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domingo, 26 de marzo de 2023

Génesis poética, o de cómo nace la cosa, según la que suscribe

hay poemas que salen al dictado de una melodía interna, de una voz, de algo que grita o susurra, de un discurso, un monólogo interior casi automático, o directamente del automatismo más puro, al modo surrealista. Luego viene el trabajo, la orfebrería, el tiempo de dejar la masa levar, la cocina, el fuego, las tijeras de podar y todas esas cosas.

Hay poemas que parecen nacidos más desde una posición, como la de quien se pone a contar cuentos en una mesa llena de gente, o a veces para pocos, pero en resumen, para contar algo a más de una persona; hay una actitud de querer impresionar que está presente de antemano. En esos poemas muchas veces cuenta más el cómo que el qué, el elemento estructurante, los remates finales, etc.

Otros, que son como el susurro en el oído de alguien muy amado.

De todos modos, todas esas actitudes iniciales se conjugan, se mezclan, se amasan. 

Pero a veces, a veces, en voces quizás no tan poéticamente pulidas según lo que se entiende por tal cosa en los mundillos específicos, se da un raro fenómeno: que el "qué", - o sea la parte más sabrosa a mi entender de cualquier poema o texto-, sea enteramente dictado por el alma, y el cómo se acomode obedientemente a tal dictado.

Eso es puro milagro.


domingo, 24 de julio de 2022

DOS MUESTRAS DE ARTE



 

Cuando ayer me dispuse a ir al MALBA a ver la muestra de Yente y Del Prete, titulada Vida venturosa, me resultó interesante por la obra plástica con que la presentaban, pero a Del Prete lo visité poco cuando estudiaba Bellas Artes, y a Yente no lo conocía en absoluto. También me gustó eso de la vida venturosa. Me gustan lo venturoso y lo aventurado, y aunque etimológicamente parece que “ventura”, como palabra, en sí misma no promete más que el advenimiento de algo que no ha sucedido aún, el agregado del sufijo “oso/a” indica abundancia, por lo que una vida venturosa indicaría que la ventura, en este caso, ha sido buena.



Después de pasar por un puesto de flores y observar la belleza de los tulipanes y su colorido alegre y variado, llegué a la entrada del MALBA, y esperé a mis dos amigas. Ya había sacado algunas fotos de los tulipanes, así que andaba con el celular en la mano. Garuaba, y el cielo estaba gris. Y sin embargo en medio de la explanada desierta, una pareja se besaba. Sólo él y ella, ella y él, bajo la llovizna, en medio del gris, sin parar y suave… largamente como la lluvia, se abrazaban y besaban. Me sorprendí. Ni mis amigas llegaban, ni la llovizna dejaba de caer, ni la pareja de besarse. Y sentí deseos de registrar ese momento único, casi sagrado.



Eran apenas un punto en medio del metal de la gran escalinata. Ni yo sabía bien a qué le estaba sacando fotos, dada mi escasa visión.  Tomé unas cuántas, mientras iba cambiando de lugar para ver cuál de todos mis intentos captaba el beso de esos dos seres mientras me preguntaba acerca de lo que podrían estar sintiendo. ¿Sería un instante fuera del tiempo, o tal vez parar el tiempo? Absolutamente inmersos en el presente y sin importarles nada más que eso que estaban generando en sí mismos, imposible imaginar que esa magia estuviera irradiando y tocándome también de algún modo.

Era llamativo que mientras yo subía y bajaba la escalinata y cambiaba de ángulo silenciosamente, la pareja no cambiara de quehacer; apenas brevísimas interrupciones de ese beso que no era el de Rodin, para poder respirar.






La magia de esa escena era enorme. No sé si más gente se habrá detenido a mirarlos, pero a simple vista el gentío transcurría puertas adentro.

Fui subiendo las escaleras y entré. Luego mis amigas llegaron. Ya la pareja se había ido.

Al subir al segundo piso los carteles explicativos nos contaban que Yente no era un “él”, sino una “ella”, la mujer de Del Prete, que la pintura con que se había elegido presentar la muestra se llamaba “El abrazo”, y que ambos estuvieron juntos más de cincuenta años, experimentando con la plástica y la vida; que no tuvieron hijos, que ella, por su condición de mujer en ese momento histórico, quedó bastante relegada en cuanto a la trascendencia de su obra. Y que “la vida venturosa” aludía a una serie de pinturas de Yente en donde narraba, -a modo de historieta-, con ternura y humor y valiéndose de otros nombres, quiénes eran ellos antes de encontrarse, cómo sentían, a qué se dedicaban, y cómo se vio modificada la vida de ambos a partir de su encuentro. Yente era amiga de los hilos, del tapiz, del bordado, y a diferencia de Del Prete, utilizó este recurso combinándolo con la pintura en muchas de sus obras.





Fue así como me quedé impregnada de esa mezcla alegre y delicada de los colores en los tulipanes, los collages, los hilos y la garúa, de un abrazo y un beso interminables y la vida venturosa de quienes se encuentran. La danza de lo efímero y de lo eterno, conjugándose en lo que se quedará en la memoria para siempre. Y la pregunta de cuántos besos como ése construirán el paraíso al que iremos algún día, la muestra de arte tejida con nuestras vidas, los momentos que quedarán como obra, más allá de nosotros, irradiando.





(Yente es el seudónimo artístico de Eugenia Crenovich)

lunes, 4 de julio de 2022

DEJARSE HABLAR


Los registros poéticos son extraños

La forma en que se presenta la palabra.

Uno, el más irracional de todos según mi experiencia, es el dejarse hablar

Es algo asustador e incompleto: imposible dejar de controlar totalmente el parloteo, y sin embargo…

Se puede. Hay momentos en que las palabras fluyen sin nuestro permiso racional, sin nuestra  censura, sin nuestra elección correcta, apenas una ligera poda de redundancias sónicas o semánticas, apenas una poda

Amenaza el dejarse hablar, el automatismo

No es para cualquier momento de la vida

Es para cuando o no hay miedo alguno, o hay animus iocandi, o sea, muchas ganas de jugar, o experimentar, y también para cuando hay mucha locura, mucha necesidad de poder ser dichos sin censuras desde aquello que se impone y se abre paso

La forma en que se presenta la palabra poética es diversa, así la experimento

Los diversos yoes que me habitan exigen tener protagonismo

Se dan de patadas, como diría Girondo, pero son autovalentes, quieren el micrófono de tanto en tanto

El único que no les concede micrófono es el miedo

Ahí se detienen en desiertos poéticos extensos, aunque de vez en cuando algún noble oasis se haga notar, esporádico, pero consistente.

Y si no, el canto, el registro del canto, pero ya es otro tema. 


(Imagen:  San Mateo y el ángel, de Rembrandt)

lunes, 21 de marzo de 2022

Bach, ese arroyo que da al mar... por Demian Sielecki, Coro de Garage y Proyecto MEG

 


Cuenta la leyenda que desde lo que dimos en llamar Edad Media hasta el Siglo XX se fueron alternando prolijamente movimientos estéticos de corte romántico con otros de corte clásico, quedando mezclados en el sigloveintecambalache, coexistiendo por primera vez hasta ahora en la historia de lo que damos en llamar Arte Occidental.
Cuenta también la leyenda que un hombre muy prolífico tanto a la hora de crear hijos como obras musicales, marcó con su impronta tooodo lo que seguiría sonando por estos lares desde su aparición en el planeta Tierra. Casi ningún músico, sabiéndolo o sin saberlo, escapó de algún modo a la marca de un tal  BACH, que dedicaba todas sus obras a Dios para colaborar con su Gloria, que se sentaba metódicamente a trabajar en su música como un zapatero en sus zapatos, que no se consideraba gran cosa a sí mismo, que no viajó más allá de las fronteras de su país, y que una vez que su existencia artesanal y discreta se extinguió, no tardó en extinguirse con ella el fulgor de su creación, siendo olvidada tan por completo que parece que se llegó a envolver el pan con sus partituras manuscritas.
Y es que don Johann Sebastian vivió más de lo que el Barroco había logrado vivir en otras expresiones artísticas, y cuando, -casi ciego-, escribía su última pasión, el clero ya encontraba "excesiva" su carga emocional. 
Y es que no por luterano sus pasiones eran menos pasionales en un momento histórico que comenzaba nuevamente a desplazar las emociones para entronizar como nunca a la Diosa Razón.
Así que, después de cortadas las cabezas francesas, cuando el furor se tornó lucha libertaria y las voces volvieron a vibrar con los latidos del corazón en claroscuro, uno de los tempranos compositores románticos, a sus preclaros veinte años, se dedicó a convertir su deslumbramiento por el viejo Bach en acciones concretas, y puso manos a la obra.
Hoy, que tanto se ensaña el mundo con todo lo que suene a romántico, convendría recordar que entre las virtudes de ese espíritu loco, cabría, y con toda justicia, destacar eso de poner los sueños en marcha, cosa que un tal José de San Martín  supo captar muy bien por estas latitudes.
Y cuenta entonces la leyenda una vez más que Félix Mendelssohn, el judío que aún conservaba la estela invicta del niño prodigio que acababa de ser, dirigió por primera vez una obra de Bach para su generación: la grandiosa Pasión según San Mateo, nada menos que para coro y orquesta, con una duración de apenas unas tres horas. Esto parece que aconteció el 11 de marzo de 1829, en Berlín.
El apellido "BACH" traducido al castellano significa "ARROYO".
Un arroyo que no cesa, que es retomado una y otra vez. Unas aguas sagradas y sencillas que saben correr en todos los idiomas del mundo.
Hoy, veintiuno de marzo de dos mil veintidós cumpliría trescientos treinta y siete años el señor Juan Sebastián, -según la Walsh-, y quién diría cuán joven y activo se conserva el muchacho. En su hemisferio comenzaba la primavera, y en el nuestro el otoño. Pero a él no lo logró desterrar ninguna estación, o acaso su tierra no sea de este mundo.
Por eso tal vez  algunas manos jóvenes aún lo eligen, y sueñan que su música suene, y logran que el alemán por fonética suene y sueñe que es, como la música, un idioma universal, un arroyo que no cesa, y que da al mar, siempre.
Demian Sielecki lo sabe: alguien le susurró al oído que era tiempo de un Magnificat, y no lo detuvieron ni los barbijos a la hora de determinar las plazas porteñas como salas de ensayo antes de la primera dosis de sputniks y astrazénecas. Y con total entereza de ánimo logró que coexistiera el racional y bien plantado respeto por la contundencia de los virus, con el romántico anhelo de realización de los sueños. Echó mano del zoom, y luego de los espacios públicos, hasta que un día pudimos estar aplaudiendo de pie la música del hombre que escribía para glorificar a su dios, para alegrar y elevar el alma de los humanos, y tal vez para hacernos vislumbrar que lo posible llega más lejos siempre, un poco más lejos, un poquito más lejos, un poco más ...


https://www.youtube.com/shorts/zE4jdQHD68A

https://www.youtube.com/watch?v=w1QCiFIY2TU

https://www.youtube.com/shorts/zE4jdQHD68A








(Gloria a dios)

martes, 25 de enero de 2022

LA FLOR DE UNA PENA , Ensayo poético, (inédito, 1996)

 LA FLOR DE UNA PENA

(o SOLEDAD, MALENA Y UNA APROXIMACIÓN DESDE EL MISTERIO)


Soledad y Malena. Dos mujeres, dos encarnaciones de un mismo estado del espíritu: la pena.

Soledad lleva impreso en su nombre el sino que la hace bajar por el monte a la hora en que nadie, excepto el poeta, - como piadoso interlocutor-, podrá acompañarla.

Malena canta. Canta el tango para un auditorio tan ajeno a su mítico mundo interno, que sólo otro poeta podrá rescatarla de él, intentar traducirla, presentarla al mundo.

Federico García Lorca y Homero Manzi: dos poetas a la luz de cuyas miradas ambas mujeres comenzarán a emparentarse, a revelarnos proximidades que rebasan los límites de la propia cultura, de la que , - sin dejarnos de hablar-, emergen, para trascenderla en una universalidad asombrosa.




Soledad Montoya por Alejandro Alonso



Malena

Manzi pone la oscuridad en los ojos de Malena; una oscuridad que sólo es comparable con la del olvido (“Tus ojos son oscuros como el olvido”). A Soledad Montoya en cambio, la oscuridad la va transfigurando, tomándola poco a poco, pero íntegramente: “¡ Qué pena! Me estoy poniendo /de azabache carne y ropa”. Pero es la pena la que atrae la oscuridad, la que tiñe la mirada de la una y el cuerpo entero de la otra. Esa oscuridad mítica, sobrenatural, viene a su vez de geografías íntimas y lejanas de las que se nutre: la infancia de callejón, las tierras de aceituna y ese mar apenas nombrado ( “Tal vez allá en la infancia, su voz de alondra / tomó ese tono oscuro de callejón”… “No me recuerdes el mar, / que la pena negra brota / en las tierras de aceituna/ bajo el rumor de las hojas” ). Tierras que se encuentran en el misterio: ¡dónde queda el callejón? ¿Qué representa? ¿ y dónde aquellas tierras atormentadas por el mar, ese mar que es responsable de la pena?

Los labios de Malena son “apretados como el rencor”. Soledad llora “zumo de limón, agrio de espera y de boca”. ¡Qué acritud habita esas bocas únicas? ¿Qué mar común las otca con esa sal misteriosa que pone amargas las canciones, esa “Sal del recuerdo” que llega de un mar que, sin embargo,  pide no ser recordado?  (“No me recuerdes el mar, /que la pena negra brota”… “tu canción / se hace amarga en la sal del recuerdo”).

La pena crea un velo, un muro imaginario que separa a ambas mujeres de la realidad, porque la realidad de la pena se sitúa hacia adentro, hacia la propia interioridad de cada una: universos cerrados del recuerdo, secretos del corazón a los que no se puede llegar. A los que ni siquiera los poetas, - sus propios intérpretes-, pueden llegar. Manzi se atreve a arriesgar una hipótesis: “Tal vez allá en la infancia su voz de alondra /tomó ese tono oscuro de callejón… / O acaso aquel romance, que sólo nombra / cuando se pone triste con el alcohol”. Pero los datos son escasos y mucho lo que queda en las sombras.

La pena de adentro sólo se comunica a través de la canción: los pechos de Soledad “gimen canciones redondas”; los tangos de Malena son “criaturas abandonadas / que cruzan sobre el barro del callejón/ cuando todas las puertas están cerradas / y ladran los fantasmas de la canción”:  todo esto dice Homero Manzi en una fantástica, increíblemente lograda visión expresionista.



Y es justamente en medio de este terrible desamparo en donde hace su aparición el duende. “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”, dice Federico…Pero ¿ qué es el duende?... “Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas.” Sin embargo “la verdadera lucha es con el duende”. Federico agrega: “Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos”… “La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”… “Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza, y en la poesía hablada, ya que éstas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”.

Y es que el duende lorquiano, tal vez primo hermano de aquel espíritu dionisíaco del que tanto hablaron los griegos, ese duende que es emoción pura y al cual “hay que despertar en las últimas habitaciones de la sangre”, no irrumpe “si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad que ha de mecer aquellas ramas que todos llevamos adentro y que no tienen, que no tendrán consuelo”.

Cuenta el poeta, a propósito de esto, una anécdota de la Niña de los Peines, la famosa cantaora que después de una actuación cuidada pero fría, ante la decepción de su público “se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento,  sin matices, con la garganta abrasada, pero …con duende”. Federico agrega : “La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas sino tuétano de formas, música pura, con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara a luchar a brazo partido. ¡ Y cómo cantó!”.


Algo así habrá transmitido Elena Tortolero de Salinas, - conocida como Malena de Toledo-, esa noche en que Manzi, de paso por el Brasil, la escucha cantar en un peringundín de San Pablo. Y aunque José Gobello defina aquel impacto como el encuentro con “una voz extraña que desafina tangos”, es esta Malena, - con sus manos como “palomas que sienten frío”-, la que en ese punto crucial del desamparo, del frío de su soledad, libera al duende que habita en las últimas habitaciones de la “sangre de bandoneón” que le corre por las venas. Ella quiebra su voz como la Niña de los Peines ( “Malena canta el tango con voz quebrada”, dice Homero), y deja salir a los niños-tangos, abandonados como ella misma, echándolos a andar por el barro del  callejón. Y mientras allá lejos ladran los fantasmas de la canción, Malena logra el milagro, produce el hechizo, y canta…Canta el tango como ninguna.

La pena negra de Soledad, en cambio, es el duende que no puede liberarse, que la hace correr por la casa como una loca. Soledad no canta como Malena. Sin embargo, esas canciones redondas que gimen sus pechos sean las que acaso le permitan escaparse rodando monte abajo…

Soledad Montoya, dibujo de Federico García Lorca

Se me  hace que el duende y la pena participan de una raíz común, de un mismo tronco. Lorca ha hablado, más allá de su poesía, extensamente sobre ambos, en conferencias y artículos. Y es refiriéndose a su Romancero gitano cuando nos dice que se trata de  “un libro (…)  donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena, que se filtra en el tuétano de  los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia, ni con ninguna aflicción o dolencia del ánimo”… “la pena andaluza es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y que no puede comprender”… ¿Pena andaluza? ¿pena porteña? ¿Pena universal?... Y es que la pena, -continúa Federico-, es “un sentimiento más celeste que terrestre”. Y agrega: “la pena de Soledad Montoya es la raíz del pueblo andaluz. No es angustia, porque con pena se puede sonreír”… Y también cantar: “ Yo no sé / si tu voz es la flor de una pena “ dice Homero Manzi… Y sin embargo, -paradójicamente-, es la Soledad Montoya de Federico quien aparece en el poema como cegada por la rabia, como si ya no pudiera sonreír.

Pero para ambos poetas la pena dignifica, como un estigma de nobleza, de pureza. Federico dice, en una suerte de suave coda musical, con una especie de admiración triste: “¡Oh, pena de los gitanos/ Pena limpia y siempre sola!” y Homero concluye, con un sentimiento tal vez idéntico: “Sólo sé / que al rumor de tus tangos, Malena, /te siento más buena, / más buena que yo.”

Hasta aquí los poemas. Pero es al examinar las vidas de ambos poetas cuando aparecen nuevas proximidades. Cercanos en el tiempo real que les tocó vivir, también compartieron un mismo espíritu nimbado por el misterio y el lirismo, y por una mutua admiración hacia la tierra y la cultura del otro. Lorca amó la ciudad  en la que “el tango abre en el crepúsculo sus mejores abanicos de lágrimas”, una Buenos Aires a la que le brindó su teatro y su presencia. Manzi, a quien “todo lo que fuera español lo fascinaba”, y que además “quería a Lorca hasta la veneración”, encarna, según la opinión de Horacio Ferrer, todo lo que el porteño tiene de español. Tal vez por esto no nos extrañe cuando Homero afirma que “el tango tiene la extensión de las pasiones”, como “música sacada de adentro, que ríe, sufre, ama, odia o ridiculiza”.


Malena seguirá siendo rioplatense y Soledad andaluza. Cada una nos deja, en música y letra, un aroma y un gusto diferentes.

Sin embargo las dos son mujeres. Recuerdo aquella reflexión atribuida a Sócrates, en la que considera al niño y a la mujer protagonistas esenciales de la inquietud filosófica, del asombro, de la pregunta por la vida. Aparecen ante mí los personajes de García Lorca, y aunque Federico, -como pocos, como casi nadie-, supo apelar en su obra al hombre, a la mujer, al niño, a casi todas las posibilidades de la vida con infinita magia, con cuidadoso y tiernísimo respeto, es justamente a través de la alusión casi constante a lo infantil (niños como interlocutores, como símbolos, como compañeros de juego) y de esos personajes femeninos, - mujeres únicas como Yerma, Mariana Pineda, cada una de las habitantes de la casa de Bernarda Alba, Doña Rosita, o su Zapatera prodigiosa-, donde él ha dejado planteadas cuestiones también únicas y preciosas. Y si Homero por unos minutos, por unos versos inolvidables se le acerca en esto, me pregunto si no será quizás que resulta más fácil para el mundo reconocer ciertos sentimientos o estados del alma si se los viste, - o si se los desnuda-, como mujeres.


Pero la pena se hace flor mientras Malena sigue cantando, y Soledad vuelve a su monte una y otra vez en busca de respuestas, o de algo que no sabemos, que no podremos saber… Y es que al fin de cuentas, - y más allá de las preguntas que seguirán resonando junto con el ladrido de aquellos fantasmas-, “sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio”.


Bibliografía:

- José Gobello, Jorge A. Bosio, “Tangos, letras y letristas”, Editorial Plus Ultra, 1975.

- - Horacio Ferrer, “El libro del Tango”, Antonio Tersol editor, Badalona (Barcelona), España, 1980.

- Federico García Lorca, “Teoría y juego del duende” (Conferencias), Obras completas, Editorial Aguilar, Madrid, España, 1980.

- Federico García Lorca, “Romancero gitano” (Lecturas), Ibidem.



Claudia Bakún, 1996.


Nota: hoy, recorriendo la web, me doy cuenta de la inmensa distancia recorrida en cuanto a documentación histórica, tanto acerca de Malena y Soledad, como respecto de la génesis de ambos textos. Sin embargo, dejo aquí mi humilde interpretación, en voz de quien fui por entonces, y con el regocijo que me procura citar la Teoría y juego del duende, de Federico, conferencia no tan común, joya inmensa que sin embargo hoy es posible hallar también en forma completa en el  siguiente enlace

https://www.youtube.com/watch?v=XeDrU3oudq8

lunes, 20 de diciembre de 2021

CATARSIS: Conjuro y magia

Es de destacar que para los griegos todo tenía un profundo sentido práctico, es decir que las cosas no se inventaban porque sí, sino para ejercer un efecto sobre la vida del hombre . Los filósofos griegos coincidieron en asignarle a la música un papel relevante en la educación de las personas, por ejemplo.

Ya en las más antiguas fábulas griegas se ve que “de la música emana un poder milagroso a cuyo efecto mágico no se puede sustraer ni la naturaleza muerta, ni la viva; ni el animal ni el hombre; ni el cuerpo ni el alma”.

Durante el transcurso de la historia griega esta función mágica va adquiriendo matices más racionales: es decir más conscientes. “El hombre empieza a tener conciencia del poder de la música, y se pone a dirigirla de acuerdo con su voluntad y a aprovecharla para sus finalidades. Así se produce el florecimiento de la música griega en la última mitad del siglo V a C."

Platón, en su doctrina del Ethos, plantea cómo lo que sucede en la música tiene un reflejo directo en el sentir, el pensar y el accionar del hombre, por lo cual era considerada una parte esencial de la educación del individuo.

El timbre de los instrumentos iba a ejercer distintos efectos sobre la emoción, lo mismo que las distintas escalas o modos... 
Es notable en los griegos la gran importancia que le dieron a la educación, entendiéndola como el desarrollo del cuerpo y del alma, y dentro de la cual el arte, - y en particular la música -, tuvo un lugar destacadísimo. Y no sólo la música.

Ellos lograron que todas sus creaciones y  quehaceres - los mitos, la filosofía, la gimnasia, el teatro, la vida política, la educación- convergieran, se encontraran al servicio de una misma causa, de un mismo centro: el desarrollo integral de la persona.

Y aquí es cuando creo que entra en escena  la tan mentada "catarsis"

Según wikipedia, bien documentada en este caso, "Catarsis (del griego κάθαρσις, kátharsis, purificación) es una palabra descrita en la definición de tragedia en la Poética de Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Mediante la experiencia de la piedad y el temor (eleos y phobos), los espectadores de la tragedia experimentarían la purificación del alma de esas pasiones. 

Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir (al "soportar la purificación") al espectador de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra, y al permitirle ver el castigo merecido e inevitable de estas; pero sin experimentar dicho castigo él mismo. Al involucrarse en la trama, la audiencia puede experimentar dichas pasiones junto con los personajes, pero sin temor a sufrir sus verdaderos efectos. De modo que, después de presenciar la obra teatral, se entenderá mejor a sí mismo, y no repetirá la cadena de decisiones que llevaron a los personajes a su fatídico final.

En las tragedias clásicas, el motivo principal del infortunio es casi siempre la hybris, o el orgullo desmedido que hace a los mortales creerse superiores a los dioses, o que no los necesitan ni les deben honores. Dicha hybris es considerada como el más grave de los defectos, y la causa fundamental de todos los infortunios.De este modo la tragedia también alecciona y enseña al espectador respecto a los valores de la religión clásica. La catarsis es, pues, el medio por el cual los espectadores pueden evitar caer en la hybris."

No recuerdo si fue Sábato, pero sí recuerdo que han sido más de una las voces que afirman que si los asesinatos, y demás abominables acciones cometidas en los libros las hubieran llevado a cabo sus autores en su vida personal hubieran terminado muy mal... Aplíquese a toda obra de arte, dictada por cualquiera de las musas... Siempre, -aunque la palabra es tal vez muy rotunda-, creo yo que siempre la catarsis como liberación de montones de contenidos emocionales "reprimidos",- para usar un término que quizás sea algo limitante pero válido-, sirve para transformar en maravillosas sublimaciones que no sólo  han salvado a sus creadores en muchos casos de cometer los suicidios, crímenes y demás negruras que no cometieron, sino que aunque las hubieran cometido los redime en su obra, que de esta manera queda como espejo en que la humanidad se puede mirar y reconocer de arriba a abajo, desde el milagro de la belleza.

No es lo mismo violar a un ser humano que mostrar esas realidades en obras de arte inmensas como la trágica "Rocco y sus hermanos", de Luchino Visconti, por dar un sólo ejemplo.

Volviendo a la dimensión liberadora de la catarsis, muchas veces se habla, y con razón, de que un texto, -por ejemplo-, es catártico, cuando ese hecho le hace perder valor estético. 

Y es que el problema no es que el hecho artístico sea catártico, porque esto es así inevitablemente, sino que solamente sea catártico, poniendo el énfasis en el "solamente".

Si una obra de arte es sólo catártica, libera ,-si es que lo hace-, sólo al que la crea, pero tal vez no más que propinar un puñetazo sobre la mesa, vomitar, o romper algún objeto. Es una mera descarga. 

Lo catártico en la obra de arte apunta a poder llegar a ser conjuro y magia a la vez: a trascender el objeto de su motivación aparente, dándole la dimensión de algo más abarcativo, más amplio, en que la mejor posibilidad que se abre ante las manos, el sentir, o el intelecto de quien está creando es trasmutar eso vivido, -ese contenido perturbador o traumático-, en otra cosa, que tal vez sea una síntesis de diversos hechos relacionados, o una ilación que resulte espejo de realidades múltiples aunque una sola voz las entone.

Y si se logra esa alquimia, será la Magia la que obre el milagro de la creación artística.




miércoles, 8 de diciembre de 2021

cómo obedecer a una mancha de tinta


1999. Año de pintar, así como 2020 y lo que va transcurriendo de éste vienen para escribir.

Pintando andaba yo por entonces, sin parar casi. Lo abstracto, la mancha, el automatismo, los chorreados, salpicar con fuerza a pleno pincel... todo eso me fascinaba y tenía el permiso del espacio de un atelier -vivienda, o sea, si se ensuciaba el piso, todo bien.

Así las cosas, cuando quise hacer otro trabajo abstracto y quedó algo que no me gustó para nada. 

Mi querido y admirado colega José Amore siempre riéndose, me decía que cuando a él le pasaba eso lavaba el cuadro íntegro, y empezaba de nuevo...que por ahí quedaba alguna sugerencia que continuar, etc...

Y yo no lo lavé, pero le pasé repetidas veces un trapo bien mojado, que barriera con todo ese bodrio abstracto.

Y cuando el bodrio fue barrido ví el rostro de una mujer que miraba hacia arriba. Estaba cantado. No había que hacer más que seguirlo. Y eso hice. 

La impronta me condujo por un camino mucho más figurativo de lo que hubiera supuesto, con licencias poéticas pero con rostro.

Y me sorprendió. Cada vez que lo miré después tratando de separarme de mí misma, de verlo como si viera algo de otro, ví en él algo que parecía muy elaborado. Y no lo fue. Muy estudiado y planificado. Y no lo fue. 

Más allá del resultado obtenido, lo que me sorprende es la génesis de la imagen, y cómo una vez más pareciera que las apariencias no tienen demasiado que ver con el proceso interno, que lo que se ve o se muestra no siempre es lo que suponemos que es o que fue.



miércoles, 27 de octubre de 2021

El Haiku


Después de mucho tiempo volví a escribir haiku. Es una práctica que había abandonado.

Y es interesante que el haiku sea además de todo una práctica.

Y también fenomenalmente interesante esto: que el haiku es generoso, porque invita al lector a pasar adentro de algo que no aparece totalmente dicho, algo que en cierta manera ha de completar el lector, y por lo mismo es sugerente, no sentencioso.

Mas a la vez, también encontramos  haikus que son una especie de exclamaciones espontáneas, del tipo de: 


quisiera morir

mirando al cerro Fuji

y de repente


En esos haikus, el lector occidental busca sentidos ocultos. ¡Y no los hay! Sencillamente se dice lo que se dice, y eso es lo que se quiso expresar. No hay el "¿qué habrá querido decir?", ni el tremendo "como si" que tanto le gusta adjudicar a los interpretadores excesivos. Lo que quiso decir es lo que dijo, y si quedaba algo por interpretar de eso, ya es nuestro asunto.

Recuerdo cuando un día decidí publicar en el foro de haiku en el que participaba algo que me pareció un disparate, pero quise arriesgarme. Era esto:


sólo oír el viento

y acariciar a mi perra

querría esta tarde


Y para mi sorpresa más enorme, ese disparate fue el que me llevó a otro "nivel", más o menos como cambiar de cinturón en alguna de las artes marciales.


Ante el crisantemo blanco. 

las tijeras. 

dudan un instante.


Aunque a veces los ponjas hagan trampitas como aquí, poniendo en las tijeras el yo del haijin, al oriental, al japonés en particular no le gusta poner a su yo en primer plano. El protagonista aquí es el crisantemo blanco, y a través de él, la belleza de la flor.

El yo en Occidente es otra cosa que el yo en Japón, y en Oriente en general. Tratamos a nuestro yo de formas diferentes, le damos y le quitamos autorizaciones, lo habilitamos y lo des-habilitamos para distintas cosas.

El haiku es gentil y a la vez espontáneo, no anda con vueltas, nos obliga a quemarnos el cerebro a los occidentales en cuanto a cómo decir algo consistente en una estructura mínima, nos obliga a elegir con qué detalle no nos interesa quedarnos de la escena, y a qué otro detalle sí queremos privilegiar; y si bien esto es común en todas las expresiones artísticas, en el haiku es imperioso, porque hay poco espacio disponible. Nos invita a no adjetivar, nos prohibe la metáfora, -¡ oh, maldición de todos los dioses del Olimpo!- , nos pide sobriedad y que lo poético entre por otro lado, y encima nos obliga a ser veraces, ya que es obligación del haijin trabajar a partir de sus vivencias. 

El haiku no trabaja con ocurrencias mentales ingeniosas, aunque eso existe en Japón con el nombre de zappai; el haiku trata de no ser mental, o mejor dicho de poner lo mental al servicio de la traducción de un pellizco llamado aware que nos llega desde la naturaleza, o de la observación del comportamiento humano. Y también nos invita a dejar pasar a nuestro yo sólo para expresar sentires no racionalizados. 

¿Que hay pensamiento? A qué negarlo, y tampoco está nada mal que lo haya. Sólo que , -aunque el haiku y sus amigos nos dejan siempre llenos de preguntas, de excepciones, que nos hacen rascarnos la cabeza-, lo que no hay en el haiku es elucubración, rebuscamiento. Se trata más bien de una forma de pensamiento más intuitiva, que puede conmovernos tanto por su profundidad emocional como por la hondura de lo que podemos extraer de sus entrañas, porque si algo tiene de filosofía es lo mucho que, -tal como en el iceberg- , vive por debajo de lo que se muestra.

domingo, 10 de octubre de 2021

Cuando la literalidad mata


la literalidad mata

la literalidad mata

si usted lee esto literalmente

deberá caer muerto en este mismo momento

por eso no conviene ser literal




¿ descubrió ya la letra "O" entre estas dos imágenes?

(shhhh: la "O" es una trampa)



la literalidad mata

la literalidad mata

si usted lee esto literalmente

deberá caer muerto en este mismo momento

por eso no conviene ser literal


Leer en forma literal es más o menos un asesinato, tanto en la literatura como en la vida.

La literalidad parecería ser una especie de fundamentalismo, una absolutización de la letra en desmedro del sonido que la contiene y le otorga vida.

La literalidad es la exactitud matemática de la que hasta la matemática carece.

Es pretender que la frase "X es canoso" equivalga a decir que X no tiene un solo pelo de color en su cabellera, o que "X tiene pelo castaño" equivalga a decir que no tiene ninguna cana o cabello de color ligeramente rojizo.

La literalidad y la interpretación permanente, conducen a la palabra a un destino triste, totalizador, carente de matices, del mismo modo que quien lee un poema creyendo que el mismo es sólo lo que dice en forma expresa, quitando de la posibilidad expresiva esa tan particular que posee el arte, la de aludir a un sinnúmero de cosas con una sola imagen, como si el yo poético contuviera un solo y unívoco mensaje para un solo y unívoco destinatario, como si no hubiera una masa enorme de experiencia atesorada en una sola frase.

La plasticidad, la posibilidad de entrar y salir de algo dado, la posibilidad de crear puertas y ventanas en vez de barrotes, puede entrenarse, tanto en la comprensión de la escritura como arte, como en el intercambio comunicativo que tanto nos interpela hoy en día.

Sin esa plasticidad, la palabra se amarga, se vuelve condena en vez de instrumento, se torna, -como dijera el lobo al principito-, en fuente de malentendidos, porque la palabra independizada de su contexto puede mentir mucho más que otras manifestaciones humanas. 

"No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos", es puro sonido. Supongo que por eso es una frase tan bella. Porque quien ve con el corazón, observa gestos, movimientos, acciones, percibe dentro de un sensorium, mira dentro de la mirada que proveen los ojos, mira mientras escucha cómo de la boca salen palabras que van tomando climas, y ese ‘todo’ lo informa infinitamente más que la letra despojada.

Tal vez por eso la metáfora, el silencio, el haimi de los japoneses; tal vez por eso la poesía hace vivir a la palabra realidades capaces de volar. 

"Poesía es cuando las palabras cantan", le decía un niño a Murray Schafer, y de ahí él toma el título de uno de sus libros más apasionantes.

Sin "sonido", la palabra es como la paz: un bien que puede crear cementerios.

Creemos, pues, una palabra apasionada y creamos en ella, y también en una paz apasionada.

Sólo quien tiene una vida afectiva rica, puede transitar un alhzeimer acariciando perritos o cabellos de niños. Si el mundo del corazón no crece, una persona despojada de la palabra equivaldría a un muerto en vida.

Y, sin embargo, la única muerte es cuando nos quedamos sin abrazo, cuando nos quedamos sin ternura. El despojado de la palabra y de la memoria puede ignorar que quien le habla es su hijo, pero su mirada lo acaricia igual.

Sin esa capacidad, somos y seremos sólo y tan sólo una fuente de malentendidos, seres despojados de la dimensión erótica y tierna en el más amplio de los sentidos, que poseen los animales, seremos seres acosados por palabras, esclavos de su importancia.

Usar la palabra para lo que no sirve, equivale - como decía un gran amigo artista plástico- a querer "entender" una pintura, algo así como sacar el centímetro para saber si hace frío o calor.


domingo, 26 de septiembre de 2021

Lo pequeño


"Veo cómo la mínima reparación, algo suave, pequeño, alcanza para restablecer el orden del poema, el equilibrio de la composición pictórica: no se necesitan grandes cosas, sólo un toque de color mínimo donde hace falta, y listo" (c'est moi)

Paul Klee escribía en 1902: "Un momento favorable es suficiente. Una cosa pequeña queda fijada con facilidad y concisión. ¡Ya está hecho! Ha sido un trabajo insignificante pero real y, algún día, de la repetición de tales obras pequeñas pero originales, saldrá una obra sobre la cual podré realmente edificar."

" lo pequeño es hermoso " dice mi atril de pintura 


Obra en papel calado de Verónica Olivieri Pinto, escultora argentina

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Tocar el piano


Ya decía Elsa Isabel Bornemann que un elefante ocupa mucho espacio, y eso pasa con un piano. Claro que ahora los hay más chicos, eléctricos, portátiles. Pero el piano, el piano-piano, es mazacote, algo pesado, inamovible, un objeto que si lo desplazan sin miramientos se resiente, se desafina, algo grande que debe ser dejado en un lugar con unas condiciones ambientales propicias, algo así como un árbol, que necesita enraizar y ocupar lugar.

Pero el piano a cambio de su pesadez nos da muchos regalos, es un tipo generoso: voy a intentar enumerarlos, aunque seguro me quede corta.

Nos permite hacer percusión, es decir descargar físicamente con el movimiento de nuestro cuerpo, descargar peso, pero no sólo peso, porque como lo concibieron bien completito es capaz de hacer que junto con el peso y con el movimiento rítmico del cuerpo se muevan todas las emociones y en todos los matices, desde los más suaves hasta los fortísimos... "piano-forte" fue su nombre original, un instrumento propio del movimiento romántico, apto para expresar todas las temperaturas del alma humana.

A la vez que podemos con él recorrer el espectro melódico de nuestra afectividad más profunda y sutil, también nos permite que los acordes le proporcionen más profundidad aún, la melodía acompañada es un tesoro desplegado en sus teclas pero también lo es recorrer los contrapuntos más enmarañados que haya podido imbricar el intelecto humano.

Pero siempre tocar el piano es hundirse... hundirse placenteramente en el agua. Descargar peso emocional con un cuerpo que descansa sumergiéndose, hundiéndose en medio del mar o jugando en una pileta, apoyándose en lugar seguro, despreocupándose de tener que fabricar el sonido como en las cuerdas pulsadas o frotadas.

Tocar el piano es disfrutar lo percusivo de una chacarera sintiendo fuerte cómo se apoya el tercer tiempo acentuado a la inversa de lo tradicional, es ir disfrutando los juegos entre derecha e izquierda como si se tratara de diálogos teatrales o pugilatos, o verdaderas batallas campales, es deslizarse suavemente por los franceses ilustres, y tener siempre a mano la posibilidad de un cluster.

No nos abrazamos a él como a una guitarra ni lo podemos llevar a pasear fácilmente. Pero de algún modo tocar el piano es como abrazar un árbol, un tronco gordo al que asirnos para respirar los sentidos de la emoción y suspirarlos todos juntos a través de nuestros dedos.


Keith


el Cuchi


Martha


Primera imagen, tomada de la película de Jane Campion, "La lección de piano" (o "El piano")


sábado, 18 de septiembre de 2021

BELLEZA INESPERADA- AWARE

"presta atención a la belleza inesperada", dice uno de los personajes de la película homónima a otro.

Y me quedé estudiando internamente esa frase:  prestar atención a la belleza, pero tampoco a cualquier belleza, aunque creo que no estaría nada mal prestarle toda la atención a la belleza...sino puntualmente, en particular a la que no se espera y llega.

Me quedé pensando en las sincronicidades de Jung, en las torcazas en mi ventana frente a ciertos estados emocionales de conexión especial...

Y también me acordé del haiku. porque ¿ qué otra cosa es el aware sino el asombro vivencial ante lo inesperado? quizás, no siempre "bello", ¿o sí? ¿qué es lo bello al fin de cuentas? ¿es como insistía Rilke un grado del horror que podemos tolerar?...mmm... No sé bien, aún no llego a comprender desde el corazón esta frase del maestro.

Prestar atención ante lo inesperado que llega en forma de belleza, conmoverse.

Me permito compartir en esta entrada dos intentos de haiku recientes. Más allá del resultado obtenido tienen ambos conexión con los pájaros, desde lo auditivo, aunque también favorecida la llegada del estímulo por mi hábito incorporado desde la pandemia de mirar para arriba muy seguido en las caminatas. Cultivar el haiku tiene que ver con prestar atención a la belleza inesperada.


¡justo abre su pico!

lo observo mientras lanza

su canto hacia el cielo



al run run de mi mente

lo interrumpen las cotorras

desde el árbol





domingo, 12 de septiembre de 2021

intervenciones artísticas


Somos obras de arte nacidas para que la vida realice intervenciones sobre nosotros.

Creemos torpemente que somos los artistas, los creadores. Sin embargo sólo seguimos sus leyes, los términos y condiciones en que ella, -la vida-, se manifiesta.

La letra chica se cumple tanto como la grande en algún momento, y entonces es ella la que nos interviene, introduciendo algo que no estaba, algo que a la vez nos sugiere o invita o interpela u obliga lisa y llanamente a intervenirla a ella. Y es así como se va generando un ida y vuelta entre creadores y co-creadores que se desarrolla a puro diálogo entre las intervenciones que la vida quiere, - eso que algunos llaman dios, destino, universo sabio e inteligente, etc, etc-, y nosotros.

Sólo que cambiamos de plano: mientras antes sentíamos que nos encontrábamos frente a nuestra paleta de pintores diseñando la nueva obra, ahora nos situamos en una posición distinta, tal vez de mayor humildad, quizá comparable a las posiciones generatrices de las que hablaba Rolando Toro: algo así como unas manos con sus palmas hacia arriba, expectantes y en actitud de aceptar lo que venga, dispuestas a recibirlo y a amasarlo o ser amasados por ello.

Ese "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" que se me atragantaba de chica y no tan chica cada vez que rezaba el padre nuestro, ahora es mi padre nuestro, mi madre nuestra, mi vida.

Algo así como lo que decía María Elena Walsh de que "es la poesía quien lo escribe a uno" y no a la inversa, o lo que Martí escribe en uno de sus versos sencillos cuando dice: "y todo, como el diamante, antes que luz es carbón"... Esto último sonaba verdaderamente lindo antes de enterarme del proceso que requieren los diamantes para convertirse en tales: gran presión y exceso de temperatura, una y otra vez. En los apretones, lo que Virginia Gawel llamaría , -citando la frase de una de sus pacientes-,  "torniquetes de dolor", y en los momentos de alivio, esa irreductible felicidad y sencilla alegría. Tal vez, - como son nombradas en la película que lleva ese título -, irrupciones de "belleza inesperada".

También la belleza inesperada puede ser un proceso de carbonización hacia un nuevo estadio del diamante, y como diría Jeff Foster, nos va disponiendo una y otra vez... a seguir siendo intervenidos por la vida.

Decía Viktor Frankl, que más que preguntarnos qué queremos de la vida, sería bueno preguntarnos más seguido qué quiere la vida de nosotros. O por ahí sólo sea cosa de ponerse a escucharla.


sábado, 11 de septiembre de 2021

LO QUE NO DA LA LETRA


eso que sentimos desconociendo completamente el significado de las palabras, eso que llega de la música, y que no requiere nada más para conmover.

A veces se complementa felizmente con el texto, y otras no.

A algunas músicas llegué así, por desconocimiento del idioma, o porque me llegaron sin referencia alguna de su título.

Por ejemplo Cajuina, de Caetano Veloso, o Vincent de Don Mc Lean. También Father and son de Cat Stevens, sólo que en este caso comprender la letra la hizo para mí más emocionante.

Y Grapefruit moon,  de Tom Waits, cuya música dejo aquí de regalo. 

Al igual que el concierto N° 2 de Rachmaninoff, preferido de mi madre, y maestra.

https://www.youtube.com/watch?v=TKQaSZXEK2s

https://www.youtube.com/watch?v=yJpJ8REjvqo