no había ni electricidad ni teléfono

A la sazón yo prestaba oído a las cosas usuales

Para captar sus conversaciones

Tenía citas con telas destrozadas

Mantenía relaciones con objetos inservibles

No me hubiera dirigido a un guijarro como a un molinillo de café

Inventaba lenguajes extraños a fin

De no comprenderme ya a mí mismo

Ocultaba detrás del armario una correspondencia indescifrable

Todo eso se perdió como un secreto

El día en que aprendí a dibujar pájaros

Quién me devolverá el sentido del misterio

oh quién

Me devolverá la infancia del canto

Cuando la primera frase llegada

Es nueva como un par de guantes

Recuerdo el primer automóvil en la Puerta Maillot

Se tenía que correr para verlo

Era algo así para todo

Me gustaban ciertos nombres de árboles como de niños

Que los gitanos me habrían robado

Me gustaba un frasco por su etiqueta azul

Me gustaba la sal esparcida sobre el vino derramado

Me gustaban con locura las manchas de tinta

Habría dado mi alma por un viejo boleto de Metro

Repetía sin cesar frases oídas

Que nunca tenían para mí el mismo sentido ni el mismo peso

Días enteros se pasaban dedicados a palabras aparentemente insignificantes

Pero sin ellas el centinela me hubiera traspasado con su arma

Oh quien nunca ha cambiado sus ojos por los del espejo

Y pagado el derecho de franquear su sombra con muecas

Aquel no puede comprenderme ni

Se puede guardar un color en su boca

Llevar una ausencia de la mano

Brincar con los pies juntos a las cuatro de la tarde

No usamos la misma jerga

No he olvidado el perfume de la desobediencia

Hasta hoy puedo sentirlo cuando me siento en los bancos

Hasta hoy puedo llamar ' mi querida' a una bicicleta

Para hacer que rabien los transeúntes

No he olvidado el juego de "Sueñe quien Pueda"

Que nadie sino yo ha jugado

No he olvidado el arte de hablar para no ser nada

Bien han podido enseñarme a leer no es cierto

Quien lea lo que leo

He podido vivir como todo el mundo y aun

Haber estado varias veces a punto de morir

No es cierto que todo eso sea un fingimiento

Una especie de huelga de hambre

Hay quien se perfila

Hay el hombre maquinal

Aquel con quien uno se cruza y saluda

El que abre un paraguas

Que vuelve con un pan bajo el brazo

Hay quien se limpia los pies al volver a casa

Hay aquel que soy


Desde luego y que no soy


(traducción de Javier Sologuren, tomado del libro POETAS DEL SURREALISMO, Colección Poesía Mayor, Editorial Leviatán)

jueves, 20 de marzo de 2025

Marco Denevi : Los anteojos


 -¡Cómo! ¿Salís sin anteojos? –le preguntó la madre, en un tono casi escandalizado, como si le preguntara por qué salía desnuda o algo por el estilo.

La acometió un súbito fastidio, y no contestó.

Bueno, la verdad es que ella misma estaba un poco asustada. Pero si estaba asustada, también estaba decidida.

Y dejó los anteojos en el cajón de la mesita de noche. (Porque si los llevo en la cartera – pensó-, a la primera dificultad me los pongo y ya no podré quitármelos.)

La culpa la tuvieron las amigas con aquella bendita idea de colocarse antifaces para ir al baile del club. Como las cuatro lucían el mismo disfraz (conjunto de manolas andaluzas, decían con cara de desafío a quienes le preguntaban de qué estaban disfrazadas), ella tuvo que acatar la orden.

Pero no podía ponerse el antifaz sobre la armazón de carey, ni menos todavía colocarse el antifaz primero y encima los anteojos. Linda iba a quedar. Así que cuando llegó el momento se quitó los lentes y en su sitio se ajustó el trozo de seda negra.

Por las pequeñas aberturas, cuyos bordes le lastimaban los párpados, no vio sino una bruma luminosa. Después, en la bruma aparecieron formas, borrones coloreados, un desgarramiento de luces.

Todo le resultó irreconocible. Cada línea se multiplicaba, a derecha e izquierda, en otras líneas paralelas. Los colores echaban fuera de sí como un reflejo, como una copia más débil, y en esa urdimbre las cosas rebasaban, desbordaban sus contornos. Las luces eran grandes globos calados y festoneados que se dilataban como corazones arrítmicos, y sobre cuyas superficies pasaban lentas volutas y enjambres de puntos transparentes.

Y ahí fue cuando incurrió en aquel error de raciocinio. Como ella no distinguía claramente nada ni nadie, le pareció que tampoco a ella nadie la veía bien. Le pareció que ella tenía, a los ojos de los demás, la misma irrealidad casi fantasmal con que los otros se le aparecían en medio de la niebla en la que todos navegaban.

Se sintió alegre, ligera, libre. Más que libre, irresponsable. Se sintió exactamente como si hubiese sido invisible y pudiera hacer lo que se le antojase sin que nadie la viera. Y empezó a reír, a arrojar papel picado y a gritar poniendo voz de falsete. Las amigas estaban asombradas. No sabían qué le pasaba a esa muchacha de ordinario tan tímida, tan silenciosa, un poco rara. Cuando la vieron lanzar confetti a la máscara de un muñeco de cartón clavado en una columna y hacer cabriolas en torno de un mozo del bar, se miraron entre ellas, estupefactas. Ninguna pensó en los anteojos. Cayeron en el mismo error que ella, sólo que al revés, si ustedes me entienden.

Hubiera bastado colocarle sobre la nariz los anteojos para que la pobre manola, vuelta al mundo cotidiano (¡Dios mío, ahí está doña Laura cuchicheando, y Fermín me señala con el dedo!), se quedase rígida de vergüenza. Pero como no veía, no la veían, y siguió haciendo locuras.

Un muchacho la sacó a bailar. Bailaron juntos muchas piezas. Cara con cara, ella le distinguía las facciones, correctas, francas, varoniles. Parecía un muchacho sereno y reposado (no es del barrio, nunca lo vi antes), que la miraba con una sonrisa indulgente, así como una persona mayor contempla las travesuras de un niño. Y ella, ceñida por aquellos brazos duros y al mismo tiempo tiernos, sentía ganas de reír, de reír por cualquier cosa.

A las doce todo el mundo se quitó las caretas y antifaces. Ella también. Y él empezó:

-¡Qué ojos tan dulces! ¡Qué ojos puros y hermosos! Y qué ojos esto. Y qué ojos aquello. Y así toda la noche.

Cuando la invitó a tomar algo y se sentaron en un rinconcito del bar, iniciaron una picante conversación sobre los hombres (Ustedes, a través de nosotras se aman a sí mismos, buscan únicamente ejercer sus poderes de conquista) y las mujeres (Le diré: -En el amor el dueño es la mujer y no el hombre. Sí, no se escandalice, mi hermosa española) y sobre el infinito vaivén de sus encuentros y desencuentros. (Lo que ella decía, saben, eran todas aquellas cosas que llevaba ensayadas tantas veces, a solas, mentalmente, pero que jamás, muda tras los enormes anteojos, se había atrevido a decir a nadie y menos a un hombre.)

De pronto él le preguntó:

-¿Por qué entrecierra los párpados? ¿Es corta de vista?

-Un poquito –respondió, con falsa frivolidad.

-Por favor, no me vaya a esconder esos ojos detrás de algunas horribles gafas de solterona.

Los dos rieron. Sólo que ella, cortó la risa y se puso triste. Y entonces fue cuando el muchacho empezó a enamorarse de veras y le dio una cita para la tarde siguiente.

De modo que ahora que ella acudía a esa cita, por nada del mundo iba a aparecérsele con las horribles gafas de solterona escamoteándole el rostro, con aquellos lentes que le sepultaban la mirada en una espiral de anillos, en cuyo fondo los ojos eran dos larvas amorfas.

La distancia que separaba su casa de la estación del subterráneo la recorrió sin dificultades, porque todavía había sol y porque conocía el camino de memoria.

El primer tropiezo lo tuvo en la estación. El sitio estaba mal iluminado, creyó que la escalera terminaba, adelantó el pie como para colocarlo en el suelo, pero faltaban dos escalones; el pie se hundió en un vacío que le pareció un abismo, toda ella vaciló, trastabilló, estuvo a punto de caer.

Algunas personas la miraron. Roja, un poco despeinada, subió al tren y se sentó. Como no podía distinguir los nombres de las estaciones, decidió contarlas. Tenía que bajarse en la octava. Pero al rato dudó de la exactitud de su cuenta, se hizo un ovillo en la cabeza y terminó no sabiendo si andaban por la quinta o por la séptima estación. Optó por pedirle a una señora ubicada a su lado que por favor le avisase cuando llegase a Callao.

-Es la que sigue a Pasteur –le contestó la otra.

¡La que sigue a Pasteur! ¿Sabía ella cuál era Pasteur? Cuando el tren se detuvo en Callao, la señora, viéndola que permanecía sentada, le dio con el codo y le dijo, algo bruscamente:

-Callao.

Se levantó; luchó con una masa de cuerpos, de brazos, de piernas; se halló en medio de un remolino de gente que entraba en el vagón; gritó que la dejaran bajar. Alguien rió. Por fin, zarandeada de aquí para allá, asustada, humillada, la ropa en desorden, logró descender. Se unió a la lenta procesión de pasajeros que, por escaleras interminables, por grandes vestíbulos, por nuevas escaleras, la llevó otra vez hasta la calle, la luz, el sol.

Ahora debía caminar cuatro cuadras y ya estaría en la esquina donde él la esperaba. (En la esquina del Molino, a las seis en punto. ¿Irá? ¿Me promete que sí?

Caminaba lentamente, mirando al suelo. Antes de atravesar cada bocacalle aguardaba a que lo hiciera alguna otra persona. Entonces, pegada casi al desconocido, ajustaba su paso al de éste y así cruzaba la calzada. Pero en Bartolomé Mitre el desconocido resultó ser un jovencito que corría entre los automóviles y los sorteaba ágilmente. Y ella también tuvo que correr como una loca; un guardabarros le rozó el vestido, estallaron bocinazos.

Se detuvo un instante en un portal a arreglarse el pelo y la ropa. El corazón le llenaba todo el pecho de un tumulto sordo.

Llegó a Rivadavia. La esquina de la confitería negreaba de gente. ¿Dónde estaba él? ¿Cómo distinguirlo entre tantos? Seguramente se adelantaría, saldría a su encuentro. Pero nadie se movía. Y ella se acercaba, se acercaba. (¿Qué hago? ¿Sigo caminando? ¿Doy la vuelta manzana?) De pronto creyó reconocerlo. Sí, era aquel de traje oscuro, que fumaba, apoyado en la pared. Fue derecho hacia él, sonriendo. Cuando estuvo a dos pasos de distancia comprobó que se había equivocado. Era un señor de edad que la miraba sorprendido.

Aterrada, no supo qué hacer. Sin dejar de sonreír, con una sonrisa que le dolía en la boca, dio una violenta media vuelta y caminó en cualquier dirección. La dirección la condujo al interior de la confitería. Empujada por un grupo de personas que entraban hablando en voz alta, avanzó. Avanzó, hasta que se encontró frente a una pared. Distinguió una mesita vacía y se sentó. Inmediatamente un mozo se le acercó y, mientras pasaba la servilleta por la mesa, le preguntó:

-¿Qué va a servirse?

¿Qué había hecho? ¿Por qué se había sentado? Ahora debía tomar algo. (Un té con leche. -

¿Solo? –Con masas) y no podía levantarse. Y entretanto, él, afuera, esperándola.

El mozo tardó una eternidad en volver con el té. Cuando se alejó, ella estuvo un rato mirando fijamente, con los ojos entrecerrados, los objetos que el mozo había depositado sobre la mesa. La tetera, la lechera, la bandeja con las masas, y allí algo que brillaba. Un cenicero.

Se sirvió el té y lo bebió rápidamente. El té quemaba. Olvidó las masas. Ahora saldría y volvería a la esquina. ¿Dónde estaba el mozo? Miró a su alrededor, pero no distinguió sino un vasto desorden de líneas inflamadas, colores desgarrados y otra vez los globos de luz que latían como corazones. Se sintió perdida, sumergida en un mundo submarino y hostil, y por una atroz sinestesia, hasta los sonidos le eran indescifrables.

Un hombre de chaqueta blanca pasó a su lado. Lo chistó, pero el hombre no se detuvo. Dos mujeres (¿o eran un hombre y una mujer?) sentadas a una mesa vecina se volvieron a mirarla. Una gota de sudor le corrió por el pómulo. (¡Debo estar espantosa!) Sacó el espejito de la cartera e intentó arreglarse. Tenía la piel húmeda y ardiente.

Transcurrió otro largo rato y el mozo no aparecía. Se decidió a dejar un billete de cinco pesos (¿O será más?) sobre la mesa y se levantó.

¿Dónde quedaba la salida? Ya no recordaba. Caminó al azar, entre las mesas, erguida, fingiendo desesperadamente no sabía qué. Caras algodonosas se alzaban hacia ella y la miraban. Dio varias vueltas. De pronto las mesas ralearon, dejaron sitio a una especie de corredor entre vitrinas. Tomó por allí. ¿Y si se había equivocado otra vez? Se cruzó con dos hombres de blanco que llevaban algo como enormes bandejas sobre la cabeza. (¡Dios mío, estoy yendo hacia el interior de las cocinas!) Al extremo del pasillo una cosa giraba. Un golpe de aire fresco le dio en el rostro. Era la puerta, era la calle.

En la esquina había poca gente. Anochecía. Se quedó un rato de pie, esperando. Quizá él estuviese aún por ahí. Quizá la viese y se acercase. (¡Al fin! Ya no podía más de angustia pensando que no vendría.)

Nadie se acercó.

Preguntó a un hombre qué hora era.

-Las siete y cinco.

Lentamente, mirando bien dónde ponía los pies, comenzó a caminar. Cuando abrió la cartera en busca de las monedas para el subterráneo, se dio cuenta de que había olvidado los guantes en la confitería.

Nadie la vio entrar en su casa. Palpando las paredes como un ciego, llegó hasta su habitación. Sus manos encontraron la llave de luz, el cajón de la mesita, el estuche con los anteojos.

Se los colocó.

Instantáneamente el mundo se ordenó en una geometría lúcida donde ningún muchacho la esperaba.


( interesante el paralelo que puedo encontrar entre este exquisito cuento y "El murciélago rubio", de Holst)

martes, 12 de noviembre de 2024

Hay que estar vigilando cada instante, de Hamlet Lima Quintana



Hay que estar vigilando cada instante,

cada momento en que transcurre el tiempo,

cada segundo con la mente abierta,

cada golpe de luz, destellos de la vida,

para atrapar un ángel, el milagro

que cotidianamente se presenta

como alimento de nuestra subsistencia.

Es el oficio que nos marcó la sangre,

el cazador de cada fantasía,

el oficio común de andar viviendo

como un atrapador de la belleza,

esa que inadvertidamente pasa

entre golpes de vida, entre las sombras

y solo el ojo experto, acostumbrado

a ver la fiesta de colores

encerrada en el aire de las cosas,

procede a su rescate y reconstruye

una vida común, una alegría

que le sirve a la gente como pájaros

que vuelan hacia el sol y permanecen.

Vivir es un oficio ejercitado en la tarea

de atrapar milagros que navegan

en nuestra propia sangre

y en el aire de tránsito al futuro.


lunes, 28 de octubre de 2024

HERBARIOS (de Federico García Lorca)





Libro

I

El viajante de los jardines

lleva un herbario.

Con su tomo de olor, gira.

Por las noches vienen a sus ramas

las almas de los viejos pájaros.

Cantan en ese bosque comprimido 

que requiere las fuentes del llanto.

Como las naricillas de los niños 

aplastadas en el cristal opaco,

así las flores de este libro 

sobre el cristal invisible de los años.

El viajante de jardines 

abre el libro llorando 

y los colores errabundos 

se desmayan sobre el herbario.

II

El viajante del tiempo 

trae el herbario de los sueños.

Yo. ¿Dónde está el herbario?

El viajante. Lo tienes en tus manos.

Yo. Tengo libres los diez dedos.

El viajante. Los sueños bailan en tus cabellos.

Yo. ¿Y cuántos siglos han pasado?

El viajante. Una sola hora tiene mi herbario.

Yo. ¿Voy al alba o a la tarde?

El viajante. El pasado está inhabitable.

Yo. ¡Oh jardín de la amarga fruta!

El viajante. Peor es el herbario de la luna.

III

En mucho secreto, un amigo 

me enseña el herbario de los ruidos.

(¡Chist... silencio!

¡La noche cuelga del cielo!)

A la luz de un puerto perdido 

vienen los ecos de todos los siglos.

(¡Chist... silencio!

¡La noche oscila en el viento!)

¡Chist... silencio!

Viejas iras se enroscan en mis dedos.



Federico García Lorca (de Poemas sueltos)

viernes, 30 de agosto de 2024

ALGO SOBRE EDITH


 Anoche vi la película "La vie en rose", sobre la vida de Edith Piaf. Me emocionó mucho. Tanto, que después me quedé gugleando por ahí sobre ella, mirando fotos, acopiando más datos... y me encontré con otros aspectos no abordados en la película.

Y también con algunos artículos que, o en su título, o dentro de su contenido, hacían mención de las más que evidentes desgracias sufridas por ella, desde el lugar ese de preguntarse, conmiserándose de su suerte, si alguna vez habría sido feliz.

Una de esas notas, -muy interesante, por cierto-, se titulaba "Una vida para nada rosa", y casi enseguida pensé: "una vida para nada sosa". Y sobre todo, pensé que aun en el caso de que Edith Piaf, el gorrioncito, no hubiera alcanzado LA FELICIDAD, (¿ la habrá alcanzado algún mortal?-, digo, ésa, la gran zanahoria tras la cual corre el ser humano), sin duda su vida no fue "una vida para nada", sino para mucho, y para muchos.

Creo que es imposible que una persona capaz de hacer con las cartas atroces que le tocaron en suerte, esa tremenda poesía, y que además de ser una artista de la música, llegó a ser , -como lo fue también la Kahlo-, una artista de la vida... Que pese a sus fuertes marcas tempranas,y a la dimensión de sus pérdidas, y tal como aconsejó a la humanidad en sus últimos días "amó, amó y amó" intensamente... Creo que nadie que ame intensamente puede no haber sido feliz.

Y creo también que el gran malentendido que sobre todo padecemos en Occidente, está en asimilar la felicidad no sólo al placer, sino a estándares de éxito a los que se llega como llegaría un deportista a sus marcas, y con una pretensión de inmutabilidad, de primavera congelada para siempre en la mejor de sus flores... o nada. Esa felicidad no sólo no la debe haber alcanzado Edith, ni sé si, -de ser posible-, sería deseable.

Pero ¡quién le quita lo cantado! Porque, además, su vida no sólo fue un "Himno al amor" como intenso anhelo romántico, sino una expresión viva y práctica del amor como motor de superación de las peores circunstancias, como  quimera irrenunciable, y como credo.

Y digo expresión viva y práctica, porque, -más allá del comprensible mal genio y de la morfina calmante de tanto dolor-, la Piaf entregó al mundo su voz, su canto, su mejor don, y amó profundamente su arte, por el cual se puso en pie una y mil veces...Pero también su vida expresó un amor al prójimo que trascendió ampliamente los intereses del ego, llegando a impulsar tanto a sus amantes, ocasionales o no tanto, como a sus amigos o a totales desconocidos, a la realización plena de sus dones artísticos, -Aznavour, Moustaki...¡Yupanqui!- y, en medio de sus tormentas personales, -que no fueron ni pocas ni leves-, se hizo lugar para ser símbolo de la resistencia francesa durante la ocupación nazi, ayudando a los artistas judíos, protegiendo y hasta salvando vidas.

¿Cómo se puede intentar quitarle un ápice de belleza a semejante monumento vital? Sí: La vida en rosa y el Himno al amor, cuyas letras escribió-, o el "No, no me arrepiento de nada", dan fe de una vida con sentido.

Ojalá todos pudiéramos tener el honor de que se contaran cosas como ésas en nuestro curriculum vitae, en tiempos de tal maraña en torno al éxito y a la abominación del fracaso, insuflando al uno todo lo positivo y al otro, todo lo nefasto.

Los diamantes que fueron carbón necesitan una imperiosa reivindicación en este mundo cuya inefable belleza aún espera ser descubierta.





miércoles, 1 de mayo de 2024

TE AMO...Y NO, DE JEFF FOSTER

 



Puedes sentir una profunda compasión y ternura hacia una persona y aun así decir "no" a sus peticiones y sus comportamientos.


Tu 'no' surge de un 'SÍ 'más profundo a la vida, a la verdad, a la autenticidad.


Visto así, el “no” y el SÍ no son opuestos, como la luna no es lo opuesto al sol sino igualmente bienvenida en la inmensidad incondicional del cielo, en el gigantesco SÍ de la Presencia misma.


El "no" no es necesariamente resistencia, ni ego, ni una expresión de miedo, ni una "huida". El 'no' también puede ser un amor feroz. El 'no' puede ser una expresión de gran bondad y valentía.


El amor no requiere que nos convirtamos en felpudos, ni que toleremos la violencia, ni que aplastemos nuestros preciosos sentimientos y ocultemos nuestro "no" para parecer más espirituales, compasivos, amables, libres de ego o iluminados, más allá de los sentimientos humanos. A la mierda esa imagen. Es falso. Una máscara que al final te asfixiará.


Un verdadero límite, un 'no' amoroso, no nos separa, nos protege. Nos permite mantener nuestros corazones abiertos unos a otros, relacionarnos honestamente y, al mismo tiempo, saber exactamente dónde nos encontramos.


A otros puede que no les guste o no estén de acuerdo con nuestro "no". Quizás nos juzguen por ello. Pero nunca estuvimos aquí para proteger a otros del dolor. Siempre estuvimos aquí para decir nuestra verdad, con una compasión feroz.

Y entonces podemos decir, sin contradicción:

TE AMO.

Y NO.

Y quédate ahí, libre, amoroso, auténtico, en nuestro asombroso poder.


-Jeff Foster-


viernes, 19 de abril de 2024

lo más bello que evoco 3: La higuera, de Juana de Ibarbourou, himno al piropo

alguien dijo, susurró algo, que alguna vez en medio de una nochecita del alma me hizo sentir tan bella como la higuera de Juana se debe haber sentido. 

Pensaba en eso hoy, y recordé este poema, porque más allá de si se trata o no de llamarse higuera, cuando una se siente llena de ramas grises, invisible, fea, e incluso una especie subalterna de repelente ambiental, esas vocecitas que ni saben todo lo que nos salvan, hacen del piropo una de las creaciones más útiles del universo universal, amén. 



LA HIGUERA


Porque es áspera y fea,

porque todas sus ramas son grises,

Yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,

círculos redondos,

rectos limoneros

y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,

todos ellos se cubren de flores

en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste

con sus gajos torcidos que nunca

de apretados capullos se visten....

Por eso,

cada vez que yo paso a su lado,

digo, procurando

hacer dulce y alegre mi acento:

«Es la higuera el más bello

de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,

si comprende el idioma en que hablo,

¡qué dulzura tan honda hará nido

en su alma sensata de árbol!

Y tal vez, a la noche,

cuando el viento abanique su copa,

embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!



( PD: mmmm... ¡y qué rico llegar al fruto! )

Barco quieto, de María Elena Walsh/ y divagación de la que suscribe

Sin duda, esta canción es de mis preferidas entre todas las canciones. La hizo María Elena, y la festeja la sensibilidad de mucha gente entre la que también estoy.

Sin embargo, hoy cuando la recordé y pensé en que no la había homenajeado en mis pinceles, pensé también en esta casa, la mía, pero también la tuya, la de cualquiera...pensé en la casa como un barco quieto que resiste... Que resiste la intemperie de los otros cuando, - a veces-, son los que nos marcan a pesar, un tatuaje inesperado en una parte ilesa de la piel. Pensé en la casa como el barco abrigadito en que nos aburbujamos, -como en un pullover de invierno-, para revisarnos las heridas sin crueldad, y para darnos algún aplauso necesario y una palmada de aliento allí donde alguien queriendo o sin querer propinó un golpe inaudito.

Cuando recordé esta canción hoy, pensé en mí, pensé en mi casa, con su ventana siempre luminosa si hay luz, con su oscuridad cálida, con su dulce reverberar en la paz conquistada, en el deseo de una honestidad inclaudicable. Cuando pensé en esta casa, pensé en la espera de ese amor al que todos, como María Elena, desearíamos pedirle que no se vaya nunca.

Y también pensé que en esta época de pedir que se vaya lo que se tenga que ir y que llegue lo que tenga que llegar, nos olvidamos frecuentemente de pedir que se quede lo que se tenga que quedar. Y que en realidad ese "se tenga" es bastante mentiroso, porque lo que estamos queriendo de veras, es que se quede eso que queremos, que apreciamos tanto que no regalaríamos jamás.

Y en el centro de cualquier amor, está el amor al centro mismo del amor, a su núcleo, que sin nosotros, no es ni será nada.

Por eso, no nos vayamos, quedémonos en este barco quieto aunque no sepamos todavía si es tan malo lo malo o tan bueno lo bueno que está sucediendo, quedémonos nosotros mientras el barco esté quieto, no sea cosa que cuando llegue "lo que tiene que llegar", no nos encuentre.

Gracias María Elena por esta canción con forma de zamba, que habla de tanto.



https://www.youtube.com/watch?v=Ef3e-Z7d8DU

BARCO QUIETO


No te vayas, te lo pido

De esta casa nuestra donde hemos vivido

Que nostalgia te puedes llevar

Si de la ventana no vemos el mar

Y afuera llora la ciudad

Tanta soledad


Todo cansa, todo pasa

Y uno se arrepiente de estar en su casa

Y de pronto se asoma a un rincón

A mirar con lástima su corazón

Y afuera llora la ciudad

Tanta soledad


No te vayas

quédate

Que ya estamos de vuelta de todo

Y esta casa es nuestro modo

de ser


Tantas charlas, tanta vida.

Tanto anochecer con olor a comida

Son una eternidad familiar

Que en un solo día no puede cambiar

Y afuera llora la ciudad

Tanta soledad


Estos muros, estas puertas

No son de mentira, son el alma nuestra.

Barco quieto, morada interior

Que viviendo hicimos, igual que el amor

Y afuera llora la ciudad

Tanta soledad


No te vayas

quédate

Que ya estamos de vuelta de todo

Y esta casa es nuestro modo

de ser



miércoles, 10 de abril de 2024

MIEMBROS DE LA TRIBU, de Mary Oliver




Delante de mí

encendían su fuego

en los bosques oscuros

de la muerte.

 

¿Deberías nombrarlos?

Sus nombres resuenan, se ramifican.

 

Ustedes los conocen.

 

*** 

sé

que la muerte es una serpiente misteriosa

bajo las hojas, deslizándose

deslizándose; sé

que el corazón también la desea, no puede

huir, no puede

 

romper su hechizo. Todo lo que existe

 

quiere entrar en el lento espesor,

sufre para estar en paz, finalmente y a cualquier costo.

 

quiere

volverse piedra.

 

***

 

En aquella época

cuando quería morirme

alguien

tocaba el piano

en el cuarto, al lado mío.

 

Mozart.

Beethoven.

Bruckner.

 

En la cocina

un hombre con una sola oreja

Estaba pintando una flor.

 

***

 

Más tarde

en el hospicio

empecé a distinguir, entre las aguas rojas

de la confusión;

 

descosí

las profundas puntadas

de mis pesadillas.

 

El viejo y querido trabajo humano.

 

No tenía nada que ver con desplegar.

en el suelo un camino de palabras

que pudiera ahogar

o acaso suavizar

el corazón.

 

Mientras tanto

Yeats, entre el amor y la furia, se ponía de pie,

junto a sus compañeros caídos;

Whitman seguía cayendo

por los pliegues de su ego.

 

En los campos

más allá de las ventanas cerradas

un joven que no podría vivir mucho más, y lo sabía,

escuchaba a un pájaro, marrón y sencillo,

que cantaba y cantaba en lo profundo de las ramas,

que no paraba de pedirle

algunas palabras, salvajes y esmeradas.

                                                                        Ustedes conocerán

esa estrategia, tan importante y elocuente

que tiene la cordura.

 

*** 

 

Les perdono

su infelicidad

les perdono

haberse ido del mundo.

 

Pero no les perdono

haber mirado hacia otro lado

sacarse el velo

bailar para la muerte-

 

a toda velocidad

hacia el olvido

al filo de sus exquisitos

poemas, anunciando:

este es el camino.

 

***

 

Estuve, por supuesto, todo aquel tiempo.

marchando

tras ellos, pidiendo

su consejo.

 

***

 

Y el hombre que solo

lavaba los pinceles de Miguel Ángel, arrodillado

en el suelo húmedo, observando

cada día los colores que chorreaban

 

Él llegó a vivir cien años.




(los poemas están tomados de esta  hermosa edición)

sábado, 6 de abril de 2024

Mary Oliver y El trabajo del sueño: El amanecer

¡Admiro tanto a Mary Oliver! pero es tan clara, que tratar de traducirla es redundar, y más aún cuando se dispone de excelentes artículos sobre su obra, y también sobre su vida. 

Por eso elijo aportar algunos poemas de este libro hermoso que elegí como regalo para mí misma en este año 2024, algunos poemas que no están demasiado difundidos aún. 

Aquí va el primero



EL AMANECER 


Podés morir

por un amanecer-

una idea

o el mundo. La gente


así lo ha hecho

con esplendor

entregando

sus pequeños cuerpos


a la hoguera, 

creando

una inolvidable

furia de luz. Pero


esta mañana, 

mientras trepaba las colinas cotidianas

bajo la maquinaria cotidiana

del amanecer, pensé


en China

en india

en Europa, y pensé

en cómo el sol


resplandece 

para todos y tan

alegremente

cuando sube


bajo las pestañas 

de mis propios ojos , y pensé

¡Soy tantas! 

¿Cuál es mi nombre? 


¿Cuál es el nombre

de este aire que respiraría 

una y otra vez

por todos nosotros? Llamalo


como quieras, es 

la felicidad, una

de las formas de entrar

al fuego.