...me había despertado por demás dolorida, además de dolerme todo y la realidad, -digo, todo de mí y la realidad fuera de mí-, cuando vi los primeros posteos del despertar en mi facebook, algunos muy interesantes: distintos enfoques del 8M y un par de cosas a las que adhiero en cuanto a nuestro fanatismo sobre el fútbol y la pelota manchada frente a la que no se manchaba y esas cosas... Y cuando quise ponerme a escribir sobre todo eso, me encontré con una gran fatiga, una fiaca inmensa, tremenda, de continuar indagando en lo problemático del mundo actual. Y no porque renuncie a hacerlo, sino más bien porque me duele, -como a tantos de nosotros- , la realidad nuestra de cada día, que si parafraseara a Pema Chödrön, diría que se halla en el instante justo en que, se mire por donde se mire, es un espanto. Ella caracteriza ese momento en la vida del ser humano como la posibilidad por excelencia de un despertar; el instante en que el espejo se niega a mostrarnos una mejor imagen de nosotros mismos, y en que nosotros hacemos coherencia con el espejo, negándonos a inventar el mejor ángulo de aquello que llegó hace rato a su punto del horror.
Leí algo de budismo explícito en una página muy buena, y eso ya me había animado un poco, cuando al rato una amiga me pasó un videito de Lucrecia Martel en donde, después de explicar cómo el cine se había encargado de profetizar nuestras actuales desgracias, propone empezar a hacer otra cosa. ¿Qué cosa? Empezar a crear tomando como punto de partida lo que que queremos ser como humanidad. Imaginar algo así como una "Topía", un futuro deseable, para hacerlo posible a través de esa especie de profecía que implica la creación artística. Me pareció una idea grandiosa, y le conté a mi amiga que iba a tratar de ponerlo en práctica conscientemente de hoy en más.
No obstante, durante casi todo el día no hice otra cosa que lidiar con mi cuerpo y con mi alma. Por un lado, los dolores de unas articulaciones que acusan recibo de cualquier pequeño esfuerzo como si se hubiera tratado de escalar el Himalaya, y que, tras mi última aventura quirúrgica, esperan el visto bueno acerca del estado de mi rodilla post artroscopía. Pero el dolor corporal no quiso limitarse a sus confines, y entonces se le dio por ponerse a repasar el debe y el haber de mis soledades de Babel, de mis amores y desamores explicables e inexplicables, hermosos y trágicos, y de la compañía sempiterna de esa acuosa sensación de emoción por todo lo vivo, que últimamente está demasiado empapada de tristeza; de los deseos que parecen demorarse demasiado en en algún umbral, y un etcétera no demasiado luminoso... Y por más que mi conciencia sintiente de semi budista en preparatoria, tratara infructuosamente de anoticiarme a cada minuto del sol que entraba por mi ventana, siguió imponiéndose sobre ella la parte de los dedos de mi mano derecha que ya no funcan como antes de operarme, y mi posibilidad de hacer sinapsis , que no es la de hace treinta años, cuando pude haber decidido tener un piano propio, insistiendo en recordar también , -como si esto fuera poco-, cuestiones tales como que el resto de mi corporalidad se empiece a arrugar de a poco por donde otrora era lisa, o lo bonita que yo era cuando no me daba cuenta, y la inconveniencia de recordar que si llego a los ochenta me encontraré hermosísima en donde hoy me veo fea.
Traté de respirar, de aflojarme, y nada. Traté de hacer tonglen, -esa meditación específica para este tipo de momentos, en la que nos sentimos parte de una humanidad tanto o muchísimo más dolida que nosotros y de la que formamos parte-, pero nada resultó eficaz. Mis endorfinas recién empezaron a acariciarme ya entrada la noche, al rato de ponerme a pulir unos escritos, soñando con los libros que editaré en algún futuro que me empecino en imaginar cercano.
En eso estaba cuando de pronto me dio hambre, y decidí acompañar mi sobremesa con una buena película. Así que le metí a ok.ru. y encaré 'Tres adioses', la nueva película de Isabel Coixet.
Si había un empujoncito que le faltara a la decisión de dejar de lloriquear por esos rincones sombríos, todo eso lo logró la película de la Coixet, una de mis más queridas directoras de cine, quien seguro tendrá de qué arrepentirse, pero también de qué enorgullecerse, y sin duda esta obra entra de cuerpo entero en el segundo grupo. Con ese ligero eco de "La vida sin mí", pero unas vueltas de tuerca que los resucitados entendemos, se me fueron al corno los lamentos, y re descubrí esas verdades que aparecen en la hora de los patíbulos, pero que suelen olvidarse en las calmas chichas y , -menos explicable aún-, en las horas más dichosas.
Eso que sabemos los resucitados, los que alguna vez tuvimos el coraje de mirar al monstruo del espejo sin vergüenza ni asco y meterle a la vida un giro copernicano, es que no alcanza con que otro te prepare la comida con amor, porque el manjar empieza cuando podés sentirlo en tu boca y mejor aún si lo fabricaste con tus propias manos. Que gozamos de una impermanencia tan maravillosa como para usarla a nuestro favor soltando la puta queja de una vez y para siempre veinticuatro veces al día y trescientos sesenta y cinco días cada año. Que el filo de la muerte afina los sentidos, y que poder mirar el cielo y el vuelo de los pájaros como si fuera por primera vez es algo inmenso. Que el año sabático ya empezó, que no podemos estar seguros acerca de en qué puto sitio nos agarrará la parca como para perdernos media puesta de sol, o un soplo de brisa. Y que aunque el colapso climático prometa que nos derretiremos muy pronto, nada será menos aconsejable que dejar de disfrutar del sol preventivamente.
Y aunque todo esto, ahora que lo escribo, me suena a imperativo,- en tiempos de demasiados imperativos sobre la pretensión de 'ser felices 24/7'-, abandonar de a poco pero con firmeza nuestras inercias sería todo un detalle, así como abandonar del mismo modo las grandes urbes, todo lo cual parece señalar una buena ruta hacia sitios más iluminados del cosmos y del alma.
Que ya es hora de dejar de apostar la sangre a la tenencia inagotable de bienes raíces, para permitir que las raíces se nutran de lo que las alimenta, y que nos nutrimos cada vez que cuidamos de los pichones humanos que vamos encontrando en el camino. O cada vez que nos animamos a besar en la boca, alegrándonos con la misma simpleza de sólo saber que ese ser está hoy en este mundo.
Que los humanos no nos olvidemos de que también somos buenos. Y de que parte de nuestra gracia en la gran Creación, tiene que ver con lo que nosotros somos capaces de crear.
Así que hoy profetizo en mi mundillo personal una humanidad que sobreviva al horror, para disfrutar el misterio de por qué danzan los estorninos, y encontrar en aquello que ama, una pequeña pero auténtica respuesta.
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La cineasta Lucrecia Martel habla de imaginar un futuro próspero, para que no nos roben el poder de imaginar.

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