Que me perdone el nardo, decía yo en un verso casi inentendible, de muchos entonces antiguos. Ahora, al mirar esta vara de nardo que compré ayer, de un color rosado que nunca antes había visto, y al acercarme para sentir su olor, me doy cuenta de lo que ese antiguo verso quiso decirme: que me perdone el nardo no poder consagrarme por completo a su dulzura, a que mi vida sólo pudiera dar fe de esa alegría inefable de oler, danzar y sonreír con todo el cuerpo. Que me perdone el nardo no poder hacer un himno con su elixir , una consagración laica de la primavera, sin tener que dilatar innecesariamente los tiempos del dolor. Hoy lo huelo con emoción, y la pregunta que dejé abierta me la respondo con esta alegría agujereada para que entre y salga la impermanencia , que me permite vivir a cada paso, una vez más.

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