mientras me voy sacando esa espina,
ésa
lloro, lloro, lloro
con congoja,
no un llanto cualquiera
no vaya usté a creer
Le decía: un llanto de esos cojudos
que salen desde las tripas unidas al corazón,
sin vueltas.
Mientras me voy sacando esa espina, ésa
y mientras lloro lloro lloro
corto unos tomates bien colorados
y maduros.
Antes, mientras lloraba,
no cortaba nada por lo general
no pinchaba ni cortaba.
Ahora pincho a veces,
como espina de una rosa que se sabe hermosa
y corto
como tijera afilada
que decide el largo del tallo con que se sumergirá
en el agua pacífica del florero.
Y, vea usté, que esa rosa
antes no se sabía rosa
ni hermosa
ni abierta
ni flor.
Y mientras sigo llorando
como si me exprimiera por dentro como un limón
me doy cuenta una vez más
de todos los nombres
que nombra mi llanto cojudo, acongojado,
y de la consistencia espesa de mis lágrimas florales.
Me doy cuenta de que esa espina, ésa
está hecha de muchos pedacitos congelados
de un mismo rosal herido.
Y mientras huelo el aroma de los tomates recién cortados
pienso
en tanto dolor retenido, congelado...
tanta cosa hecha espina dentro de los corazones.
Lo congelado no huele ni duele
aunque muera cada día como un rosal dormido.
Y mientras pincho corto lloro huelo y duelo
sonrío de repente:
¡qué rico el olor del tomate fresco
recién cortado!
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