EL PROBADOR DE TITO
La primera vez que asistí a la tienda de Tito, quedé perplejo.
Su famoso probador era algo casi inimaginable, pero estaba ahí.
Me dijo: “¡pasá!” y así lo hice, pasé. Adentro, como si fuera un perchero, estaba desplegada la biblioteca. Sólo era cuestión de tomar uno de los muchos libros disponibles ese día
-¡Asegurate de que te quede bien! me dijo desde la puerta cuando me vio irme con un ejemplar de la Odisea en la mano.
Así quedó inaugurado un ciclo de visitas memorables a su tienda, un rincón casi secreto en medio de nuestra ciudad.
El problema se presentó por primera vez la noche en que fui de urgencia.
Tito se había levantado de la cama en pijama, todo despeinado y después de decirme con un gesto que lo esperara, bajó raudamente.
Ahí traté de explicarle que, de golpe, se me habían acabado todas las respuestas disponibles para convivir con quien era entonces. Tito se rascó la cabeza, y después de recorrer los cuatro probadores que había, salió de uno de ellos con un libro para darme. Lo llevé y lo leí ávida y minuciosamente, y al devolvérselo le dije que casi no me había hecho efecto.
Y entonces fue cuando me dijo, con los ojos iluminados, que en realidad cada libro era un medicamento, un brebaje, pócima o como yo quisiera considerarlo, pero siempre dentro del ámbito curativo; que él se sentía un farmacéutico sin título, un boticario, y que cada libro que me llevara de ahí en más, tenía que ser tomado con la misma rigurosidad que un remedio.
Me fui entonces con otro. Pero tampoco me hizo efecto.
-¿Cuántas veces? me preguntó
-¿Cuántas veces, qué?
-¡Cuántas veces lo leíste!
-Una
-¡Es poco, hombre! Tenés que leerlo hasta que te haga efecto, me dijo.
Así que volví a llevar el libro y volví con retorcijones.
-Se ve que este no es, tomá este otro.
Y así estuvimos, hasta que un día, al llegar, me recibió con una cara de felicidad inaudita.
-Tengo el libro justo para vos, Tomás, me dijo.
Y ahí me pasó uno que estaba muy manoseado y subrayado.
Cuando lo traje de vuelta, me asustó pensar en qué me diría cuando le dijera que tampoco me había servido.
-Es que vos, Tomás, usás los libros como si fueran cosméticos o alhajas. No sé, pero parece que fueras uno de esos tipos que andan por ahí ostentando lo que leyeron, y no, m’hijo, los libros no nacieron para bijouterie, ni fina, ni berreta. ¡Los libros son medicina! Y la medicina se bebe, se mastica, se digiere, se traga, o como prefieras pensarlo, pero se incorpora. Llega un punto en que ya son parte de nuestra anatomía y de nuestra alma, de nuestro modo de vivir. Pero si no te los comés, no pasa nada.
Así que desde entonces inauguré una biblioteca invisible: la que estaba hecha de todos los libros y partes de libros que me había comido. Las tapas las tiraba, así que no quedaban rastros. Empezó a crecerme el pelo de un color verdecido que nunca había tenido, los ojos cambiaron su expresión y de pronto me di cuenta de que caminaba más erguido por las calles y la gente me saludaba con mucha cordialidad.
-¿Será Machado? Me preguntó Tito
-No, yo creo que es Marechal.
-Bueno, debe ser por la M, entonces.
Los dos nos reímos un rato, pero no porque le quitáramos veracidad a lo dicho.
Seguí intentando con distintas medicinas, lo cual requirió tiempo y una diversidad de lecturas muy interesante… mucha poesía, algo de novela y ensayos.
Un día tito me ofreció uno de Dostoievsky.
Y le contesté que mejor no, que ese no.
No entendió nada, y como se fue con cara de compungido, le tuve que explicar. Yo no podía soportar que mi querido amigo se pusiera así de mal.
Y entonces le revelé mi secreto:
-es que ese me lo contaba mi tía Julia cuando era un adolescente, y es tan hermoso el recuerdo de esas tardes en que al irla a visitar ella me iba narrando la historia con sus ojitos soñadores, que no querría cambiar por ninguna otra esa percepción que acompaña mis días.
A Tito se le llenaron de lágrimas los ojos, y me dijo:
-Acabás de crearte un poema : estás curado: ese libro ya lo tenés incorporado como alimento.
De hoy en más será así para siempre.
Y mientras cerraba las cortinas del boliche y se ponía el saco, me decía: vamos, te invito a un café.
C. B.

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